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Capítulo VII |
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La decisión. |
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El hecho de que Pouchou hubiera dejado en paz a Nungma hasta su marcha, pero lo hubiera dejado bien acompañado por tres jóvenes smelas hambrientos no había pasado desapercibido para nadie, en algún que otro momento del día todos habían mirado con ojos decepcionados a Samka, todos sin excepción incluso sus propias crias, se mirara como se mirara había defraudado al grupo, no era ya digno de llamarse jefe, y parecía que los conducía como durlis a una muerte segura, a algún lugar en el que el Shulti daría cuenta de todos ellos Nada más quedarse a solas con los tres jóvenes smelas, Nungma sopesó sus posibilidades, entendió que no saldría sin un rasguño, no obstante se decidió pronto, de una rápida carrera fue a parar al cobertizo bajo el que se ocultaba el grupo cuándo el pedrisco caía antes de que inventara los techos nuevos, sabía que allí además de un hueco más o menos seguro, encontraría comida en abundancia, y sobre todo birreste y armas, armas para atacar a aquellos tres voraces smelas, y birreste para reirse de ellos, al fin y al cabo el birreste no era otra cosa que congéneres smelas convertidos en bebida fuerte y nutritiva, pero que cabreaba a los smelas de forma muy violenta y los hacía dejar de pensar, atacaban ciegamente, y esa sería su perdición Nungma echó un vistazo a las provisiones que había en la oquedad, si en un primer momento había pensado que podría pasar allí bastante tiempo, pronto cayó en la cuenta de que casi no quedaba nada, como mucho tendría para pasar un par de días, sin racionar la comida, miró en las tinas en las que guardaban el birreste y una amplia sonrisa apareció en su rostro, si no había carne, al menos sí quedaba bebida suficiente para pasar dos teclos allí, revisó el lugar en el que colocaban las armas, divisó un enorme hacha a la que tendría que hacer alguna reparación, una maza de piedra de mergka, un arco y al menos cien dardos, pensó que la mejor forma de atacar y derribar a los smelas podía ser haciendo uso de aquellas armas convinadamente, así que tras destapar las tinas que contenían el birreste para que los smelas lo pudieran oler, se sentó tranquilamente en el suelo y se dispuso a sujetar bien la piedra del hacha a su soporte para ello rasgó sus vestiduras superiores, y comenzó a trenzar una fina cuerda con los pelos de smela... Pouchou volvió a sentir aquella mirada proviniente de algún lugar del desfiladero por el que estaban pasando en ese momento, sabía que alguien vigilaba sus movimientos, y también sabía que no era ningún miembro del grupo waldi que le acompañaba, pensó un instante en Nungma, en la fuerza que había ejercido sobre su garganta hasta dejarlo sin respiración, y hacerlo caer casi inconsciente, pero desechó la idea de que pudiera ser él, había dado la orden a los jóvenes smelas de que lo devoraran y diseminaran sus restos a lo largo y ancho de aquella tierra que habían dejado, estaban demasiado hambrientos y eran demasiado grandes como para que aquél estúpido waldi hubiese tenido una oportunidad de sobrevivir, no obstante el hecho de no haber podido encargarse personalmente de él le hacía darle más de una vuelta a la cabeza, miró de reojo hacia atrás, Samka iba abatido, malhumorado, su grupo le hacía un vaacío tremendo y se le veía demasiado solo como para intentar nada, dejó de caminar y esperó hasta que Naka se encontró a su altura...
Pouchou volvió a adelantarse unos pasos, parecía que aquella hembra waldi era tan estúpida como el resto de sus congéneres, �quizá pensaba que podía engañarle? Para demostrarle que su inteligencia era mucho mayor, Pouchou abrió sus dos enormes alas, las batió con fuerza y se dirigió hacia dónde había notado aquella fija mirada la última vez... Hay dos formas de morir,combatiendo y ocultándose, pensó por un momento el dueño de aquellos ojos, descartó rápidamente la idea de combatir, le necesitaban vivo, no muerto, así que se ocultó bajo una enorme lasca, cerró los ojos y pensó que su invisibilidad era total y absoluta como lo eran la de los chamanes de las antiguas planicies de Dyrki... Nungma sintió el primero de los golpes contra la puerta de entrada de su cobijo casi tres horas después de haber terminado de arreglar el hacha y haberla acercado hasta ella, se acercó un poco y miró a través de una de las hendiduras de la madera. Los tres smelas estaban cabreados de verdad, intentaban en vano excavar la tierra con sus patas, una estupidez, pensó Nungma, por muy grandes que fueran aquellos durlis, jamás conseguirían entrar a la fuerza por allí, se acercó a por el arco y uno de los dardos, sacó la punta por una de las hendiduras, apuntó y clavó el primer dardo en el ojo derecho del menos cabreado de los tres smelas, así tendría motivos para que su estado de ánimo cambiara, un segundo dardo le entró en la boca poco después mientras rugía delante de la hendidura, se clavó en la garganta y casi le atravesó la cabeza, el smela cayó fulminado sobre la entrada de la oquedad, pocos micras después sus congéneres comenzaron a comérselo... Un alarido rasgó el silencio de la noche, Nungma despertó sobresaltado, se levantó tan aprisa que se golpeó con el techo de la cavidad y acabó sentado en el suelo, fuera se oía ruido de combate, se acercó a la puerta de la oquedad, intentó mirar por una de las hendiduras que había en la trampilla, pero la cabeza del smela que había matado aquella noche le impidió ver cualquier cosa, intentó calcular cuánto faltaba para que amaneciera, y entonces lo vio todo claro, diáfano, sólo una micra antes, se retiró de la trampilla lo más rápidamente que pudo y así evitó el primer ataque serio de los smelas. Estuvieron hasta el amanecer intentando cogerlo, la trampilla había cedido y aunque no era lo suficientemente grande para que cupiesen por ella, se las habían ingeniado para ir agrandándola poco a poco, se mirara como se mirara hasta que uno de ellos no metiera completamente la cabeza por el hueco, si se quedaban allí sentados, Nungma lo pasaría francamente mal para sobrevivir e incluso salir de allí con vida El campamento no tenía nada de extraordinario para cualquiera que no supiera la aversión que tenían los smelas a los waldis, todo parecía normal a simple vista, bueno, casi todo... Pouchou estaba sentado aparte, controlándolo todo, mientras los waldis hacían su comida de la noche antes de irse a dormir �y qué comían? smelas, y �qué comían los smelas? nada, sólo miraban como sus antigüos congéneres desaparecían de los platos de aquellos arrogantes waldis, de sus vasos, como eran devorados y consumidos en forma de birreste, aquella bebida hecha con sus propios jugos, sin duda alguna aquél campamento tenía de normal lo que hubiera tenido un campamento de lobos y ovejas en la Tierra de los humanos de las estrellas, el dueño de los ojos aprovechó la noche para acercarse al campamento, lo hizo como sólo un waldi es capaz de acercarse a un grupo de smelas sin ser visto, entró, buscó a Samka, habló con él durante un buen rato, y después desapareció en la oscuridad de la noche de la misma forma sigilosa en la que había llegado... �Comer o no comer? Esa era la cuestión... Pouchou miró con gesto grave a los smelas de aquél grupo, sabía que en cualquier momento podría formarse una auténtica algarabía de perseguidores y perseguidos, sus ojos se volvieron más verticales, sus pupilas se dilataron, escogió a uno de aquellos desgraciados, lo miró fijamente y supo que sería el primero en caer, después simplemente se dirigió a él, se acercó lentamente, y de una sola dentellada le desgarró el cuello, separando la cabeza del tronco con fiereza, batió las alas agarró su comida con fuerza y se marchó a otra parte a disfrutar de su jugosa carne...
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