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Capítulo V |
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El viaje... |
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Miró aún aturdido el espectáculo que tenía ante sus ojos, e incrédulo se levantó y pasó por debajo de los cuerpos levitantes de sus compañeros de viaje, fuera había dejado de caer pedrisco, lucía un sol tibio, miró extrañado al techo, y por vez primera, se percató de que era de una materia translúcida que atenuaba la climatología adversa a los Nergsuí, movió la cabeza a uno y otro lado, y entonces supo que Suimel tenía razón, algo no dejaba de rondarle la cabeza, miró una vez más a sus compañeros, y comprendió que cada uno estaba procesando una información diferente a los demás, sonrió al ver la cara dulce de Mygn�, y la de preocupaci�n de Nugma, gir� sobre sus talones y comenz� a andar sin decir una palabra de despedida... A la morgna siguiente mientras apagaba el fuego que hab�a hecho la noche antes con excrementos de myckee, divis� el polvo que levantaba la manada de smelas al desplazarse, se alejaban de nuevo, algo no deb�a ir bien, habitualmente los smelas permanec�an el mismo periodo de tiempo en sus territorios de caza, hasta que los waldi comenzaban su gran migraci�n, corri� hasta un peque�o picacho cercano, se encaram� a �l de dos �giles saltos, y ote� el horizonte de Numsii a todo lo largo,entonces lo vio, era la priemra vez que sus acostumbrados ojos ve�an algo similar en la tierra de Numsii, un extra�o ej�rcito rojo se desplazaba a una velocidad vertiginosa por todo el territorio, se pregunt� qu� ser�a aquello, pero algo en su interior le hizo pronunciar dos palabras, gnta-mec,1 que hicieron que hasta el �ltimo de sus m�sculos se pusiera tenso, busc� con la mirada una cueva, alguna oquedad en la que esconderse mientras la gnta-mec se mov�a, pero no hall� ninguna a simple vista, as� que hizo lo �nico que pudo hacer, recogi� sus cosas y comenz� a correr a un ritmo lento pero constante, alej�ndose de la maldita muerte roja A media morgna se detuvo ante la visi�n del desierto de Sngal, sab�a que si entraba all� ten�a pocas posibilidades de salir con vida, claro que tambi�n ten�a claro que la gnta-mec jam�s entrar�a all� por el mismo motivo... �Qu� hacer? Estaba entre la espada y la pared, atrapado entre dos muertes seguras, una de sed, la otra devorado mientras a�n permanec�a con vida por aquellos seres cuya voracidad era legendaria, sujet� con suavidad su tambor de oraciones, comenz� a moverlo con ritmo creciente, y acto seguido dio un paso hacia el gran desierto de Sngal Las rocas se le clavaban entre los dedos, la luz atormentaba sus ojos, todo parec�a decirle que saliera de all� cu�nto antes, que volviera sobre sus pasos, que era preferible morir luchando que no as�, entre aquellas n�veas rocas que le deslumbraban de tal forma que hac�a tiempo hab�a tenido que cerrar los ojos para poder seguir caminando. Kulma dio un nuevo paso, se tambale�, coloc� la mano sobre la frente para hacerse sombra, abri� los ojos y divis� a lo lejos el cuerpo inerme de un waldi, "otro loco que se ha atrevido a aventurarse en este desierto de hielo", se dijo. Camin� en l�nea recta hacia el cuerpo tendido que divisaba a lo lejos, murmurando entre dientes aquella idea que les hab�a imbuido el Chedngal de la ciudad de los Nergsu�, tuvo que dar un corto rodeo para llegar hasta su cong�nere, pero cu�ndo por fin lleg� se alegr� de haberse detenido a observar, ante �l ten�a a Nungma
Kulma miró a Nungma sin saber qu� decirle, desde que hab�a salido de la ciudad de los Nergsu� se hab�a topado con bastantes peligros, por una parte los smelas hab�an tratado de engullirlo cu�ndo �l y Mygn� abandonaron la protecci�n de la nave, lo mir� con un cansancio de a�os en la mirada, a�os de pasarlo mal, de no saber a ciencia cierta qu� hab�a sido de su compa�era Mygn�, de viajar solo por aqu�l mundo de contrastes que por mucho que fueran de un extremo al otro, siempre parec�an perseguir lo mismo, el exterminio de cualquier ser que osara salir del terreno que le hab�a sido asignado por los humanos antes de que se marcharan la �ltima vez. Aquellas asignaciones la hab�a descubierto Mygn� por casualidad al hacerles una pregunta a los smelas tras ingerir aquella planta alucin�gena que todos los seres de aqu�l planeta parec�an rehuir como a la peste, la smala, y que por los efectos que ten�a se parec�a al peyote sint�tico...
Kulma entendi� que la necesidad de saber de aqu�l gigante que ten�a enfrente era real al mirarle a los ojos, en ellos hab�a la claridad de qui�n se interroga sobre todo y sobre todos, carraspe� un momento aclar�ndose la voz, tomo aliento, y comenz� a narrar...
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