:.Teorías
Primarias y productos sintéticos para la industria química
naciente.
Ni
la Santa Alianza, concertada en el Congreso de Viena (1815) luego de
la derrota definitiva en Waterloo de las tropas bonapartistas, ni
las monarquías “legítimas” restauradas para supuestamente
lograr la estabilidad europea consiguieron detener los profundos
procesos en constante aceleración del desarrollo de las relaciones
capitalistas.
En
tales circunstancias históricas, se suceden apenas iniciado el
siglo, como en reacción en cadena, aquellas invenciones que
producirían primero una revolución en el transporte marítimo
y terrestre.
En
unos treinta años desde que el ingeniero norteamericano Robert
Fulton (1765 - 1815) inventara el buque accionado por el
vapor, la travesía por el Atlántico para enlazar los puertos
industriales de América y Europa se convertiría en un recorrido de
unos catorce días.
Por
estos tiempos, el transporte terrestre experimenta el nacimiento y
meteórico desarrollo del ferrocarril. Si en 1814 el ingeniero inglés
autodidacta George Stephenson (1781 – 1848) construye la primera
locomotora a vapor, hacia 1870 doscientos diez mil kilómetros de vía
férrea enlazaban los principales nudos y núcleos poblacionales del
mundo industrializado.
Este
fantástico incremento de la actividad del transporte trajo
incontables consecuencias: abarató el traslado de las materias
primas hacia las fábricas y de los productos industriales hacia los
mercados de venta, contribuyó al crecimiento del mercado interior y
exterior, aumentó la necesidad de metal y de combustible y
por tanto impulsó las industrias correspondientes y los procesos de
industrialización de una serie de países.
Concurrente
con un período de desarrollo relativamente pacífico de la sociedad
capitalista europea, las postrimerías del siglo XIX se caracterizan
por un crecimiento del empleo del acero que hace legítimo en cierta
medida el bautizo de esta época como era del acero. Entre
1870 y 1900 la producción del acero aumentó en 56 veces.
Pero
el sello de un nuevo paradigma en este siglo se asocia con la
revolución en las comunicaciones y una nueva ola de invenciones en
el transporte que están precedidas esta vez por los colosales
descubrimientos de la Física en el área del electromagnetismo. El
dominio de una nueva forma de energía, la energía eléctrica
inauguraba toda una época en el desarrollo de la sociedad.
El
estreno del telégrafo y del teléfono y su rápida difusión,
la grabación del sonido y la primera producción del fonógrafo,
la instalación de las primeras plantas eléctricas y la
iluminación de las ciudades con esta energía representan signos de
los colosales cambios que se operan a la vista de una generación.
No
terminaría el siglo sin que las ondas hertzianas comunicaran
a través del Canal de la Mancha a Inglaterra y Francia.
A
diferencia de momentos anteriores, en los que la práctica, el saber
hacer, precedía significativamente a la teoría, ahora la fuerza de
los saberes de las nacientes ciencias impulsan y establecen un
complejo tejido de interacción con la tecnología. Si la máquina
de vapor apareció en escena antes de la elaboración de la teoría
de los procesos térmicos, la construcción del motor eléctrico
resultó posible solamente después de los avances de la teoría del
electromagnetismo.
El
desarrollo del instrumental matemático en este siglo va a cimentar
el despegue en el próximo de la informatización y ofrece nuevas
potencialidades para el nacimiento de la Mecánica Cuántica; la
aplicación del invento de Volta permite el descubrimiento de un número
significativo de elementos químicos; la aparición de los primeros
productos sintéticos (colorantes y otros) condiciona el desarrollo
de una nueva industria que persigue superar las cualidades de los
productos naturales conocidos hasta el presente; la naciente
Termodinámica ofreció los fundamentos de las máquinas térmicas y
de los mecanismos de refrigeración; pero lo más trascendente del
siglo XIX serían los avances en la teoría y práctica electromagnética
que trajo una nueva concepción del cuadro físico del mundo y
posibilitó una lluvia de inventos eléctricos.
En
esta compleja dialéctica al filo de la necesidad y la casualidad,
siendo portadores de los progresos determinadas personalidades históricas
que fueron fortaleciendo el papel de las comunidades (Sociedades
Científicas), en contextos sociales principalmente dados por las
naciones que encabezan el desarrollo monopolista de la época, se
desarrollan firmemente estas tres ciencias básicas.
En
el campo de las Ciencias Químicas, el siglo XIX es prolijo en
adelantos que van desde los primeros elementos de la teoría atómica
y estructural, hasta las bases de la síntesis orgánica.
Se
profundiza en este siglo la interacción entre una industria química
naciente y los primeros laboratorios de investigación y enseñanza.
Hasta entonces la instrucción en el campo de la Química tenía
como principales protagonistas a médicos y aficionados con recursos
propios, pero a partir de ahora se inicia un sistema de educación
química al abrirse cátedras en las Universidades. Pionero en esta
etapa fundacional es el químico alemán Justus von Liebig, que abre
en Giessen, el primer centro de investigación y enseñanza de la Química.
Alemania pronto se convertía en nación líder del desarrollo de
esta ciencia y de la industria que ella apoya. Los laboratorios de
tales industrias en franco desarrollo necesitaban del personal
calificado, egresado de las Universidades y de la asesoría del
personal docente. En el marco de esta creciente interacción surgen
hacia finales del siglo XIX los grandes consorcios tintoreros y
farmacéuticos que otorgaron a Alemania hasta la I Guerra Mundial el
liderazgo científico – técnico en la Química.
Desde
el punto de vista de su autodesarrollo, una vez que en el siglo
XVIII fueran experimentalmente establecidas las leyes ponderales de
las reacciones químicas, se exigía una teoría que explicara el
comportamiento observado. El inicio de este siglo vería aparecer
la obra “Nuevo sistema de filosofía química”, en la que
el físico-químico inglés John Dalton (1766 – 1844) expondría
su teoría atómica.
Al
postular la existencia de los átomos como partículas indivisibles
en las reacciones químicas parece que se retorna a las ideas de los
atomistas griegos pero la mecánica de Newton se refleja también en
la primera teoría moderna de la Química, al atribuir como
propiedad distintiva de los átomos su masa. A partir de este
momento, las diferencias observadas en las propiedades de los
elementos se pretenden relacionar con el peso atómico.
Esta
teoría era capaz de explicar la ley de las proporciones definidas
en que se combinan las sustancias, en términos de la combinación
de un número determinado de átomos o átomos compuestos (moléculas
diríamos hoy según la propuesta de Avogadro) en una reacción
dada. Por otro lado esta teoría fue capaz de predecir la ley de las
proporciones múltiples: como quiera que la reacción entre A
y B para dar diferentes compuestos implica la combinación de
átomos de A y B en una relación necesariamente entera y particular
en cada caso, se puede derivar que “los pesos de una
sustancia A que se combina con un peso dado de B para dar diferentes
sustancias se han de encontrar en una relación de números enteros
sencillos”. El propio Dalton se encarga de comprobar
experimentalmente la validez de esta predicción.
Al
tiempo que los postulados de la teoría daltoniana demostraron su
capacidad explicativa y predictiva definieron los principales
problemas que señalan el derrotero de las investigaciones de los químicos
en este siglo:
¿Cómo
determinar los pesos atómicos de los elementos químicos?
¿Cómo
descubrir nuevos elementos y desarrollar métodos para su
aislamiento y preparación?
¿Qué
sistema de símbolos adoptar para representar las fórmulas de las
sustancias elementales y compuestas como reflejo simplificado de la
estructura de las sustancias?
La
determinación de los pesos atómicos fue basada en los resultados
de los métodos físicos más avanzados de estos tiempos, adoptando
una escala relativa con respecto al átomo de oxígeno (elemento que
se combina con la mayoría de los elementos conocidos para dar lugar
a las combinaciones binarias).
Un
paradigma para el estudio sistemático de las propiedades de los
elementos químicos fue erigido por el descubrimiento de la Ley Periódica
de los elementos químicos. En 1869, el químico ruso D. Mendeleev
(1834 – 1907) defendió la tesis de que una variación
regular en las propiedades de los elementos químicos se podía
observar si se ordenaban en un orden creciente de los pesos atómicos.
La edificación de la tabla periódica de Mendeleev no solo dio
lugar a la clasificación de los elementos químicos en familias o
grupos sino que posibilitó la predicción de la existencia de
elementos químicos aún no descubiertos y de las propiedades que
estos debían exhibir. La sorprendente correspondencia entre estas
predicciones y los descubrimientos de nuevos elementos que se
producirían en los años subsiguientes demostró la validez de la
ley periódica y constituyó un estímulo para la realización de
estudios de nuevas correlaciones en la tabla propuesta.
Una
segunda dirección observada en la investigación se relaciona con
el descubrimiento de nuevos elementos químicos, los bloques
unitarios a partir de los cuales se formaba la amplia variedad de
los compuestos químicos.
Si
en la Antigüedad fueron conocidos siete elementos metálicos (oro,
plata, hierro, cobre, estaño, plomo y mercurio) y dos no metales
(carbono y azufre); el esfuerzo de la alquimia medieval sumó el
conocimiento de otros cinco (arsénico, antimonio, bismuto, zinc y fósforo);
y el siglo XVIII, con el estudio de los gases, dejó como fruto el
descubrimiento de cuatro nuevos elementos (hidrógeno, oxígeno,
nitrógeno y cloro) mientras el análisis de minerales aportaba la
identificación de nueve metales (cobalto, platino, níquel,
manganeso, tungsteno, molibdeno, uranio, titanio y plomo); en total
a las puertas del siglo XIX eran conocidos 27 elementos químicos.
Hacia 1830, se conocían cincuenta y cinco elementos, es decir se
había duplicado en treinta años la cifra de elementos descubiertos
en más seis milenios de práctica humana.
Dos
factores contribuyeron de forma decisiva a este vertiginoso
crecimiento en los elementos conocidos: la aplicación de la pila
voltaica para conducir la descomposición de las sustancias; y la
introducción de las técnicas espectrales al análisis de muestras
de minerales convenientemente tratadas.
Entre
los problemas pendientes, se levantaba el determinar la forma en que
se enlazan los átomos en la estructura particular de la sustancia y
edificar un sistema de símbolos y notaciones que permitieran una
comunicación universal.
El
sistema jeroglífico de representación de los elementos químicos
heredado de la alquimia fue sustituido por un sistema más racional
de notación simplificada que se asocia a la representación de una
o dos letras iniciales (con frecuencia derivada de los nombres en
latín, plata = argentum, Ag). Este sistema de notación fue
propuesto por el químico sueco Jöns J. Berzelius (1779 – 1844),
considerado uno de los fundadores de la Química, quien descubriera
tres elementos químicos (selenio, cerio y torio) y aplicara los métodos
más refinados de determinación de pesos atómicos en la época.
En
lo que respecta a la construcción de teorías que intentaran
explicar la naturaleza del enlace químico, el origen de las fuerzas
de atracción que conduce a la unión entre los átomos, el primer
ladrillo fue puesto por C. L. Bertholett entre fines del XVIII y
principios de este siglo. La afinidad química, según Berthollet,
debía atribuirse a las fuerzas newtonianas de gravitación
universal. Sin embargo resultó que la afinidad química no es
proporcional a las masas de los átomos que se unen en la molécula.
Por ejemplo, el átomo de mercurio que ya se podía considerar mucho
más pesado que el del gas liviano hidrógeno (hoy sabemos que es
200 veces más pesado) está mucho más débilmente unido al oxígeno
en su óxido, que el hidrógeno en el agua. Otras razones
derivadas de la práctica se encargan de rechazar el modelo de las
fuerzas gravitacionales como soporte del enlace químico. Baste
significar que la influencia de las fuerzas químicas es específica:
el átomo de cloro se une al de sodio mediante fuertes lazos; con
otro átomo de cloro lo hace débilmente y con el átomo de helio no
se advierte afinidad alguna.
Sucedió
a esta tesis la teoría electroquímica defendida por esa autoridad
que representó Berzelius. Basada en el paradigma eléctrico que
apenas iniciaba su consolidación, esta teoría considera que cada
átomo tiene dos polos, uno positivo y otro negativo, y en cada átomo
predomina uno de estos polos. Así por ejemplo, la fortaleza del óxido
de magnesio es explicada por Berzelius en términos de la atracción
del polo negativo del oxígeno (predominante en este átomo) con el
polo positivo del magnesio (átomo de naturaleza electropositiva).
Poco tiempo después, con la demostración de la existencia de las
moléculas diatómicas como el dicloro, y tanto más cuando el químico
francés J. B.Dumas (1800 – 1884) demostró en 1834 que en
determinados procesos, elementos con predominio de polos contrarios
se sustituyen unos a otros en la formación de compuestos, la teoría
electroquímica fue sino derrumbada al menos drásticamente reducida
en su grado de generalización.
Un
importante eslabón en la edificación de la teoría del enlace químico
fue aportado hacia mitad del siglo por el químico inglés E.
Frankland (1825 – 1899). Al estudiar la formación de algunos
compuestos organometálicos, advierte la necesidad de introducir el
concepto de “atomicidad” (valencia) para expresar numéricamente
la capacidad de combinación de un elemento. Surge así el núcleo
de una teoría de la valencia química.
La
complejidad estructural que iban presentando los compuestos orgánicos
se levantaba como un obstáculo para describir una teoría de la
valencia de relativa simplicidad conceptual. En este terreno, el
descubrimiento de los isómeros estructurales, sustancias que
respondiendo a la misma fórmula difieren en sus
propiedades, y de los isómeros ópticos, sustancias que sólo se
distinguen en el sentido que hacen girar el plano de
polarización de la luz polarizada, por L. Pasteur (1822 – 1895)
puso sobre el tapete dos problemas de difícil explicación.
Para los investigadores de la época tales diferencias debían
encontrar respuestas en el diferente ordenamiento de los átomos en
la estructura molecular.
Correspondió
al arquitecto alemán F.A. Kekulé (1829 – 1896), devenido en químico
y principal arquitecto de la estructura molecular de los compuestos
orgánicos, edificar los principios de la primera teoría
estructural. Aún desconociendo la naturaleza del enlace químico
propuso un ordenamiento, según la valencia de los átomos, en la
estructura molecular de las sustancias. En lo esencial esta forma de
representación en el plano de las fórmulas estructurales de las
moléculas llega hasta nuestros días y permitió la estructuración
de las familias orgánicas de acuerdo con la presencia de
determinados grupos funcionales.
El
problema de la explicación estructural de los isómeros ópticos
debió esperar por la comprensión de la orientación espacial de
los átomos en la estructura de las moléculas y un primer paso en
esta dirección fue dado por el químico holandés Jacobus H.
Van’t Hoff (1852 – 1911) al proponer la orientación tetraédrica
de las valencias en el átomo de carbono, que da nacimiento a
la estereoquímica como rama que se ocupa de definir la geometría
molecular de las sustancias. A pesar de los avances obtenidos habría
que esperar al próximo siglo para edificar una teoría que diera
respuesta a la naturaleza del enlace químico.
Tanto
en el estudio de las sustancias del mundo inorgánico (según la
clasificación propuesta por Berzelius en este siglo) como en las
investigaciones de las sustancias orgánicas se advierte, como un
imperativo de la lógica interna de esta ciencia, el predominio en
un primer momento del método analítico.
En
el mundo de las sustancias orgánicas este período inicial
representa el predominio del análisis sobre la síntesis. En tanto
los estudios analíticos responden a una línea de pensamiento
debidamente formulada, los resultados sintéticos aparecen con
frecuencia atravesados por la casualidad.
Así,
las investigaciones en el campo de los compuestos orgánicos
debieron en lo fundamental constreñirse al aislamiento y posterior
caracterización de determinadas sustancias provenientes de
materiales vegetales o animales. En 1817 se logra aislar la
clorofila; el tratamiento hidrolítico de la gelatina conducido en
1820 evidencia que esta proteína está constituida por un pequeño
aminoácido, la glicina; y en 1834 se reporta la separación de la
celulosa de la madera quedando demostrado que la hidrólisis enérgica
de este material produce unidades de azucares simples.
Berzelius,
ante la complejidad observada por las sustancias orgánicas
desarrolla la teoría del vitalismo, según la cual los tejidos
vivos debían disponer de una fuerza vital para la producción de
las sustancias orgánicas. La extensión de estas nociones en el
mundo académico de la época desalentó por un tiempo la
investigación en el campo de la síntesis.
Pero
ya en 1828 el pedagogo y químico alemán Friedrich Wöhler (1800
– 1882), sin proponérselo, descubre que el calentamiento de una
sal (cianato amónico) producía la urea (un producto de excreción
del metabolismo animal ya conocido por entonces), con lo cual el
vitalismo recibe su primer golpe. No fue casual el desarrollo de un
método para producir acetileno a partir del carburo de calcio que,
aunque menos reconocido que el anterior descubrimiento, aún hoy
encuentra aplicación en la producción industrial de este
importante gas.
Debieron
pasar varias décadas para que, primero A. W. Kolbe (1818 – 1884),
discípulo de Wöhler, y luego Pierre E. M. Berthelot (1827 –
1907), lograran la síntesis de moléculas orgánicas simples (como
el metanol, etanol y otras) a partir de las propias sustancias
elementales de naturaleza inorgánica que los constituyen.
Berthelot,
aprovechando los resultados del estudio hidrolítico de las grasas
(no casualmente la familia con la más simple estructura de la gran
tríada grasas, carbohidratos y proteínas), se propuso la síntesis
de una grasa a partir de un solo tipo de ácido carboxílico (graso)
y la glicerina y obtuvo una grasa “sintética” con propiedades
similares a la grasa natural estearina. Quedó demostrado la
metodología a seguir en el proceso de aprehensión del conocimiento
de las sustancias orgánicas complejas: primero dilucidar, mediante
el análisis, la estructura y luego probar las rutas de su síntesis.
El terreno quedaba fertilizado para empeños mayores.
Los
trabajos del grupo encabezado por el químico alemán, premio Nóbel
de Química en 1902, Emil Fischer (1852-1919), no sólo
aportarían todos los elementos de una teoría estructural para la
importante familia de los azúcares, sino que demostrarían la
validez de un método: el análisis de la estructura molecular de
los compuestos orgánicos complejos debía ser coronado con la síntesis
correspondiente. Años más tarde aborda con la misma orientación,
la combinación del análisis y la síntesis, el estudio de los péptidos,
los precursores inmediatos de las proteínas.
De
esta forma, el vitalismo como filosofía de inaccesibilidad del
conocimiento en el área de la síntesis orgánica es
definitivamente desterrado: había sido posible la obtención en el
laboratorio de compuestos que configuran las tres familias
vinculadas estrechamente con los tejidos vivos: las grasas, los
carbohidratos y las proteínas.
La
casualidad se empeñaría no obstante en contribuir al desarrollo de
la Química. Cuando a mediados de siglo, el famoso químico alemán
Augusto W. Hofmann (1818 -1892) fuera invitado a Inglaterra para
fundar la primera Escuela Superior de Química británica, nadie
podría imaginar que tres años más tarde, en el verano de 1856,
un discípulo de 18 años William H. Perkin (1838 – 1907),
obtuviera la primera patente por la fabricación de un colorante
sintético. El colorante fue el resultado del tratamiento de la
anilina con un oxidante enérgico (la anilina había sido aislada
por Hofmann en el alquitrán de hulla) cuando Perkin se encontraba
intentando obtener por vía sintética la quinina. Se abriría un
nuevo capítulo, iniciado más de un milenio atrás por los antiguos
fenicios, la producción de colorantes y tintes sintéticos que
superaban a los naturales por sus propiedades y costos.
Más
espectacular que la fabricación del primer colorante sintético
resultó la invención de la primera materia plástica del mundo.
Impulsado por el interés de hacerse de la recompensa ofrecida para
quien describiera la forma de fabricar un material que sustituyera
el marfil en la producción de bolas de billar el joven John Hyatt
con solo 18 años y sin ninguna preparación en Química logra en
1865 producir, mediante el tratamiento con calor y presión de
una mezcla de nitrocelulosa (sustancia explosiva), alcanfor y
alcohol, el celuloide. Cinco años más tarde John y su hermano Isaías
inauguran en Nueva York la primera fábrica de celuloide del mundo.
Nacían los objetos plásticos y traían, junto a las propiedades
atractivas de estas sustancias, un imperdonable defecto: la vida
oculta de la nitrocelulosa le hacía ser inflamable e incluso podía
estallar. Mejorar las propiedades de estos materiales parecía una
tarea del orden del día, pues entre otros objetivos de la época se
imponía la obtención de nuevos materiales para grabar imágenes y
sonidos. Es necesario apuntar que ya en 1826 el principio de la
fotografía es descubierto por el químico francés N. Niepce; en
1877, Edison inventa el fonógrafo; en el 1888, Eastman
patenta la película fotográfica y el cierre de esta etapa, antes
de terminar el siglo, vendría representado por la invención del
cinematógrafo por los hermanos Lumiere (1895). Sin embargo abría
que esperar hasta el siglo siguiente para que la deficiencia del
celuloide fuera superada al sustituirse la nitrocelulosa por la
acetilcelulosa, y para que los trabajos de Baekeland traerán
la segunda materia plástica sintética: la bakelita.
Conjuntamente
con el interés despertado por la síntesis de los colorantes,
los científicos y las nacientes empresas químicas, principalmente
alemanas, comenzaron a manifestar un gran interés por la síntesis
de sustancias con acción fisiológica y propiedades curativas.
Kolbe, en 1886 había obtenido la sal sódica del ácido salicílico
que resultó ser un calmante efectivo pero su ingestión traía
serias secuelas digestivas. Los químicos de la empresa química de
Baeyer, encontraron el medio de producir en 1899 el ácido
acetilsalicílicio, la famosa aspirina. Ni antes ni después se ha
encontrado un producto farmacéutico sintético tan universal,
inocuo y barato.
La
investigación de los explosivos nacía aliada a fines bélicos
desde que en la guerra de Crimea 1853 – 1856, el sueco
Enmanuel Nóbel propusiera a los rusos el empleo de las minas marítimas,
con la utilización del algodón pólvora inventado por el químico
alemán Schonbein (1799 – 1868) en 1846. Este minado impediría,
ante la sorpresa del Almirantazgo inglés, el acceso de la flota
hasta Petrogrado.
En
esta dirección se inscribe un compuesto de propiedades asombrosas:
la nitroglicerina. Descubierta en 1847 por el químico italiano
Ascanio Sobrero en este compuesto se combinan propiedades terapéuticas
y explosivas. Como explosivo la nitroglicerina era sorprendente pues
no había que encenderla para que explotara sino que estallaba sólo
por percusión.
Correspondió
al hijo de Enmauel, el químico sueco Alfred Nóbel inaugurar la
producción de una nueva generación de explosivos nitrados orgánicos.
En el año 1863 patentó una mezcla de nitroglicerina y pólvora
negra muy superior en potencia a cualquiera de las modificaciones
europeas de la pólvora china. Sin embargo el aceite explosivo, como
lo nombró su inventor, adolecía de un punto débil para su
aplicación. Un golpe involuntario podía provocar una explosión
inesperada. Tres años después y mediando un casual derrame del
aceite explosivo sobre la arcilla, fabricó un explosivo sólido
constituido por una mezcla de nitroglicerina, arcilla y sosa
calcinada, nacía la dinamita. Esta no solo superaba al aceite
explosivo en potencia sino también en la obediencia a explotar sólo
ante un golpe que generase una temperatura no inferior a los 180oC.
Las investigaciones prosiguieron y según se narra al sueco le
favorecieron las iluminaciones. A 12 años de su primera invención,
se preguntó cómo se modificaría la nitroglicerina al mezclarse
con colodión y en efecto obtuvo una gelatina explosiva más potente
que la dinamita y al mismo tiempo más estable.
La
tercera tendencia que se advierte corresponde a la configuración de
las disciplinas que abarcan las relaciones entre las reacciones químicas
y las diferentes formas de energía: esto es, se gestan las leyes de
la Termodinámica Química, la Electroquímica y la Cinética Química.
La
invención ya referida de la pila de Volta en 1799, abre una
etapa de obtención de nuevos elementos a través del proceso
opuesto: la electrodescomposición de sustancias compuestas.
Pioneros
en el estudio de la electrólisis de las sustancia químicas son W.
Nicholson (1753 – 1815) que estudia la descomposición
electroquímica del agua acidulada y Humphry Davy (1788 – 1829)
que obtiene por primera vez metales tan activos como el potasio y el
sodio por procedimiento electrolíticos. Su discípulo M.
Faraday (1791 – 1877) deduce en 1832, apoyado en resultados
experimentales, las leyes cuantitativas de la electrólisis de las
disoluciones acuosas.
Otros
desarrollos para la producción de energía eléctrica a partir del
fenómeno químico, se concretan en 1836 con la pila de Daniell
y hacia mediados de la centuria con el invento del acumulador
eléctrico y luego de la pila seca.
Los
primeros elementos de una teoría que explicara los fenómenos
electrolíticos van a ser desarrollados por el químico sueco S.
Arrhenius (1859 – 1927) en 1884. Esta teoría marca el inicio de
una nueva rama del saber químico: la Electroquímica.
Un
gran momento en la aplicación de la Electroquímica a la Tecnología
viene representado por la producción del aluminio a partir de técnicas
electroquímicas (1886). Hasta este momento el aluminio constituía
un metal de escaso uso por las dificultades presentadas en la
reducción de su óxido.
El
dominio del fuego constituyó desde siempre una necesidad de la
civilización humana. En el siglo XVIII allí donde se inicia la química
como ciencia experimental, los estudios más sobresalientes se
relacionan con estudios sobre las reacciones de combustión,
pero lo que hoy llamamos el estudio de las relaciones entre el acto
químico y el calor involucrado data del siglo XIX.
El
nacimiento de la Termoquímica está marcado por los trabajos de
G.H. Hess (1802 – 1850) que demuestran que el calor implicado en
una transformación química sólo depende del estado inicial y
final del sistema y no de las etapas por las que este proceso pueda
ser efectuado. Constituye la ley de Hess, publicada en 1840, expresión
del principio más universal de transformación y conservación de
la energía.
En
1876 corresponde a Josiah Gibbs (1839 – 1910) el mérito de
relacionar en un cuerpo teórico coherente, las tres magnitudes que
caracterizan en términos termodinámicos un proceso químico: la
variación de energía libre, la variación de entalpía y la
variación de entropía. A partir de entonces la Termodinámica se
convierte en una disciplina de capacidad predictiva para evaluar la
tendencia de una reacción a verificarse en una dirección dada. En
otras palabras, la reversibilidad del fenómeno químico a partir de
entonces comienza a tratarse en términos cuantitativos.
Otra
esencia de las reacciones químicas que comienza a ser descifrada en
el ocaso del siglo XIX es el problema de la rapidez con que estas se
manifiestan. Comprender los factores que inciden sobre la rapidez a
la que se verifica una transformación química presupone la
capacidad de gobernarla convenientemente. La experiencia demostraba
que, por ejemplo, la hidrólisis del almidón se aceleraba por la
presencia de ácidos, y un efecto semejante era producido también
por un producto aislado de las levaduras, la diastasa.
El
primer peldaño en la edificación de la teoría de la Cinética Química
fue puesto por el propio Arrhenius quién en 1889
estudia la correlación existente entre la rapidez con que se efectúa
una reacción química y la temperatura. Los resultados
experimentales le permiten deducir una nueva magnitud, la energía
de activación. Este concepto conduce a la elaboración de la teoría
de las colisiones efectivas como forma de interpretación de las
reacciones químicas a partir de las nociones de la teoría atómico
– molecular de la constitución de las sustancias.
El
siglo cierra con lo que fuera una de sus iniciales tendencias, los
descubrimientos de nuevos elementos químicos. Pero esta vez, Sir
William Ramsay (1852-1916), premio Nobel en 1904, debió enfrentarse
al difícil problema de aislar de la atmósfera aquellos gases
caracterizados por su extraordinaria inercia química comenzando por
el que está en mayor abundancia relativa, el argón (del griego
Argos, noble). Trabajando en el otro extremo de la cuerda, el químico
francés Henri Moissan (1852-1907), premio Nobel de Química en
1906, consigue aislar el elemento más electronegativo y por
tanto de reactividad extraordinaria, el flúor. En el
laboratorio de los Curie a finales de la última década se
descubren tres radioelementos: el polonio, el radio y el actinio.
Al
correr las cortinas del siglo XIX el avance de estas tres ciencias
podía calificarse de colosal. Una parte de la humanidad iba a
recibir los beneficios la revolución científico técnica cuya
plataforma de lanzamiento había sido construida en esta centuria.
Paradójicamente,
las naciones abanderadas de este proceso de desarrollo material se
enfrascarían en dos guerras, llamadas mundiales. La tercera, ya en
plena era atómica, podría significar la pérdida de todo lo
valioso construido por el hombre en el planeta.
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