:.Elementos
y otras teorías de Grecia a Roma
Los
filósofos griegos ofrecieron las primeras hipótesis sobre la
diversidad del mundo material y su unidad a partir del
reconocimiento de una o varias sustancias fundamentales y sus
transformaciones. A la concepción materialista del mundo, nueva por
principio, se opondría, casi desde su inicio la visión idealista
que se hacia heredera de elementos de la tradición religiosa.
En
Mileto (Asia Menor), comienza la filosofía. Esta aparece como una
actividad privativa de la clase dominante, y el trabajo físico es
relegado a esclavos. En este
contexto, Tales (625 – 546 a.C.) elabora la
tesis de que la diversidad de las cosas encuentran la unidad en un
elemento primario. En términos de interrogante su indagación puede
resumirse de la siguiente forma: ¿Puede cualquier sustancia
transformarse en otra de tal manera que todas las sustancias no serían
sino diferentes aspectos de una materia básica?
La
respuesta de Tales a esta cuestión es afirmativa, e implica la
introducción de un orden en el universo y una simplicidad básica.
Quedaba por decidir cuál era esa materia básica o “elemento”.
Tales propuso que este elemento primigenio era el agua.
El
postulado de Tales no parece original si recordamos que en la épica
de los babilonios y en los salmos hebreos se refrenda la idea de que
el mar era el principio: Marduk o Yahvé extendieron las tierras
sobre las aguas. Sin embargo, allí donde babilónicos y judíos
apelan a la intervención de un creador, el filósofo griego no
reclama la intervención de una entidad sobrenatural. Al formular
una explicación racional de la multiplicidad de las cosas, sobre la
base de la unidad material del mundo, Tales abrió una nueva
perspectiva que fuera seguida por otros filósofos que le
sucedieron.
Allí
donde Tales creyó ver en el agua el origen de todas las cosas,
Anaximandro (611 – 547 a.C.) apela a un ente conceptual de máxima
generalización, el apeirón para definir lo indeterminado o
infinito que puede asumir la forma de cualquiera de los elementos
vitales para el hombre, sea el fuego, el aire, el agua, la tierra.
Para
Anaxímenes (570- 500 a.C.) el elemento básico era el aire. Las
transformaciones del aire posibilita cambios cuantitativos que se
traducen en lo cualitativo: si el aire se rarifica da lugar al
fuego; si por el contrario se condensa, dará lugar progresivamente
a las nubes, el agua, la tierra y las rocas.
En
resumen, la llamada Escuela de Mileto no solo implica el
trascendental paso de la descripción mitológica a la explicación
racional del mundo sino que combina una aguda observación de los
fenómenos naturales con una rica reflexión imaginativa.
Casi
un siglo después del apogeo de la Escuela de Mileto, surge la idea
defendida por Empédocles de Agrigento (490-430 a.C.) de que no hay
que buscar un único principio de todo lo existente sino que en
varios se resume de forma más completa la multiplicidad de las
cosas. Y así Empédocles propone considerar el agua de Tales,
el fuego de Heráclito, el aire de Anaxímenes, y a ellos suma la
tierra. A la materialidad de estos principios le incorpora la
cualidad de los contrarios expresada en términos de “amor” para
indicar la afinidad, y “odio” para señalar la repulsión.
La
hipótesis sobre la naturaleza atómica de la sustancia, y la noción
que de ella se deriva acerca de su composición como mezclas de
diferentes átomos que se diferencian entre sí por sus tamaños y
formas, resulta una integración en la polémica entre la razón y
los sentidos que se desarrolla en la ciudad de Abdera en el siglo V
a.C. Demócrito (460 – 370 a.C.), uno de los más altos
representantes de la Escuela Atomística, precedió a Dalton en unos
20 siglos.
Con
Platón (428 – 347 a.C.) se funda la Academia y la filosofía
griega gira hacia la tradición pitagórica. La primacía de las
ideas sobre “el mundo exterior” y la imposibilidad de alcanzar
un conocimiento a través de la experiencia es una constante de los
diálogos platónicos. En otras palabras: Platón niega el uso de la
observación y la experiencia sensible como método de investigación
de la realidad. Poniendo las miras en el conocimiento de ideas como:
virtud, bondad, belleza la retórica de Platón se vuelve
ininteligible al admitir que todo conocimiento es mero recuerdo
(anamnesis) e insistiendo en que la teoría de la reminiscencia
descansa en las relaciones entre el alma y el mundo inmaterial de
las ideas.De cualquier modo en el marco de la tradición pitagórica
se destacan diferentes trabajos sobre Geometría y Astronomía.
Hacia el año 450 a.C., los griegos comenzaron un fructífero
estudio de los movimientos planetarios.
El
más influyente de los filósofos griegos Aristóteles de Estagira (384
– 322 a.C.) ingresó en la Academia a los 17 años y solo
la abandonó veinte años después, cuando a la muerte de su
fundador, advirtió una tendencia a desviar la filosofía hacia la
formalización matemática. Años más tarde ingresa en el Liceo,
institución en la que enseñaría durante 13 años. En el Liceo,
los discípulos no solo cultivaban la observación, sino que
coleccionaban algunos materiales para apoyar el método inductivo
que desarrollaban en sus investigaciones. Está claro entonces que
Aristóteles rompe con el universo ideal platónico y admite la
cognoscibilidad del mundo sobre la base de la experiencia y de la
razón. Su obra penetra diversos ámbitos como la Lógica, Ética y
Política, Física y Biología.
La
visión astronómica de Aristóteles propone la delimitación de dos
regiones: la región terrestre, que ocupa el espacio sublunar, es
sede del elemento más pesado (la tierra) y de los elementos
responsables de la naturaleza mutable de las cosas; y la región
supralunar que la considera eterna, inmóvil y constituida por una
sustancia diferente, totalmente inerte, a la que denomina éter.
Aristóteles
aporta también una doctrina general de “las simpatías”y las
“antipatías” de las cosas, en el marco de la cual pretende
explicar la atracción específica del imán sobre el hierro. Antes
Tales había recurrido a un criterio animista al atribuirle
“alma” al imán. Empédocles esbozó una teoría mecanicista de
la atracción magnética que fuera desarrollada por los atomistas,
especialmente por Lucrecio al considerar la acción del imán sobre
el hierro como resultado de emanaciones atómicas.
Con
relación a la naturaleza de lo existente, la doctrina aristotélica
reconoce los cuatro elementos propuestos por Empédocles pero a
ellos le integra cuatro atributos que considera de máxima
universalidad y que se dan como parejas contrarias: el calor y el frío,
la humedad y la sequedad. Llama la atención como en la noción de
Aristóteles el cambio cuantitativo en un atributo puede traer
el cambio de cualidad. El agua fría y húmeda al calentarse, llega
el momento que se convierte en aire caliente y húmedo.
Con
el debilitamiento del Imperio Griego y el florecimiento de lo que se
llamó los “reinos helenísticos” surgió el gran desarrollo de
Alejandría, ciudad fundada en Egipto por Alejandro Magno (356 –
323 a.C.), y bajo los reinados de Ptolomeo I (305 –
285 a.C.) y Ptolomeo II (285 – 246 a.C.) nació y se
desarrolló el “Museo” (dedicado a cultivar las musas y que es
considerado como una relevante universidad), adjunto al cual se creó
la más importante biblioteca de esos tiempos. En este Museo se
fueron congregando los pensadores más significativos de la época y
constituyeron lo que se llamó La Escuela de Alejandría.
En
este período se destaca la obra de Arquímides (287-212 a.C.),
notable matemático e inventor griego. Arquímedes es conocido sobre
todo por el descubrimiento de la ley de la Hidrostática, el llamado
principio de Arquímedes.
La
hipótesis de que la Tierra gira sobre su eje y que junto con
los demás planetas gira en torno al Sol aparece en este período,
propuesta por Aristarco de Samos (310 – 230 a.C.).
Al defender esta visión del sistema solar está
iniciando la polémica filosófica acerca de la fiabilidad de los
sentidos, y la contraposición entre la contemplación y el
intelecto, la observación y el razonamiento. La hipótesis de
Aristarco fue rechazada por la mayoría de la comunidad de los filósofos
griegos que contemplaban a la Tierra como un globo inmóvil
alrededor del cual giran los ligeros objetos celestes. Debieron
pasar siglos antes que Copérnico retomara estas ideas, pero otra
vez y en un escenario bien distinto, encontrarían un rechazo
oficial.
Si
los sabios griegos obtienen resultados sobresalientes en las Matemáticas
y la Astronomía que exigieron mediciones y comprobaciones de las
hipótesis formuladas se puede advertir que no se desarrollan ni
siquiera las primeras tentativas de estudio experimental de las
transformaciones químicas. El laboratorio de los sabios griegos era
fundamentalmente la mente humana. El desarrollo de un pensamiento teórico
reflexivo y creativo no condujo a un primitivo trabajo experimental.
En
Alejandría aparece el escenario histórico propicio para un
contacto y posible fusión de la maestría egipcia en la
experimentación (khemeia) con la teoría griega pero tal
posibilidad no se convirtió en realidad. Al parecer el vínculo
estrecho del arte de la khemeia con la religión actuó como
muralla impenetrable para el necesario intercambio. Muchas vueltas
daría la Historia para que se diera una integración fructífera de
ambos conocimientos teóricos y prácticos.
No
obstante, aparece como un exponente de la khemeia griega, a inicios
del siglo III a.C., un egipcio helenizado, Bolos de Mende. A
su pluma se atribuye el primer libro, Physica et Mystica que aborda
como objetivo los estudios experimentales para lograr la transmutación
de un metal en otro, particularmente de plomo o hierro en oro.
Semejante
propósito, que alienta tentativas posteriores a lo largo de más de
un milenio, encuentra fundamento en la doctrina aristotélica de que
todo tiende a la perfección. Puesto que el oro se consideraba el
metal perfecto era razonable suponer que otros metales menos
“perfectos” podrían ser convertidos en oro mediante la
habilidad y diligencia de un artesano en un taller. Y este supuesto,
junto al interés económico que concita, soporta el campo de acción
principal de los antecesores de la Química que se sucedieron en
diferentes momentos y culturas hasta el siglo XVII.
Con
la desaparición del gran imperio consolidado por Alejandro, y el
posterior sometimiento de los pueblos greco – parlantes al poder
de los romanos (Grecia es convertida en provincia romana en el 146
a.C.), quedó seriamente comprometido el avance del saber
científico. El aletargamiento de las ciencias en este período se
ha relacionado con la falta de interés de la cultura romana por los
saberes científicos – filosóficos.
La
tradición de la Astronomía griega en Alejandría se mantiene viva
por la labor, entre otros, de Hiparco de Nicea (s. II a.C.).
Las ideas geocéntricas de Hiparco sobre el movimiento
de los astros, influyen en Claudio Ptolomeo, astrónomo griego
nacido en Egipto (s. II), que convierte tales hipótesis en un
sistema coherente de amplio poder explicativo y predictivo. El
éxito durante 13 siglos de la teoría ptolomeica se basó en la
concordancia de los resultados de las mediciones que se realizaban
en esa época, de limitada exactitud, con los movimientos observados
de los cuerpos celestes; la capacidad de predicción de esos
movimientos; la correspondencia de esas ideas con las observaciones
del sentido común; y la legitimación de las ideas religiosas –
filosóficas que se abrieron paso en la época y que perduraron
durante el largo periodo de la Edad Media.
La
visión aristotélica sobre la tendencia en la naturaleza hacia la
perfección alcanzó en Roma una lectura que vendría a justificar
la búsqueda de la transmutación de una sustancia por el oro,
el metal más perfecto. Así, se afirma que el emperador tiránico
romano Calígula (del 37 - 41) apoyó experimentos para
producir oro a partir del oropimente, un sulfuro de arsénico.
Se
ha reportado también que Zósimo de Tebas (hacia el 250-300) estudió
la acción disolvente del ácido sulfúrico sobre los metales. Este
descubrimiento podría haber resultado la más sobresaliente
aportación de los romanos pero fue ignorado por los que después
continuaron el estudio de las transformaciones de las sustancias. Zósimo
además apreció la liberación de un gas al calentar el óxido rojo
de mercurio. Más de diez siglos pasaron para que esta misma reacción
fuera estudiada e identificado el gas, el dioxígeno.
Hacia
el año 300 el emperador Diocleciano (283 – 305) ordenó quemar
todos los trabajos egipcios relacionados con el arte de la khemeia.
Su decisión respondía a dos factores: por una parte, temía que la
khemeia permitiera fabricar oro barato y con ello hundir la
tambaleante economía del Imperio y, por otra se hacía sospechoso
el pensamiento pagano asociado a la práctica de la khemeia
vinculada estrechamente con la religión del antiguo Egipto. Este
mismo emperador trató de eliminar el cristianismo, pero fracasó;
el emperador Teodosio I el Grande (en el período de 379 - 395)
terminó por fundar un imperio cristiano.
A
pesar de esta prohibición se conoce que Hypatia (370? - 415)
sobresaliente filósofa y matemática alejandrina, realizó estudios
experimentales en el campo de la khemia y desarrolló, entre otros
instrumentos, un equipo de destilación de agua, que debió ser uno
de los primeros útiles del stock alquimista. Durante casi dos
siglos, desde Nerón hasta Diocleciano, los cristianos debieron
enfrentar una cruel persecución. Ahora, una de las primeras mujeres
de ciencia resultaría mártir de la intolerancia religiosa
practicada por los cristianos.
Se
inauguraba así un período de estancamiento en el mapa europeo
mientras la cultura árabe a partir del siglo VII se expande, bebe
de otras fuentes y se enriquece hasta llegar al liderazgo de toda
una época.
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