:.La
Química del siglo XX
>
Coordenadas socioeconómicas y tendencias propias que impulsan el
desarrollo de la Química.
El
siglo XX traería al escenario mundial dos grandes guerras que
paradójicamente darían un impulso al desarrollo del conocimiento
científico en aquellas áreas en que se advertían necesidades
internas y principalmente con fines relacionados con la tecnología
militar. Este desarrollo dio lugar, incluso, al holocausto nuclear
de la década de los años cuarenta.
Al
finalizar la Segunda Guerra Mundial se conformaron dos grandes
bloques militares, económicos y políticos, que se enfrascaron en
una guerra fría, desarrollaron una irracional carrera armamentista,
y fomentaron la hipertrofia de un complejo militar industrial.
En
el polo de los países pobres, la mayoría de las colonias de África
y Asia lograba su independencia contribuyendo al derrumbe del
sistema colonial mundial que había servido como fuente de riqueza
para las metrópolis.
Ya
a finales de la década de los años ochenta y principios de los
noventa, con el derrumbe del sistema socialista en el este europeo,
se establecieron las bases de un mundo unipolar, caracterizado por
un proceso de globalización, que si en principio pudiera
considerarse en bien del intercambio científico – técnico,
realmente representa un desafío para la supervivencia del mosaico
de culturas de las naciones emergentes y de sus identidades
nacionales.
Por
otra parte, la desaparición de la guerra fría y el clima de
universal entendimiento que parecía poder alcanzarse abría la
posibilidad de congelar la irracional carrera de armamentos y
desviar estos enormes recursos financieros hacia la esfera del
desarrollo. Esto equivale a decir que podría al fin inaugurarse la
era en que Ciencia y Tecnología alinearan sus fuerzas en bien de
toda la humanidad. Pronto el optimismo inicial, derivado de
semejante razonamiento se evaporó ante las nuevas realidades.
El
progreso de las Ciencias debió navegar en medio de tales
circunstancias sociohistóricas. Comenzó a manifestarse la
principal característica de su desarrollo consistente en la
transformación, de producto social, elemento de la superestructura
de la sociedad humana, en una fuerza productiva con rasgos muy
especiales. Esta característica estuvo precedida por una explosión
en el ritmo de la producción de los conocimientos científicos que
alcanzó un crecimiento exponencial. Las relaciones Ciencia –
Sociedad se hicieron más complicadas.
No
obstante, se pueden apreciar determinadas tendencias como es el
hecho de que el avance de las Ciencias en este siglo es fiel reflejo
del desarrollo socioeconómico de los países, resultando tan asimétrico
y desigual como irracional es la distribución de riquezas heredada
del pasado colonial.
En
un ámbito como el de la Química, que tanta resonancia tiene en la
producción de nuevos materiales para el desenvolvimiento de las
tecnologías de “punta”, advertimos un liderazgo alemán hasta
la segunda guerra mundial que se ilustra con precisión
en la nacionalidad de los científicos laureados con el premio Nobel
de la Academia Sueca de las Ciencias. Un 40% de los 40 premiados en
Química hasta 1939 son alemanes, lo cual supera en conjunto los
lauros alcanzados por el Reino Unido, Francia y los Estados Unidos.
Esta pirámide que descubre la concentración de los polos científicos
en la Europa de la preguerra se invierte totalmente en el período
posterior pasando el liderazgo absoluto a los Estados Unidos. De las
98 personalidades que encabezando grupos o laboratorios élites en
la investigación científica reciben el Premio Nóbel en la
postguerra, 43 son estadounidenses, lo que supera la suma de los
laureados del Reino Unido, Alemania, y Francia.
Un
cuadro similar se advierte si se recurre a cifras que ilustren el
financiamiento por países en el área de investigación y
desarrollo, así como si se analizan la producción de patentes de
invención. En esta última esfera un nuevo problema viene a matizar
el progreso científico. En todo el siglo XIX, la protección de la
propiedad industrial, se había convertido en elemento de
financiamiento de nuevas investigaciones que alentaran y permitieran
nuevos logros en la invención. Pero con el siglo XX se van haciendo
borrosos los contornos de los descubrimientos y las invenciones para
la pupila de las grandes transnacionales interesadas más que todo
en competir con éxito en el templo del mercado. Una encendida polémica
se viene gestando en la opinión pública que gana creciente
conciencia de los peligros que entraña semejante política.
Afortunadamente, entre los propios investigadores se desarrolla un
movimiento tendiente a preservar como patrimonio de toda la
humanidad los descubrimientos científicos de mayor
trascendencia.
Un
proceso de fortalecimiento de los nexos en la comunidad científica,
que se habían iniciado con las Sociedades fundadas en el
siglo XVIII, se advierte desde inicios de siglo, sufriendo en los
períodos de duración de ambas guerras un inevitable
debilitamiento. En este contexto se destacan los Congresos
realizados en Bruselas, con el apoyo financiero del empresario belga
Ernest Solvay, que congregaron a los más brillantes físicos de la
época.
El
Congreso de Solvay de 1911, se puede considerar como el primer acto
en el desarrollo conceptual de la Teoría Cuántica, verdadera
revolución en el campo de las Ciencias Físicas. En el transcurso
del evento se alcanzó un consenso en el reconocimiento de que la Física
de Newton y Maxwell si bien explicaba satisfactoriamente los fenómenos
macroscópicos era incapaz de interpretar los fenómenos de la
interacción de la radiación con la sustancia, o las consecuencias
de los movimientos microscópicos de los átomos en las propiedades
macroscópicas. Para cumplir este último propósito era necesario
recurrir a las ideas de la cuantificación. Ello demostraba la
comprensión de la vanguardia de las Ciencias sobre el carácter
temporal, histórico en la construcción del conocimiento científico.
El
siglo XX traería también una organización de la ciencia en
Instituciones que debían concentrar sus esfuerzos bien en estudios
fundamentales como en aquellos de orden práctico. Los políticos se
darían cuenta, desde la Primera Guerra Mundial, de la
necesidad de sufragar los gastos de aquellas investigaciones
relacionadas con la tecnología militar.
El
Laboratorio de Cavendish en Cambridge, fundado en el siglo XIX, hizo
época no sólo por la relevancia de sus investigaciones
fundamentales para la determinación de la estructura atómica, sino
por la excelencia mostrada por sus directores científicos, J.J.
Thomsom y Ernest Rutherford, que lograron con su liderazgo que siete
investigadores asistentes del Laboratorio alcanzaran el Premio Nóbel
de Física.
El
Laboratorio “Kaiser Guillermo” de Berlín constituyó un modelo
de institución investigativa en las primeras décadas del siglo
y contó, en el período de la Primera Guerra Mundial, con la
asistencia de los más célebres científicos alemanes vinculados a
proyectos de desarrollo de nuevas armas. Fritz Haber, notable químico
alemán jugó el triste papel de introductor del arma química en
los campos de batalla. Como se verá más adelante el destino del
investigador alemán se cierra con el destierro, por su origen judío,
de la Alemania fascista.
En
la década del 40, se crea en Nuevo México, el Laboratorio Nacional
de los Álamos, verdadera empresa científica multinacional, con el
objetivo de dar cumplimiento al llamado Proyecto Manhattan para la
fabricación de la bomba atómica. La movilización de hombres de
ciencias de todas las banderas tuvo el propósito de neutralizar
cualquier tentativa de la Alemania hitleriana de emplear el chantaje
nuclear. El propio Einstein, con su enorme prestigio y autoridad
moral, inicia el movimiento enviando una misiva al presidente
de los Estados Unidos. Cinco años después, enterado de los éxitos
ya obtenidos en los ensayos de la bomba atómica, vuelve a usar la
pluma está vez para reclamar prudencia en el empleo de este
engendro de la Física Nuclear. El resto de la Historia es bien
conocido. El 9 de agosto de 1945 la humanidad se aterrorizaba
con la hecatombe nuclear en Hiroshima, días después se repetía
la escena esta vez en Nagasaki. Se inauguraba la época del arma
nuclear con un saldo inmediato de cien mil muertos y más de ciento
cincuenta mil heridos, y una multiplicación a largo plazo de las víctimas
como resultado de las manifestaciones cancerígenas y las mutaciones
genéticas inducidas por la radiación nuclear.
Los
más relevantes exponentes, y la mayoría de la comunidad científica
reaccionaron vigorosamente contra el desarrollo del armamento
nuclear y abrazó la causa del uso pacífico de la energía nuclear.
El propio Einstein abogó por el desarme internacional y la creación
de un gobierno mundial. No faltaron, sin embargo aquellos que
consideraron oportuno continuar la espiral armamentista, confiados
en que el liderazgo de un país podía resultar ventajoso para todo
el mundo. Entre estos se contó con el arquitecto principal de la
bomba de Hidrógeno, el físico húngaro, nacionalizado
estadounidense, Edward Teller.
En
la segunda mitad del siglo XX, la rivalidad entre las instituciones
científicas del este y oeste constituían un reflejo de la guerra
fría que prevaleció hasta bien avanzado el siglo. A la competencia
y el intercambio que alentó, en lo fundamental, el desarrollo
de las investigaciones en las primeras décadas entre las Escuelas
de Copenhague, Berlín, París, y Londres, le sustituyó un
cerrado silencio. El intercambio fue tapiado y supuestas
filtraciones al bando opuesto adquirieron la dramática
connotación de espionaje político. Los logros publicables que
obtenían los laboratorios nucleares de Dubna, en la ex - Unión
Soviética, Darmstad en Alemania, y Berkeley de los
Estados Unidos eran sometidos a encendidas polémicas sobre
prioridad, como es el caso del descubrimiento (acaso sería mejor
decir “la fabricación” en los aceleradores lineales) de los
elementos transférmicos que ocupan una posición en la tabla
periódica posterior al elemento número 100.
Pero
a pesar del mar de contradicciones en que debió navegar nuestra
nave planetaria ha sido el XX un siglo de un espectacular salto de
la Ciencia y la Tecnología. Se inauguran la “Era Atómica”, la
“Edad de los Materiales Sintéticos”, los tiempos de la
“Conquista del Espacio Sideral”, la “Época de la Robótica”,
el período de “la Informatización”, el despegue de “la
Ingeniería Genética”… En cada una de estas conquistas están
presentes las tres Ciencias Básicas que nos ocupan.
Desde
el punto de vista de su auto desarrollo, las Ciencias, a partir de
la segunda mitad del siglo XIX, experimentan una delimitación
de los respectivos campos de cada disciplina científica y a la vez
una tendencia a la interdisciplinariedad. Se advierten pues la
aparición de ramas de las Ciencias de naturaleza
"fronteriza", y el acercamiento hacia un mismo
objeto de estudio desde perspectivas diferentes siguiendo
luego una intención totalizadora.
En
particular, la Química del siglo XX ha sido “empujada” desde
diferentes ángulos por las necesidades sociales de la época pero
en todo caso su autodesarrollo relativo inclinaba en un
primer momento la atención de los químicos hacia el amplio campo
de los compuestos naturales.
En
conexión con esta gravitación hacia los compuestos bioactivos se
encuentra el desarrollo de una novedosa generación de fármacos
prototipos para cumplir una misión reiteradamente planteada
ante los químicos desde la legendaria Casa de la Sabiduría de
Bagdad en el medioevo, pasando por Livabius y Paracelso en el
Renacimiento europeo, hasta alcanzar con Erlich en el siglo XIX el
antecedente inmediato de la Quimioterapia.
A
la luz de la interdisciplinariedad exigida de Fisiología, Bioquímica,
Farmacología, Medicina, y Química se han alcanzado logros increíbles.
De cualquier manera es procedente reconocer que fueron los fisiólogos
y médicos los que abrieron fuego desde bien temprano en este siglo
sobre el campo de los productos químicos que cumplían importantes
funciones reguladoras en el organismo humano. Así en 1902, el fisiólogo
británico William M. Bayliss (1860 – 1964) al estudiar la
secretina, hormona intestinal que estimula la secreción pancreática,
introduce el término de hormona para indicar una secreción que
puede actuar sobre otros órganos al trasladarse en la
corriente sanguínea; y ya en 1912 los fisiólogos Frederick G.
Banting (1891 – 1941) y Charles H. Best (1899 – 1978) conducen
la investigación hacia el ámbito clínico al inyectar un extracto
hepático a un muchacho en fase terminal de diabetes y lograr la
reversión de su estado. Más de diez años de investigaciones los
llevan al descubrimiento de la hormona pancreática insulina, por lo
que recibe Banting en 1923 el premio Nóbel de Medicina, que
no puede decirse en este caso haya sido compartido sino disputado
con su colega de la Universidad de Toronto John J. Macleod (1876 –
1978). Paralelamente con las investigaciones de médicos y fisiólogos
y sobre todo a partir de la década del 20, especialmente en los
laboratorios alemanes, los químicos van a obtener resultados
trascendentales en el campo de las vitaminas, hormonas, proteínas,
ácidos nucleícos y otros importantes compuestos asociados a la
vida.
Nuevos
materiales que exhibieran una combinación de propiedades no
observadas en los productos naturales eran exigidos por un alud de
invenciones que van desde la inauguración de la época del teléfono
en 1887 y su rápida difusión (la
primera central telefónica del mundo se puso en servicio durante
1878 en New Haven, Estados Unidos; comprendía un cuadro conmutador
y 21 abonados); el desarrollo de la
industria de artículos eléctricos (Edison había inventado el fonógrafo
en 1877 y Berliner el disco fotográfico en 1887); la conquista del
aire iniciada con el vuelo de 59 segundos de los hermanos Wright en
1903; la producción en cadena de automóviles de Ford en 1913; el
debut de la radio con su explosivo crecimiento a partir del 20;
y otros desarrollos industriales.
Ahora
no prevalecería la casualidad que llevó en el siglo pasado a C.
Goodyear (1800-1860) al descubrimiento del caucho vulcanizado
y a John Hyatt a producir la casi accidental transformación de la
celulosa en el primer material termoplástico, el celuloide. A
partir de la década del treinta se despegarían uno tras otros las
invenciones de nuevos polímeros sustentados en rutas sintéticas
cuidadosamente proyectadas. La carrera en la síntesis de nuevos polímeros
llega hasta hoy impulsada por la conquista del cosmos, la revolución
en las comunicaciones, el dominio de los biopolímeros para fines médicos,
y se concreta con la producción de polímeros biodegradables,
conductores, fotopolímeros, y otros con propiedades específicas
para la tecnología de punta.
En
otro extremo de la cuerda se destacan las investigaciones que
posibilitaron el desarrollo de una revolución agrícola para un
mundo mayoritariamente afectado por el hambre y en constante
crecimiento (a pesar de las dos guerras mundiales devastadoras). Más
adelante se incluyen, como ejemplos polémicos de esta dirección,
los desarrollos asociados a la producción del amoníaco, pieza
clave para el impulso de la industria de los fertilizantes
nitrogenados, y las investigaciones que condujeron al empleo masivo
del DDT.
Algunos
autores han señalado el lanzamiento del libro “Primavera
Silenciosa” por la bióloga estadounidense Rachel Louise
Carson (1907 - 1964) como un momento de especial
importancia en la toma de conciencia por la comunidad científica y
por amplios sectores de la opinión pública sobre los peligros
generados por la actividad humana en el entorno ambiental. Lo
cierto es que a partir de la década de los setenta se van acopiando
más y más datos que conforman una visión dramática sobre los
cambios que viene observando nuestra atmósfera y el impacto real y
potencial que tales alteraciones promueven. La comunidad química ha
prestado atención a este relevante problema contemporáneo y los
principales resultados de esta ocupación encuentran un breve
espacio en estas páginas.
En
cualquiera de los ámbitos enunciados arriba, como en otros no
abordados en este trabajo, el desarrollo de potentes herramientas
para el análisis estructural de las complejas sustancias bajo
examen precedió o evolucionó paralelamente con las necesidades
planteadas a la investigación. Un amplio repertorio de estas técnicas
fue inventado y prosigue en permanente perfeccionamiento y expansión,
entre las que sobresalen aquellas basadas en la interacción específica
de la radiación con la sustancia.
>La
Química de los compuestos naturales.
Sobresalen
en el período del liderazgo alemán, antes de la segunda guerra
mundial, los trabajos de Adolf Windaus (1876 -1959). Windaus, quien
había quedado fascinado con las conferencias de Emil Fischer en
Berlín, descubre la constitución de los esteroles y su
profunda relación con las vitaminas. Su discípulo Adolf Butenandt
(1903 – 1995) se abrirá paso en el campo de las hormonas
sexuales. Estas investigaciones, conducidas en la legendaria
Universidad de Gotinga, tuvieron una gran incidencia en la
posibilidad de sintetizar luego en una escala industrial, la
cortisona. En 1931, Butenandt aisló la androsterona, tres años
después logró aislar la progesterona, y en 1939 había sintetizado
a partir de la androsterona, la testosterona. En un plazo de ocho años
inició el camino hacia el dominio de las hormonas sexuales.
En
otra de las instituciones alemanas que han servido de escenarios
para la gestación de sobresalientes descubrimientos en el campo de
la Química, el Instituto Kaiser Guillermo, más tarde rebautizado
como Instituto Max Planck, el autríaco- alemán Richard Kuhn (1900
– 1967) durante un período de veinte años descubrió ocho nuevos
tipos de carotenoides, y fue capaz de analizar su constitución.
Sobre esta base, obtuvo importantes resultados sobre las
vitaminas B2 y B6 que lo hicieron merecedor
del premio Nóbel en 1938.
La
segunda guerra mundial detuvo estas investigaciones fundamentales y
a partir de este momento la química alemana pierde su liderazgo.
En
uno de los propósitos más ambiciosos de la Química moderna:
encontrar la relación íntima entre la estructura molecular de
complejos productos orgánicos y la función biológica que cumplen,
campo dónde se inicia la frontera aún difusa con la biología
molecular, brilló la actividad de la química británica Dorothy
Crowfoot Hodgkin (1910 – 1994). Hodgkin empleó durante largos años
el análisis de rayos X para la determinación de las
configuraciones moleculares de la penicilina, la vitamina B-12, la
insulina, y otras importantes proteínas. En particular sus estudios
sobre la estructura tridimensional de la insulina se prolongaron
durante tres décadas, tiempo en el cual se convirtió en
pionera del uso de la computadora para la interpretación de los
espectros de rayos X y el correspondiente mapeo de las densidades
electrónicas en los sitios moleculares. Con cada nuevo
descubrimiento, la doctora Hodgkin produjo una expansión de la
tecnología de la Cristalografía por rayos X.
En
el Laboratorio Cavendish de Cambridge donde se condujeron las
investigaciones de Hodgkin, otros dos investigadores John C. Kendrew
(1917-1997) y Max F. Perutz (1914 – 2002) fueron capaces de
obtener vistas claras, tridimensionales de la estructura molecular
de la mioglobina y la hemoglobina y recibieron en 1962 el premio Nóbel
compartido por sus estudios fundamentales.
La
concentración de estrellas en el Cavendish incluye a quienes
realizarían descubrimientos esenciales para el ulterior desarrollo
de la Ingeniería Genética y la Biología Molecular. Francis Crack
(1916- ) y el estadounidense James Watson (1928- ), describirían el
primer modelo de doble estructura helicoidal para los ácidos
nucleicos y por esta contribución compartieron el premio Nóbel
en Fisiología y Medicina en 1962.
A
partir de 1962, se suma a esta comunidad de Cambridge,
F. Sanger (1918- ), el primero en descifrar la estructura de la
secuencia de aminoácidos de una proteína, la insulina, por lo cual
mereció el premio Nóbel de 1958, y el único químico en
archivar un segundo premio Nóbel en la propia especialidad,
22 años después, por su contribución decisiva a la
determinación de la secuencia de las bases nitrogenadas en los ácidos
nucleicos, principales responsables del código hereditario.
Al
otro lado del Atlántico, a partir de la década del treinta, en la
institución que más tarde se convertiría en Universidad de
Rockefeller se incubaba un fuerte movimiento en el campo de la Química
de los compuestos naturales que, luego de la segunda guerra mundial,
se convertiría en liderazgo de la ciencia estadounidense. Uno de
los iniciadores de este movimiento es John H. Northrop (1891 –
1987), premio Nóbel en 1946, por su contribución al aislamiento y
determinación estructural de las importantes enzimas
digestivas proteolíticas, tripsina y pepsina. En esta Institución
transcurren las trascendentales investigaciones de William H. Stein
(1911 – 1980) y Stanford Moore (1913 -1982) que representan una
contribución decisiva a la comprensión de la relación entre
actividad catalítica y estructura de los sitios activos de la
ribonucleasa; así como los estudios de nuevas rutas en la síntesis
de péptidos y proteínas en una matriz sólida conducidos por
Robert B. Merrifield (1921- ).
En
otro “santuario” estadounidense de la investigación en el campo
de los compuestos naturales, la Universidad de Harvard, se suceden
nuevas conquistas.
Un
equipo de químicos relevantes se concentró en los laboratorios de
investigación de este centro a fines de los años cincuenta.
Entre ellos cabe mencionar especialmente a Robert B.
Woodward (1917 – 1979), Premio Nóbel en 1965,
cuyo equipo en la década del 40 consigue la obtención de la
quinina, luego en los años cincuenta reporta la síntesis de
esteroides como el colesterol y la cortisona, en la siguiente década
demuestra la vía que conduce a la obtención de la clorofila, y ya
a inicios de los setenta corona con el éxito la síntesis de la
vitamina B-12.
Otro
gigante en el campo de la síntesis de complejas sustancias
bioactivas, que desarrolló su actividad en Harvard como colaborador
de Woodward, fue Elías B. Corey (1928 - ), Premio Nóbel de Química
en 1990. Corey en la década de los sesenta diseñó un nuevo método
conocido como retrosíntesis a partir del cual obtuvo más de 100
productos naturales y condujo por primera vez a la síntesis química
de las prostaglandinas.
Las
prostaglandinas son derivados de los ácidos grasos que se
encuentran en casi todos los tejidos del cuerpo humano,
interviniendo en variadas funciones esenciales. En particular, John
R. Vane (1927- ), químico por formación inicial y farmacólogo por
inclinación, premio Nóbel de Medicina en 1982, demostró que
las prostaglandinas intervienen en los mecanismos neurológicos del
dolor y que las múltiples aplicaciones médicas de la aspirina se
derivan de su capacidad para bloquear la producción de ciertas
prostaglandinas.
En
las décadas de los setenta y los ochenta ha aparecido en escena un
nuevo tipo de neurotransmisor de origen proteico, las endorfinas.
Roger Guillemin francés – estadounidense, ha estudiado la
producción de este tipo de hormona péptidica del
cerebro y los mecanismos de su acción. Por lo visto se ha
descubierto el tipo de sustancia que desempeña importantes roles en
los mecanismos conducentes a la aparición de las emociones
placenteras relacionadas con el sentimiento de felicidad. Guillemin
ha merecido el Premio Nóbel de Fisiología en 1977.
En
conclusión, durante este siglo la Química de los compuestos
naturales ha vencido importantes problemas en las esferas de la síntesis
y análisis de complejas moléculas bioactivas; y en la
comprensión teórica del rol catalítico de los biopolímeros y el
mecanismo de su interacción en el metabolismo de los seres vivos.
>Progresos
en el diseño y producción de fármacos.
Los
avances en este sector de la Biorgánica, junto con los
extraordinarios progresos de la Fisiología, la Bioquímica, la
Medicina y las técnicas de Computación han promovido una revolución
en el ámbito de la Quimioterapia.
En
el diseño de fármacos una posición especial han ocupado desde los
mismos orígenes de la Quimioterapia, los compuestos naturales.
Ellos han sido una de las grandes fuentes de fármacos prototipos.
Sirva citar como ejemplos de este grupo, los glicoesteroides, con
propiedades cardiotónicas, las hormonas de mamíferos (insulina,
corticoides, hormonas sexuales), y otros productos endógenos como
las prostaglandinas, vitaminas o neuropéptidos. La penicilina G,
cabeza de serie de antibacterianos lactámicos, marcó el inicio de
la edad de oro de estos antibióticos. Más recientemente en 1969
con el aislamiento de la ciclosporina A, un metabolito undecapéptido
del hongo Tolypocladium inflatum, se creyó disponer de un prototipo
para una nueva generación de agentes antivirales, pero su
demostrada actividad inmunodepresora, al interferir la biosíntesis
de la linfoquina, tuvo un gran impacto en la cirugía de
trasplantes, a fines de los setenta, al disminuir notablemente el
rechazo al órgano injertado.
La
época del desarrollo de programas de ensayos farmacológicos sistemáticos
con productos sintéticos fue inaugurado por Paul Erlich (1845 –
1915), uno de los pioneros de la Quimioterapia contemporánea. La
tradición heredada desde los tiempos de Paracelso y su intuición
(no hay que olvidar que al decir de Pasteur, “el azar favorece a
las mentes preparadas”) lo llevó a desarrollar un programa
teniendo como prototipo una estructura arsenical, en la lucha contra
el flagelo de la sífilis, y el éxito le sonrió con el preparado
606, al cual llamó salvarsan.
Ya
a la altura de la tercera década, teniendo como base el éxito de
Erlich con el azul de metileno sobre el paludismo, G. Domagk (1895
– 1964), premio Nóbel de Medicina en 1938, desarrolla un amplio
programa de evaluación de colorantes azoicos que concluyen en 1935
con el descubrimiento de la eficacia del prontosil, un azo derivado
que por reducción metabólica libera la sulfanilamida, el verdadero
compuesto responsable de la acción antibiótica. El programa
de búsqueda de mejores sulfamidas bacterianas, mediante el estudio
de miles de compuestos portadores del grupo -SO2N-
condujo a espectaculares aperturas en otros sectores de los fármacos,
tales como diuréticos (sulfonamidas y disulfonamidas),
hipoglucemiantes (sulfonilureas), leprostáticos y antituberculosos
(sulfonas).
Otra
dirección en el diseño de fármacos consiste en la búsqueda de
antimetabolitos por variaciones de la estructura de metabolitos.
Esta estrategia es una de las más usadas en el diseño de agentes
anticancerosos. Una aproximación dentro de esta dirección es el
diseño de inhibidores enzimáticos, entre los cuales merecen
mencionarse las cefalosporinas que actúan como inhibidores de de
las transpeptidasas de las bacterias.
>El
desarrollo de nuevos materiales.
La
necesidad social de aparición en escena de los plásticos alcanzó
tal impacto que algunos han bautizado cierto momento del siglo XX
como la “era de los plásticos”.
En
el campo de los materiales termoplásticos el siglo pasado había
dejado como saldo la modificación accidental de la celulosa en
nitrocelulosa que permitiría la producción del celuloide. Pero la
inauguración de una nueva época en la producción de materiales
sintéticos correspondió al químico belga - estadounidense L.H.
Baekeland (1863–1944), al obtener en 1907 resinas
termoestables por la condensación del fenol y el formaldehído, las
bakelitas (combinación del apócope de su nombre con el sufijo
procedente del griego lithos, piedra, es decir, la piedra de
Baekeland).
Sus
sorprendentes propiedades como elevada dureza, inercia frente a los
más enérgicos disolventes, termoestabilidad, baja conductividad eléctrica
y térmica y capacidad de moldearse al ser calentados para después
solidificar, fueron anunciadas por Baekeland en 1909 en Nueva York,
indicando la posibilidad de fabricar con las bakelitas desde
conmutadores eléctricos hasta discos fonográficos.
En
estos primeros tiempos prevalece el método de ensayo y error como
reflejo del escaso conocimiento sobre la estructura de las moléculas
gigantes y de los detalles de las reacciones en que se producían.
Al
filo de la década del treinta ya se disponía de la materia prima
suministrada por la industria del petróleo, y del bagaje teórico
suficiente, para que el químico J.A. Nieuwland (1878 – 1936)
investigara con éxito la producción del caucho sintético, al que
denominó neopreno. Este neopreno por sus propiedades elastómeras
superaría al caucho natural.
La
aplicación de la Termodinámica y la Cinética Química al estudio
sistemático de estos materiales, fue tarea abordada por diferentes
grupos de investigación entre los cuales se destacó el dirigido
por el químico alemán H. Staudinger (1881-1965). Estos
trabajos resultaron premisas fundamentales para el asalto a la síntesis
de los nuevos polímeros.
En
1928, la Compañía Dupont tomó una decisión poco común por
entonces en el mundo de los negocios: abrió un laboratorio para
investigaciones fundamentales que sería dirigido por el
brillante químico estadounidense William Carothers (1896–1937).
Carothers
demostró la posibilidad de producir controladamente fibras
artificiales que con el tiempo competirían por sus propiedades con
las fibras extraídas de fuentes naturales. Fueron sintetizados en
el laboratorio las poliamidas (nylon) y los poliésteres (dacrón,
terylene, etc.) a partir de los monómeros bifuncionales
complementarios, es decir, los ácidos dicarboxílicos (o sus
derivados) y las diaminas o glicoles correspondientes.
Frente
a la vía de policondensación ya descrita se desarrollaban nuevas técnicas
de polimerización por la vía de poliadición de los monómeros vinílicos.
Estos monómeros podían ser producidos masivamente por la
industria petroquímica y su reactividad se vería condicionada por
la presencia de dobles enlaces que mediante la acción de
iniciadores radicálicos daban lugar a estructuras poliméricas con
una cadena principal básicamente apolar. Del trabajo de equipo
dirigido por P.J. Flory (1910 – 1985), premio Nóbel en 1974,
quedaron definidas en lo fundamental las rutas sintéticas que
posibilitaron la producción de los polímeros vinílicos tales como
el polivinilcloruro, los poliacrilatos, poliacetatos, el teflón y
otros.
Un
nuevo período en el campo de las síntesis de polímeros se abre
con las investigaciones realizadas paralelamente por el químico
alemán K. Ziegler (1898-1973) y el italiano G. Natta (1903-1979).
En 1954 inician la aplicación de nuevos sistemas catalíticos órgano
– metálicos para la producción de polímeros vinílicos
con un alto ordenamiento de los grupos laterales a su espina dorsal
(cadena principal). Esta elevada estereoespecifidad lograda en las
etapas de síntesis había sido una conquista privativa de la
fisiología de los seres vivos.
Sin
poder compararse con los reconocidos logros en el campo de la
microelectrónica, la ciencia japonesa ha expresado en las últimas
décadas importantes contribuciones a la Química. En particular,
son importantes exponentes los éxitos alcanzados por el químico
japonés Hideki Shirakawa (1936- ), premio Nóbel del 2000,
descubridor de una nueva generación de polímeros conductores al
polimerizar el gas acetileno sobre la superficie de un catalizador
especial de Ziegler-Natta. Este tipo de polímeros conductores
vienen siendo estudiados también por investigadores de la
Universidad de Pennsylvania y constituyen una prometedora vía para
la obtención de nuevos materiales, únicos por sus propiedades híbridas
de termoplásticos y metales.
Otra
conquista sobresaliente en el campo de los polímeros sintéticos
viene dada por la fabricación de materiales biodegradables y
biocompatibles. La aplicación del ácido poliglicólico que
experimenta una relativa facilidad para hidrolizarse y asimilarse
por los tejidos vivos y la capacidad mostrada por similares
productos para formar matrices tridimensionales dónde pueden
“sembrarse” células de tejidos han abierto campos
insospechados de aplicación en la Medicina.
Las
suturas quirúrgicas sintéticas, con excelente resistencia mecánica
y fácilmente reabsorbibles por el organismo, son un ejemplo de
masiva aplicación. Pero por ahora las más trascendentes
invenciones se relacionan con el transporte y suministro lento de
medicamentos en zonas de difícil o impenetrable acceso, como es la
barrera hematoencefálica, que
evita la penetración de una gran variedad de sustancias químicas
procedentes de la sangre en el cerebro; y el uso de los polímeros
biocompatibles como armazón genérica donde crecen tejidos.
Robert
Langer (1949- ), un ingeniero químico del Instituto Tecnológico de
Massachussets, diseñó láminas de polímeros en forma de disco que
fueran implantadas en 1992 por el neurocirujano de la institución médica
Johns Hopkins, Henry Brem (1952 - ), para
tratar el cáncer tras realizar intervenciones quirúrgicas en el
cerebro. Dado que las sustancias químicas embebidas en el polímero
de superficie biodegradable, se administran localmente, no ocasionan
la toxicidad sistemática típica de los fármacos para combatir el
cáncer. Estas láminas representan el primer tratamiento nuevo para
el cáncer cerebral en 25 años. En la actualidad se utilizan
sistemas de administración lenta muy similares para tratar el cáncer
de próstata, la endometriosis e infecciones óseas agudas.
Las
empresas de biotecnología utilizan estructuras poliméricas para
crear piel artificial con el fin de tratar las quemaduras graves y
las úlceras producidas por la diabetes. Multiplican células vivas
en cultivos (normalmente procedentes de tejidos que se desechan
durante las operaciones quirúrgicas) y, a continuación,
“siembran” las células en la estructura de polímeros.
Cuando
la ingeniería de materiales y la ciencia especializada en polímeros
unen sus fuerzas con la biología y la medicina se logran estos
milagros modernos. De cualquier manera, una conciencia universal
debe ser creada, en primer lugar para que los logros de la ciencia
de punta no sean privativos de los sectores minoritarios de los países
ricos, y para que en ningún caso un Frankestein espiritual pueda
apoderarse del género humano por una irracional manipulación genética.
>Productos
sintéticos para necesidades apremiantes
En
relación con otro problema crucial del siglo, los primeros años
del siglo apuntan a la conquista de productos sintéticos que traerían
soluciones a problemas relacionados con la presión demográfica y
al mismo tiempo conducirían a nuevos desafíos en las relaciones
del hombre con la naturaleza.
La
producción de alimentos para una población mundial creciente,
problema que se planteaba desde inicios de siglo XX, demandaba una
revolución verde en los rendimientos agrícolas. Fertilizar
adecuadamente las tierras era una exigencia y la reserva natural
existente de sales nitrogenadas no permitía dar respuesta a esta
necesidad.
Así
las cosas, la fijación del nitrógeno atmosférico mediante una
adecuada transformación química se erigía como un problema de muy
difícil realización. La síntesis del amoníaco, precursor de los
fertilizantes nitrogenados, mediante la reacción entre el dinitrógeno
y el dihidrógeno chocaba con dificultades prácticas.
Fritz
Haber, con la ayuda de su joven colaborador inglés Le Rossignol
encontró en la primavera de 1909 las condiciones, en pequeña
escala, para obtener poco más de una gota del amoniaco por minuto.
Estos resultados experimentales fueron expuestos ante los dirigentes
de la Badische Anilin und Soda Fabriken, la mayor empresa de
productos químicos de la época.
Los
directivos de la sociedad Badische terminaron por apostar, sin límite
de tiempo ni de crédito, a la solución del problema del escalado,
confiando esta tarea a dos expertos en el escalado Carl
Bosch y Aldwin Mittasch. Las perspectivas que alentaban el proyecto
cubrían un doble propósito: la producción de abonos y de
explosivos nitrogenados.
Luego
de cuatro años en que realizarían más de 10 000 pruebas de síntesis
y evaluarían mas de 4 000 catalizadores en el laboratorio, Bosch y
Mittasch levantaron la industria que producía unas mil veces la
producción inicial de Haber, es decir unas cuatro toneladas de
amoniaco diariamente. Hoy se produce más de cien mil veces esta
cantidad de amoniaco pero el catalizador propuesto por Mittasch no
ha podido ser superado en eficiencia y costo.
Otro
problema en el orden del día de las necesidades alimentarias del
mundo lo era – y lo sigue siendo aún hoy- encontrar aquellas
sustancias insecticidas que combatieran las plagas causantes de
enormes pérdidas al arrasar cosechas enteras de las principales
fuentes energéticas nutritivas de la población. En esta realidad
se inserta la polémica página de la síntesis y aplicación de uno
de los más potentes insecticidas fabricados por el hombre: el
D.D.T. Existen los testimonios de que el
dicoloro-difenil-tricloroetano fue sintetizado por primera vez en
1873, por un joven estudiante austríaco, Othmar Zeidler, pero el
producto carece de interés hasta que el químico industrial suizo
Paul Hermann Müller (1899 – 1965) descubre en 1936 la
fuerte acción insecticida por contacto que exhibe y luego de cuatro
años de intensa labor obtiene la patente industrial en 1940.
Dos productos el Gesarol y el Niocide fueron comercializados a
ambos lados del Atlántico al probar su eficaz acción en el combate
del tifus, la malaria y en la agricultura. Müller recibe por este
trabajo el premio Nóbel de Fisiología o Medicina en 1948. Décadas
después se exigía el cese de su aplicación por el impacto global
que había provocado en diferentes ecosistemas al reducir dramáticamente
la población de insectos que se insertan en la cadena alimentaria
de diferentes especies.
A
pesar del incuestionable valor social que presentan la síntesis
industrial de fertilizantes nitrogenados y la producción de
insecticidas, la evaluación del impacto que ha venido provocando su
empleo irracional, promueve a partir de los años ochenta una
corriente de pensamiento relacionada con las nociones de
biocompatibilidad, fuentes renovables de recursos, y el
desarrollo de una conciencia que reconoce la necesidad apremiante de
una actuación más racional de convivencia con el entorno.
>La
Química del medioambiente
En
la década de los setenta, los científicos de la Universidad de
California, Irvine, F. Sherwood (1927- ) y el mexicano –
estadounidense Mario Molina (1943- )
determinaron, luego de un exhaustivo estudio, que los
clorofluorcarbonos empleados masivamente como propulsores en todo
tipo de “spray” y como refrigerantes, tienen potencial para
destruir la capa de ozono. Y en efecto, en años recientes, se ha
confirmado el enrarecimiento de la capa de ozono en diferentes
latitudes del planeta. Este adelgazamiento ocasiona un aumento
de los niveles de la radiación ultravioleta dura que
penetra en la atmósfera e incide sobre la superficie del planeta.
Esta radiación puede ser responsable del incremento de la
frecuencia del cáncer en la piel observada en los países nórdicos
desarrollados, así como de la disminución del plancton marino,
primer eslabón en la cadena alimentaria de los peces. La
importancia concedida a estos problemas por la comunidad científica
se expresa en el premio Nóbel concedido de forma compartida a
Sherwood, Molina y al químico holandés Paul Crutzen (1933- ) en
1995. Este último había predicho que el óxido de nitroso podría
ser responsable de la destrucción del ozono estratosférico,
participando en una reacción en cadena.
A
este problema se suma el peligroso deterioro causado por las lluvias
ácidas que afectan diversas regiones del orbe. La primera señal de
alarma seria se dio a comienzos del setenta cuando en Escocia se
reportó precipitaciones con un índice de acidez comparable al del
vinagre.
El
origen de las lluvias ácidas está directamente relacionado con la
actividad industrial. Las investigaciones realizadas en los
glaciares de Groenlandia demuestran inobjetablemente que hace unos
500 años el pH oscilaba entre 6 y 7 (el índice de acidez de una
solución neutra se corresponde con un pH de 7), es decir a mitad
del milenio anterior la lluvia era sólo ligeramente ácida. Hace
aproximadamente 190 años se produce un descenso notable de este pH
que se sitúa entre 5,8 y 6,0 lo que coincide con la revolución
industrial, el advenimiento de la máquina de vapor de Watt y
un aumento considerable en la combustión de diferentes carbones.
Hacia 1955 el promedio del pH de la lluvia se desplaza hacia 5,6 lo
que se califica de descenso espectacular lo que coincide con el no
menos espectacular aumento de la actividad industrial en el mundo
desarrollado de la postguerra. El mecanismo de formación de las
lluvias ácidas se conoce desde 1975. La opinión pública ha sido
informada. La voluntad política de los países con la máxima
responsabilidad por este grave trastorno de un ciclo de
precipitaciones que ha recibido la Tierra durante millones de años
está preñada de fariseísmos.
La
comunidad científica viene gestando los contornos de una Química
del Medio Ambiente,
que exige del concurso de otras disciplinas de la
Química, en particular de la Química de los radicales libres, la
Cinética en cuanto demanda del desarrollo de nuevos sistemas catalíticos,
y la intervención de las técnicas de análisis más refinadas y
fiables. Será necesario un financiamiento y el desplazamiento de
recursos para una política de monitoreo y de búsquedas de
soluciones a los problemas industriales y de los equipos de
transporte.
>El
desarrollo del instrumental analítico
Las
potencialidades que brindan los espectros de difracción de rayos X
fueron explotadas para la determinación de complejas estructuras
cristalinas de compuestos biológicos. Un baluarte en la aplicación
y desarrollo de estos métodos lo encontramos en el Laboratorio
Cavendish de Cambridge. En este laboratorio se concentraron recursos
materiales y capital humano que forjó una comunidad con un nivel de
primera línea. Trascendentales revelaciones sobre la estructura y
la síntesis de valiosos productos naturales vieron la luz en este
grupo.
En
la década de los cincuenta, una contribución extraordinaria al
campo del análisis estructural de las sustancias orgánicas fue
realizada por el físico estadounidense Félix Bloch (1905 –
1983), premio Nóbel de Física en 1952, al desarrollar la
Resonancia Magnética Nuclear. Pronto esta técnica se difundió por
los laboratorios de investigación, contribuyendo de manera especial
a este esfuerzo de expansión el también suizo Richard Ernst (1933
- ), premio Nóbel de Química en 1991, por el diseño y construcción
de una nueva generación de equipos de alta resolución, y el
desarrollo paralelo de la teoría para ampliar el alcance de su
aplicación. Un nuevo salto se produciría durante la década de los
ochenta cuando el químico suizo Kurt Wuthrich (1938- ), premio Nóbel
de Química del 2002, desarrolló la idea sobre cómo extender la técnica
de Resonancia Magnética Nuclear al estudio de las proteínas. En
muchos aspectos el método de RMN complementa la cristalografía de
rayos X, pero presenta la ventaja de estudiar la molécula gigante
de la proteína en solución, es decir en un medio que se asemeja a
cómo ella se encuentra y cómo funciona en el organismo viviente.
Un ejemplo de la aplicación del método propuesto por Wuthrich para
orientar las investigaciones clínicas la encontramos en el reciente
estudio de las proteínas implicadas en un número de enfermedades
peligrosas tales como “la enfermedad de las vacas locas”.
Ahora la técnica de RMN puede también usarse para los estudios
estructurales y dinámicos de otros biopolímeros tales como los ácidos
nucleicos que dirigen el dominio de la información hereditaria.
En
la década del 30, el físico e ingeniero electrónico alemán Ernst
A. Ruska (1906 – 1988), premio Nóbel de Física en 1986,
elaboró los principios de funcionamiento y diseñó el primer
microscopio electrónico. Al comienzo del 45, cerca de 35
instituciones científicas fueron equipadas con este equipo. Los
modernos microscopios electrónicos capaces de ampliar la imagen del
objeto unos dos millones de veces se fundamentan en las propuestas técnicas
de Ruska. Una nueva generación de microscopios fue propuesta hacia
la década de los sesenta, cuando el físico suizo H. Rohrer (1933-
), quien compartió el premio Nóbel de Física en 1986 con Ruska,
desarrollara la técnica de microscopía electrónica de
barrido por efecto túnel en el laboratorio IBM de Zurich. Con esta
técnica se detectan imágenes con resolución atómica.
Las
posibilidades brindadas por la microscopía electrónica fueron
aprovechadas para la obtención de imágenes tridimensionales de
virus, proteínas y enzimas. En este propósito sobresale la obra de
Aaron Klug (1926- ), biólogo molecular, lituano de nacimiento,
surafricano por crianza, y británico según adopción, que mereció
el Nóbel de Química en 1991.
La
espectrometría de masas es en la actualidad una de las más
potentes técnicas analíticas con que cuenta el químico. El inicio
de su aplicación data del registro de los espectros de masas de moléculas
sencillas de bajo peso molecular obtenidas por J.J. Thomson en 1912.
Los primeros prototipos de espectrógrafos, siguiendo los mismos
principios básicos de los empleados hoy día fueron principalmente
desarrollados por Francis W. Aston (1877 – 1945), quien descubrió
un gran número de isótopos (elementos con igual carga nuclear pero
que difieren en los índices de masas) y fue laureado por estas
aportaciones con el premio Nóbel de Química de 1922. El equipo
para obtener tales espectros debía ser capaz de: a) producir iones
gaseosos a partir de las moléculas a investigar; b) separar estos
iones de acuerdo con la relación carga : masa; y c) medir la
abundancia relativa de cada ión. En la década del cuarenta ya se
habían fabricado espectrógrafos para analizar sustancias orgánicas
de peso molecular medio; a finales de los cincuenta se demostró el
papel de los grupos funcionales sobre la fragmentación directa
ampliándose la capacidad de los equipos para determinar estructuras
orgánicas; y ya hacia los setenta el perfeccionamiento de los
equipos alcanzaba una sensibilidad que permitía trabajar con masas
de muestras del orden de una millonésima de gramo.
Pero
hasta esta altura la espectrometría de masas no servía para la
determinación de estructuras de moléculas gigantes como lo son
importantes biopolímeros. La primera etapa de la técnica exige el
paso de las macromoléculas a la fase gaseosa lo cual implica la
ocurrencia de indeseables transformaciones estructurales que empañaban
los resultados. Dos investigadores en la década de los ochenta
propusieron los procedimientos para burlar este obstáculo.
El
estadounidense John B. Fenn (1917- ) propuso dispersar la proteína
bajo estudio en un solvente y luego atomizar la muestra sometiéndolas
a un campo eléctrico. Cómo el solvente se evapora las microgotas
se convierten en moléculas de las proteínas totalmente desnudas.
El método se conoce como ionización por electrodispersión (en
inglés se emplean las siglas ESI, correspondientes a electrospray
ionization).
La
aplicación de la espectrometría de masa, sobre todo acoplada a la
Cromatografía Gaseosa, técnica capaz de separar componentes de una
muestra, se extiende en la actualidad al análisis de sustancias
dopantes o drogas; el control de los alimentos; y los ensayos
ultrarrápidos para determinar los niveles de contaminación
ambiental.
>Una
ojeada al desarrollo de la teoría del enlace químico
El
descubrimiento de la estructura electrónica de los átomos, la
descripción del modelo nuclear y de los estados estacionarios de
los electrones en la envoltura atómica, y la formulación de una
nueva ley periódica para las propiedades de los elementos químicos
basada en la carga nuclear de los átomos, constituyeron premisas
para penetrar en la naturaleza del enlace químico que esperaba por
una coherente explicación desde mediados del siglo pasado.
En
1916 se publican los trabajos del físico alemán W. Kossel (1888
-1956) y del químico físico de la Universidad de California G. N.
Lewis (1876 – 1946) que presentaron una notable resonancia en el
tratamiento posterior de este problema.
Kossel
desde la Universidad de Munich fue el primero en postular la posible
transferencia electrónica desde un átomo electropositivo hacia
otro electronegativo como mecanismo de formación del llamado enlace
iónico, que supone su fortaleza por la fuerza electrostática
desarrollada entre las especies cargadas con signo opuesto.
La
idea de la posible existencia de dos tipos de compuestos con enlaces
polares y apolares expuesta inicialmente por Lewis en el 1916, fue
complementada en los años siguientes cuando formula la tesis
de que el enlace en las sustancias moleculares es el resultado del
compartimiento de un par de electrones por parte de los
átomos unidos, que expresan tendencia a alcanzar la configuración
electrónica del gas noble que le sucede en la Tabla Periódica de
los elementos (la famosa regla del octeto para la última capa de la
envoltura atómica).
Estos
modelos, en sus aspectos cualitativos, llegan hasta nuestros días
como un a primera visión acerca del enlace químico. Pero la
necesaria profundización llegó a partir de 1927 cuando se
introducen en el pensamiento químico las ideas de la mecánica cuántica.
En
1927, un año después de la publicación del artículo de Schrödinger
en el cual fue propuesta la ecuación de onda que lleva su nombre,
el físico alemán W. Heitler (1905 – 1981) y F.
London (1900 – 1954) desarrollaron el cálculo mecánico cuántico
de la molécula de dihidrógeno, que dio una explicación
cuantitativa del enlace químico. En esencia el cálculo vino a
demostrar que durante el acercamiento de dos átomos con electrones
de spines opuestos ocurre un aumento de la densidad de la nube
electrónica en el espacio entre los núcleos, que se acompaña con
una disminución considerable de la energía del sistema. Surge el
enlace con la formación así de un sistema más estable.
Comenzaría
a desarrollarse un nuevo sistema de categorías para explicar las
características del enlace químico. Algunos de los conceptos que
emergen con un contenido cualitativamente distinto son los de
orbital atómico y orbital molecular que ahora designan
regiones que con determinada probabilidad se encuentra la nube de
electrones; las nociones de energía de enlace para indicar su
fortaleza, radio o distancia internuclear promedio para señalar las
posiciones relativas de los núcleos, densidad electrónica relativa
para denotar la existencia de los sitios activos responsables de la
reactividad, y orden de enlace para advertir la multiplicidad que
presentan los átomos al enlazarse.
Las
representaciones de Heitler y London sobre el mecanismo de la
formación del enlace sirvieron de base para la explicación y el cálculo
por aproximación del enlace en moléculas más complejas. Estas
representaciones fueron desarrolladas por el método de enlaces de
valencia o de pares electrónicos introducidos por los
estadounidenses J. Slater (1900 – 1975) y L. Pauling (1901 -1994).
La formación del enlace es comprendido como la cobertura de las
funciones de ondas de los electrones en juego. La orientación
espacial que adoptan estos enlaces y que determinan la forma geométrica
de la molécula, obedece a la máxima posibilidad de sobreposición
de las funciones de ondas que participan en la formación del
enlace. Sobre la base de estos principios desarrollan la productiva
teoría de hibridación de los orbitales atómicos que explica la
capacidad de combinación mostrada por los átomos y la geometría
que exhiben las moléculas.
A
pesar de la fertilidad mostrada por el método de los enlaces
valentes, sus presupuestos fueron incapaces de dar explicación a
determinados hechos experimentales como el paramagnetismo mostrado
por el dioxígeno. Más fructífero para la explicación y el cálculo
del enlace covalente resultó el método de orbitales moleculares
elaborado en sus fundamentos por R. Millikan (1868 – 1953).
Hay diversas variantes del método de orbitales moleculares. Mereció
una especial atención la propuesta de E. Hückel ( (1896 - 1980)
para las moléculas orgánicas, el llamado método de combinación
lineal de los orbitales atómicos. Como resultado de la utilización
de este método se formaron tres conceptos de gran significado en la
química orgánica moderna, el orden de enlace, la densidad electrónica
π y el índice de valencia libre.
El
desarrollo de la capacidad predictiva de ambas teorías del enlace
químico no sólo han sustentado las propiedades de los nuevos
materiales sintéticos sino que han orientado el diseño de
complicadas estructuras moleculares en el campo de los complejos
metal-orgánicos y de los polímeros biológicos abriendo paso a la
compresión de los mecanismos, al nivel molecular, de los procesos
que definen la génesis hereditaria y la inmunidad biológica
y abren paso a nuevas conquistas de las Ciencias en el
campo de la Biología Molecular y la Ingeniería Genética.
>La
transmutación de los elementos: Radioactividad y fisión nuclear.
El
átomo indivisible había nacido en el ámbito químico mientras el
mundo subatómico aparecía vinculado a la física contemporánea.
De cualquier manera una enorme resonancia tendría sobre la Química
el conocimiento de la estructura atómica. De hecho el trabajo
conjunto de radioquímicos y físicos experimentadores condujo a
relevantes descubrimientos sobre todo en el campo de la desintegración
radiactiva.
El
descubrimiento del electrón y la radioactividad fueron prácticamente
coincidentes en el tiempo. La práctica demostraba la complejidad
del átomo, por lo menos los electrones y las partículas alfa
(emitidas por los radioelementos) entraban en la estructura atómica.
Casi
desde estos primeros momentos comenzaron las tentativas por
describir un modelo atómico. William Thomsom (Lord Kelvin) ya en
1902 concebía la carga positiva distribuida uniformemente por todo
el átomo mientras los electrones en número que compensaba esta
carga se encuentran en el interior de esta nube positiva. Un año más
tarde, J.J Thomsom concibe a los electrones en movimiento dentro de
la carga positiva distribuida en una esfera.
Luego
de otros intentos para describir un modelo que explicara el espectro
de rayas y de bandas y el fenómeno de la radioactividad, aparece en
1911 la publicación del físico neozelandés Ernest Rutherford
(1872 – 1937) “La dispersión por parte de la materia, de las
partículas alfa y beta, y la estructura del átomo” en la que
propone el modelo nuclear del átomo. Según Rutherford la carga
positiva y la masa del átomo se confinan en una porción muy
reducida, 104 veces menor que las dimensiones del átomo,
mientras los electrones quedan alojados en una envoltura
extranuclear difusa. La carga positiva nuclear es igual a Ze, siendo
e, la carga del electrón y Z aproximadamente la mitad del
peso atómico.
Rutherford
fue más allá y en diciembre de 1913 expone la hipótesis de que la
carga nuclear es una constante fundamental que determina las
propiedades químicas del átomo. Esta conjetura fue plenamente
confirmada por su discípulo H. Moseley (1887 – 1915), quien
demuestra experimentalmente la existencia en el átomo de una
magnitud fundamental que se incrementa en una unidad al pasar al
elemento siguiente en la Tabla Periódica. Esto puede
explicarse si se admite que el número de orden del elemento en el
sistema periódico, el número atómico, es igual a la carga
nuclear.
Durante
este primer período la atención de la mayor parte de la vanguardia
de los físicos teóricos se concentraba en extender los
razonamientos cuánticos iniciados por Planck; mientras, la
construcción de un modelo para el núcleo atómico era un problema
relativamente relegado y frente al cual se levantaban enormes obstáculos
teóricos y prácticos.
Rutherford
había sugerido desde sus primeras investigaciones que muy
probablemente el núcleo estaría constituido por las partículas
alfa emitidas durante la desintegración radioactiva. Ya para
entonces el propio Rutherford había cuidadosamente comprobado que
las partículas alfa correspondían a núcleos del Helio, es decir,
partículas de carga +2 y masa 4. Otra línea de pensamiento
conducía a suponer que los electrones (partículas beta) emitidos
durante la desintegración radioactiva eran lanzados desde el mismo
núcleo.
Frederick
Soddy (1877 –1956), uno de los primeros y más sobresalientes
radioquímicos, premio Nobel en 1921, al pretender ubicar el
creciente número de productos de la desintegración radioactiva en
la Tabla Periódica colocó los elementos que mostraban
propiedades químicas idénticas en la misma posición aunque
presentaran diferentes masas atómicas. Al hacerlo estaba ignorando
la ley de Mendeleev y modificando el propio concepto de elemento químico.
Ahora surgía una nueva categoría para los átomos, el concepto de
isótopos (del griego iso: único, topo: lugar). Poco después, el
descubrimiento de Moseley apoyaría su decisión, al demostrar que
la propiedad fundamental determinante de las propiedades químicas y
de la propia identidad de los átomos era la carga nuclear.
Con
la Primera Guerra Mundial se levantaron obstáculos para el progreso
de los estudios fundamentales recién iniciados, quedarían
interrumpidos los intercambios científicos, detenidas las
publicaciones, el campo de acción de las investigaciones desplazado
a la práctica de la tecnología militar.
Pero
en Berlín una pareja de investigadores, Lise Meitner (1879 –
1968) y Otto Hahn (1878 – 1968), una física y un químico, venían
investigando sobre el aislamiento y la identificación de
radioelementos y de productos de la desintegración radioactiva.
Ante el alistamiento de Hahn en el ejército para llevar a cabo
estudios vinculados con la naciente guerra química, Meitner
continúa las investigaciones y descubre en 1918 el protactinio.
En
1919, Rutherford, que encabeza a partir de este año el laboratorio
Cavendish en Cambridge, al estudiar el bombardeo con partículas
alfa sobre átomos de nitrógeno, descubre la emisión de una nueva
partícula, positiva, y evidentemente responsable de la carga
nuclear del átomo. La existencia en el núcleo de partículas
positivas y de los electrones emitidos como radiaciones beta, llevó
a este relevante investigador a concebir una partícula que
constituyese una formación neutral, un doblete comprendido como una
unión estrecha de un protón y un electrón.
Durante
más de 10 años Rutherford y su principal asistente James Chadwick
(1891 – 1974) intentaron en vano demostrar experimentalmente la
existencia del neutrón.
Las
señales alentadoras vendrían de París, del laboratorio de los
Joliot. Jean Frederick (1900 – 1958) e Irene Joliot- Curie
(1897 – 1956) reportaron en 1932 que al bombardear con partículas
alfa, provenientes de una fuente de polonio, átomos de berilio se
producía una radiación de alto poder de penetración que ellos
asociaron a rayos γ. Pero Chadwick no compartió este supuesto
y procedió a verificar que estas partículas eran los escurridizos
neutrones. Chadwick fue acreditado para la Historia como el
descubridor de los neutrones.
La
nueva oportunidad que se les presentó dos años más tarde a los
Joliot fue esta vez convenientemente aprovechada. Ellos encontraron
que al bombardear aluminio con partículas alfa, la emisión de
positrones continuaba después de retirar la fuente de plutonio, y
además el blanco continuaba emitiendo conforme a la ley exponencial
de la descomposición de radionúclidos. Se había descubierto
la radioactividad artificial.
Inmediatamente
después del descubrimiento del neutrón, W.Heinseberg propone
el modelo del núcleo del protón – neutrón. Conforme con este
modelo los isótopos descubiertos por Soddy se distinguen sólo por
el número de neutrones presentes en el núcleo. Este modelo se
verificó minuciosamente y obtuvo una aprobación universal de la
comunidad científica. Sin embargo numerosas interrogantes quedaban
en pie, entre otras flotaba la pregunta: ¿de dónde proceden los
electrones resultantes de la desintegración radiactiva?
Para
responder a esta pregunta el eminente físico teórico suizo
Wolfgang Pauli (1900 – 1978) supuso, en el propio 1932, que
durante la desintegración beta junto con los electrones se emite
otra partícula que acompaña la conversión del neutrón en un protón
y un electrón y que porta la energía correspondiente al defecto de
masa observado según la ecuación relativista de Einstein. Lo
trascendente en la hipótesis de Pauli es que semejante partícula,
necesaria para que el proceso obedeciera la ley de conservación y
transformación de la energía, no presentaba carga ni masa en
reposo.
Esta
vez fueron 24 años, la espera necesaria para que la partícula
postulada por Pauli y bautizada por Enrico Fermi (1901 - 1954) con
el nombre de neutrino, fuera observada mediante
experimentos indirectos conducidos de modo irrefutable por el físico
norteamericano F. Reines (1918 - ). Con este descubrimiento se
respaldaba la teoría desarrollada por Fermi sobre la desintegración
beta y las llamadas fuerzas de interacción débil entre las partículas
nucleares.
Pero
antes de esta espectacular verificación de la teoría, aún en la
memorable y triste década de los 30, el propio Fermi y su grupo de
la Universidad de Roma, al juntar las nociones del neutrón y la
radioactividad artificial, en el transcurso de unas semanas inició
el camino hacia la fisión nuclear, considerando por el contrario
que se dirigía hacia el descubrimiento de nuevos elementos más
pesados.
En
Berlín, un equipo de investigación compuesto por Otto Hahn, Fritz
Strassmann y Lise Meitner, pretendió verificar los estudios del
grupo de Roma e inició el bombardeo de átomos de uranio con
neutrones, esperando poder descubrir nuevos elementos más pesados.
En vez de esto, a finales de 1938, Hahn y Strassmann (la Meitner había
sido clandestinamente sacada de Alemania ya que peligraba su
integridad por su origen judío) descubren no un elemento más
pesado como resultado del bombardeo nuclear del uranio sino un
elemento más ligero, llamado bario. Sin poder darles una explicación,
envían estos resultados inmediatamente a Meitner, entonces en
Estocolmo, donde ella y su sobrino, el físico Otto Frisch (1904 –
1979), investigaron el misterio. Llegaron a la conclusión de que el
núcleo del uranio, en vez de emitir una partícula o un pequeño
grupo de partículas como se suponía, se rompía en dos
fragmentes ligeros, cuyas masas, unidas, pesaban menos que el núcleo
original del uranio. El defecto de masa, según la ecuación de
Einstein, podía transformarse en energía.
Dos
años después, en la Universidad de Berkeley, California, un grupo
de jóvenes científicos demostraron que algunos átomos de uranio,
en vez de dividirse, absorbían los neutrones y se convertían en
las sustancias que había predicho Fermi. Los investigadores de
Berkeley, Edwin McMillan (1907 – 1991) y P.H. Abelson (1940-
) realizaron experimentos en los que obtuvieron un elemento que poseía
un protón más que el uranio, de modo que su número atómico era
93. Se le llamó neptunio, por el planeta Neptuno, más allá de
Urano.
Luego
un equipo dirigido por Glenn Seaborg (1912 – 1999), del propio
Berkeley, descubrió que los átomos de neptunio se deterioraban y
se convertían en un elemento cuyo número atómico era 94. Este
elemento fue llamado plutonio por el planeta Plutón. El primer isótopo
descubierto fue el plutonio 238. Un segundo isótopo, el plutonio
239, resultó ser tres veces más fisionable que el uranio 235 (el
material que finalmente se utilizó en la bomba de Hiroshima). En
teoría, 300 gramos podían generar una carga explosiva equivalente
a 20.000 toneladas de TNT.
En
octubre de 1942, un equipo de científicos dirigido por Fermi
empezó a construir una pila atómica (uranio colocado entre
ladrillos de grafito puro) bajo las gradas de un estadio en la
Universidad de Chicago. La investigación formaba parte del proyecto
Manhattan para la fabricación de la bomba atómica y pretendía
demostrar que los neutrones liberados
en la fisión de un átomo de uranio podían “disparar”
un mecanismo en cadena que generaría una enorme cantidad de energía.
Nueve
años después de creada la pila atómica de Fermi, y a seis años
del holocausto de Hiroshima y Nagasaki, científicos estadounidenses
emplearon por primera vez la tecnología nuclear para generar
electricidad. En 1951, bajo la supervisión de la Comisión de Energía
Atómica se iniciaron las pruebas del funcionamiento de un reactor
nuclear experimental instalado en una central eléctrica construida
por los Laboratorios Nacionales Argonne en Idaho. El reactor
experimental produjo energía suficiente para poner en
funcionamiento su propio sistema de puesta en marcha; como llegaría
a ser común en todas las plantas de energía atómica, el calor del
núcleo haría hervir agua y el vapor impulsaría una turbina.
En
1954, los soviéticos abrieron la primera planta nuclear civil.
Dos años después, los británicos inauguraron la segunda planta
industrial.
Pronto
empezaron a funcionar centrales nucleares en todo el mundo.
Pero las predicciones de un futuro impulsado por energía atómica
resultaron poco realistas. Las centrales nucleares, caras de
construir y de mantener, también resultan peligrosas por los
residuos radiactivos y la posibilidad de accidentes catastróficos.
Contrario al supuesto de los especialistas sobre la confiabilidad de
los sistemas de seguridad de las Plantas Nucleares, varios
accidentes ha conocido la humanidad a causa del error humano. La catástrofe
de Chernobil, en Ucrania, conmocionó por su devastador impacto a
toda la humanidad.
A
partir de ahora uno de los grandes retos de la civilización
contemporánea será emplear racionalmente y orientar sobre una base
ética las conquistas de las nuevas Ciencias
que se refunden e integran en medio de una revolución informática
y de la Ingeniería Genética. ¿Seremos
capaces de lograrlo? Tal vez una comprensión de la Historia,
contribuya a proyectar correctamente el
rumbo de nuestra nave planetaria hacia el futuro.
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