:.Newton y el
ocaso de la Alquimia
La
Europa que sirve de escenario al despegue de las ciencias y más
particularmente a la Revolución de la Física en la Inglaterra de
Newton, conformó un complejo panorama político, económico y
social.
Domina
el acontecer político de la primera mitad del siglo, la guerra de
los 30 años, (1618 – 1648) resultado de choques de intereses
religiosos, políticos y económicos. A partir de la paz de
Westfalia, Europa se convierte en un mosaico de estados nacionales
que representan el fin del poder del Imperio y del Papado. A la
secularización del estado correspondió una secularización del
pensamiento que impulsó el progreso de las ideas científicas.
Hacia
la segunda mitad se destacan los desarrollos de dos modelos políticos:
·
El esplendor de la monarquía absoluta de Luis XIV
(1643-1715) que cristaliza el liderazgo francés.
·
El agitado paisaje de las sociedad inglesa con la guerra
civil (1642) que conduce a la instauración y vida de la República
de Cromwell (1649-1660), la posterior restauración de los
Estuardos, y finalmente la abdicación de Jacobo II (1660 –1688)
mediante la Revolución pacífica de 1688. Esta revolución se
considera el hito histórico que inaugura el dominio inglés de los
mares, del comercio y de la Revolución industrial.
En
lo económico se producen zigzageos pero la tendencia expresa un
incremento del comercio colonial reflejado en la constitución de
las grandes compañías de la Indias en las tres potencias que
emergen como líderes, Holanda, Inglaterra y Francia.
Aparecen las instituciones que prefiguran el naciente capitalismo
como la Bolsa de Amberes y la Banca nacional. El transito de la
producción artesanal, doméstica, a la manufactura se traduce en la
creación de instalaciones, se incuban novedosas técnicas y
proliferan las profesiones que gestan las propias instituciones de
nuevo tipo.
No
se puede decir que los científicos del siglo mostraron indiferencia
por los reconocidos movimientos sociales que bajo el término de
Reforma tuvieron lugar. Desde Neper en Escocia hasta Newton en
Inglaterra tomaron partido ante los acontecimientos que adoptaron un
ropaje religioso.
Es
hacia mediados de este siglo que se crean, en los grandes polos de
Europa, las primeras sociedades científicas. En 1662 abre sus
puertas la famosa sociedad londinense “Royal Society”, cuya
presidencia ocupará décadas más tarde el insigne Isaac Newton;
poco después, en la próspera Florencia del Ducado de Toscana,
comienza sus actividades la Academia de Cimento, actuando como su
fundador el célebre Evangelista Torricelli; en 1666 se inaugura la
Academia de Ciencias de París, contando entre sus primeros
secretarios al afamado Louis Pasteur; y cierra el período la
fundación de la Academia de Ciencias berlinesa, bajo la inspiración
del pionero del cálculo, Gottfried W. Leibniz.
La
aparición de grandes obras filosóficas en el siglo XVII,
repercuten en el camino que toman las Ciencias Naturales. En este
marco es necesario destacar la obra del filósofo inglés Francis
Bacon (1561 - 1626). F. Bacon reclamaba para el trabajo científico
la aplicación del método inductivo de investigación en lugar del
viejo método deductivo en que se basaba la escolástica. El
procedimiento fundamental para conducir la investigación propuesto
por Bacon lo constituía el experimento organizado y planificado.
Sus ideas tuvieron una amplia repercusión, primero en Inglaterra y
luego en otros países.
La
etapa de naciente formación en las Ciencias tal vez explique la
inclinación abarcadora de los científicos de la época. Los
grandes matemáticos incursionan con frecuencia en el campo filosófico,
se esfuerzan por explicar los fenómenos en su totalidad, e intentan
construir los instrumentos matemáticos requeridos para la
formalización de los experimentos en el campo de la Mecánica.
La
Historia reconoce que es la Física, la Ciencia que en todo este período
impulsa el desarrollo de la formalización matemática para
describir las leyes de los objetos que estudia, en particular el
movimiento de los cuerpos bajo un enfoque dinámico. No es casual
que como veremos a continuación el nacimiento del Cálculo
Diferencial estuviera vinculado con necesidades del propio
crecimiento de las Ciencias Físicas.
Es
también a partir del siglo XVII que se introduce sólidamente en
las prácticas de las investigaciones el método experimental, con
el cual se conducen una serie de grandes descubrimientos.
El
propio diseño del experimento físico impulsó el desarrollo de los
instrumentos de medición. El más notable de los mecánicos fue sin
dudas el inglés Robert Hooke. En la lista de instrumentos que
inventó figuran el microscopio, el barómetro de cuadrante, un termómetro
de alcohol, un cronómetro mejorado, el primer higrómetro, un anemómetro
y un “reloj” para registrar automáticamente las lecturas de sus
diversos instrumentos meteorológicos. A ellos han de sumarse en
este siglo, el reloj de péndulo y el telescopio.
Las
ideas desarrolladas por Copérnico y Galilei fueron las premisas
científicas básicas con las que contó Isaac Newton (1642 –
1727) para su trabajo de axiomátización de la Mecánica en su
famosos “Philosophiae Naturalis Principia Mathematica”
publicados en 1687. En esta obra, dividida en tres libros, Newton
hace una exposición detallada de la Mecánica.
En
el tercer libro “El sistema del mundo” presenta sus cuatro
reglas para el “razonamiento filosófico” que son:
1.
“No se deben admitir otras causas que las necesarias para explicar
los fenómenos.”
2. “Los
efectos del mismo género deben siempre ser atribuidos, en la medida
que sea posible, a la misma causa.”
3.
“Las cualidades de los cuerpos que no sean susceptibles de aumento
ni disminución y que pertenecen a todos los cuerpos sobre los que
se pueden hacer experimentos, deben ser miradas como pertenecientes
a todos los cuerpos en general.”
4. "En
la filosofía experimental, las proposiciones sacadas por inducción
de los fenómenos deben ser miradas, a pesar de las hipótesis
contrarias, como exactas o aproximadamente verdaderas, hasta que
algunos otros fenómenos las confirmen enteramente o hagan ver que
están sujetas a excepciones.”
Estas
reglas tienen un incalculable valor epistemológico para la Ciencia.
Las dos primeras están relacionadas con el método de la modelación,
que consiste en esencia en la acumulación de datos de la observación
de un conjunto de fenómenos y extrayendo lo esencial de ellos,
proponer un modelo físico – matemático de esos fenómenos y de
los sistemas donde ellos se producen y luego pasar al experimento,
diseñado al efecto, para comprobar la validez del modelo.
Estas
dos primeras reglas expresan el pensamiento newtoniano sobre la
relación causa – efecto penetrado por el enfoque determinista
emanado de su propia descripción de la Mecánica, pero sin dudas, y
la Ciencia lo ha demostrado plenamente, son válidas estas ideas
para los casos de los sistemas macroscópicos.
La
tercera regla avanza un método para la generalización de las
conclusiones científicas, lo que ha sido un poderoso instrumento en
manos de la Ciencia. Sin embargo debe señalarse que este método,
mal aplicado, puede llevar a errores de grandes proporciones. Tal es
el caso de intentar aplicar o generalizar los resultados de la Mecánica
Clásica al mundo de las micropartículas subatómicas.
Por
último, la cuarta regla hace referencia a la objetividad del
conocimiento si este es levantado sobre una sólida base
experimental y a la vez permite la adecuada combinación entre el
carácter absoluto de ese conocimiento en un momento histórico
determinado y su carácter relativo en el decursar del tiempo,
fertilizando la idea de lo que más tarde se conoció como el
Principio de Correspondencia, que invalida la concepción del
relativismo a ultranza.
Para
tener una idea del grado de validez del núcleo teórico newtoniano,
bastará con saber que el diseño, control y corrección
de las órbitas de los satélites terrestres y las naves cósmicas
que el hombre utiliza en la actualidad, son realizados enteramente
con arreglo a las predicciones de estas tres leyes.
En
el ámbito
de la Química el siglo XVII marca el inicio de
la introducción de la balanza para estudiar las transformaciones químicas
y un cambio en el centro de interés del tipo de sustancias objeto
de estudio desde los minerales y metales hacia los vapores o
espíritus.
También
cabe destacar que el propio Descartes fundador de la Geometría Analítica,
hace renacer la atomística antigua. De manera hipotética Descartes
planteó la singular idea de que las propiedades de las sustancias
dependían de la forma que adoptaban sus partículas
constituyentes. Así el agua debía presentar como corpúsculos
elementales partículas largas, lisas y resbaladizas; partículas
puntiagudas debían formar las sales; pesadas y redondas debían ser
las del mercurio. Puede considerarse a Descartes el iniciador de la
Estereoquímica o Química Espacial, pero sus ideas no podrían
tener un ulterior desarrollo en esta época. Debía antes
desarrollarse la Mecánica de Newton, para que Dalton, a inicios del
XIX, pudiera atribuir a la masa, la propiedad fundamental de
los átomos.
Pionero
de los virajes de este período es el médico flamenco J.B. Van
Helmont (1577 –1644). Si un alquimista al observar la deposición
de una capa de cobre sobre un clavo introducido en una solución de
azul de vitriolo, creería ver la transmutación del hierro en
cobre, Van Helmont estudia la disolución de los metales en los tres
ácidos minerales fuertes y la recuperación de los metales de estas
disoluciones. Se enfrasca también Van Helmont en la penosa tarea de
atrapar las sustancias escurridizas que se escapan en
numerosas transformaciones a las cuales bautizó con el término de
gases, derivado del griego “chaos”. Así aísla el gas liberado
en la fermentación del vino que identifica con el gas desprendido
en la reacción entre el carbonato de calcio y el ácido acético,
al cual llama gas silvestre.
Una
tendencia observada durante el siglo XVII, relacionada con el
desarrollo de la manufactura, centraba su interés en mejorar los
procedimientos para obtener sustancias de aplicación práctica como
los salitres, ácidos, bases y colorantes. Para cumplir estos propósitos
se necesitó perfeccionar los útiles, y en particular los medios de
calentamiento, hornos y equipos que aumentaron el arsenal de los
laboratorios de la época.
Johann
Rudolph Glauber (1604 – 1668) fue el más eminente
representante de esta dirección. Glauber elaboró un nuevo método
para producir los ácidos clorhídrico y nítrico. Una vez
destilados los ácidos trató el residuo que quedaba en la
retorta y al recristalizar obtuvo un producto que exhibía una
fuerte acción laxativa. El sulfato de sodio, conocido en la
Farmacopea como sal de Glauber, llega hasta nuestros días.
Pero
fueron los trabajos del químico irlandés Robert Boyle (1627 –
1691) los que marcaron una nueva pauta. En 1622 descubre, al
estudiar el comportamiento que experimenta el volumen de los
gases con las variaciones de la presión, la ley que llega a
nuestros días como ley de Boyle. En su libro “El químico escéptico”
se suprime el prefijo de la vieja alquimia pero la verdadera ruptura
que propone con el pasado no se reduce a un cambio ortográfico. A
partir de él, los elementos no resultan deducidos del razonamiento
especulativo, sino del criterio experimental de carácter primario
en el sentido de no admitir una ulterior descomposición. El término
elemento, en este contexto, tiene un significado derivado de la práctica
y un sentido de provisionalidad que no sería superado hasta el
siglo XX cuando se descubriera la naturaleza íntima de los
elementos químicos.
Aunque
la actividad en este siglo está
pautada por la reestructuración hacia el
estudio de los gases y el enfoque experimental ausentes de
conjeturas y falsas expectativas, el mérito por el descubrimiento
de un tercer no-metal, el fósforo, corresponde al último
alquimista, Henning Brand (¿ – 169? ). En 1669, calcinando los
residuos de la destilación de la orina, obtuvo en la retorta un
polvo luminiscente que consideró un fuego elemental.
Se
ha repetido que Newton dedicó ingentes esfuerzos a ensayos de
transmutación alquimista, justamente cuando tales ideas estaban en
pleno decaimiento a fines de este siglo XVII. Pero en rigor histórico
publicó un ensayo en 1700 "On the nature of acids" y dejó
incompleta una teoría "de la fuerza química" que vino a
conocerse un siglo después de su muerte, ambos privados del tinte
alquimista y en plena correspondencia con su regla de
oro para el razonamiento filosófico: "No se deben admitir
otras causas que las necesarias para explicar los fenómenos".
Con
la Revolución Científica inaugurada por Newton se abría paso el
paradigma mecánico, mientras, al finalizar esta centuria,
agoniza la Alquimia.
El
siglo XVIII sería testigo de un avance extraordinario de las Matemáticas;
el inicio de la expansión de nuevas áreas del conocimiento físico,
y en la Química nacía un proceso revolucionario al debutar como
ciencia asentada en el tratamiento cuantitativo de los resultados
experimentales.
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