El funeral
Vulcano
Apenas llegué a tiempo al funeral. Los poetas que había invitado estaban presentes, con semblante triste, mirando el féretro. Neruda, Machado, Bécquer, Tagore, Mistral, Castellanos, Darío, Gallegos, Paz, Martí, Guillén, Borges, todos, todos ahí estaban...
Comenzó a morir una muy fría mañana de otoño, cuando las amapolas no abrieron sus corolas, cuando el canturrear de las aves dejó de oírse, cuando las nubes aterciopeladas, altas y transparentes anunciaban que pronto llegaría el fin. Todos sabíamos entonces que no había remedio, que murió porque así sucede con las cosas más importantes de la vida.
Todos lo echaremos de menos, por eso había desolación, por eso quisimos asistir al sepelio. No podíamos creer que hubiera sucedido, pero, ya no había "peros", había muerto...
Antes de bajar el ataúd y que llegara hasta el fondo de la fosa, de tal manera que ahí comenzara de nuevo a existir en su nueva morada, cada uno quiso decir unas palabras. Uno a uno quiso expresar algo que se impregnara en la vida para la posteridad.
Mientras Martí expresó su canto, su rima nos estremeció. Bécquer quiso expresar un poema inédito, y a la vez, obtuvo un hermoso verso de dolor. Pasaron las horas, cada uno expresó lo que deseaba en ese momento gris y falto de dicha. Al final, decidimos verlo por última vez, observar el rostro de aquél que se había ido; queríamos retenerlo para siempre en nosotros, no dejarlo ir, pero se fue de todos, y se abrió el ataúd...
No había nadie dentro de él, estaba vacío. Todos comenzamos a reír. ¡Claro!, cómo es posible que se muera el amor cuando nunca nos amaron de verdad...

