Confusión fatal
Vulcano
Ya había oscurecido. Rogelio conducía su auto deprisa pues deseaba llegar lo más pronto posible a su casa. Cuando viró en la esquina comprobó que las luces estaban apagadas. Todo había terminado... Rebeca, su amada esposa, se había marchado con su amante.
No obstante, apresurado corrió hacia la puerta, entró a la estancia, se acercó a la escalera y le gritó a Rebeca. Sus intentos fueron en vano; allí sólo estaba él rodeado de penumbras.
Las tenues luces de la calle penetraban por el amplio ventanal y alumbraba tenuemente la sala. Caminó hacia el sillón individual y se sumergió en sus pensamientos y recuerdos. Al sentarse comenzó a llorar amargamente.
Durante unos segundos pensó en el suicidio. Todavía a oscuras miró a su alrededor tratando de sobreponerse. Pero era inútil; todo había acabado.
De pronto miró el teléfono y sin querer balbuceó su pensamiento.
-Le pediré que vuelva -dijo a sí mismo-, le hablaré; no creo que se haya ido; estoy seguro ella me ama.. y estará en la casa de su madre.
Como impulsado por un resorte y decidido saltó del sillón y se apresuró a tomar el teléfono. Pero comprobó que estaba cortada la línea. Con un movimiento de desesperación arrojó el aparato contra la chimenea. En su semana de viaje no se había pagado el teléfono y pensó que ella se había marchado antes de la fecha de pago. Otra vez, intentando hacerlo en silencio, mortificado de nuevo, comenzó a sollozar.
Caminó de nuevo al sillón y se sentó. De pronto descubrió sobre la chimenea un papel recargado en un candelabro. Hizo un intento para incorporarse pero se imaginó el contenido del recado.
Se dijo a sí mismo: seguramente Rebeca le escribía su adiós. Ya no tuvo interés en leer aquello que lo mataría de pena; de cualquier modo ya no había solución.
Allí, en su sillón favorito, donde había compartido muchas veces con Rebeca momentos indescriptibles de cariño, placer y caricias, continuó Rogelio durante algún tiempo, acabado moralmente.
Ya en la madrugada, aún a oscuras, planeó su muerte. Una vez decidido fue a la recámara hurgó en el guardarropa hasta hallar el revolver. La cargó y empuñándola tembloroso la llevó hasta su cabeza. Su vida pasó en un momento; se hizo presente la confesión de su amada esposa de haberle sido infiel en una de tantas reuniones de trabajo en el interior del país. Antes de jalar del gatillo, temeroso, abrió los ojos y vio el retrato colgado de la pared donde miró las siluetas de él y Rebeca, sonriendo, tomada el día de su boda. No tardaron en aparecer las lágrimas. Bajó su brazo y se dirigió al buró de donde extrajo papel y bolígrafo. Comenzó a redactar un recado póstumo.
"No se culpe a nadie de mi muerte. Soy el único responsable de todo. Amé intensamente a quien fue mi esposa, y quiero decirle que la perdono, que mi amor por ella está por sobre todas las cosas. Quiero que perdone mis ofensas al enterarme de la verdad y el infierno que le hice pasar hasta lograr que ella decidiera marcharse de mi lado. Si yo muero ella no tiene ninguna culpa, pues el único que faltó en nuestro amor fui yo al no saber ser el marido que ella siempre deseó".
Tomó el papel, lo puso en el buró con cuidado, descolgó aquella fotografía de boda y se tiró sobre la cama para mirarlo por última vez.
Con la vista nublada por el llanto miró el rostro de Rebeca, como queriéndose aprender de memoria su bella sonrisa. En ese momento, empuñó el arma, la apuntó hacia su sien y jaló del gatillo. Se oyó el disparo y el retrato ensangrentado rodó hasta la alfombra.
Ya casi era el amanecer. Juan, el vecino joven de los Septién se disponía, enfundado en su traje deportivo, a iniciar su trote. Al oír el disparo se detuvo sorprendido. Miró hacia la casa de los Septién y corrió hacia la puerta llamando insistentemente. Esperó unos instantes y comprendió que algo pasaba. Deprisa se dirigió a su casa y llamó a la policía. Al cabo de unos minutos llegaron varias patrullas y una ambulancia.
Los policías insistieron en el timbre y al no hallar respuesta forzaron la puerta. Entraron atropelladamente y una vez dentro de la casa se dieron a la tarea de la investigación. No tardarían en encontrar el cadáver de Rogelio y su recado póstumo.
La escena era patética. Vecinos y policías alrededor del suicida. De pronto, jadeante uno de los policías informaba al jefe.
-Señor. Encontramos esta nota sobre la chimenea.
El comandante López puso el papel delante de su vista y leyó:
"Amor. Mi madre volvió a recaer. Si me buscas cuando llegues del viaje estaré en el hospital donde está internada, ya lo conoces.
Tuya por siempre Rebeca...
PD: Te amo y jamás me separaré de ti, viviré siempre para que me perdones y resarcir mi falta".
López volvió su mirada al cadáver de Rogelio.

