Un soplo de eternidad

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Cuentos cortos

José C. Martínez Nava

Camilo Correa

Vulcano

A los soldados de todo el mundo aunque olviden que son parte de nosotros

La muerte, la desolación y la desesperanza convertían a nuestro país en un polvorín. Por doquier se hallaban las huellas de las sangrientas batallas que ya parecían cotidianas. La guerra de revolución para derrocar al gobierno estaba en su máximo apogeo. En las calles de las ciudades, en los bosques, selvas y en los otrora campos de cultivo, ahora se podían observar innumerables cadáveres de soldados, guerrilleros y patriotas. Estos cuadros patéticos nos hacían reflexionar una cosa que jamás había cruzado por nuestras mentes: sin distinción todos ellos eran de la misma raza, la humana.

Cuando nuestro pelotón se aproximaba a un poblado o a una ranchería, las escenas se repetían constantemente. El terror se apoderaba de los civiles que pronto buscaban un refugio para escapar del peligro. Posteriormente fuimos entendiendo del por qué de esta actitud de la gente. En ocasiones los miembros del ejército, bajo grandes presiones de salvaguardar su vida, ante los rumores de la presencia de un grupo guerrillero, asaltaban, sin medir consecuencias, a los pobladores sospechosos. Los maltrataban y a algunos los fusilaban; sobre todo a gente joven con aspecto sospechoso. Por otro lado, esta era una de las causas por lo que la revolución se había extendido en todo el país muy rápidamente; los jóvenes se incorporaban a la guerrilla, pues preferían morir con un fusil en las manos que sucumbir inútilmente en un asalto del ejército.

Nuestro pelotón había participado en más de 20 batallas en los últimos 7 días; sin embargo, hacía aproximadamente un día que no habíamos detectado al enemigo. El teniente Ramírez nos había prevenido de que sufriríamos una emboscada en la Sierra de Molina, a la cual nos apresurábamos con paso veloz. El general Sánchez ordenó al teniente que tomáramos ese rumbo, porque el Pelotón Crucero había sucumbido en ese lugar ante la guerrilla. La orden era clara. Nuestro pelotón cercaría a la guerrilla en el paso "Las Ovejas", justo donde la fuerza aérea atacaría en un sólo tiempo. Los jefes pensaban que esto nos daría el triunfo sobre esa región tan importante en la Revolución.

A pesar de los planes de nuestros jefes militares, existía incertidumbre en nosotros, pues de día y de noche corríamos el peligro de una emboscada, la cual era muy posible; y esto nos ponía aún más nerviosos, razón por la cual el recorrido en dirección de la Sierra de Molina fue muy penosa, bajo gran hermetismo y con un silencio desgastante.

Habían pasado tres horas desde que dejamos Guadalupe, el poblado más importante de esa región. Íbamos de tres en tres en una fila que medía cerca de 200 metros. A mi lado marchaban Juan Gutiérrez y Camilo Correa quienes eran mis mejores amigos de milicia.

Me había enrolado en el ejército hacía 7 años. Cuando llegué al Cuartel IV, Zona Occidente, Juan y Camilo tenía casi dos años de estar en ese sector. Pronto hicimos gran amistad, principalmente con Camilo que era una persona muy inquieta y sincera. Nuestra amistad, pues, había crecido desde entonces. Sin embargo, desde Guadalupe no habíamos cruzado palabra alguna; ni siquiera cuando descansamos un poco al lado de un riachuelo encontrado en el trayecto.

Casi al mediodía de ese 29 de agosto el sol abrasador y la humedad tropical, poco a poco menguaron nuestras energías, y el teniente Ramírez ordenó instalar nuestro campamento en un pequeño valle.

-Sargento Mendoza -me ordenaba el teniente-, lleve a sus hombres hacia aquella hondonada y organice las guardias. Esta noche acamparemos en este sitio.

-Sí, señor, a la orden -contesté.

En los últimos 4 días había pasado a ocupar el puesto del Sargento Ibarra, que había perecido en la batalla del Campo Limón. Ahora mi trabajo consistía en organizar las guardias y en abastecer de parque a mis hombres en plenas confrontaciones. Y parecía que mi labor estaba agradando al teniente, pues cada vez más, me iba confiando cosas más complicadas.

Esa tarde descansé un poco, pues me había propuesto iniciar la guardia nocturna. Encomendé a Camilo iniciar la guardia vespertina porque era un hombre de gran personalidad, Cualquiera podía confiar en él.

Las hormigas y los mosquitos se encargaron de evitar mi sueño y decidí refrescarme un poco y acto seguido me dirigí al sector sur de guardia, donde encontré a Camilo y a Juan charlando distraídamente.

-He pensado muchas veces -comentaba Camilo a Juan, mientras detectaban mi presencia-, en que va a hacer muy difícil soportar esta tremenda tensión... ah -se dirigió entonces a mí-, no pudiste descansar, lo sabía, en la noche los mosquitos están peor...

-Es cierto -contesté-, lo bueno es que yo estaré despierto, mientras que ustedes tratarán de dormir. -Entonces reímos los tres-.

Sin darnos cuenta ya era de noche. Charlábamos tan amenamente que no quise terminar la conversación hasta que Juan interrumpió, invitando a Camilo a descansar un poco. Así, quedé solo, sumido en mis pensamientos, oyendo el cantar de los grillos y mirando el cielo estrellado. Hasta el amanecer.

Con las primeras luces del día levantamos el campamento y seguimos nuestro camino. El teniente Ramírez había recibido varias llamadas por la radio, alertándolo de un poblado cercano, cosa que corroboramos en los mapas. Pronto tomó la decisión de visitarlo para averiguar la posición de la guerrilla y hacia allá nos dirigimos.

La marcha se hizo más penosa, y ano tanto por el peso de los fusiles y las mochilas, sino porque teníamos que escalar la sierra. Avanzando a duras penas no tardamos en divisar el poblado Concepción, situado entre las montañas. El teniente Ramírez me mandó llamar para indicarme la estrategia a seguir. Mirando a través de sus binoculares y tomándome del hombro comentó.

-Tengo muchas reservas para llegar a Concepción en un solo grupo. Partiremos formando tres frentes, por el occidente, por el centro y por el oriente. Así será más difícil que nos sorprendan. Tome 25 hombres y vaya por el occidente. El sargento Rodríguez irá por el oriente con otro grupo, mientras que yo entraré, con el resto, por el frente. ¡Entendido!

Después de dar las respectivas instrucciones, esperamos la voz del teniente para iniciar el descenso. Agazapados entre los árboles y arbustos, ninguno de nosotros perdíamos de vista a Ramírez, que volteando de un lado a otro, y comprobando que estábamos listos para el ataque, dio la orden.

En cuclillas comenzamos el descenso hasta llegar cerca de las chozas de madera que bordeaban el poblado. Los habitantes del lugar no tardaron en descubrir nuestra presencia. Las mujeres se metían en sus casas gritando; los hombres adultos quedaban estáticos, supongo que para no despertar sospechas. Algunos protegían a los niños, que, curiosos, se resistían a los jalones y empellones de los adultos. La situación estaba dominada. Ordené que se interrogara a los varones adultos sobre la guerrilla sin ningún resultado. Una vez más la calma nos hizo adquirir confianza y mis hombres y yo decidimos tomar un descanso. Algunos niños y algunos mayores nos llevaron agua en vasijas de barro cocido, que sació nuestra sed. Parecía que todo iba a pasar sin contratiempos cuando, de repente, oímos varias ráfagas que provenían del centro del poblado. Como un resorte y temerosos todos nos pusimos de pie, como esperanzados de que cesaran. Sin esperar órdenes mías, todos corrimos precavidos, con nuestras metralletas listas, hasta donde suponíamos se originaba estos continuos disparos. Presentíamos lo peor.

El poblado Concepción no era muy grande y rápidamente llegamos muy cerca del lugar de la refriega. Pensé en ese momento en Juan y Camilo, que habían descendido con el teniente Ramírez, y me imaginé lo peor. Refugiados detrás de los árboles y algunas casas de madera mi grupo no irrumpió, porque aún no sabíamos con certeza de qué se trataba.

Ordené a cinco hombres me siguieran hasta muy cerca del centro de batalla, hasta que logramos mirar a decenas de compañeros y pobladores tirados en el suelo cubiertos de sangre. Pero mi mayor sorpresa fue cuando vi a Camilo Correa disparando no a los guerrilleros -que, por cierto, no lo parecían-, sino a los soldados. En el suelo, mal herido el teniente Ramírez me miraba como pidiendo clemencia. Aún recuerdo que antes de morir alcanzó a gritarme: "Dispara... dispara".

En esos momentos no había salido de mi contrariedad. Camilo Correa, aún de pie y ensangrentado, disparaba sin ton ni son al aire, rodeado de cadáveres y heridos, y gritando desesperadamente. Al fin cayó al suelo y cesaron los disparos. Esperé un momento pertinente para salir al descampado y averiguar lo que había sucedido. Lo primero que hice fue verificar si todavía el teniente estaba con vida, pero fue en vano. Enseguida me acerqué a Camilo. Lo levanté un poco y aún respiraba. Le pregunté sobre lo sucedido y mirándome tiernamente y sin dolor, alcanzó a susurrarme.

-Ahí -dijo, señalándome con su dedo índice hacia el lugar donde yacían tres hombres y una mujer-, ahí... Guerrilleros, cobardemente los mataron... Ellos son mis... padres...

Y dejó de respirar.

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