Hizbullah´
el periódico Al-Intiqad entrevistó al sueco intelectual y escritor Jan
Myrdal
La capitulación no es
una opción
Entrevista con Jan Myrdal, militante antiimperialista e intelectual
maoísta sueco :: Esta campaña contra el Islam como religión y contra los
musulmanes como creyentes es una realidad. Tiñe los medios de
comunicación y las conversaciones políticas. Se utiliza como política
interior contra las minorías en nuestros países europeos (como los
habitantes de las barriadas en Francia, por ejemplo)
Presentación:
Jan Myrdal, nacido en 1927, es uno de los intelectuales y escritores más
conocidos en Suecia desde hace cuarenta años y también es una voz
importante en los círculos de la izquierda europea. Se dio a conocer
como autor de escritos comprometidos sobre los problemas del tercer
mundo, las luchas de liberación nacional y el antiimperialismo, y es un
crítico vehemente de la llamada «guerra contra el terror» usamericana.
Ha escrito unos ochenta libros y un sinfín de artículos sobre temas muy
variados, y se ha enfrentado más de una vez con las fuerzas represivas
de la policía sionista del pensamiento. Jan Myrdal pertenece a una
familia que ha dejado una huella profunda en la sociedad sueca
contemporánea: su padre, Gunnar Myrdal, fue profesor de economía
internacional y ministro de Comercio; en 1974 recibió el premio Nobel de
Economía. Su madre, Alva Myrdal, también fue política, ocupó un cargo
diplomático importante en la ONU y se destacó como militante pacifista,
lo que le valió el Premio Nobel de la Paz en 1982. El padre y la madre
de Myrdal fueron una suerte de padres fundadores de las visiones del
Partido Socialdemócrata, primer partido político sueco. Es un gran honor
para nosotros publicar esta entrevista exclusiva con Jan Myrdal, en la
que opina sobre problemas actuales, como la cuestión palestina, los
planes imperialistas para Oriente Próximo y el mundo musulmán y la
necesidad de resistirse a ellos.
¡Bienvenido, Sr. Myrdal! Le agradecemos que nos haya concedido esta
entrevista.
Jan Myrdal: Me alegra tener la oportunidad de discutir con ustedes y
expresar mis opiniones sobre asuntos generales dirigidas a un público
musulmán y antiimperialista. Personalmente no soy musulmán; es
importante empezar por el principio, porque hay una fuerte propaganda
imperialista que afirma que existe un abismo infranqueable entre las
personas como yo y los musulmanes. Yo digo que es falso. ¿Qué intento
hacer con esta discusión? Intento seguir diciendo lo que ya he dicho en
varias conferencias, en Estocolmo, en París, en Estambul y en Jordania:
el conflicto actual no es un choque de civilizaciones, no es una guerra
entre culturas diferentes. Permítame ser más concreto. En el Tribunal de
Estambul sobre la guerra de Irak, Bush y Blair fueron declarados
culpables de los mismos crímenes que los cometidos por los dirigentes
nazis condenados en el proceso de Nuremberg. Estos dos dirigentes
políticos mencionan a menudo sus convicciones y sus ideales; Bush es lo
que se conoce como un «cristiano renacido» y se dice que Blair rezó
antes de tomar la decisión de ir a la guerra. Pero sus obras no son
expresiones de la fe cristiana. Como mínimo se puede decir que son unos
hipócritas.
Su guerra no es una guerra santa cristiana contra el Islam. Mi difunta
abuela era una cristiana muy piadosa. En nuestro país hay millones de
personas como ella. Estos creyentes cristianos no son enemigos de
vuestros países ni de vuestros pueblos, ellos no son quienes os declaran
la guerra. Bush, Blair y sus semejantes tienen un programa muy sencillo:
su guerra es para conservar su dominio, su supremacía económica, y para
asegurarse el suministro de los recursos naturales; en vuestros países
se trata concretamente del petróleo.
En este sentido, la situación actual no es tan distinta de la de otros
periodos de la historia contemporánea, durante los siglos XIX y XX. En
vuestros países, como en los nuestros, debéis ver claramente lo que
ocurre en realidad. No debemos dejarnos engañar y hablar de la política
de Bush como si estuviera dictada por su interés por los «derechos
humanos», la «democracia» o sus creencias religiosas cristianas. Porque
justamente no se trata de eso, es un asunto de petróleo y energía, de
economía y poderío militar. Halliburton ha obtenido ganancias enormes
con esta guerra de Irak, como bien saben ustedes.
Esto debe quedar muy claro. Permítame recordarle que Cheney, el actual
vicepresidente de Estados Unidos (que antes fue presidente del consejo
de administración de Halliburton) presentó en mayo de 2001 un informe
sobre la seguridad petrolera de Estados Unidos. Según Cheney, la
producción interna estadounidense iba a bajar de los 8,5 millones de
barriles diarios de entonces a 7 millones de barriles diarios en 2020 y,
al mismo tiempo, el consumo mundial aumentaría y pasaría de 19,5
millones de barriles a 22,5 millones de barriles. Garantizar el
abastecimiento energético debía ser la prioridad de la política exterior
de Estados Unidos. Todos sabemos —y ustedes lo han experimentado
personalmente— cómo se han aplicado estas políticas. Si buscan en un
mapa del mundo las 570 instalaciones militares de Estados Unidos, verán
que se concentran alrededor de reservas petrolíferas y oleoductos, por
todo el mundo. Por supuesto, los dirigentes de ese estado depredador
intentan ocultar la realidad. Como los países musulmanes del mundo
tienen mucho petróleo, intentan camuflar su guerra por la conquista del
petróleo como una campaña contra los musulmanes o incluso como una
«guerra entre las culturas» («Es una cruzada», ha dicho Bush; o
«instalemos la democracia y el respeto a los derechos humanos», como ha
podido decir Blair).
Esta campaña contra el Islam como religión y contra los musulmanes como
creyentes es una realidad. Tiñe los medios de comunicación y las
conversaciones políticas en todos nuestros países. Se utiliza como
política interior contra las minorías en nuestros países europeos (como
los habitantes de las barriadas en Francia, por ejemplo). Por eso es
preciso que nosotros, con artículos, conferencias y debates, demostremos
que es una ideología engañosa. Retrocedamos un poco en el tiempo. Si
usted consulta los libros de historia podrá leer muchas cosas sobre las
guerras de religión, en Europa, durante los siglos XVI y XVII. Entonces
se hablaba muchísimo de religión. Según la propaganda de la época, el
rey sueco Gustavo Adolfo, un gran héroe protestante del septentrión,
invadió Alemania en nombre de la religión. ¿Fue esa la realidad? Desde
luego fue eso lo que él dijo, era protestante y efectivamente luchó
contra generales católicos. Pero estaba a sueldo del cardenal francés
Richelieu. Este cardenal, católico (por definición), utilizó a un rey
protestante sueco en su lucha contra el emperador germano católico de
Viena. ¡La verdad, tras esta fachada de «guerra religiosa», es que se
trató de una lucha entre potencias por la supremacía en Europa!
Si digo esto es porque debemos tener muy claro que no son los cristianos
como tales (los millones de cristianos que en Europa y en el resto del
mundo son verdaderos creyentes cristianos, como lo fue mi abuela) sino
unas potencias imperiales las que manipulan distintas ideologías con
fines estrictamente egoístas. Llaman a eso «derechos humanos», pueden
hablar - como la extrema derecha religiosa de Estados Unidos - de su
«religión», pero en realidad es un asunto de ganancias, de dominación y
de control de los recursos naturales.
Esto significa que en Occidente los pueblos están tan interesados en la
paz y en una cooperación respetuosa y no en guerras depredadoras como
vuestros pueblos, en vuestros países. A nosotros, los escritores e
intelectuales, nos corresponde aclarar estos puntos y luchar contra las
ideas falsas.
Voy a poner otro ejemplo para ilustrarlo. Suecia tiene una población
bastante pequeña, pero poseemos el 15% de los recursos mundiales de
uranio. Hemos decidido, políticamente, no usar este uranio. Estados
Unidos, en el pasado, nos presionó fuertemente para que no
desarrollásemos nuestro propio programa de tecnología nuclear lo que
entonces habría sido muy interesante en el terreno científico para que
siguiéramos dependiendo de ellos. Ya lo dije en 1964: ¡si a Suecia se le
ocurre hacer tal cosa, Estados Unidos y la URSS se unirán para
bombardearnos!
Pero llegará un momento en que Estados Unidos cuando sus reservas
petroleras se agoten y sus necesidades energéticas sigan siendo enormes
intentará apoderarse de los yacimientos de uranio suecos. De hecho, la
prospección sigue, curiosamente, a pesar de las protestas locales.
Si no permitimos que Estados Unidos utilice nuestros recursos naturales
en su propio interés y provecho y nos mantenemos firmes en nuestra
independencia nacional, pero no hemos preparado una defensa real, capaz
(como la de Corea del Norte) de disuadir a Estados Unidos, no nos quepa
duda de que intentarán apoderarse de nuestros minerales. Ya se
inventarían algún pretexto. Por ejemplo, podrían decir que durante 70
años Suecia ha tenido gobiernos socialdemócratas más o menos centristas
que, a su juicio, no respetaron la propiedad privada, y por tanto los
suecos debían ser liberados de ese régimen socialdemócrata para volver a
la verdadera economía de mercado. O bien como los yacimientos de uranio
están en el norte del país podrían decir que el pueblo same (una minoría
étnica indígena de Suecia) está oprimido y Estados Unidos le presta
ayuda militar para que tenga su propio estado nacional independiente.
Si le digo esto es porque ustedes deben comprender que no son los únicos
amenazados por sus políticas. ¡Miren lo que pasó con Yugoslavia! Cuando
Estados Unidos, durante la guerra fría, necesitaba a Tito contra la
Unión Soviética, respaldaba a Yugoslavia tanto en lo político como en lo
económico y decía maravillas del estado yugoslavo. Después de ganar la
guerra fría, cambió de política. Entonces le interesaba lo mismo que a
Alemania dividir Yugoslavia. ¡Divide y vencerás!
¿Qué estrategias aplican los poderes imperiales actuales para ejercer su
control y su dominio? ¿Lo hacen indirectamente, por medio de agentes
locales, o directamente? ¿Con qué eslóganes intentan disimular sus
ambiciones?
JM: En vuestros países, como en los nuestros, siempre habrá ciertos
grupos que sacarán tajada del dominio imperialista. En la época de las
colonias, en China y muchos otros países, les llamaban «los
compradores». En la Francia ocupada les llamaban «colaboradores». Eran
intelectuales y hombres de negocios directamente vinculados al poder,
colonial u ocupante.
Si estudian la historia colonial de India verán que siempre hubo un
amplio sector de la sociedad india estrechamente vinculado al
imperialismo británico, que salía ganando con ello: príncipes feudales,
mercenarios, burócratas, hombres de negocios. En sus países también han
conocido el mismo fenómeno. Estos grupos sociales existen siempre, y por
supuesto en Occidente también tenemos esa clase de gente. En algunas
situaciones pueden ser peligrosísimos. Hoy en día probablemente
tenderían a disfrazarse, más o menos conscientemente, de «ONG por los
derechos humanos», etc. La historia del desmoronamiento de la URSS y el
papel desempeñado por las «asociaciones de derechos humanos» sufragadas
por el extranjero es, a este respecto, muy reveladora.
Ya que hablamos de derechos humanos, debemos recordar que cuando los
dirigentes occidentales hablan hoy de «derechos humanos», el único
derecho humano del que se preocupan realmente es el derecho a la
propiedad, no ya en el sentido de la propiedad individual (una casa,
unos ahorrillos, una pequeña tienda), sino en el sentido del control
privado de los recursos naturales, de los bancos, de los monopolios, de
los trustes. Son capaces de encarcelar y torturar saltándose cualquier
marco legal con tal de que esos derechos sean intocables. Veamos, por
ejemplo, su campaña contra Cuba. Los dirigentes de Estados Unidos nunca
les perdonaron a los cubanos la pérdida de la soberanía de Estados
Unidos sobre Cuba (tampoco han digerido que cerraran los burdeles y
garitos que tenían en la isla). Pero fijémonos ahora en la tasa de
supervivencia de los niños cubanos. Si los niños cubanos viven, es
porque la influencia de Estados Unidos sobre Cuba se ha suprimido (y sus
colaboradores locales se han tenido que largar).
¿Cuál es el principal derecho humano? El principal derecho humano es el
derecho a la vida, el derecho a la supervivencia. Ustedes pueden ver los
horrores de la agenda política neoliberal en todo el mundo. ¡Vean en qué
estado se encuentra la pobre Rusia —yo no era ningún entusiasta de las
políticas soviéticas, como usted puede imaginar-, vean cómo un puñado de
individuos corruptos ha robado la riqueza colectiva del pueblo ruso,
cómo ha caído de forma dramática la esperanza de vida de los rusos del
pueblo después de la imposición de la economía de mercado y el triunfo
de la «Democracia» y los «Derechos Humanos»! De modo que es preciso ser
muy prudentes cuando se oye hablar de «derechos humanos». Los derechos
humanos son un objetivo cuando nos enfrentamos a la tortura y a la
explotación, a la enfermedad y a la pobreza, para conquistar el derecho
a sobrevivir y llevar una vida digna. Esos, efectivamente, son
auténticos derechos humanos. Pero hoy en día justamente esas personas
que de un modo más o menos consciente sirven los intereses imperialistas
son las que adornan sus intrigas con los ropajes de los «derechos
humanos», la «democracia» y cosas por el estilo.
¿ No son muy selectivos los asuntos de «derechos humanos»? ¿No da
Occidente más valor a unos pueblos que a otros?
JM: Sí, desde luego. Aquí en Occidente, si una lucha para recuperar una
tierra agrícola robada, en un país africano, se salda con la muerte de
diez colonos blancos, se convierte inmediatamente en un grave asunto de
derechos humanos. Pero 100.000 niños africanos muertos no despiertan el
menor interés, se asume como algo «normal».
Si usted posee la patente de un medicamento que puede curar una
enfermedad mortal, pero muy común y curable, puede obtener grandes
beneficios. Mantiene el precio muy alto e impide que haya medicamentos
genéricos baratos que puedan salvar niños. Si un país del tercer mundo
empieza a fabricar medicamentos para salvar su población de la
enfermedad y la muerte, el gobierno de Estados Unidos pone el grito en
el cielo contra ese «crimen» y recurre a todos los medios posibles e
imaginables contra el país, tratado como si fuera un ladrón.
La verdad, bien sencilla, es que hay pequeños grupos, en las potencias
imperialistas occidentales (entre las que debemos incluir países como
Japón y pequeñas potencias depredadoras como Suecia), que se aprovechan
de la opresión y la explotación (directa o a través de lo que se
denomina con el eufemismo «términos del intercambio comercial») del
llamado tercer mundo.
Si digo esto es para insistir en que es fundamental ver la diferencia
que hay entre los pueblos, la gente corriente de nuestros países, y sus
círculos dirigentes.
¿Cuál es su análisis de la cuestión de Palestina?
JM: Es un problema gravísimo. ¿Qué fue lo que dijimos, la izquierda
europea, antes y durante la segunda guerra mundial? Lo que pensábamos
entonces era que cuando la lucha anticolonial sacara a los británicos de
Palestina, habría una Palestina para un pueblo formado por religiones
distintas —cristianos, musulmanes y judíos , una Palestina unificada,
liberada de los británicos.
No fue eso lo que ocurrió. Los motivos hay que buscarlos en lo que, en
derecho, se llama pactum turpe podríamos traducirlo por un sucio
chanchullo político, especialmente entre Estados Unidos y la Unión
Soviética, que por razones distintas querían quebrar y suplantar al
imperio británico, que por entonces todavía estaba en pie. Ciertos
dirigentes de lo que iba a convertirse en el campo socialista se
hicieron la extraña ilusión de que un estado sionista sería un estado
socialista amigo. Estados Unidos, muy realista, contaba con ese estado
como base naval segura.
Luego hay otra cosa que vuestros países deben comprender. Hubo una
utilización cínica de un antisemitismo latente en Europa, para provocar
una emigración masiva a Palestina. En Europa, los judíos que habían
sobrevivido a la persecución alemana se hacinaban en campos para
personas desplazadas, en condiciones miserables. Hubo pogromos
vergonzosos, como en Polonia, donde de los 80.000 judíos supervivientes,
un año después de terminada la guerra 30.000 habían huido al oeste, a
esos campos para personas desplazadas. Ningún país de Europa menos aún
Estados Unidos quería tener esas multitudes de refugiados en
campamentos. La mayoría de los 335.000 judíos de Rumania y los 200.000
judíos de Hungría se habían quedado sin nada, y a pesar de la
fraseología oficial les echaron del país, a Palestina. Estas
muchedumbres pobres y oprimidas fueron utilizadas como herramientas para
abrir Palestina a una inmigración masiva. Fue una política de un cinismo
tremendo. El resultado fue que el nuevo estado no fue creado como estado
postcolonial por la población de Palestina formada por ciudadanos de
distintos credos sino como entidad colonial artificial, dependiente y
racista, de la que se expulsó a la población indígena. El pueblo
palestino pasó a ser un pueblo de refugiados o indígenas oprimidos.
Israel se fundó como un extraño estado racista en perpetuo conflicto y
expansión. Es una situación sumamente inestable. Como bien sabemos, esto
ha llevado a una guerra ininterrumpida que ha pasado por varias fases.
En 1967, después de la llamada «guerra de los seis días», tomé la
palabra en un mitin de protesta en Estocolmo y dije que esa guerra
podría prolongarse durante un siglo o más. No hay que olvidar nunca que,
por grande que sea nuestra esperanza, siempre existen posibilidades
negativas. Hace seis siglos los habitantes de lo que hoy se conoce como
Australia o América del Norte no se imaginaban que podrían ser
exterminados (parcialmente al sur de lo que es hoy la frontera entre
Méjico y Estados Unidos, y totalmente al norte de esta frontera y en
Australia). Pero vaya si ocurrió. El genocidio en lo que hoy es Méjico
fue uno de los más importantes, numéricamente, de todos los que se
conocen en la Historia. El genocidio en lo que es hoy Estados Unidos fue
prácticamente total. En este país la matanza continuó hasta principios
del siglo XX y hoy en día sólo quedan pequeños vestigios de la población
amerindia indígena.
Debemos tener presente que los palestinos podrían correr la misma
suerte. Un pueblo puede desaparecer. Para ciertos grupos, en Israel
ciertos colonos, por ejemplo , esta desaparición del pueblo palestino es
una opción factible. Por razones culturales, en Estados Unidos también
se daría una aceptación tradicional de un genocidio como éste.
¿Cuál debería ser hoy la reacción de los palestinos frente a esta
situación?
JM: En su situación, es primordial que hagan un análisis muy preciso. La
lucha es necesaria, si quieren sobrevivir, pero la lucha y el heroísmo
no bastan. Nadie puede decir que la población indígena actual de Estados
Unidos impropiamente llamados «indios» no luchara o no opusiera una
resistencia heroica. Pero también hay una diferencia fundamental: hoy
existe un factor nuevo, la solidaridad internacional. La población
indígena de América del Norte no tenía pueblos poderosos por vecinos.
Los palestinos, en cambio, los tienen. También hay una comprensión
creciente, en todos los países del mundo, porque lo que les sucede a los
palestinos desde hace sesenta años podría pasarnos a todos. Como dijo
John Donne en 1622 Hemingway citó sus palabras en su famosa novela sobre
la guerra del pueblo español contra el fascismo : «No preguntes por
quién doblan las campanas: doblan por ti».
La solidaridad es, pues, un factor muy importante. Pero todos conocemos
sus límites, tanto en nuestros propios países como en los círculos
dirigentes de Oriente Próximo. Otro factor nada desdeñable es el factor
tiempo/demografía. La población indígena de lo que es hoy Estados Unidos
estaba desperdigada y se podía eliminar fácilmente a sus miembros. Al
sur de la frontera la situación era distinta. Los palestinos son muchos,
tienen una tasa de crecimiento demográfico comparable a la de las
poblaciones indígenas de Méjico o de Bolivia. Una entidad como Israel,
basada en una teoría racial, no es viable a largo plazo. Dentro de cien
años o dentro de dos o tres siglos ese estado se pulverizará como el
estado de los cruzados o la República Surafricana. No es que sus
habitantes vayan a desaparecer: serán asimilados, como lo fueron los
cruzados y sus descendientes y como los afrikaners están siendo
asimilados después de la desaparición de su estado segregacionista.
Por ahora el respaldo a Israel en la ONU y en la Unión Europea, en
apariencia, es muy fuerte. Incluso Suecia coopera militarmente con
Israel. Pero como esa cooperación es contraria a los intereses y los
deseos de la mayoría de nuestro pueblo, deberíamos ser capaces de acabar
con ella. De modo que puede haber cambios en las políticas europeas, e
incluso puede haberlos en Israel. Al fin y al cabo en Israel hay
contradicciones sociales y políticas que bien podrían desembocar en una
situación distinta. No hay certeza de nada.
El principal respaldo internacional a Israel procede de Estados Unidos.
Este país utiliza hoy a Israel como cabeza de playa. Pero en política
internacional la amistad, la lealtad, el idilio y los aliados eternos no
existen. Si un día a Estados Unidos le interesa cambiar de bando en el
conflicto israelí hay varios guiones posibles Israel perdería todos sus
apoyos.
¿Cómo es que Japón y Alemania, al término de la segunda guerra mundial,
cuando estaban ocupados, capitularon totalmente ante la potencia
ocupante sin ofrecer resistencia e incluso llegaron a cooperar con las
fuerzas de ocupación? Cuando vemos que en unos países musulmanes
ocupados, como Palestina e Irak, hay una resistencia militar e
ideológica muy intensa contra la potencia ocupante. ¿En qué radica esta
diferencia, es la ideología del país ocupado, son factores históricos?
JM: No se puede hacer esa comparación. La lucha actual contra las
fuerzas de ocupación en Irak, Afganistán y Palestina es similar a la
lucha contra los ocupantes alemanes en Europa o contra los ocupantes
japoneses en Corea, China, Vietnam y Birmania. Esas luchas eran, y son
hoy, luchas de liberación nacional. A menudo muy complejas, desde luego,
piense por ejemplo en el rompecabezas de la situación birmana.
Pero ¿por qué los pueblos alemán y japonés no se resistieron a la
ocupación de sus países?
JM: La situación, como le he dicho, era totalmente distinta. Las
poblaciones habían sufrido una represión implacable de los gobernantes
nazis e imperiales. No querían saber nada de los hitlerianos ni de la
dictadura imperial japonesa. Así, al principio creyeron en las frases
occidentales de democratización. Los círculos dirigentes cambiaron de
bando y pudieron conservar su posición de gobernantes. Si echa la vista
atrás, verá que los círculos capitalistas que dirigen la Alemania actual
son los mismos que los de la época nazi.
En Japón pasa lo mismo; en este país, Occidente incluso mantuvo al
criminal de guerra Hirohito como emperador nipón. Los antiguos
dirigentes y los ocupantes colaboraron intensamente; todo el programa
espacial estadounidense fue desarrollado por especialistas nazis. La
capacidad de Estados Unidos en materia de guerra bacteriológica se
fortaleció con la llegada de bacteriólogos japoneses. Estados Unidos, a
diferencia de la Unión Soviética, no llevó a los responsables de
crímenes de guerra ante los tribunales, los incorporó a su sociedad,
junto con los resultados de sus investigaciones y experimentos
(incluidos los que habían hecho con tejidos humanos de prisioneros de
guerra aliados).
¿Qué piensa de la guerra en Irak y los intentos de ocupar este país?
¿Cuál es la estrategia general en este caso?
JM: Estados Unidos intenta colonizar Irak y, por supuesto, hay grupos
iraquíes que colaboran con los ocupantes, porque les conviene. Pero
Estados Unidos no es tan estúpido como para no acordarse del dicho
francés: una bayoneta se puede usar para muchas cosas menos para
sentarse encima. De modo que tratará de provocar la «balcanización» de
Irak. Le interesa que Irak se divida por lo menos en tres estados, o
más. En el mejor de los casos, desde su punto de vista, la tensión o
incluso la guerra entre esos tres estados sería permanente, lo cual les
permitiría tenerlos en un puño. La balcanización es un método de
gobierno.
Recuerdo cuando vivía en India. Los funcionarios estadounidenses (todos
pensábamos que eran de la CIA, les llamábamos los «amigos») solían decir
que India podría dividirse en 16 estados. China, por su parte, podría
dividirse en seis estados (lo cual explica la reacción violenta del
gobierno chino contra los manifestantes de la plaza Tien-an-men en 1989)
e Irán en cinco entidades distintas. Estos funcionarios de Estados
Unidos lo llamaban «posibilidad democrática», pero en realidad era una
receta infalible para el dominio de Estados Unidos. Divide y vencerás.
Crear estados débiles, estados clientes.
Actualmente Washington encabeza una nueva cruzada contra Irán. Si pueden
invadir Irán, o una vez más provocar el derrocamiento del gobierno iraní
como hicieran en los años cincuenta con el de Mushaddaq—, lo harán, no
nos quepa la menor duda. No por unos supuestos ideales ni por motivos
religiosos. ¡Simplemente por las ganancias, por el petróleo!
¿A qué viene todo este alboroto en torno a la política energética
nuclear iraní? No es sólo porque los estadounidenses temen que los
iraníes fabriquen su bomba atómica, sino porque si Irán enriquece su
propio uranio tendrá un control mucho mayor sobre sus recursos
energéticos (puede usted compararlo con el caso de Suecia). Gun Kessle y
yo vivimos en Irán en la época del Sha. Queríamos y respetábamos mucho
al pueblo iraní, pero la influencia de Estados Unidos era muy fuerte y
la opresión social saltaba a la vista. Pensábamos que podía estallar una
revolución en cualquier momento. No éramos los únicos, por supuesto. El
embajador sueco a la sazón Ragnvald Rason Bagge también estaba
convencido. Pero tuvieron que pasar muchos años para que se produjera.
No se puede predecir exactamente lo que va a pasar en el futuro, aunque
se pueden ver algunos grandes rasgos, y también indicios de conflictos.
¿Las otras potencias regionales y mundiales van a cruzarse de brazos y
observar sin decir nada cómo Estados Unidos aplica su política agresiva
y expansionista en Oriente Próximo?
JM: Ni Rusia ni China pueden están muy contentas con las bases militares
estadounidenses en Asia central. Nos encontramos con una situación
parecida a la de la época en que Rusia y el imperio británico competían
e intentaban limitar la esfera de influencia del adversario en Persia,
Afganistán y el Tíbet. Los imperios competían entre sí; por entonces los
británicos querían algodón y rutas comerciales, y los rusos rutas
comerciales despejadas hacia el sur, hasta los mares cálidos. La
consecuencia fueron tres guerras anglo-afganas. El pueblo afgano tuvo
que pagar un precio altísimo, pero en el plano militar Gran Bretaña
perdió las tres guerras. Al final, después de la tercera, el pueblo
afgano fue capaz de recuperar su soberanía plena.
Las ambiciones imperiales que acarrearon la invasión soviética de
Afganistán y luego la invasión estadounidense son similares. La lucha
popular de los afganos también se parece mucho a las del pasado, y el
resultado final será el mismo, pero también esta vez el pueblo afgano
tendrá que pagar un precio desorbitado por su libertad.
Ahora bien, ni el zar de Rusia ni el rey-emperador británico, ni
Brézhnev, ni Bush, tuvieron nunca otro motivo que no fuese la avidez en
estado puro. Los afganos lucharon con valentía y los caballeros
británicos les consideraban incivilizados y crueles. Pero lograron la
independencia.
El fenómeno de Hizbulá, el fenómeno de la resistencia islámica en
general. ¿Cómo es que Estados Unidos, en sus ambiciones imperiales, no
tropezó con una resistencia semejante en el pasado?
JM: Acerca de Hizbulá pienso que, en general, se puede decir que era un
movimiento con una amplia base popular y logró rechazar al poderoso
ejército israelí de ocupación. Pero en su pregunta veo un peligro
oculto. Hizbulá, sin duda, es valeroso. ¡Pero no es el primer movimiento
popular que se ha levantado contra el imperialismo norteamericano! Le
recuerdo la heroica resistencia filipina contra ese imperialismo después
de la guerra con España. ¡No olvide tampoco la revolución mejicana! Ni
la lucha heroica de los coreanos contra la agresión estadounidense.
Tampoco se pueden pasar por alto las luchas de los pueblos del sureste
de Asia. Durante el siglo pasado, en algunos momentos, Estados Unidos ha
podido parecer el eterno vencedor. Pero durante las últimas décadas, los
imperialistas estadounidenses han sufrido varias derrotas militares,
infligidas por pueblos en armas.
En cuanto a la segunda guerra mundial, fue una guerra entre distintos
intereses imperiales antagonistas y, al mismo tiempo, una guerra de los
pueblos que luchaban por su independencia. En Europa, la resistencia
noruega y la francesa y las guerrillas del norte de Italia luchaban por
la liberación nacional, como lo hacen hoy los palestinos, los iraquíes y
los afganos. Cuando reina la opresión los pueblos se rebelan. Las
ideologías pueden ser distintas, según la época, según la historia de
cada uno. Pero si la gente está oprimida acaba reaccionando. Se
rebelará, y su lucha será justa y legítima.
Hoy en día, en muchos países del mundo particularmente en Asia la
ideología musulmana o islámica se ha convertido en una fuerza motriz de
la resistencia popular a la opresión. La situación, y por consiguiente
las ideologías, eran distintas en el caso de los patriotas de Europa o
de China durante la segunda guerra mundial. Pero entonces como ahora
rebelarse contra la opresión es un derecho, por no decir un deber. Es
algo justo.
Creo que ustedes vencerán, en definitiva. A largo plazo el imperialismo
no será capaz de mantenerse a sí mismo. Se ve obligado a endeudarse, a
pedir prestado para mantener sus guerras. A largo plazo esta situación
sólo puede conducir al fracaso. ¡Pero aún puede faltar mucho!
En una conferencia usted dijo que si no se puede acabar con una
ocupación, por lo menos hay que procurar que la ocupación le resulte lo
más incómoda posible al opresor.
JM: Es cierto. Veamos por qué razón lo correcto es luchar aunque no se
le vea el provecho inmediato. Veamos un ejemplo sencillo, tomado de la
historia europea: durante la segunda guerra mundial había en Francia una
resistencia De Gaulle y muchos más . Luchaban gracias al apoyo de la
población, pero no tenían medios militares consecuentes. Luego, en
contraste con esto, se produjo la poderosísima invasión militar aliada
de Normandía, en 1944.
Todo estaba preparado: incluso Estados Unidos había impreso billetes de
banco de una moneda de ocupación para utilizarlos en una Francia
«liberada» por los aliados. Francia iba a ser un estado europeo de
segunda fila, bajo soberanía estadounidense. Pero De Gaulle, en el
último momento, con una hábil jugada consiguió restaurar el estado
francés independiente cuando los aliados le autorizaron a desembarcar en
Normandía.
Después, De Gaulle y los comunistas, de común acuerdo, decidieron que la
población de París debía liberarse por sí misma, con la lucha armada.
Los estadounidenses decían que no era necesario. Se puede decir que si
los parisinos se hubieran quedado tranquilamente sentados, los
estadounidenses les habría liberado de todos modos. Y por consiguiente
muchos de los que murieron habrían sobrevivido. ¡Pero en una Francia
sometida! Durante la insurrección de 1944 perdieron la vida muchos
parisinos, otros quedaron mutilados para toda la vida, pero los
franceses liberaron París por sí mismos y partieron inmediatamente a
luchar contra los ejércitos alemanes. Por eso Francia sigue existiendo
como nación.
Los palestinos luchan por un estado democrático y los propios Islamistas
tienen ese proyecto: un estado en que musulmanes, cristianos y judíos
puedan vivir juntos, gozando de los mismos derechos. Israel no es
partidario de un estado democrático. ¿Es aceptable? ¿Deberían capitular
los palestinos ante el más fuerte y aceptar este estado de apartheid?
JM: La decisión que tome el pueblo palestino debe decidirla el pueblo
palestino. Pueden recibir un apoyo exterior, incluido el nuestro, el de
Europa, pero son ellos quienes tienen que decidir. La petición de un
estado democrático, con los mismos derechos, en el que musulmanes,
cristianos y judíos puedan vivir juntos, tenía muchos partidarios en los
ambientes donde yo me formé. Hoy sigue pareciéndome la única solución
para lograr un futuro pacífico en la región. Pero la manera de alcanzar
esa meta, la elección de la clase de lucha necesaria para alcanzarla,
eso tiene que decidirlo el pueblo palestino.
¿Cómo se explica que hoy sean los Islamistas quienes llevan la antorcha
de la resistencia contra la hegemonía mundial, contra toda clase de
dominación imperialista o neocolonialista?
JM: Es una cuestión importante. Durante mucho tiempo el imperialismo
estadounidense ha sido una amenaza para los intereses de los pueblos en
varias regiones del mundo. Tomemos el ejemplo de Filipinas: allí la
ocupación estadounidense fue un punto central para el movimiento
antiimperialista, hace ya un siglo. Los indígenas cristianos lucharon
contra ese imperialismo. El escritor Mark Twain lo señala (denunció que
los soldados estadounidenses torturaban a los sacerdotes católicos; hoy
torturan a los musulmanes de un modo igual de horrible).
Hoy, gracias a la lucha popular, Estados Unidos ha tenido que cerrar sus
bases militares en Filipinas. La lucha continúa. Vemos, pues, que en
esta guerra han participado muchas generaciones, con distintas
consignas, en parte militares y en parte políticas.
En Bolivia las ideologías que inspiran la lucha de liberación contra
Estados Unidos tienen otras raíces. En muchas regiones de América del
Sur la teología de la liberación como dice Castro- ha desempeñado un
papel positivo contra el dominio del imperialismo estadounidense. Todo
esto puede analizarse como el resultado de los comportamientos de varias
clases sociales, que pueden analizarse. En muchos países del llamado
«tercer mundo», la burguesía, es decir, la clase media, también quiere
alcanzar la independencia. Es una situación sumamente compleja. Es
evidente que los musulmanes los Islamistas, si prefiere— se han puesto a
la cabeza de la lucha en extensas zonas del mundo. En gran parte, porque
sectores importantes de la izquierda intelectual han fracasado, como
revolucionarios (su origen social a menudo era burgués); han sido
cooptados por la clase compradora y han perdido su legitimidad como
representantes de las masas oprimidas. Pero no hay que olvidar que los
movimientos Islamistas, hoy en día, luchan contra el imperialismo de
Estados Unidos por motivos religiosos. Hay que comprenderles.
Yo, por supuesto, no soy musulmán, no soy religioso, pero tampoco soy un
liberal. Para mí la religión tiene mucha realidad y mucha fuerza en la
sociedad. Si repasan la historia de Suecia verán que los primeros
movimientos democráticos populares que estallaron a comienzos del siglo
XIX en este país eran de carácter religioso, eran movimientos
cristianos.
Tal como señalé en Jordania, toda la estructura del movimiento popular
sueco, el Folkrurelser, que configuró a la Suecia moderna, así como el
movimiento laborista, son fruto de estos movimientos religiosos de
comienzos del siglo XIX. Hoy la mayoría de los suecos no son conscientes
de ello, pero ese es otro cantar. Si retrocede aún más en el pasado,
hasta el periodo de las grandes insurrecciones campesinas, en los siglos
XV y XVI, verá que estas luchas tuvieron éxito en Suecia, en Suiza y en
el norte de Finlandia. Eso hizo que nuestros países fueran un poco
distintos de los del resto de Europa. Pero en Alemania las guerras
campesinas eran movimientos religiosos.
Fíjese, por ejemplo, en una gran figura histórica y un mártir de la
democracia como Thomas Muntzer. Era el jefe de una revolución campesina,
pero también era profesor de teología. Su traducción de la Biblia tuvo
una importancia enorme, en esta tarea encontró su verdad que le llevó a
encabezar una revolución. Si pudiera plantarme de repente en el siglo
XVI y fuera a ver a Muntzer para decirle: «Querido amigo, yo sé que
usted es un campesino revolucionario» me miraría con asombro y me
replicaría: «No, no, no. ¡Ni hablar! ¡Yo peleo por Dios!». Me gustaría
que ustedes, como musulmanes, comprendieran que, desde fuera —como no
musulmán— yo puedo apreciar el papel, principalmente antiimperialista,
de una organización como Hizbulá. Puedo decir que se trata de una
realidad objetiva. Pero también sé, y lo respeto, que la motivación de
la posición antiimperialista de Hizbulá es religiosa; la palabra de
Dios. Decir esto no es en absoluto denigrar la religión.
Los sionistas exigen una capitulación humillante de los palestinos,
iraquíes, libaneses y afganos. Capitular y sufrir la misma suerte que
los indígenas amerindios de Norteamérica. ¿No ocasionaría esta
capitulación conflictos y guerras aún peores?
JM: La cuestión de la capitulación ni se plantea siquiera.
Sencillamente, no es una opción. Usted podría decir que en India muchos
gobernadores feudales, durante los siglos XVIII y XIX, aceptaron la ley
británica. Según la propaganda oficial, los británicos gobernaban
pacíficamente hasta que tuvieron que salir del país a regañadientes.
¡Pero es una mentira! Para empezar, los británicos tuvieron que
enfrentarse a la tremenda guerra de 1857, la primera Guerra de
Independencia, y reaccionaron con una violencia masiva y puramente
sádica. Luego hubo una lucha popular ininterrumpida contra el
imperialismo británico. Gandhi fue un gran personaje histórico. Pero la
lucha del pueblo indio se llevó a cabo con métodos diferentes, a la vez
pacíficos y violentos. Mi primer suegro era lo que los británicos
llamaban, hace 70 años, «un terrorista de Bengala», y tenía mucho que
contar.
Luego, en 1942, el movimiento «Quit India» [Fuera de India] tuvo mucha
fuerza y fue muy violento. ¿Por qué cree que los británicos salieron de
India cinco años después, de esa India que era la «joya de la corona» de
su imperio? Porque: a) habían perdido sus inversiones durante la segunda
guerra mundial; b) durante el motín de Bombay, su propia armada se
volvió contra ellos; c) habían perdido el control de su ejército de
tierra. Ya no eran ni siquiera capaces de condenar a los dirigentes del
Ejército Nacional Indio que había acaudillado Subhas Chandra Bose Netaji
durante la guerra contra ellos. Los británicos ya no eran capaces de
controlar India sin desatar una guerra sangrienta, que de todos modos
habrían perdido. Pero ¿por qué el pueblo alemán no se rebeló contra
Hitler? Por el mismo motivo que el pueblo británico no se rebeló contra
los constructores del imperio, o por el que sólo una parte del pueblo
estadounidense se ha rebelado contra Bush y sus guerras imperiales. Es
muy sencillo: durante la segunda guerra mundial, la población alemana
tenía el mejor nivel de vida de Europa. El régimen nazi saqueaba toda la
Europa ocupada y entregaba una pequeña parte del botín al pueblo alemán,
así acallaba las protestas contra Hitler. «Cuando llueve a cántaros
sobre el gallo, el agua gotea sobre las gallinas». Hizbulá, como los
afganos, los palestinos, los chinos, los coreanos, los indios y todos
los que les precedieron, no pueden contar con un cambio de parecer de
sus opresores y sus secuaces.
Los imperialistas pueden dar a su población algunos beneficios de la
dominación imperial. Mientras lo hacen, gozan de un apoyo relativo.
Luego, cuando la guerra va mal, como durante la guerra de Vietnam, al
ser las pérdidas demasiado importantes, los imperialistas pueden verse
obligados a retroceder. ¿Qué va a pasar en Irak? Dependerá, en parte, de
la importancia de las pérdidas estadounidenses, en hombres y en dinero.
Se puede decir que cada soldado muerto aumenta la posibilidad de una
retirada estadounidense. Pero antes Estados Unidos tratará de arrastrar
a sus voluntariosos aliados para que hagan el trabajo sucio (véase
Afganistán). Al mismo tiempo, Estados Unidos intentará balcanizar,
enfrentar a unos grupos con otros; si consigue que estalle una guerra
civil entre varios grupos de la población iraquí, podrá seguir saqueando
el país y sus tropas seguirán acuarteladas allí durante mucho tiempo.
Mao, que era un político clarividente, dijo que el imperialismo era un
tigre de papel, pero con garras de verdad. Una cosa es decir que el
dominio de Estados Unidos está condenado -no hay árbol que crezca hasta
el cielo- o fijarse en el aspecto económico: un imperio como el de
Estados Unidos, que vive a crédito, acabará por desmoronarse tarde o
temprano. Algún día China, o Arabia Saudí, o Japón, tendrán que negarse
a aceptar un papel moneda sin verdadero valor. De momento estos países
no se atreven a tocar el castillo de naipes que es el sistema monetario
internacional. Pero tarde o temprano tendrán que hacerlo para proteger
sus intereses. Aunque seguramente tendremos que esperar bastante para
verlo.
Tomemos la experiencia de mi generación, en Europa, durante la segunda
guerra mundial. En diciembre de 1941 sabíamos que Hitler no había podido
tomar Moscú y al verse obligado a retroceder, el Tercer Reich estaba
acabado. Pero tuvo que pasar mucho tiempo, varios años con millones de
muertos, antes de que se viera el fin de esa guerra interminable.
El conflicto ya no es sólo entre Israel y Palestina, se están preparando
guerras contra Siria, Irán y Líbano porque estos países respaldan la
resistencia de los palestinos y a Hizbulá. ¿Qué piensa usted de estos
conflictos anunciados?
JM: Estados Unidos, por la inercia de su lucha por los recursos
energéticos y de las bases militares, se ve obligado a protegerlas y
seguir con las guerras. Por un lado, sus recursos militares y su base
monetaria están sometidos a una dura prueba. Es una política de
escaramuzas. Nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre. Si Estados
Unidos es capaz de chantajear a la Unión Europea para obligarla a
apoyarle en todo, es posible que el conflicto armado se extienda a Irán
y tal vez a Siria. Pero es mucho más fácil empezar una guerra que
terminarla. Creo que podrían tener un mínimo de sensatez y no lanzarse a
otra guerra. En Irak han cometido un tremendo error. Han sido capaces de
derrocar a Sadam Hussein, pero no de consolidar su victoria.
Si extendieran el conflicto, en Estados Unidos algunas personas se
enriquecerían mucho. Se trata del equipo que dirige el trust Halliburton,
amalgama de empresas petroleras y empresas de armamento. Pero en Estados
Unidos mucha gente, incluso partidarios del imperialismo, empiezan a
sentir un cierto malestar. Extender la guerra no parece la mejor manera
de garantizar las ganancias. Su política actual agudiza las
contradicciones entre Estados Unidos y otras potencias, como Rusia y
China. Incluso los países de la Unión Europea, que recientemente se han
comportado de un modo servil, empiezan a sentirse incómodos.
Lo que podemos hacer, en nuestros respectivos países, es fomentar el
conocimiento de estos hechos, fomentar la solidaridad, fortalecer el
movimiento contra la guerra.
Usted tiene coraje cívico y dice lo que la mayoría de la gente piensa
pero no se atreve a decir. Su compromiso, en estas cuestiones, da
esperanzas a los palestinos y otros pueblos oprimidos. ¿Qué lo llevó a
comprometerse con estos asuntos? ¿Puede usted obrar con libertad o ha
habido intentos de limitar su proceder, o de censurarlo?
JM: Soy testarudo, desde luego. Eso es todo. Como muchas personas de mi
generación en Europa, tuve que elegir un bando, en mi juventud —todavía
era un muchacho— durante la segunda guerra mundial. Fue así como tuve la
suerte de ser fichado como «rojo» por la policía secreta sueca (y por la
embajada estadounidense) antes de cumplir los 18 años. La verdad es que
eso me evitó convertirme en un intelectual europeo «normal» y servil,
aunque hubiese querido serlo (¡tampoco quería!). Luego lo que pasó fue
que mi esposa y yo viajamos y vivimos varios años, a partir de los
cincuenta, en Asia: Irán, Afganistán, India, China, Birmania, luego en
Asia central, que entonces era soviética, luego en Camboya, Arabia Saudí,
Egipto y el norte de África. Como puede ver en los libros que
publicamos, con el paso del tiempo nuestras perspectivas han ido
evolucionando. En Suecia acaba de publicarse la sexta edición de nuestro
libro dedicado a Afganistán en los años sesenta, que ha tenido su
influencia en la formación de una corriente de solidaridad con el pueblo
afgano.
Durante ciertos periodos como por ejemplo los años del macartismo, que
en Suecia también fueron muy duros tuve que andar con pies de plomo para
poder publicar. No es que mintiera, pero tuve que ponerme a escribir a
la manera de Esopo. En otras épocas me resultó más fácil. Suecia, antes,
era una de las sociedades más abiertas de Europa. Sólo me han procesado
una vez por falta de prudencia en la elección de las palabras. Pero el
gobierno perdió el pleito entablado contra nosotros.
Por supuesto, en Suecia, como en otros países puedes hacer carrera si
mides las palabras. Pero eso no es muy divertido. Hoy en día lo tengo
bastante claro: cuando frisas las ochenta primaveras y has alcanzado
cierta posición, no pueden hacerte mucho, aunque eso no significa que no
lo intenten.
Han tratado de echarme cuatro veces del Pen Club sueco, la asociación de
los escritores bien afinados. Pero no lo han conseguido. Al final me
daba igual y me limité a no pagar las cuotas.
¿Cree usted que gracias a internet ha habido cierta democratización de
los medios? ¿Que puede difundir sus ideas a través de internet? ¿Se
podrá así romper el monopolio de la información que detentan los medios
del sistema?
JM: Por supuesto, se puede utilizar internet. Pero en internet resulta
muy difícil saber lo que es verdad y lo que es un bulo. Ayer mismo
estaba comprobando una cosa en internet. De repente encontré un artículo
muy sesudo, ¡que decía que mis padres habían sido agentes nazis y que yo
mismo lo había escrito! Es mentira, pero además una mentira sin pies ni
cabeza. Me temo que alguien, en alguna parte, se la habrá tragado.
Cuando se trata de libros impresos, como usted sabe, es muy difícil
falsificar un libro. Se puede comprobar la fecha de impresión, el lugar
de impresión. Pero en la Red nunca puedes verificar realmente la validez
de las informaciones que te encuentras. De todos modos la utilizo, pero
con mucha cautela.
¿En su opinión la democracia funciona hoy en Suecia?
JM: La palabra «democracia» es peligrosa. Vale para cualquier cosa.
Tenemos la democracia de la Atenas antigua, donde nueve décimos de la
población eran esclavos. Al mismo tiempo, sabemos lo que queremos decir
cuando la usamos.
Suecia es un país donde había grandes espacios de independencia y
libertad de expresión. También tenemos tradiciones que se remontan a
nuestras guerras campesinas victoriosas, al siglo XV, que siempre están
muy presentes. Pero sería falso decir que la gente puede decidir. Si
pudiésemos decidir políticas de lucha contra el paro, con una mayoría
del 90% de los votos, por una mejora en la atención a las personas
ancianas, por una seguridad social mejor, libre de las frías leyes del
mercado, nuestra decisión sería nula, porque iría en contra de los
reglamentos de la Unión Europea. ¿Puedo sentirme satisfecho? ¡No, ni
hablar!
¿El régimen sueco es representativo y legítimo, o existe una brecha
entre los dirigentes y el pueblo sueco?
JM: La democracia sueca se ha desarrollado a golpe de plebiscito, un
poco como en tiempos de Napoleón III. Las elecciones ya no son
verdaderas elecciones, sino plebiscitos. Se puede elegir entre distintos
matices del «sí», entre distintos grupos sufragados por el estado
(incluso en el caso del antiguo partido comunista, el Vensterpartiet o
Partido de la Izquierda, las cuotas que pagan los afiliados y
simpatizantes apenas representan el 5% de los ingresos del partido). El
pueblo francés votó por Napoleón III, en un plebiscito formalmente
correcto, antes de la guerra de 1870. Pero como comprobamos en la
historia, eso apenas nos dice nada sobre los verdaderos sentimientos del
pueblo francés de la época.
No puede haber un gobierno sueco que se oponga directamente a la
voluntad popular. Por otro lado, el gobierno, desde hace muchos años, es
sobre todo una estructura burocrática, definida por las leyes del
mercado. Los partidos son estructuras sufragadas por el estado, muy
débiles en lo político, cada vez con menos afiliados. Hace ya varios
años le oí decir a un dirigente del partido socialdemócrata que el
Movimiento de la Juventud Socialdemócrata no era un movimiento, era una
cola formada por los que esperaban un nombramiento para un cargo.
Usted ha llamado «político municipal» al primer ministro sueco, Goran
Persson. ¿Nos lo puede explicar?
JM: En Suecia un político municipal puede ser honrado y, como tal,
intentar sacar el mejor partido de la situación. Pero lo que pueda hacer
está prescrito desde arriba, por las reglas del juego. Goran Persson no
es un hombre de grandes ideas. Lamentablemente, siente una especie de
apego emocional por Israel. En eso se distingue de su predecesor Olof
Palme. Pero esto nos lleva a algo que puede explicar lo que es Suecia:
Olof Palme era importante, en el plano internacional, y era un político
muy interesante. No es que estuviéramos de acuerdo en todo. Pero Palme
tenía una visión. Pues bien, al hablar de Olof Palme y Suecia hay que
recordar tres cosas: a) todos sabemos que Olof Palme está muerto; b)
todos sabemos que le asesinaron: d) todos sabemos también que nunca hubo
una investigación policial digna de ese nombre. Sabiendo eso, no sabemos
nada. Una explicación no puede ser una simple hipótesis. Pero no es algo
exclusivo de Suecia. La mayor catástrofe de las últimas décadas se
produjo la noche del 27 de septiembre de 1994, cuando el barco Estonia
zozobró durante una tempestad en el mar Báltico, causando la muerte a
859 personas. Sabemos que el Estonia se hundió. Sabemos que murieron 859
personas. Sabemos que los gobiernos de Estonia, Finlandia y Suecia
decidieron no hacer ninguna investigación digna de ese nombre, y que se
prohibió el examen del pecio: el que lo intentara sería procesado.
¿Cómo tomaron esta decisión, como poco extraña? No sabemos nada. ¡Eso
también es Suecia! Como somos un país libre, en las librerías y las
bibliotecas puedes encontrar metros y metros de estanterías con libros
que te proponen distintas respuestas, a cual más especulativa, a estos
misterios. Pero las autoridades han impedido el conocimiento real, tanto
del asesinato de Olof Palme como del naufragio del Estonia. Que yo sepa,
se trata de razones de estado.
¿Qué haría usted si fuese dirigente de Hamás o Hizbulá?
JM: Es una pregunta muy hipotética. Por supuesto creo que la victoria de
Hamás es muy importante. Pero: a) soy sueco, vivo en Suecia. No soy
palestino. No conozco realmente la situación; b) no me corresponde a mí
—ni a nadie desde fuera de Palestina— dar esa clase de consejos.
Es una cuestión de principio. Si de verdad Hamás es el representante
auténtico del pueblo palestino, sus responsables tienen que responder
ante el pueblo palestino y no ante quienes le desean buena suerte, en
tal o cual continente, por amistosos que sean. Y menos aún, por
supuesto, ante los políticos de Israel, Estados Unidos o la Unión
Europea, ni siquiera ante la ONU. Lo mismo digo de Hizbulá.
La cuestión de la solidaridad internacional, en realidad, es muy
sencilla. Ya lo expusimos durante la guerra contra la agresión de
Estados Unidos en el sureste asiático: apoyar al Frente de Liberación
con sus propias condiciones. Es un principio que sigue siendo válido
hoy. No debemos olvidar que se trata de un largo periodo histórico. El
imperialismo y sus políticas genocidas empezaron cien años antes de que
yo naciera. Hoy tengo 79 años. El verano que viene cumpliré 80. Si
dijera que espero ver una victoria popular, sería un estúpido. Mis
nietos son treintañeros. ¡Cuando sus bisnietos se acerquen a la edad que
tengo yo, quizá vean el final de esta era diabólica!
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Entrevista (semanario libanés), el 21 de
febrero de 2006, traducida por Juan Vivanco para ENcontrARTE
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