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AGOSTO 2006

EDITORIAL

Algunos conceptos sobre caracterización y lineamientos políticos de

 

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Alto el fuego en el Líbano

¡Un triunfo enorme para los oprimidos del mundo!

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JULIO 2006

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JUNIO 2006

Notas sobre la prensa popular

Diagnóstico/propuesta para pensar la prensa gráfica popular como herramienta para la lucha.

 

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Rebelión en las calles

Un análisis político de la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre del 2001 nos muestra las posibilidades y limitaciones de aquellas históricas jornadas. Las continuidades y rupturas a tres años de la rebelión y las lecciones para discutir en el campo popular

 

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REBELIÓN EN LAS CALLES

Por Guillermo Caviasca

Un análisis político de la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre del 2001 nos muestra las posibilidades y limitaciones de aquellas históricas jornadas. Las continuidades y rupturas a tres años de la rebelión y las lecciones para discutir en el campo popular

Ya pasaron más de cuatro años de la rebelión popular que el 19/20 de diciembre del 2001 acabó con el gobierno de la Alianza. En estos tres años mucha agua pasó bajo el puente y la situación política abierta en esas jornadas se cerró dejando como resultado el precario equilibrio existente con Kirchner a la cabeza de la estabilización política y económica de nuestro país.

Pasados cuatro años, salta a la vista que las más altas expectativas de cambio surgidas a partir de esas jornadas no se han cumplido, ya que la variante neoliberal del régimen capitalista sedimentado durante el menemismo continúa en vigencia, en sus estructuras mas profundas, a pesar de un cierto cambio de políticas públicas y de discurso. Pero sería derrotista de nuestra parte no ver en el período 2001/2002 una época de profunda crisis del sistema capitalista, del régimen político dominante y del consenso que permite su reproducción; como también sería miope ver sólo las continuidades entre el 2000 y el 2004 y no ver los cambios que hacen que hoy Kirchner no sea una simple continuidad de Menem y Cavallo.

La comprensión mas acabada de lo que pasó el 19/20 es el punto de partida para entender la nueva situación. Las causas y antecedentes de la crisis y la rebelión; sus virtudes, consecuencias y limitaciones; el comportamiento de los diferentes actores enemigos del pueblo y de las clases dominantes específicamente, su crisis y preparativos para superarla, sus reacciones frente a una rebelión popular cuya magnitud no estaba imprevista; es de importancia fundamental para una crítica y autocrítica que permita a la militancia popular prepararse mejor  para cumplir un rol revolucionario en la lucha de clases.

 

Antecedentes de la rebelión popular

 

La génesis última del 19/20 debe buscarse en el mismo modelo de capitalismo neoliberal estructurado durante el menemismo. En todos los países latinoamericanos, aunque de diferente forma, se aplicó el mismo modelo y luego de un período similar de saqueo económico y desmantelamiento del estado y la legislación social, la crisis explotó desplazando del gobierno a los principales personeros del neoliberalismo. Esta situación se verificó en casi toda América del Sur: Venezuela, Brasil, Argentina, Perú, Bolivia, Ecuador y Uruguay desplazaron del gobierno a los políticos que aparecían muy comprometidos con las recetas de la década del 90. Más allá de que en la mayoría de los casos las continuidades fueron más notorias que las rupturas, como en el caso del Brasil donde ni siquiera la estabilidad del régimen se vio afectada y el paso del ex obrero Lula al campo de la política gran burguesa es descarado o de Perú y Bolivia donde el cambio de notorios personeros del neoliberalismo dio paso a otros de la misma calaña; lo cierto es que los pueblos de América Latina pusieron un límite a la sumisión política total a los dictados de los EEUU y el mercado financiero. Hoy, aunque mucho no ha cambiado, al menos se discute una subordinación negociada, ya que la amenaza de la rebelión popular está latente en toda América Latina.

Es importante destacar qué entendemos por “subordinación negociada”. Es la capacidad de un gobierno que reconoce la autoridad imperialista de gestionar una dependencia viable en el largo plazo; negociar políticas que satisfagan lo intereses de las diferentes fracciones de la burguesía internacional y nacional haciéndoles comprender que todos deben ceder un poco para que la vaca argentina siga produciendo leche y no muera desnutrida. Es la idea tradicional del estado como gestor semi autónomo de las clases dominantes que debe tomar distancia de los intereses inmediatos de las diferentes fracciones burguesas par garantizar sus intereses estratégicos, pero llevada al plano de un gobierno que se asume como “gobernante de provincia” respecto de los centros de poder mundial. Esto es un evidente cambio respecto del Menemismo o de la Alianza ya que estos se consideraban simplemente gestores de los intereses del mercado mundial y específicamente del FMI.

En nuestro país existió una génesis particular, una serie de datos empíricos fueron dando cuenta de un agotamiento de las masas que preanunciaba la rebelión. Desde el lado del bloque dominante, la homogeneidad del menemismo se precipitaba a la ruptura y la fractura entre “nacionales” devaluacionistas, y exportadores de capital o dolarizadores, comenzaba a expresarse en política: primero a través del conflicto Menem vs. Duhalde y después en la virulenta ofensiva institucional del PJ contra el inepto radical.

El triunfo de la Alianza quiso ser leído por el stablishment y sus voceros mediáticos como un rechazo a la corrupción menemista, no se entendió que el voto de una importante fracción de la clase media a De la Rua encerraba expectativas de cambio mas profundas, quizás la confusión se deba a que es difícil interpretar como progresista al voto a un conservador reaccionario como De La Rua, pero la génesis de la Alianza encerraba justamente esta trampa. El sistema no logró generar en ese entonces todavía dos variantes electorales diferenciadas del mismo proyecto y De la Rua fue una continuidad decepcionante del Menemismo. Tal es así que los primeros días de gobierno reprimió salvajemente la protesta del pueblo correntino causando varias muertes y lo mismo se repitió en diferentes lugares del país especialmente en Salta donde una serie enfrentamientos se sucedieron durante meses, con saldo de muertes, torturas, toma militar de pueblos, persecuciones en el monte, etc. Enfrentamientos que desde la distancia parecían anunciar los prolegómenos de una guerra civil.

Durante el gobierno de De La Rua el movimiento piquetero se instaló también con fuerza en Buenos Aires. Principalmente Matanza (en el oeste) y los municipios de Quilmes y Florencio Varela (en el sur) desarrollaron organizaciones de desocupados masivas, algunas de ellas muy combativas que llevaron los cortes de ruta a los principales accesos de la Capital Federal, con la capacidad (ya demostrada en el interior) de quedarse días en las rutas. La pobreza organizada por fuera de las redes de contención del PJ ya golpeaba las puertas de la capital.

La renuncia del vicepresidente Álvarez (la cara progresista del gobierno) y el posterior llamado a Cavallo para el ministerio de economía dio cuenta de la incomprensión del partido gobernante, las esperanzas de cambio de la base social de la Alianza iban mas allá de “la corrupción” (la cual además había demostrado una sorprendente continuidad con De la Rua). El modelo menemista necesitaba para reproducirse sacrificar nuevos sectores sociales, fracciones de la burguesía y de la clase media así lo entendieron y confiaban en la Alianza para que hiciera un cambio de política (aunque no necesariamente de modelo) para estabilizar su comprometida situación, pero las condiciones de surgimiento de un Kirchner aún no estaban maduras.

El último aviso fueron las elecciones de setiembre del 2001 donde más del 50% de la población no votó o votó en blanco en un país donde vota tradicionalmente entre el 80 y el 85% del padrón y del resto de los votos positivos el partido gobernante fue derrotado estrepitosamente, además de que la izquierda alcanzó resultados que, por primera vez desde el 83, la hicieron figurar en las estadísticas. Fue un claro rechazo al rumbo económico social de la Alianza expresado por el nombramiento del Cavallo como superministro.

La ineficacia de De la Rua para llevar adelante el viraje necesario era notoria, la derecha mas rancia expresión de la sumisión a los dictados de los inversionistas extranjeros sabía que la Alianza no cumplía con eficiencia su rol de timonel del barco capitalista y avizoraba tormentas en puerta. La prolongación de la política económica del menemismo (centralmente del 1 a 1) solo creaba condiciones para que la salida de ella tendiera a ser cada vez más traumática. La derecha apuntaba todos sus cañones contra el cuasi senil presidente y tiraba líneas desde sus medios de comunicación para un giro autoritario. Por otra parte la disputa entre productivistas “nacionales” y financieros e inversionistas extranjeros llegaba a las calles con movilizaciones publicas de los “empresarios nacionales” (ex menemistas) apoyados por la CGT de Moyano, que desarrollaba paro tras paro y la ofensiva parlamentaria dejaba todos los resortes institucionales listos para una predecible, y deseada por todos, renuncia de De la Rua y su reemplazo por un  duhaldista.

Así teníamos a fines de noviembre un interesante escenario, donde los pobres y trabajadores desocupados comenzaban a movilizarse en forma independiente, la clase media estaba acorralada y había roto con los partidos tradicionales, la fracción burguesa “productiva”  y sus seguidores sindicales apretaban al gobierno para un cambio de la política económica y la devaluación, el partido Justicialista golpeaba institucionalmente en toda la línea desplazando a la alianza en el parlamento, la burguesía financiera, los exportadores de capital y la derecha atacaban al gobierno por su debilidad en mantener la política y exigían una salida autoritaria. Las crisis era evidente y las condiciones para el desarrollo de la lucha por las organizaciones del campo popular también, como lo demostraría el periodo de rebelión popular desatado a partir del 19/20.

           

La rebelión

 

El 19 y el 20 de diciembre algo cambió en nuestro país. Durante dos días las masas populares recuperaron su capacidad de acción política directa para exigir el fin de la larga década de consolidación neoliberal, inaugurada con Menem luego de la hiperinflación y los saqueos del ‘89. Pero a diferencia  de los sucesos que marcaron entonces el colapso del alfonsinismo, esta vez las clases dominantes no contaban con un consenso homogéneo. La caída del alfonsinismo estuvo inmersa en una falta de poder político para imponer el programa de desnacionalización de la industria y destrucción de las conquistas de la clase obrera, por el lado del estado;  pero por el lado de las clases dominantes existía un consenso  entorno a un proyecto y solo les faltaba el hombre y la estructura que lo impusiera la traición desde el estado: ese hombre era Menem y el justicialismo el polo de traición.

En diciembre del 2001 el bloque dominante estaba fracturado y los recambios del sistema estaban desgastados. Los terratenientes, la burguesía nacional (bloque productivo), la gran burguesía monopólica local y extranjera (beneficiarios de las privatizaciones y el capital financiero (representado por los bancos) no acordaban un modelo que los satisficiera a todos y así se dificultaba lograr una hegemonía política fuerte que encuadrara al resto de la sociedad. La incapacidad de la Alianza de pilotear la crisis y su rápido desgaste  impidieron en ese entonces que el PJ limpiara su imagen de cara a un recambio electoral. Además la ideología privatizadora estaba arrinconada ante la clara responsabilidad de las empresas privatizadas, los bancos y las AFJP en el vaciamiento del país (consecuencia natural del libremercado en un país semindustrializado).

Pero, más allá de estos grupos hoy vistos como los principales responsables del saqueo del país, no debemos olvidar que el llamado bloque productivo “nacional” aliado con la dirigencia sindical también fue responsable, como pilar fundamental, de la década neoliberal y es en la actualidad un artífice central del nuevo consenso kricnerista. Es lógico que este sector apueste a la continuidad del modelo con un cambio de timón que los sostenga frente a la otra fracción ya que ayer fueron los campeones de las privatizaciones y la flexibilización laboral. O sea que recurran al estado para que los salve como fracción de clase perdedora si se la abandona a las reglas del mercado mundial.

 

Cambio de etapa

 

En aquel momento de crisis el accionar de las masas cobró una relevancia enorme. La movilización fue ajena a todas las estructuras preexistentes. Fue interesante ver el fracaso de los intendentes del PJ en capitalizar los saqueos movilizando a sus clientes mientras en verdadero pueblo libre de “manzaneras” seguía en las calles aprovisionándose para las fiestas. Esto no implica ignorar que dentro de la maniobra de desplazamiento del inepto radical las estructuras del PJ pensaron un marco de caos social controlado que diera lugar al pedido de renuncia de De la Rua y una transición ordenada hacia un gobierno del PJ. En este sentido en diferentes lugares los punteros estuvieron presentes fogoneando inicialmente los saqueos, pero el desborde popular tuvo detonantes que fueron mas allá de la decisión de los intendentes.

El famoso corralito de Cavallo produjo que la mayoría del circulante saliera de las calles, el comercio se paralizó, los trabajadores por cuenta propia y los que reciben su salario en negro o por changas se encontraron con las manos vacías, los profesionales y hasta los asalariados en blanco no podían retirar sus salarios de los bancos. El hambre golpeó a la puerta de la clase media como un espectro; el espejo de un pequeño burgués argentino ya no fue el burgués sino el cartonero. Los comerciantes de Caballito, Flores, Liniers, Belgrano, etc. cortaban las calles desde principios de diciembre; las amenazas de saqueos partían de los mismos movimientos piqueteros.

El 17 de diciembre los rumores comenzaron a ser realidad, desde Entre Ríos y Mendoza llegaron noticias e imágenes. Los saqueadores se veían por TV, en directo durante horas, el gobierno nacional estaba paralizado no avanzaba en ningún sentido. El drenaje permanente de riqueza nacional que produjo el 1 a 1 necesitaba ser frenado hacia tiempo, pero algún sector social debía pagar la orgía menemista, en la coyuntura la cuestión era clara se protegían los bancos o se protegían los sectores populares con capacidad de ahorro. Pero en la nueva estructura neoliberal era imposible que la decisión pasara por una expropiación a los expropiadotes por lo tanto el golpe lo debía asumir nuevamente el pueblo y el costo político lo debía pagar el gobierno. El nivel del estallido que se produjo llevo la crisis política a niveles que las clases dominantes no preveían, desarticulando los planes del enemigo.

 

Las tres rebeliones

Cuatro características hacen de las jornadas del 19 y 20 uno de los hechos políticos de masas más grandes de la historia argentina: la rebelión tuvo epicentro en Buenos Aires donde habita un tercio de la población del país, pero también hubo estallidos en Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, Mendoza, Neuquén, etc.; tuvo claros objetivos políticos, se esbozaron en ella elementos antiautoritarios, antineoliberales y antiimperialistas; y contó con la participación en diferentes formas de amplias masas populares con un elevado nivel de combatividad en la lucha de calles.

La nacionalidad de la movilización es fácilmente verificable, saqueos prácticamente en todo el país al igual que movilizaciones y enfrentamientos con la policía en diferentes provincias desde los días anteriores y durante las mismas jornadas. Para ver la politicidad y la ideología de las masas movilizadas podemos desgajar el movimiento en tres partes: los saqueadores, el cacerolazo y los que vamos a considerar lo más avanzado del conjunto, los que marcharon y sostuvieron el cerco a la Plaza de Mayo hasta voltear al gobierno de De la Rúa.

La mecha se encendió en Mendoza y rápidamente se extendió por todo el país hasta llegar a la Capital Federal (que había sido inmune a los saqueos del ‘89). En los barrios pobres (la mayoría de los barrios actualmente) se comenzó a sitiar supermercados para exigir alimentos y luego a saquearlos, empezando primero por grandes supermercados (mejor defendidos) y siguiendo después por otros más pequeños. Es interesante ver cómo donde había movimientos de desocupados o estructuras organizadas éstas se mantuvieron ajenas al proceso, perdiendo la oportunidad de darle a la movilización expropiadora de las masas trabajadoras objetivos mayores, más claros o más contundentes.

Muchos se mantuvieron al margen por miedo a ser manipulados por las estructuras clientelares del PJ que preparaban una oleada de saqueos para darle un empujoncito al inepto radical. Lo que no comprendieron los compañeros que no actuaron en esa oportunidad es que en los momentos de crisis aguda cuando las clases dominantes están fracturadas, fracciones de ellas salen a enfrentar y, obviamente buscan dirigir o manipular el malestar de las masas, pero el desafío de los revolucionarios no es permanecer al margen, sino  identificar la maniobra, ser conciente de la crisis general de dominio y actuar para desbordarla, tomando, la posta en una segunda instancia de la conducción del proceso. En última instancia el 19 y 20 de diciembre pasó eso pero sin que existiera ninguna alternativa de dirección.

Creemos que otra de las posibles falencias de muchos movimientos está en la naturaleza económica de sus reivindicaciones. Por un lado el aglutinante inmediato de los movimientos de desocupados, y que permitió su masificación, es el plan y el bolsón, esto coloca las reivindicaciones de los desocupados en un piso muy bajo, el del asistencialismo, en una línea muy delgada entre la independencia y la cooptación. Por otro lado, la vieja lógica sindical de presión-negociación desarma a los movimientos para los momentos de lucha eminentemente política, por eso los protagonistas de las movilizaciones del 19/20 fueron trabajadores y desocupados no encuadrados, masas de clase media  sin organización y la militancia de los partidos de izquierda. Las organizaciones sociales no participaron como tales y si lo hicieron fue en persona de sus miembros mas concientes. Es más, algunos adrede, por apostar al sistema (como Delía), otros por haber sido superados, terminaron actuando como contención. También podemos pensar que la presencia en el seno del movimiento piquetero y de la izquierda independiente de las corrientes ideológicas que pregonan una interpretación del presente basada en la idea de que la lucha por el poder ha perdido sentido y que por ello a los militantes sólo les cabe acompañar las reivindicaciones y organizarlas desde lo pequeño, pero no construir proyectos alternativos para todos los trabajadores y luchar por imponerlos. Pero, para los que buscamos una alternativa nacional, la idea de ir detrás del nivel de conciencia reivindicativa de nuestra base social inmediata, implica renunciar a la construcción de una alternativa revolucionaria, condenarnos a ser rebeldes perpetuos.

En el salto de lo reivindicativo a lo político está la clave del triunfo de la lucha popular, esto no sucedió en las organizaciones de desocupados pero sí en las masas que se movilizaron al centro. Las grandes masas argentinas discutieron política en sus hogares durante meses, y es ese nivel de conciencia el que debió ser capitalizado a nivel tanto político como reivindicativo. La conciencia no es un camino en permanente ascenso, la ideología de las masas es también un terreno de lucha, entender aquel nivel de conciencia y saber trabajar con él en función de la construcción de un camino revolucionario era el desafío del momento. O sea era el momento de dar un paso mas allá de la construcción reivindicativa, construir una alternativa política para las más amplias masas populares en el sentido de lucha y cambio radical que había marcado el 19/20 de diciembre.

Por otra parte, si analizamos la composición social de las masas saqueadoras metropolitanas vemos que estuvo dada por trabajadores, desocupados y marginales, hombres maduros y mujeres, jóvenes y niños. Su ideología era difícil de definir, aunque el reclamo de un cambio en la política económica era generalizado en el país y es posible que fuera parte consciente de las acciones expropiadoras en sus sectores más avanzados; en cualquier caso la identificación del problema económico combinada con la movilización para conseguir alimentos por la fuerza marca una ruptura con diez años de quietismo y clientelismo de esos sectores. Sólo el tiempo y el trabajo político nos podría decir la potencialidad de esta movilización. El crecimiento numérico de los movimientos de desocupados marcó, para nosotros, el principal canal de participación que se abrió a esos sectores y que en muchos casos aprovecharon organizándose independientemente del PJ.

La noche del 19 fue un increíble ejercicio del derecho de veto popular. Luego del extremadamente estúpido mensaje de De la Rúa en el cual anunciaba la continuación del plan económico con estado de sitio y un poco de comida para los más pobres, millones de personas de un amplísimo abanico social comenzó a golpear sus ollas. De norte a sur, de San Isidro hasta La Plata, en todos los barrios donde hay edificios de departamentos (exceptuando los más exclusivos), pequeñoburgueses y trabajadores coparon las calles desafiando el estado de sitio, confluyendo en el centro y haciendo caer a Cavallo, hasta retirarse sólo con la represión luego de desafiarla durante horas. Este era sólo un ensayo del histórico combate que se libraría al día siguiente por la Plaza de Mayo (centro simbólico del poder y, a decir por la dureza con que fue defendida, quizás también del poder material) y que precipitaría la ignominiosa huida del sorete radical.

El hecho que a muchos nos sorprendió fue la incorporación de la “clase media” a la acción política directa, algo había pasado, el sostenido ajuste neoliberal destrozó al posmodernismo ideológico acomodaticio de esos sectores con la amenaza material de sumir en la pobreza al 80 por ciento de los argentinos (única forma de lograr el equilibrio de mercado, pero seguramente no el famoso déficit cero). Es evidente que estas masas no eran las mismas que en el mismo momento saqueaban y morían enfrentándose a la policía en los barrios populares, pero sin duda eran parte de esta gran rebelión nacional que en ese momento comenzó a tomar su forma política concreta: ocupar en núcleo geográfico del poder político, imponer su renuncia inmediata y exigir un cambio de signo en la política económica paralelo a la democratización real del poder (Porque a pesar de las teorías pos modernas el pueblo sabe que quien tiene el poder político tiene una herramienta imprescindible para la implementación de cualquier mejora).

            La ausencia de las centrales sindicales fue patética, ¿dónde estaba el combativo Moyano? ¿y la progresista CTA? La respuesta es evidente: las masas pateando el tablero no entran en sus cálculos políticos, entonces hay que evitar comprometerse e impedir la movilización de los trabajadores. En última instancia ¿cuáles son sus proyectos? La burocracia sindical tradicional es una capa social totalmente divorciada de los intereses de clase de sus representados y busca un equilibrio político que le permita ser un actor reconocido con privilegios para sus miembros y un factor de poder en la sociedad, donde la “carrera sindical” sea otro canal de acenso social en la sociedad capitalista. El CTA es ideológicamente hijo de la derrota de los 70 y no concibe la posibilidad de la transformación revolucionaria de la sociedad. Una serie de reformas graduales arrancadas mediante la movilización pacífica y consensual es su estrategia, pero el terror a la respuesta violenta desde el estado le pone límites muy estrechos a sus planes de lucha.

Pero más sorprendente fue la ausencia de los movimientos de desocupados que fueron protagonistas de luchas sociales destacadas y escuela para muchos compañeros, más aun teniendo algunos de ellos una base democráticamente organizada. Los desocupados fueron los que tomaron la posta de la rebelión (aunque con sus propios métodos). Esto era natural ya que la clase media suele ser muy voluble y tender a conformarse con un orden social que realimente sus esperanzas de acenso social. Pero desde el estado y bajo la inteligente sugerencias del Banco Mundial, una catarata de asistencia (planes, bolsones) tendieron a poner un límite a los reclamos de los más pobres; y cuando estas limosnas no bastaron la amenaza concreta de terrorismo desde el estado (Puente Pueyrredón, y una multitud de ataques y aprietes ilegales) mostraron un límite que los Movimientos no pudieron superar. Igualmente la presencia de estos en la calle permitió que durante el 2002 la llama de la rebelión popular pendiera como una espada de Damocles sobre la cabeza de los administradores de turno, obligando a otorgar elecciones y construir un “candidato progresista” capaz de reconstruir la credibilidad en las instituciones.

La izquierda tuvo el mérito de haberse hecho presente pero sólo unos pocos comprendieron la naturaleza de la rebelión que se estaba dando y la acompañaron, otros prefirieron seguir con su marcha declamativa agobiados por las vidrieras de los bancos rotas. Y ninguno supo como capitalizar políticamente el descontento popular.

La ausencia de organización política marcó una clara limitación de ese movimiento espontaneo de cara al futuro, pero, contradictoriamente, fue el factor que permitió una superación de todas las formas de lucha de los últimos años al romper con el corset que estas estructuras les imponían. Esto debió haber transformado la rebelión popular en una bisagra para un cambio de etapa ya que implicaba un salto en la conciencia de amplios sectores y podía ser el inicio de un proceso mucho más amplio.

Además, la carencia del horizonte político de un modelo de país alternativo fue un déficit que no pudo ser superado  y por ello no hubo una salida popular a la crisis. Decíamos hace tres años que si esta alternativa no se construía “toda esta energía combativa manifestada por amplios sectores de la juventud se perderá ante la reorganización del bloque dominante o en una salida por derecha que saque rédito del fracaso de las organizaciones populares de encontrar una salida de poder”. Así sucedió Kirchner es hoy el emergente de esa reorganización.

La recuperación de uso de la violencia por una parte de las masas fue uno de los principales logros del 19/20. Si bien el nivel de violencia popular fue muy bajo (no se usaron armas de fuego por parte de los manifestantes, muy pocas Molotovs, poca organización de autodefensa, etc.), estuvo cercano a los desarrollados durante el Cordobazo. El enemigo tomó conciencia de esta masificación de la violencia y de los peligros que significaba; miles tirando piedras, levantando barricadas, incendiando, etc. escapa al esquema mediático de los agitadores. Por ello “la violencia” fue el primer objeto de ataque, recuperar el monopolio de su uso legítimo por el gobierno era fundamental para desarmar a las masas. En ese sentido fue la ofensiva contra los “Palos y las capuchas” de los piqueteros; el problema no es la capacidad ofensiva de los “tirapiedras” ni de los piqueteros encapuchados, sino que las sociedad los vea como legítimos ya que de esta forma la violencia estatal no lo es. 

Pero, debemos aclarar, que la violencia en sí misma no tiene ideología, la derecha militante ha demostrado históricamente saber hacer uso de ella para debilitar las instituciones parlamentarias corrompidas o débiles y en momentos de crisis revolucionaria (cuando las organizaciones populares fracasan en elaborar un programa o son derrotadas en la lucha) imponer una salida autoritaria y antipopular. En este sentido podemos entender la presencia de grupos de derecha militante en el seno de movilizaciones o luchas contra el aparato represivo, donde la identidad de los participantes es claramente de izquierda, libertaria o popular (o del PJ en los saqueos). De la misma forma podemos interpretar el accionar de los ideólogos y divulgadores de la derecha, cuyo predicamento principalmente entre la “clase media” debe ser reconocido, con su mensaje dúplice de fomentar la movilización o la abstención electoral orientándola contra las instituciones representativas por un lado, pero llamando al orden, la multiplicación de las medidas de seguridad y la construcción de un gobierno fuerte o “profesional” que aplique el ajuste sobre la clase trabajadora por el otro.

Durante el 2002 la “clase” política se encontró cuestionada como legítima depositaria de la administración estatal, la UCR estaba liquidada ante su propia base social y el PJ tenía su aparato fragmentado entre diferentes referentes que no conseguían captar la voluntad de un abanico de sectores dominantes lo suficientemente amplio como para darle solidez a su política, amén de que la clave de la opción de las clases dominantes por el peronismo se basó durante el menemismo en su capacidad de domesticar a las masas con recuerdos vaciados de un pasado remoto y que por ahora el PJ no tiene autoridad ante trabajadores y desocupados. En este registro podemos leer la incapacidad de darle estabilidad a Rodríguez Saa (un caudillo paternalista y oligárquico del interior, sin fuerza en el partido, sin vinculaciones fuertes con los monopolios, vulnerable a la presión de las masas y con aspiraciones personales no admisibles) y la espuria y decadente rosca que llevó a Duhalde a la rosada y a Kirchner a la presidencia para reformular el modelo neoliberal y rerconstruir las vinculaciones (viables) con la metrópoli Yanqui. La neutralización de las masas permitió (al menos por el momento) salvar a todo el bloque dominante y garantizar la “paz social” (léase domesticar a los rebeldes).

 

El ruido de las cacerolas

Ahora bien, si definimos “clase media” como una categoría cultural más que material, definida por las expectativas de sus integrantes de llevar un modo de vida que los acerque a modelos burgueses y los aleje de los proletarios, inmediatamente aparecerá ante nuestros ojos la limitación estratégica de ésta. No fue el hambre de los trabajadores, ni la entrega del país lo que la movilizó, fue la agresión a sus intereses inmediatos: la expropiación de sus depósitos bancarios para una parte y el descenso en la escala social a toda. Esto es lógico, las masas de cualquier extracción social se movilizan inicialmente por intereses inmediatos, el tema es analizar la potencialidad y el signo del movimiento. En este sentido es importante tomar nota que la clase media salió a la calle a romper el estado de sitio, en el momento que este fue dictado y no cuando se dictó el corralito.

Un análisis de los cacerolazos nos permite ver que es una típica medida de la “clase media”: no parece implicar un gran compromiso, puede ser anónimo, parece pacífico y requiere poco esfuerzo; es por ello que el reformismo político lo toma como una medida paradigmática para mostrar la existencia de consenso sin desafiar el poder. Pero esta vez el cacerolazo se transformó en una movilización de desafío al estado de sitio en el mismo momento que los saqueos arreciaban; así fue el galvanizador de y el piso necesario para que los sectores más combativos de la sociedad se unieran en la confrontación directa con la razón última del estado burgués: sus fuerzas represivas.

No debemos menospreciar a esas masas de clase media ya que a pesar de no ser sujeto estratégico de la lucha, de ella se pueden desprender sectores importantes que aporten a la lucha revolucionaria (como así también a la reaccionaria). Más aún teniendo en cuenta que sostuvieron su movilización varios meses, que salieron contra Rodríguez Saa y que siguieron haciéndolo, aunque con menos fuerza, contra Duhalde.

Es aquí donde entra en acción este último y definitorio actor de estas jornadas: una masa sorprendentemente numerosa, decidida y antisistema, conformada por una mayoría de jóvenes (pero no únicamente por ellos) de clase media empobrecida, estudiantes, marginales y trabajadores no controlados por la burocracia, en su mayoría ajenos a toda organización política pero con algunas ideas claras basadas en un espíritu libertario, antiimperialista, nacionalista y guevarista.

Estos cuatro conceptos parecieran formar un cóctel de irreconciliable apariencia, pero todas estas ideologías vagamente asimiladas conformaban la identidad de la vanguardia combativa de la rebelión popular. Sin embargo, no debería sorprendernos que en un país del tercer mundo una bandera nacional pueda encabezar una protesta libertaria y antiimperialista; en última instancia lo que lo que los cuatro conceptos implican es una verdadera independencia. La generación de un discurso que diera cuenta de la ideología que portaban los sectores más combativos, y de una organización que permitiera dotarlos de una estrategia fue el déficit insuperable de los años que pasaron. Cuando los desocupados tomaron la posta de la lucha lo hicieron desde una identidad muy restringida a la fracción de clase que representan y es evidentemente imposible desde el plano de lo estrictamente económico reivindicativo acaudillar a las amplias masas populares. La estrechez de miras de la izquierda estuvo dada en intentar encuadrar todo en los esquemas propios previos sin ser dialécticos y aprender del pueblo que estaba marcando un camino y una identidad.

Fue sin dudas la ausencia de la clase trabajadora organizada (salvo valientes excepciones) la principal falencia de estas luchas. Es evidente la eficiencia como disciplinadoras de las burocracias de la CGT y el MTA por un lado; y el CTA por el otro. Con sus diferentes estilos buscaron la forma de estar ausentes y reencauzar la protesta (el CTA no estuvo prácticamente en ninguna lucha colectiva hasta los asesinatos del 26 de junio)  o esperar que todo se calme para que la patronal los premie como buenos capataces (Moyano saludos a Vandor). Si toda organización popular tiene en jornadas de rebelión una tarea primordial como es incentivar la movilización de las bases para sumarlas a la lucha que será su mejor escuela, es evidente que los sindicalistas quieren mantener a sus bases lejos de la educación.

 

Las asambleas populares

Un fenómeno nuevo recorrió las calles luego de la rebelión del 19 y 20 de diciembre: las asambleas populares. Consecuencia directa de aquellas jornadas de lucha, se fueron multiplicando y madurando al calor de la consigna unitaria “que se vayan todos”. El estado de movilización permanente, combinado con la crisis de representatividad de los partidos burgueses, los sindicatos burocráticos y las estructuras del estado, impuso casi por decantación natural la necesidad de comenzar a discutir entre los que semana tras semana se encontraban en las mismas esquinas para decir que no se expulsó a De La Rúa para que venga Rodríguez Saa y mucho menos que Duhalde se instalara en la Rosada para profundizar el ajuste.

  Pero así como el mismo 20 fue consecuencia de años de experiencia de lucha popular, las asambleas tenían también antecedentes cercanos en los cuales abrevaban.  El 19/20 de diciembre se produjo un salto cualitativo y cuantitativo en la lucha popular. Toda la experiencia y las enseñanzas acumuladas desde diciembre del ‘93 catalizaron en el levantamiento popular que echó a De La Rua. Estas enseñanzas podemos agruparlas en dos tipos: las que implican una crisis de modelos hasta entonces incuestionables y las que muestran nuevos modelos a aplicar.

Por el lado de las primeras tenemos una concepción de democracia desgastada hasta el infinito: la democracia representativa, donde le está al pueblo prohibido gobernar o deliberar por si mismo y en la cual los representantes, por definición, son soberanos ya que durante su mandato no le deben nada a sus representados porque según la constitución son representantes de una abstracta “nación” en su conjunto y no de los ciudadanos que lo eligen.

Relacionado con esto tenemos un agotamiento de la concepción de partido tradicional donde las lealtades se constituyen por cooptación formando clientelas y donde una supuesta “elite” política se forma para administrar las instituciones. Esta “clase política” oficia de mediadora entre las políticas estratégicas definidas en los centros de poder y el pueblo, buscando articular discursos y medidas que permitan hacer pasar con vaselina políticas que cuentan con el repudio mayoritario.

Es así como se agota una concepción de estado, la surgida con el advenimiento del capitalismo, que implica una escisión entre estado y sociedad. Donde este estado “autónomo” se transforma en una peligrosa herramienta a disposición de la clase mas poderosa, indudablemente la burguesía. Es allí donde el bloque dominante consensúa sus políticas y donde la clase política ve como imponerlas al pueblo. O sea de democracia ni hablar, el pueblo vio elección tras elección como sus “representantes” actuaban en su contra; como los grupos económicos difundían el discurso homogéneo de libremercado a través de sus medios de comunicación y sus divulgadores. Pero solo unos pocos años después con el espejismo neoliberal destruido, los mismos representantes del pueblo mantenían imperturbables el discurso del libremercado; finalmente en la elección de octubre luego de que la UCR fuera barrida acompañada del PJ. Pero los “representantes del pueblo” profundizaron el ajuste ignorando alevosamente el mandato popular. Cono dijimos antes, el 50 % de los empadronados no votó, votó en blanco o impugnó su voto lo cual demostraba que la mayoría del pueblo había comprendido que eran todos iguales y que en el sistema actual se votaba pero no se elegía: el “que se vayan todos” estaba naciendo. El menemismo y la Alianza llevaron este divorcio a límites insostenibles que hicieron caer el consenso en el régimen, Kirchner fue elevado a la presidencia para reconstruir las formas que permitan mantener esa autonomía del estado respecto de la sociedad.

Así una larga construcción ideológica entró en crisis el 20. La naturaleza del estado, los partidos políticos burgueses y la constitución fueron percibidas con una claridad nueva por las masas. Pero esta nueva conciencia no nació de un repollo sino que tuvo un tiempo de maduración y un montón de ejemplos positivos que la hicieron crecer.

Desde el Santiagazo a fines del 93 las masas populares venían manifestando su resistencia atacando los centros de poder provincial y derribando gobernadores o frenando ajustes provinciales. Mas claras y, quizás, premonitorias fueron las rebeliones de Cutral-Có, Jujuy y Tartagal-General Mosconi donde todos los argentinos vimos el ejercicio de la democracia popular directa, la lucha en barricadas y el intento de sostener (embrionariamente) un nuevo poder por parte de los piqueteros que obligara al gobierno a negociar en el terreno por ellos elegido.

O sea se iba perfilando un modelo de organización popular que no sólo permitía la participación de grandes masas en la lucha sino también en la decisión y que a su vez negaba la esencia de la democracia representativa y de las instituciones republicanas. Mientras el viejo sistema burgués se desgastaba y perdía consenso los embriones de un nuevo sistema surgían.

Desde esta óptica pretendemos analizar las asambleas populares que se multiplicaron durante enero en Capital y Gran Buenos Aires y que al menos por un año generaron expectativas sobre el nacimiento de un nuevo poder. La naturaleza del “que se vayan todos” que abarca a toda la dirigencia política que tuvo protagonismo desde el 83 hasta hoy dejó claro la imposibilidad de retrotraer la situación del régimen político a una situación preveinte esta fue una razón por la que retrasaron las elecciones lo más posible. Las masas movilizadas comenzaron la construcción de organismos que anunciaban una forma de organización social y política alternativa para el manejo del conjunto de sus intereses.

Las asambleas que comenzaron inicialmente como una coordinación para los sucesivos cacerolazos, contaban con una experiencia popular previa (las experiencias de los movimientos piqueteros sus asambleas y cortes) y con una situación de la lucha de clases que impulsaba su reproducción: un bloque dominante en crisis y las clases populares movilizadas. El consenso democrático del 83 corría riesgo de romperse ya que se basaba en la aceptación del neoliberalismo como modo de acumulación. Las asambleas eran justamente una alternativa a esa “democracia” neoliberal y por eso mismo despertaron tantas expectativas y resquemores.

Muchos, atemorizados ante la incertidumbre de lo nuevo, pretendieron que las asambleas se incorporen a diferentes instancias del gobierno municipal para volverlo mas “democrático y participativo” como organismos de petición o consulta de algún funcionario de tercer orden. Son los reformistas de siempre que apoyaron al alfonsinismo, crearon la Alianza y se encolumnaron tras el FreNaPo para revitalizar el sistema y conducir al pueblo a un nuevo fracaso (CTA, ARI, etc.) y que hoy pueblan las reparticiones municipales y ministeriales del gobierno K.

Una gran parte de la izquierda actuó como si las asambleas fueran simplemente ámbitos de propaganda política o posibles comités de base de un partido o frente donde garantizar la aprobación de una consigna o una solidaridad, sin comprender la naturaleza de los cambios en el nivel de conciencia que podrían haber madurado a partir del 19/20 y la naturaleza de los organismos de masas que, aunque no debían negar a los partidos políticos populares, en sí mismos debían haberse transformado en una instancia englobadora para expresar al pueblo organizado. Es por ello que se forzó la existencia de coordinaciones como diferentes interbarriales o asambleas nacionales de sectores en lucha que, pese a ser necesarias para dar una perspectiva nacional y efectiva a la lucha, debían haber sido articuladas con una maduración de la organización local y no simplemente superpuestas por arriba porque es “correcto” su existencia. No es cuestión de generar ámbitos donde la participación popular sea menor pero en los cuales mi agrupamiento pueda concentrar su militancia para conducir mas fácilmente, pero sobre una base sensiblemente disminuida..

Es así como desde diferentes agrupamientos de izquierda se trabajó sobre las asambleas para adaptarlas a su línea política que (mas allá de que fuera o no justa a nivel estratégico) está definida de antemano en forma ajena a la dinámica concreta de los diferentes ámbitos de base. Ninguna consigna o táctica es correcta si no cuenta con una recepción activa por parte de los destinatarios; esto no implica caer en el oportunismo por el contrario, significa buscar caminos de lucha que las masas puedan transitar y que mostró el pueblo argentino el 19/20 de diciembre y en las jornadas posteriores: pelea para ganar, por objetivos concretos y no sólo para denunciar su disconformidad y proclamar el programa correcto.

Ahora bien, la lucha que se dio era nacional, de todo el pueblo, por lo tanto organismos de masas que la expresen y unifiquen parecían necesarios, pero solo podían ser genuinos si se desarrollaban en el sentido que respetara el espíritu democrático popular del movimiento: con concurrencia libre pero con delegaciones y mandatos vinculantes y no aparateadas desde estructuras políticas externas.

Por otro lado operó en el seno de las asambleas una vertiente que expresaba la idea de lo local como una especie de acción vecinalista que reniega de las luchas por reivindicaciones de conjunto o de la lucha por el poder central. En muchos casos se toma lo local como superador de las contradicciones de clase y la potencia política de las asambleas corre el riesgo de disolverse en microacciones zonales de bajo contenido político y ninguno estratégico. Con esta misma óptica se combatió la necesidad de coordinaciones para dar las luchas generales.

Esta posición negaba la naturaleza misma de la etapa que se abrió el 20 la cual tuvo como eje el rechazo por parte del pueblo en su conjunto de decisiones del gobierno central y como corolario un combate por el centro administrativo del poder estatal. Además preguntamos ¿qué cambio se puede lograr sin tener en nuestras manos los principales resortes del poder político, económico o militar? Además ¿acaso las clases dominantes y el imperialismo no tienen como central el tema del estado para dominarnos? Las respuestas son parte de un debate que todos nos debemos dar.

Las asambleas populares, también, se perfilaban como bases de organización popular local y autónoma  base del poder popular y, en este sentido es que el desarrollo de luchas barriales era muy importante. No podemos dejar de mencionar la metodología de los escraches que, iniciada por los HIJOS con el motivo de impulsar el castigo popular contra los genocidas impunes, fue tomado por todos los sectores en lucha y, combinándolo con tomas y cacerolazos,  aplicado contra políticos, economistas, bancos, empresas, etc., obligándolos a vivir aislados y con miedo durante más de un año. No es menor que los bancos del centro de la ciudad estuvieran “blindados” durante ese período, caso único en el mundo.

Diferenciamos dos concepciones de la lucha local: una, que se orienta a presionar a los representantes barriales del poder político, económico, represivo, etc.; que elabora propuestas y organiza en ese sentido y que se articula con la lucha nacional por un gobierno popular (sin renegar de tareas de perspectiva exclusivamente barrial). Otra, que pone la organización local autónoma por arriba de cualquier perspectiva nacional y que lleva en muchos casos a un egoísmo localista que implica la pérdida del horizonte total de la lucha.   

Las asambleas nos dieron señales de cuales eran las expectativas políticas de las masas movilizadas: construcción de un nuevo régimen político en el cual a través de la democracia directa las grandes decisiones nacionales sean discutidas por el pueblo. Es por eso que lo que se estaba reclamando (en primera instancia) en nuestro país es una revolución política: pasar de un estado dirigido por la burguesía y separado de la sociedad a un estado dirigido por una alianza de clases populares que implique el fin de la independencia del estado respecto de las mayorías populares.

La deliberación directa, por zona, sobre temas que atañen a todas las áreas de gobierno y todos los niveles de la administración, sumado a la intención de imponer resoluciones prácticas a través de la lucha contra enemigos concretos (privatizadas, bancos, políticos, empresas, supermercados, etc.) era el camino para ir aprendiendo a ejercer el poder por nosotros mismos y para unificar las luchas económicas aisladas de los diferentes sectores populares

Todas las tendencias se expresaban en diferentes grados a través de la lucha política en el seno de las asambleas. Pero también a través de la lucha política se vieron las limitaciones del movimiento asambleario: el carácter en muchos casos pequeñoburgués de la mayoría de las asambleas; la incapacidad de los trabajadores, hasta hoy, de terminar con la tradición burocrática que los aísla de la lucha; la necesidad de que en los barrios populares mas pobres se crearan organismos similares para darle al hambre perspectivas mas allá del saqueo y la falta de nacionalización del movimiento; terminaron acotando la experiencia a un sector de las clases medias urbanas. Las asambleas debían crecer y multiplicarse para no quedar acotadas a los marcos de la clase que las motorizaba. Decíamos hace tres años que si las asambleas no pasaban de ser reuniones de clase media ofuscada a ser organismos de poder popular desaparecerían o se transformarían en “un plenario de militantes barriales”, no nos equivocamos, pero la experiencia fue aleccionadora. Solo una organización popular fuerte y extendida podrá ser la base de una estrategia popular que de perspectiva a las organizaciones de masas. Frente a esto, el gobierno de K tiene la misión estratégica de asimilar las organizaciones populares que resistan el reflujo.

 

El desafío que no entendimos

En 1969 el pueblo cordobés se rebeló y abrió con su lucha una nueva etapa en la historia argentina; es cierto que la presencia de una clase trabajadora combativa y organizada, sumada al mayor nivel de politización legado de la resistencia peronista, marcaban sustanciales diferencias con el momento actual, pero fue la irrupción masiva del pueblo la que permitió la experiencia de lucha posterior. También en el 17 de octubre de 1945 la irrupción de las masas populares alteró el curso de la historia argentina. Pero el 19/20, a diferencia de aquellas jornadas históricas, no hubo líderes, tampoco programas claros, estaba todo por construir.

El enemigo logró reordenar su economía nuevamente a costa de las masas populares para reconstruir la “unidad nacional” del bloque dominante: los dueños de la Argentina siguen siendo los mismo y los patrones de acumulación de capital muy similares. Frente a eso nosotros no pudimos lograr la unidad patriótica de las clases populares tras un programa básico que hiciera pagar el costo de la reconstrucción de la Argentina a los que se enriquecieron con el menemismo. No hay cambio sin nacionalización de la banca, recuperación de las empresas privatizadas y las AFJP, control estatal del comercio exterior y de los grandes grupos económicos y devolución de los derechos de los trabajadores; además de la construcción de un nuevo régimen político donde la democracia se extienda a los demás planos de la vida social y que elimine el abismo existente entre el estado y el pueblo, terminando con la autonomía de los “representantes” respecto de los electores que no es otra cosa que dependencia de los capitalistas.

Las jornadas del 19 y el 20 de diciembre de 2001 ya son parte de la memoria colectiva del pueblo y la experiencia no puede ser eliminada. La acción colectiva mostró ser eficiente, y creativos y combativos los movimientos que se multiplicaron entre el 2000 y el 2003, pero la incapacidad de generar organización política de nuevo tipo dejó el terreno libre para que de reconstruyeran las estructuras de dominación. Una lección debemos sacar de estos últimos años: Acompañar la lucha de masas no basta, tampoco encuadrarla en esquemas apolillados, el desafío es articular la lucha social con la política y preservando la autonomía de ambas esferas pero sin perder el norte que es la revolución y la toma del poder.

 

Guillermo Caviasca

(RST! agradece su aporte)

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