|
Un análisis
político de la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre del 2001 nos
muestra las posibilidades y limitaciones de aquellas históricas
jornadas. Las continuidades y rupturas a tres años de la rebelión y las
lecciones para discutir en el campo popular
Ya pasaron más
de cuatro años de la rebelión popular que el 19/20 de diciembre del 2001
acabó con el gobierno de la Alianza. En estos tres años mucha agua pasó
bajo el puente y la situación política abierta en esas jornadas se cerró
dejando como resultado el precario equilibrio existente con Kirchner a
la cabeza de la estabilización política y económica de nuestro país.
Pasados cuatro
años, salta a la vista que las más altas expectativas de cambio surgidas
a partir de esas jornadas no se han cumplido, ya que la variante
neoliberal del régimen capitalista sedimentado durante el menemismo
continúa en vigencia, en sus estructuras mas profundas, a pesar de un
cierto cambio de políticas públicas y de discurso. Pero sería derrotista
de nuestra parte no ver en el período 2001/2002 una época de profunda
crisis del sistema capitalista, del régimen político dominante y del
consenso que permite su reproducción; como también sería miope ver sólo
las continuidades entre el 2000 y el 2004 y no ver los cambios que hacen
que hoy Kirchner no sea una simple continuidad de Menem y Cavallo.
La comprensión
mas acabada de lo que pasó el 19/20 es el punto de partida para entender
la nueva situación. Las causas y antecedentes de la crisis y la
rebelión; sus virtudes, consecuencias y limitaciones; el comportamiento
de los diferentes actores enemigos del pueblo y de las clases dominantes
específicamente, su crisis y preparativos para superarla, sus reacciones
frente a una rebelión popular cuya magnitud no estaba imprevista; es de
importancia fundamental para una crítica y autocrítica que permita a la
militancia popular prepararse mejor para cumplir un rol revolucionario
en la lucha de clases.
Antecedentes
de la rebelión popular
La génesis
última del 19/20 debe buscarse en el mismo modelo de capitalismo
neoliberal estructurado durante el menemismo. En todos los países
latinoamericanos, aunque de diferente forma, se aplicó el mismo modelo y
luego de un período similar de saqueo económico y desmantelamiento del
estado y la legislación social, la crisis explotó desplazando del
gobierno a los principales personeros del neoliberalismo. Esta situación
se verificó en casi toda América del Sur: Venezuela, Brasil, Argentina,
Perú, Bolivia, Ecuador y Uruguay desplazaron del gobierno a los
políticos que aparecían muy comprometidos con las recetas de la década
del 90. Más allá de que en la mayoría de los casos las continuidades
fueron más notorias que las rupturas, como en el caso del Brasil donde
ni siquiera la estabilidad del régimen se vio afectada y el paso del ex
obrero Lula al campo de la política gran burguesa es descarado o de Perú
y Bolivia donde el cambio de notorios personeros del neoliberalismo dio
paso a otros de la misma calaña; lo cierto es que los pueblos de América
Latina pusieron un límite a la sumisión política total a los dictados de
los EEUU y el mercado financiero. Hoy, aunque mucho no ha cambiado, al
menos se discute una subordinación negociada, ya que la amenaza de la
rebelión popular está latente en toda América Latina.
Es importante
destacar qué entendemos por “subordinación negociada”. Es la capacidad
de un gobierno que reconoce la autoridad imperialista de gestionar una
dependencia viable en el largo plazo; negociar políticas que satisfagan
lo intereses de las diferentes fracciones de la burguesía internacional
y nacional haciéndoles comprender que todos deben ceder un poco para que
la vaca argentina siga produciendo leche y no muera desnutrida. Es la
idea tradicional del estado como gestor semi autónomo de las clases
dominantes que debe tomar distancia de los intereses inmediatos de las
diferentes fracciones burguesas par garantizar sus intereses
estratégicos, pero llevada al plano de un gobierno que se asume como
“gobernante de provincia” respecto de los centros de poder mundial. Esto
es un evidente cambio respecto del Menemismo o de la Alianza ya que
estos se consideraban simplemente gestores de los intereses del mercado
mundial y específicamente del FMI.
En nuestro país
existió una génesis particular, una serie de datos empíricos fueron
dando cuenta de un agotamiento de las masas que preanunciaba la
rebelión. Desde el lado del bloque dominante, la homogeneidad del
menemismo se precipitaba a la ruptura y la fractura entre “nacionales”
devaluacionistas, y exportadores de capital o dolarizadores, comenzaba a
expresarse en política: primero a través del conflicto Menem vs. Duhalde
y después en la virulenta ofensiva institucional del PJ contra el inepto
radical.
El triunfo de
la Alianza quiso ser leído por el stablishment y sus voceros mediáticos
como un rechazo a la corrupción menemista, no se entendió que el voto de
una importante fracción de la clase media a De la Rua encerraba
expectativas de cambio mas profundas, quizás la confusión se deba a que
es difícil interpretar como progresista al voto a un conservador
reaccionario como De La Rua, pero la génesis de la Alianza encerraba
justamente esta trampa. El sistema no logró generar en ese entonces
todavía dos variantes electorales diferenciadas del mismo proyecto y De
la Rua fue una continuidad decepcionante del Menemismo. Tal es así que
los primeros días de gobierno reprimió salvajemente la protesta del
pueblo correntino causando varias muertes y lo mismo se repitió en
diferentes lugares del país especialmente en Salta donde una serie
enfrentamientos se sucedieron durante meses, con saldo de muertes,
torturas, toma militar de pueblos, persecuciones en el monte, etc.
Enfrentamientos que desde la distancia parecían anunciar los
prolegómenos de una guerra civil.
Durante el
gobierno de De La Rua el movimiento piquetero se instaló también con
fuerza en Buenos Aires. Principalmente Matanza (en el oeste) y los
municipios de Quilmes y Florencio Varela (en el sur) desarrollaron
organizaciones de desocupados masivas, algunas de ellas muy combativas
que llevaron los cortes de ruta a los principales accesos de la Capital
Federal, con la capacidad (ya demostrada en el interior) de quedarse
días en las rutas. La pobreza organizada por fuera de las redes de
contención del PJ ya golpeaba las puertas de la capital.
La renuncia del
vicepresidente Álvarez (la cara progresista del gobierno) y el posterior
llamado a Cavallo para el ministerio de economía dio cuenta de la
incomprensión del partido gobernante, las esperanzas de cambio de la
base social de la Alianza iban mas allá de “la corrupción” (la cual
además había demostrado una sorprendente continuidad con De la Rua). El
modelo menemista necesitaba para reproducirse sacrificar nuevos sectores
sociales, fracciones de la burguesía y de la clase media así lo
entendieron y confiaban en la Alianza para que hiciera un cambio de
política (aunque no necesariamente de modelo) para estabilizar su
comprometida situación, pero las condiciones de surgimiento de un
Kirchner aún no estaban maduras.
El último aviso
fueron las elecciones de setiembre del 2001 donde más del 50% de la
población no votó o votó en blanco en un país donde vota
tradicionalmente entre el 80 y el 85% del padrón y del resto de los
votos positivos el partido gobernante fue derrotado estrepitosamente,
además de que la izquierda alcanzó resultados que, por primera vez desde
el 83, la hicieron figurar en las estadísticas. Fue un claro rechazo al
rumbo económico social de la Alianza expresado por el nombramiento del
Cavallo como superministro.
La ineficacia
de De la Rua para llevar adelante el viraje necesario era notoria, la
derecha mas rancia expresión de la sumisión a los dictados de los
inversionistas extranjeros sabía que la Alianza no cumplía con
eficiencia su rol de timonel del barco capitalista y avizoraba tormentas
en puerta. La prolongación de la política económica del menemismo
(centralmente del 1 a 1) solo creaba condiciones para que la salida de
ella tendiera a ser cada vez más traumática. La derecha apuntaba todos
sus cañones contra el cuasi senil presidente y tiraba líneas desde sus
medios de comunicación para un giro autoritario. Por otra parte la
disputa entre productivistas “nacionales” y financieros e inversionistas
extranjeros llegaba a las calles con movilizaciones publicas de los
“empresarios nacionales” (ex menemistas) apoyados por la CGT de Moyano,
que desarrollaba paro tras paro y la ofensiva parlamentaria dejaba todos
los resortes institucionales listos para una predecible, y deseada por
todos, renuncia de De la Rua y su reemplazo por un duhaldista.
Así teníamos a
fines de noviembre un interesante escenario, donde los pobres y
trabajadores desocupados comenzaban a movilizarse en forma
independiente, la clase media estaba acorralada y había roto con los
partidos tradicionales, la fracción burguesa “productiva” y sus
seguidores sindicales apretaban al gobierno para un cambio de la
política económica y la devaluación, el partido Justicialista golpeaba
institucionalmente en toda la línea desplazando a la alianza en el
parlamento, la burguesía financiera, los exportadores de capital y la
derecha atacaban al gobierno por su debilidad en mantener la política y
exigían una salida autoritaria. Las crisis era evidente y las
condiciones para el desarrollo de la lucha por las organizaciones del
campo popular también, como lo demostraría el periodo de rebelión
popular desatado a partir del 19/20.
La rebelión
El 19 y el 20
de diciembre algo cambió en nuestro país. Durante dos días las masas
populares recuperaron su capacidad de acción política directa para
exigir el fin de la larga década de consolidación neoliberal, inaugurada
con Menem luego de la hiperinflación y los saqueos del ‘89. Pero a
diferencia de los sucesos que marcaron entonces el colapso del
alfonsinismo, esta vez las clases dominantes no contaban con un consenso
homogéneo. La caída del alfonsinismo estuvo inmersa en una falta de
poder político para imponer el programa de desnacionalización de la
industria y destrucción de las conquistas de la clase obrera, por el
lado del estado; pero por el lado de las clases dominantes existía un
consenso entorno a un proyecto y solo les faltaba el hombre y la
estructura que lo impusiera la traición desde el estado: ese hombre era
Menem y el justicialismo el polo de traición.
En diciembre del 2001 el bloque dominante estaba
fracturado y los recambios del sistema estaban desgastados. Los
terratenientes, la burguesía nacional (bloque productivo), la gran
burguesía monopólica local y extranjera (beneficiarios de las
privatizaciones y el capital financiero (representado por los bancos) no
acordaban un modelo que los satisficiera a todos y así se dificultaba
lograr una hegemonía política fuerte que encuadrara al resto de la
sociedad. La incapacidad de la Alianza de pilotear la crisis y su rápido
desgaste impidieron en ese entonces que el PJ limpiara su imagen de
cara a un recambio electoral. Además la ideología privatizadora estaba
arrinconada ante la clara responsabilidad de las empresas privatizadas,
los bancos y las AFJP en el vaciamiento del país (consecuencia natural
del libremercado en un país semindustrializado).
Pero, más allá de estos grupos hoy vistos como los
principales responsables del saqueo del país, no debemos olvidar que el
llamado bloque productivo “nacional” aliado con la dirigencia sindical
también fue responsable, como pilar fundamental, de la década neoliberal
y es en la actualidad un artífice central del nuevo consenso kricnerista.
Es lógico que este sector apueste a la continuidad del modelo con un
cambio de timón que los sostenga frente a la otra fracción ya que ayer
fueron los campeones de las privatizaciones y la flexibilización
laboral. O sea que recurran al estado para que los salve como fracción
de clase perdedora si se la abandona a las reglas del mercado mundial.
Cambio
de etapa
En aquel momento de crisis el accionar de las masas cobró
una relevancia enorme. La movilización fue ajena a todas las estructuras
preexistentes. Fue interesante ver el fracaso de los intendentes del PJ
en capitalizar los saqueos movilizando a sus clientes mientras en
verdadero pueblo libre de “manzaneras” seguía en las calles
aprovisionándose para las fiestas. Esto no implica ignorar que dentro de
la maniobra de desplazamiento del inepto radical las estructuras del PJ
pensaron un marco de caos social controlado que diera lugar al pedido de
renuncia de De la Rua y una transición ordenada hacia un gobierno del PJ.
En este sentido en diferentes lugares los punteros estuvieron presentes
fogoneando inicialmente los saqueos, pero el desborde popular tuvo
detonantes que fueron mas allá de la decisión de los intendentes.
El famoso corralito de Cavallo produjo que la mayoría del
circulante saliera de las calles, el comercio se paralizó, los
trabajadores por cuenta propia y los que reciben su salario en negro o
por changas se encontraron con las manos vacías, los profesionales y
hasta los asalariados en blanco no podían retirar sus salarios de los
bancos. El hambre golpeó a la puerta de la clase media como un espectro;
el espejo de un pequeño burgués argentino ya no fue el burgués sino el
cartonero. Los comerciantes de Caballito, Flores, Liniers, Belgrano,
etc. cortaban las calles desde principios de diciembre; las amenazas de
saqueos partían de los mismos movimientos piqueteros.
El 17 de diciembre los rumores comenzaron a ser realidad,
desde Entre Ríos y Mendoza llegaron noticias e imágenes. Los saqueadores
se veían por TV, en directo durante horas, el gobierno nacional estaba
paralizado no avanzaba en ningún sentido. El drenaje permanente de
riqueza nacional que produjo el 1 a 1 necesitaba ser frenado hacia
tiempo, pero algún sector social debía pagar la orgía menemista, en la
coyuntura la cuestión era clara se protegían los bancos o se protegían
los sectores populares con capacidad de ahorro. Pero en la nueva
estructura neoliberal era imposible que la decisión pasara por una
expropiación a los expropiadotes por lo tanto el golpe lo debía asumir
nuevamente el pueblo y el costo político lo debía pagar el gobierno. El
nivel del estallido que se produjo llevo la crisis política a niveles
que las clases dominantes no preveían, desarticulando los planes del
enemigo.
Las
tres rebeliones
Cuatro características hacen de las jornadas del 19 y 20
uno de los hechos políticos de masas más grandes de la historia
argentina: la rebelión tuvo epicentro en Buenos Aires donde habita un
tercio de la población del país, pero también hubo estallidos en Santa
Fe, Córdoba, Entre Ríos, Mendoza, Neuquén, etc.; tuvo claros objetivos
políticos, se esbozaron en ella elementos antiautoritarios,
antineoliberales y antiimperialistas; y contó con la participación en
diferentes formas de amplias masas populares con un elevado nivel de
combatividad en la lucha de calles.
La nacionalidad de la movilización es fácilmente
verificable, saqueos prácticamente en todo el país al igual que
movilizaciones y enfrentamientos con la policía en diferentes provincias
desde los días anteriores y durante las mismas jornadas. Para ver la
politicidad y la ideología de las masas movilizadas podemos desgajar el
movimiento en tres partes: los saqueadores, el cacerolazo y los que
vamos a considerar lo más avanzado del conjunto, los que marcharon y
sostuvieron el cerco a la Plaza de Mayo hasta voltear al gobierno de De
la Rúa.
La mecha se encendió en Mendoza y rápidamente se extendió
por todo el país hasta llegar a la Capital Federal (que había sido
inmune a los saqueos del ‘89). En los barrios pobres (la mayoría de los
barrios actualmente) se comenzó a sitiar supermercados para exigir
alimentos y luego a saquearlos, empezando primero por grandes
supermercados (mejor defendidos) y siguiendo después por otros más
pequeños. Es interesante ver cómo donde había movimientos de desocupados
o estructuras organizadas éstas se mantuvieron ajenas al proceso,
perdiendo la oportunidad de darle a la movilización expropiadora de las
masas trabajadoras objetivos mayores, más claros o más contundentes.
Muchos se mantuvieron al margen por miedo a ser
manipulados por las estructuras clientelares del PJ que preparaban una
oleada de saqueos para darle un empujoncito al inepto radical. Lo que no
comprendieron los compañeros que no actuaron en esa oportunidad es que
en los momentos de crisis aguda cuando las clases dominantes están
fracturadas, fracciones de ellas salen a enfrentar y, obviamente buscan
dirigir o manipular el malestar de las masas, pero el desafío de los
revolucionarios no es permanecer al margen, sino identificar la
maniobra, ser conciente de la crisis general de dominio y actuar para
desbordarla, tomando, la posta en una segunda instancia de la conducción
del proceso. En última instancia el 19 y 20 de diciembre pasó eso pero
sin que existiera ninguna alternativa de dirección.
Creemos que otra de las posibles falencias de muchos
movimientos está en la naturaleza económica de sus reivindicaciones. Por
un lado el aglutinante inmediato de los movimientos de desocupados, y
que permitió su masificación, es el plan y el bolsón, esto coloca las
reivindicaciones de los desocupados en un piso muy bajo, el del
asistencialismo, en una línea muy delgada entre la independencia y la
cooptación. Por otro lado, la vieja lógica sindical de
presión-negociación desarma a los movimientos para los momentos de lucha
eminentemente política, por eso los protagonistas de las movilizaciones
del 19/20 fueron trabajadores y desocupados no encuadrados, masas de
clase media sin organización y la militancia de los partidos de
izquierda. Las organizaciones sociales no participaron como tales y si
lo hicieron fue en persona de sus miembros mas concientes. Es más,
algunos adrede, por apostar al sistema (como Delía), otros por haber
sido superados, terminaron actuando como contención. También podemos
pensar que la presencia en el seno del movimiento piquetero y de la
izquierda independiente de las corrientes ideológicas que pregonan una
interpretación del presente basada en la idea de que la lucha por el
poder ha perdido sentido y que por ello a los militantes sólo les cabe
acompañar las reivindicaciones y organizarlas desde lo pequeño, pero no
construir proyectos alternativos para todos los trabajadores y luchar
por imponerlos. Pero, para los que buscamos una alternativa nacional, la
idea de ir detrás del nivel de conciencia reivindicativa de nuestra base
social inmediata, implica renunciar a la construcción de una alternativa
revolucionaria, condenarnos a ser rebeldes perpetuos.
En el salto de lo reivindicativo a lo político está la
clave del triunfo de la lucha popular, esto no sucedió en las
organizaciones de desocupados pero sí en las masas que se movilizaron al
centro. Las grandes masas argentinas discutieron política en sus hogares
durante meses, y es ese nivel de conciencia el que debió ser
capitalizado a nivel tanto político como reivindicativo. La conciencia
no es un camino en permanente ascenso, la ideología de las masas es
también un terreno de lucha, entender aquel nivel de conciencia y saber
trabajar con él en función de la construcción de un camino
revolucionario era el desafío del momento. O sea era el momento de dar
un paso mas allá de la construcción reivindicativa, construir una
alternativa política para las más amplias masas populares en el sentido
de lucha y cambio radical que había marcado el 19/20 de diciembre.
Por otra parte, si analizamos la composición social de
las masas saqueadoras metropolitanas vemos que estuvo dada por
trabajadores, desocupados y marginales, hombres maduros y mujeres,
jóvenes y niños. Su ideología era difícil de definir, aunque el reclamo
de un cambio en la política económica era generalizado en el país y es
posible que fuera parte consciente de las acciones expropiadoras en sus
sectores más avanzados; en cualquier caso la identificación del problema
económico combinada con la movilización para conseguir alimentos por la
fuerza marca una ruptura con diez años de quietismo y clientelismo de
esos sectores. Sólo el tiempo y el trabajo político nos podría decir la
potencialidad de esta movilización. El crecimiento numérico de los
movimientos de desocupados marcó, para nosotros, el principal canal de
participación que se abrió a esos sectores y que en muchos casos
aprovecharon organizándose independientemente del PJ.
La noche del 19 fue un increíble ejercicio del derecho de
veto popular. Luego del extremadamente estúpido mensaje de De la Rúa en
el cual anunciaba la continuación del plan económico con estado de sitio
y un poco de comida para los más pobres, millones de personas de un
amplísimo abanico social comenzó a golpear sus ollas. De norte a sur, de
San Isidro hasta La Plata, en todos los barrios donde hay edificios de
departamentos (exceptuando los más exclusivos), pequeñoburgueses y
trabajadores coparon las calles desafiando el estado de sitio,
confluyendo en el centro y haciendo caer a Cavallo, hasta retirarse sólo
con la represión luego de desafiarla durante horas. Este era sólo un
ensayo del histórico combate que se libraría al día siguiente por la
Plaza de Mayo (centro simbólico del poder y, a decir por la dureza con
que fue defendida, quizás también del poder material) y que precipitaría
la ignominiosa huida del sorete radical.
El hecho que a muchos nos sorprendió fue la incorporación
de la “clase media” a la acción política directa, algo había pasado, el
sostenido ajuste neoliberal destrozó al posmodernismo ideológico
acomodaticio de esos sectores con la amenaza material de sumir en la
pobreza al 80 por ciento de los argentinos (única forma de lograr el
equilibrio de mercado, pero seguramente no el famoso déficit cero). Es
evidente que estas masas no eran las mismas que en el mismo momento
saqueaban y morían enfrentándose a la policía en los barrios populares,
pero sin duda eran parte de esta gran rebelión nacional que en ese
momento comenzó a tomar su forma política concreta: ocupar en núcleo
geográfico del poder político, imponer su renuncia inmediata y exigir un
cambio de signo en la política económica paralelo a la democratización
real del poder (Porque a pesar de las teorías pos modernas el pueblo
sabe que quien tiene el poder político tiene una herramienta
imprescindible para la implementación de cualquier mejora).
La ausencia de las centrales sindicales fue
patética, ¿dónde estaba el combativo Moyano? ¿y la progresista CTA? La
respuesta es evidente: las masas pateando el tablero no entran en sus
cálculos políticos, entonces hay que evitar comprometerse e impedir la
movilización de los trabajadores. En última instancia ¿cuáles son sus
proyectos? La burocracia sindical tradicional es una capa social
totalmente divorciada de los intereses de clase de sus representados y
busca un equilibrio político que le permita ser un actor reconocido con
privilegios para sus miembros y un factor de poder en la sociedad, donde
la “carrera sindical” sea otro canal de acenso social en la sociedad
capitalista. El CTA es ideológicamente hijo de la derrota de los 70 y no
concibe la posibilidad de la transformación revolucionaria de la
sociedad. Una serie de reformas graduales arrancadas mediante la
movilización pacífica y consensual es su estrategia, pero el terror a la
respuesta violenta desde el estado le pone límites muy estrechos a sus
planes de lucha.
Pero más sorprendente fue la ausencia
de los movimientos de desocupados que fueron protagonistas de luchas
sociales destacadas y escuela para muchos compañeros, más aun teniendo
algunos de ellos una base democráticamente organizada. Los desocupados
fueron los que tomaron la posta de la rebelión (aunque con sus propios
métodos). Esto era natural ya que la clase media suele ser muy voluble y
tender a conformarse con un orden social que realimente sus esperanzas
de acenso social. Pero desde el estado y bajo la inteligente sugerencias
del Banco Mundial, una catarata de asistencia (planes, bolsones)
tendieron a poner un límite a los reclamos de los más pobres; y cuando
estas limosnas no bastaron la amenaza concreta de terrorismo desde el
estado (Puente Pueyrredón, y una multitud de ataques y aprietes
ilegales) mostraron un límite que los Movimientos no pudieron superar.
Igualmente la presencia de estos en la calle permitió que durante el
2002 la llama de la rebelión popular pendiera como una espada de
Damocles sobre la cabeza de los administradores de turno, obligando a
otorgar elecciones y construir un “candidato progresista” capaz de
reconstruir la credibilidad en las instituciones.
La izquierda tuvo el mérito de haberse hecho presente
pero sólo unos pocos comprendieron la naturaleza de la rebelión que se
estaba dando y la acompañaron, otros prefirieron seguir con su marcha
declamativa agobiados por las vidrieras de los bancos rotas. Y ninguno
supo como capitalizar políticamente el descontento popular.
La ausencia de organización política marcó una clara
limitación de ese movimiento espontaneo de cara al futuro, pero,
contradictoriamente, fue el factor que permitió una superación de todas
las formas de lucha de los últimos años al romper con el corset que
estas estructuras les imponían. Esto debió haber transformado la
rebelión popular en una bisagra para un cambio de etapa ya que implicaba
un salto en la conciencia de amplios sectores y podía ser el inicio de
un proceso mucho más amplio.
Además, la carencia del horizonte político de un modelo
de país alternativo fue un déficit que no pudo ser superado y por ello
no hubo una salida popular a la crisis. Decíamos hace tres años que si
esta alternativa no se construía “toda esta energía combativa
manifestada por amplios sectores de la juventud se perderá ante la
reorganización del bloque dominante o en una salida por derecha que
saque rédito del fracaso de las organizaciones populares de encontrar
una salida de poder”. Así sucedió Kirchner es hoy el emergente de esa
reorganización.
La recuperación de uso de la violencia por una parte de
las masas fue uno de los principales logros del 19/20. Si bien el nivel
de violencia popular fue muy bajo (no se usaron armas de fuego por parte
de los manifestantes, muy pocas Molotovs, poca organización de
autodefensa, etc.), estuvo cercano a los desarrollados durante el
Cordobazo. El enemigo tomó conciencia de esta masificación de la
violencia y de los peligros que significaba; miles tirando piedras,
levantando barricadas, incendiando, etc. escapa al esquema mediático de
los agitadores. Por ello “la violencia” fue el primer objeto de ataque,
recuperar el monopolio de su uso legítimo por el gobierno era
fundamental para desarmar a las masas. En ese sentido fue la ofensiva
contra los “Palos y las capuchas” de los piqueteros; el problema no es
la capacidad ofensiva de los “tirapiedras” ni de los piqueteros
encapuchados, sino que las sociedad los vea como legítimos ya que de
esta forma la violencia estatal no lo es.
Pero, debemos aclarar, que la violencia en sí misma no
tiene ideología, la derecha militante ha demostrado históricamente saber
hacer uso de ella para debilitar las instituciones parlamentarias
corrompidas o débiles y en momentos de crisis revolucionaria (cuando las
organizaciones populares fracasan en elaborar un programa o son
derrotadas en la lucha) imponer una salida autoritaria y antipopular. En
este sentido podemos entender la presencia de grupos de derecha
militante en el seno de movilizaciones o luchas contra el aparato
represivo, donde la identidad de los participantes es claramente de
izquierda, libertaria o popular (o del PJ en los saqueos). De la misma
forma podemos interpretar el accionar de los ideólogos y divulgadores de
la derecha, cuyo predicamento principalmente entre la “clase media” debe
ser reconocido, con su mensaje dúplice de fomentar la movilización o la
abstención electoral orientándola contra las instituciones
representativas por un lado, pero llamando al orden, la multiplicación
de las medidas de seguridad y la construcción de un gobierno fuerte o
“profesional” que aplique el ajuste sobre la clase trabajadora por el
otro.
Durante el 2002 la “clase” política se encontró
cuestionada como legítima depositaria de la administración estatal, la
UCR estaba liquidada ante su propia base social y el PJ tenía su aparato
fragmentado entre diferentes referentes que no conseguían captar la
voluntad de un abanico de sectores dominantes lo suficientemente amplio
como para darle solidez a su política, amén de que la clave de la opción
de las clases dominantes por el peronismo se basó durante el menemismo
en su capacidad de domesticar a las masas con recuerdos vaciados de un
pasado remoto y que por ahora el PJ no tiene autoridad ante trabajadores
y desocupados. En este registro podemos leer la incapacidad de darle
estabilidad a Rodríguez Saa (un caudillo paternalista y oligárquico del
interior, sin fuerza en el partido, sin vinculaciones fuertes con los
monopolios, vulnerable a la presión de las masas y con aspiraciones
personales no admisibles) y la espuria y decadente rosca que llevó a
Duhalde a la rosada y a Kirchner a la presidencia para reformular el
modelo neoliberal y rerconstruir las vinculaciones (viables) con la
metrópoli Yanqui. La neutralización de las masas permitió (al menos por
el momento) salvar a todo el bloque dominante y garantizar la “paz
social” (léase domesticar a los rebeldes).
El
ruido de las cacerolas
Ahora bien, si definimos “clase media” como una categoría
cultural más que material, definida por las expectativas de sus
integrantes de llevar un modo de vida que los acerque a modelos
burgueses y los aleje de los proletarios, inmediatamente aparecerá ante
nuestros ojos la limitación estratégica de ésta. No fue el hambre de los
trabajadores, ni la entrega del país lo que la movilizó, fue la agresión
a sus intereses inmediatos: la expropiación de sus depósitos bancarios
para una parte y el descenso en la escala social a toda. Esto es lógico,
las masas de cualquier extracción social se movilizan inicialmente por
intereses inmediatos, el tema es analizar la potencialidad y el signo
del movimiento. En este sentido es importante tomar nota que la clase
media salió a la calle a romper el estado de sitio, en el momento que
este fue dictado y no cuando se dictó el corralito.
Un análisis de los cacerolazos nos
permite ver que es una típica medida de la “clase media”: no parece
implicar un gran compromiso, puede ser anónimo, parece pacífico y
requiere poco esfuerzo; es por ello que el reformismo político lo toma
como una medida paradigmática para mostrar la existencia de consenso sin
desafiar el poder. Pero esta vez el cacerolazo se transformó en una
movilización de desafío al estado de sitio en el mismo momento que los
saqueos arreciaban; así fue el galvanizador de y el piso necesario para
que los sectores más combativos de la sociedad se unieran en la
confrontación directa con la razón última del estado burgués: sus
fuerzas represivas.
No debemos menospreciar a esas masas de clase media ya
que a pesar de no ser sujeto estratégico de la lucha, de ella se pueden
desprender sectores importantes que aporten a la lucha revolucionaria
(como así también a la reaccionaria). Más aún teniendo en cuenta que
sostuvieron su movilización varios meses, que salieron contra Rodríguez
Saa y que siguieron haciéndolo, aunque con menos fuerza, contra Duhalde.
Es aquí donde entra en acción este último y definitorio
actor de estas jornadas: una masa sorprendentemente numerosa, decidida y
antisistema, conformada por una mayoría de jóvenes (pero no únicamente
por ellos) de clase media empobrecida, estudiantes, marginales y
trabajadores no controlados por la burocracia, en su mayoría ajenos a
toda organización política pero con algunas ideas claras basadas en un
espíritu libertario, antiimperialista, nacionalista y guevarista.
Estos cuatro conceptos parecieran formar un cóctel de
irreconciliable apariencia, pero todas estas ideologías vagamente
asimiladas conformaban la identidad de la vanguardia combativa de la
rebelión popular. Sin embargo, no debería sorprendernos que en un país
del tercer mundo una bandera nacional pueda encabezar una protesta
libertaria y antiimperialista; en última instancia lo que lo que los
cuatro conceptos implican es una verdadera independencia. La generación
de un discurso que diera cuenta de la ideología que portaban los
sectores más combativos, y de una organización que permitiera dotarlos
de una estrategia fue el déficit insuperable de los años que pasaron.
Cuando los desocupados tomaron la posta de la lucha lo hicieron desde
una identidad muy restringida a la fracción de clase que representan y
es evidentemente imposible desde el plano de lo estrictamente económico
reivindicativo acaudillar a las amplias masas populares. La estrechez de
miras de la izquierda estuvo dada en intentar encuadrar todo en los
esquemas propios previos sin ser dialécticos y aprender del pueblo que
estaba marcando un camino y una identidad.
Fue sin dudas la ausencia de la clase trabajadora
organizada (salvo valientes excepciones) la principal falencia de estas
luchas. Es evidente la eficiencia como disciplinadoras de las
burocracias de la CGT y el MTA por un lado; y el CTA por el otro. Con
sus diferentes estilos buscaron la forma de estar ausentes y reencauzar
la protesta (el CTA no estuvo prácticamente en ninguna lucha colectiva
hasta los asesinatos del 26 de junio) o esperar que todo se calme para
que la patronal los premie como buenos capataces (Moyano saludos a
Vandor). Si toda organización popular tiene en jornadas de rebelión una
tarea primordial como es incentivar la movilización de las bases para
sumarlas a la lucha que será su mejor escuela, es evidente que los
sindicalistas quieren mantener a sus bases lejos de la educación.
Las asambleas populares
Un fenómeno
nuevo recorrió las calles luego de la rebelión del 19 y 20 de diciembre:
las asambleas populares. Consecuencia directa de aquellas jornadas de
lucha, se fueron multiplicando y madurando al calor de la consigna
unitaria “que se vayan todos”. El estado de movilización permanente,
combinado con la crisis de representatividad de los partidos burgueses,
los sindicatos burocráticos y las estructuras del estado, impuso casi
por decantación natural la necesidad de comenzar a discutir entre los
que semana tras semana se encontraban en las mismas esquinas para decir
que no se expulsó a De La Rúa para que venga Rodríguez Saa y mucho menos
que Duhalde se instalara en la Rosada para profundizar el ajuste.
Pero así como
el mismo 20 fue consecuencia de años de experiencia de lucha popular,
las asambleas tenían también antecedentes cercanos en los cuales
abrevaban. El 19/20 de diciembre se produjo un salto cualitativo y
cuantitativo en la lucha popular. Toda la experiencia y las enseñanzas
acumuladas desde diciembre del ‘93 catalizaron en el levantamiento
popular que echó a De La Rua. Estas enseñanzas podemos agruparlas en dos
tipos: las que implican una crisis de modelos hasta entonces
incuestionables y las que muestran nuevos modelos a aplicar.
Por el lado de las primeras tenemos una concepción de
democracia desgastada hasta el infinito: la democracia representativa,
donde le está al pueblo prohibido gobernar o deliberar por si mismo y en
la cual los representantes, por definición, son soberanos ya que durante
su mandato no le deben nada a sus representados porque según la
constitución son representantes de una abstracta “nación” en su conjunto
y no de los ciudadanos que lo eligen.
Relacionado con esto tenemos un agotamiento de la
concepción de partido tradicional donde las lealtades se constituyen por
cooptación formando clientelas y donde una supuesta “elite” política se
forma para administrar las instituciones. Esta “clase política” oficia
de mediadora entre las políticas estratégicas definidas en los centros
de poder y el pueblo, buscando articular discursos y medidas que
permitan hacer pasar con vaselina políticas que cuentan con el repudio
mayoritario.
Es así
como se agota una concepción de estado, la surgida con el advenimiento
del capitalismo, que implica una escisión entre estado y sociedad. Donde
este estado “autónomo” se transforma en una peligrosa herramienta a
disposición de la clase mas poderosa, indudablemente la burguesía. Es
allí donde el bloque dominante consensúa sus políticas y donde la clase
política ve como imponerlas al pueblo. O sea de democracia ni hablar, el
pueblo vio elección tras elección como sus “representantes” actuaban en
su contra; como los grupos económicos difundían el discurso homogéneo de
libremercado a través de sus medios de comunicación y sus divulgadores.
Pero solo unos pocos años después con el espejismo neoliberal destruido,
los mismos representantes del pueblo mantenían imperturbables el
discurso del libremercado; finalmente en la elección de octubre luego de
que la UCR fuera barrida acompañada del PJ. Pero los “representantes del
pueblo” profundizaron el ajuste ignorando alevosamente el mandato
popular. Cono dijimos antes, el 50 % de los empadronados no votó, votó
en blanco o impugnó su voto lo cual demostraba que la mayoría del pueblo
había comprendido que eran todos iguales y que en el sistema actual se
votaba pero no se elegía: el “que se vayan todos” estaba naciendo.
El menemismo y la Alianza
llevaron este divorcio a límites insostenibles que hicieron caer el
consenso en el régimen, Kirchner fue elevado a la presidencia para
reconstruir las formas que permitan mantener esa autonomía del estado
respecto de la sociedad.
Así
una larga construcción ideológica entró en crisis el 20. La naturaleza
del estado, los partidos políticos burgueses y la constitución fueron
percibidas con una claridad nueva por las masas. Pero esta nueva
conciencia no nació de un repollo sino que tuvo un tiempo de maduración
y un montón de ejemplos positivos que la hicieron crecer.
Desde el Santiagazo a fines del 93 las masas populares
venían manifestando su resistencia atacando los centros de poder
provincial y derribando gobernadores o frenando ajustes provinciales.
Mas claras y, quizás, premonitorias fueron las rebeliones de Cutral-Có,
Jujuy y Tartagal-General Mosconi donde todos los argentinos vimos el
ejercicio de la democracia popular directa, la lucha en barricadas y el
intento de sostener (embrionariamente) un nuevo poder por parte de los
piqueteros que obligara al gobierno a negociar en el terreno por ellos
elegido.
O sea se iba perfilando un modelo de organización popular
que no sólo permitía la participación de grandes masas en la lucha sino
también en la decisión y que a su vez negaba la esencia de la democracia
representativa y de las instituciones republicanas. Mientras el viejo
sistema burgués se desgastaba y perdía consenso los embriones de un
nuevo sistema surgían.
Desde esta óptica pretendemos analizar las asambleas
populares que se multiplicaron durante enero en Capital y Gran Buenos
Aires y que al menos por un año generaron expectativas sobre el
nacimiento de un nuevo poder. La naturaleza del “que se vayan todos” que
abarca a toda la dirigencia política que tuvo protagonismo desde el 83
hasta hoy dejó claro la imposibilidad de retrotraer la situación del
régimen político a una situación preveinte esta fue una razón por la que
retrasaron las elecciones lo más posible. Las masas movilizadas
comenzaron la construcción de organismos que anunciaban una forma de
organización social y política alternativa para el manejo del conjunto
de sus intereses.
Las asambleas que comenzaron inicialmente como una
coordinación para los sucesivos cacerolazos, contaban con una
experiencia popular previa (las experiencias de los movimientos
piqueteros sus asambleas y cortes) y con una situación de la lucha de
clases que impulsaba su reproducción: un bloque dominante en crisis y
las clases populares movilizadas. El consenso democrático del 83 corría
riesgo de romperse ya que se basaba en la aceptación del neoliberalismo
como modo de acumulación. Las asambleas eran justamente una alternativa
a esa “democracia” neoliberal y por eso mismo despertaron tantas
expectativas y resquemores.
Muchos, atemorizados ante la incertidumbre de lo nuevo,
pretendieron que las asambleas se incorporen a diferentes instancias del
gobierno municipal para volverlo mas “democrático y participativo” como
organismos de petición o consulta de algún funcionario de tercer orden.
Son los reformistas de siempre que apoyaron al alfonsinismo, crearon la
Alianza y se encolumnaron tras el FreNaPo para revitalizar el sistema y
conducir al pueblo a un nuevo fracaso (CTA, ARI, etc.) y que hoy pueblan
las reparticiones municipales y ministeriales del gobierno K.
Una gran parte de la izquierda actuó como si las
asambleas fueran simplemente ámbitos de propaganda política o posibles
comités de base de un partido o frente donde garantizar la aprobación de
una consigna o una solidaridad, sin comprender la naturaleza de los
cambios en el nivel de conciencia que podrían haber madurado a partir
del 19/20 y la naturaleza de los organismos de masas que, aunque no
debían negar a los partidos políticos populares, en sí mismos debían
haberse transformado en una instancia englobadora para expresar al
pueblo organizado. Es por ello que se forzó la existencia de
coordinaciones como diferentes interbarriales o asambleas nacionales de
sectores en lucha que, pese a ser necesarias para dar una perspectiva
nacional y efectiva a la lucha, debían haber sido articuladas con una
maduración de la organización local y no simplemente superpuestas por
arriba porque es “correcto” su existencia. No es cuestión de generar
ámbitos donde la participación popular sea menor pero en los cuales
mi agrupamiento pueda concentrar su militancia para conducir mas
fácilmente, pero sobre una base sensiblemente disminuida..
Es así como desde diferentes agrupamientos de izquierda
se trabajó sobre las asambleas para adaptarlas a su línea política que
(mas allá de que fuera o no justa a nivel estratégico) está definida de
antemano en forma ajena a la dinámica concreta de los diferentes ámbitos
de base. Ninguna consigna o táctica es correcta si no cuenta con una
recepción activa por parte de los destinatarios; esto no implica caer en
el oportunismo por el contrario, significa buscar caminos de lucha que
las masas puedan transitar y que mostró el pueblo argentino el 19/20 de
diciembre y en las jornadas posteriores: pelea para ganar, por objetivos
concretos y no sólo para denunciar su disconformidad y proclamar el
programa correcto.
Ahora bien, la
lucha que se dio era nacional, de todo el pueblo, por lo tanto
organismos de masas que la expresen y unifiquen parecían necesarios,
pero solo podían ser genuinos si se desarrollaban en el sentido que
respetara el espíritu democrático popular del movimiento: con
concurrencia libre pero con delegaciones y mandatos vinculantes y no
aparateadas desde estructuras políticas externas.
Por otro lado operó en el seno de las asambleas una
vertiente que expresaba la idea de lo local como una especie de acción
vecinalista que reniega de las luchas por reivindicaciones de conjunto o
de la lucha por el poder central. En muchos casos se toma lo local como
superador de las contradicciones de clase y la potencia política de las
asambleas corre el riesgo de disolverse en microacciones zonales de bajo
contenido político y ninguno estratégico. Con esta misma óptica se
combatió la necesidad de coordinaciones para dar las luchas generales.
Esta posición negaba la naturaleza misma de la etapa que
se abrió el 20 la cual tuvo como eje el rechazo por parte del pueblo en
su conjunto de decisiones del gobierno central y como corolario un
combate por el centro administrativo del poder estatal. Además
preguntamos ¿qué cambio se puede lograr sin tener en nuestras manos los
principales resortes del poder político, económico o militar? Además
¿acaso las clases dominantes y el imperialismo no tienen como central el
tema del estado para dominarnos? Las respuestas son parte de un debate
que todos nos debemos dar.
Las asambleas populares, también, se perfilaban como
bases de organización popular local y autónoma base del poder popular
y, en este sentido es que el desarrollo de luchas barriales era muy
importante. No podemos dejar de mencionar la metodología de los
escraches que, iniciada por los HIJOS con el motivo de impulsar el
castigo popular contra los genocidas impunes, fue tomado por todos los
sectores en lucha y, combinándolo con tomas y cacerolazos, aplicado
contra políticos, economistas, bancos, empresas, etc., obligándolos a
vivir aislados y con miedo durante más de un año. No es menor que los
bancos del centro de la ciudad estuvieran “blindados” durante ese
período, caso único en el mundo.
Diferenciamos dos concepciones de la lucha local: una,
que se orienta a presionar a los representantes barriales del poder
político, económico, represivo, etc.; que elabora propuestas y organiza
en ese sentido y que se articula con la lucha nacional por un gobierno
popular (sin renegar de tareas de perspectiva exclusivamente barrial).
Otra, que pone la organización local autónoma por arriba de cualquier
perspectiva nacional y que lleva en muchos casos a un egoísmo localista
que implica la pérdida del horizonte total de la lucha.
Las asambleas nos dieron señales de cuales eran las
expectativas políticas de las masas movilizadas: construcción de un
nuevo régimen político en el cual a través de la democracia directa las
grandes decisiones nacionales sean discutidas por el pueblo. Es por eso
que lo que se estaba reclamando (en primera instancia) en nuestro país
es una revolución política: pasar de un estado dirigido por la burguesía
y separado de la sociedad a un estado dirigido por una alianza de clases
populares que implique el fin de la independencia del estado respecto de
las mayorías populares.
La deliberación directa, por zona, sobre temas que atañen
a todas las áreas de gobierno y todos los niveles de la administración,
sumado a la intención de imponer resoluciones prácticas a través de la
lucha contra enemigos concretos (privatizadas, bancos, políticos,
empresas, supermercados, etc.) era el camino para ir aprendiendo a
ejercer el poder por nosotros mismos y para unificar las luchas
económicas aisladas de los diferentes sectores populares
Todas las tendencias se expresaban en diferentes grados a
través de la lucha política en el seno de las asambleas. Pero también a
través de la lucha política se vieron las limitaciones del movimiento
asambleario: el carácter en muchos casos pequeñoburgués de la mayoría de
las asambleas; la incapacidad de los trabajadores, hasta hoy, de
terminar con la tradición burocrática que los aísla de la lucha; la
necesidad de que en los barrios populares mas pobres se crearan
organismos similares para darle al hambre perspectivas mas allá del
saqueo y la falta de nacionalización del movimiento; terminaron acotando
la experiencia a un sector de las clases medias urbanas. Las asambleas
debían crecer y multiplicarse para no quedar acotadas a los marcos de la
clase que las motorizaba. Decíamos hace tres años que si las asambleas
no pasaban de ser reuniones de clase media ofuscada a ser organismos de
poder popular desaparecerían o se transformarían en “un plenario de
militantes barriales”, no nos equivocamos, pero la experiencia fue
aleccionadora. Solo una organización
popular fuerte y extendida podrá ser la base de una estrategia popular
que de perspectiva a las organizaciones de masas. Frente a esto, el
gobierno de K tiene la misión estratégica de asimilar las organizaciones
populares que resistan el reflujo.
El
desafío que no entendimos
En 1969 el pueblo cordobés se rebeló y abrió con su lucha
una nueva etapa en la historia argentina; es cierto que la presencia de
una clase trabajadora combativa y organizada, sumada al mayor nivel de
politización legado de la resistencia peronista, marcaban sustanciales
diferencias con el momento actual, pero fue la irrupción masiva del
pueblo la que permitió la experiencia de lucha posterior. También en el
17 de octubre de 1945 la irrupción de las masas populares alteró el
curso de la historia argentina. Pero el 19/20, a diferencia de aquellas
jornadas históricas, no hubo líderes, tampoco programas claros, estaba
todo por construir.
El enemigo logró reordenar su economía nuevamente a costa
de las masas populares para reconstruir la “unidad nacional” del bloque
dominante: los dueños de la Argentina siguen siendo los mismo y los
patrones de acumulación de capital muy similares. Frente a eso nosotros
no pudimos lograr la unidad patriótica de las clases populares tras un
programa básico que hiciera pagar el costo de la reconstrucción de la
Argentina a los que se enriquecieron con el menemismo. No hay cambio sin
nacionalización de la banca, recuperación de las empresas privatizadas y
las AFJP, control estatal del comercio exterior y de los grandes grupos
económicos y devolución de los derechos de los trabajadores; además de
la construcción de un nuevo régimen político donde la democracia se
extienda a los demás planos de la vida social y que elimine el abismo
existente entre el estado y el pueblo, terminando con la autonomía de
los “representantes” respecto de los electores que no es otra cosa que
dependencia de los capitalistas.
Las jornadas del 19 y el 20 de diciembre de 2001 ya son
parte de la memoria colectiva del pueblo y la experiencia no puede ser
eliminada. La acción colectiva mostró ser eficiente, y creativos y
combativos los movimientos que se multiplicaron entre el 2000 y el 2003,
pero la incapacidad de generar organización política de nuevo tipo dejó
el terreno libre para que de reconstruyeran las estructuras de
dominación. Una lección debemos sacar de estos últimos años: Acompañar
la lucha de masas no basta, tampoco encuadrarla en esquemas apolillados,
el desafío es articular la lucha social con la política y preservando la
autonomía de ambas esferas pero sin perder el norte que es la revolución
y la toma del poder.
Guillermo Caviasca
(RST! agradece su aporte)
volver a principal |