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Nunca se sabrá si alguien
tocó algún hilo oculto para que fuera así,
pero Josep Gonga nació solo dieciséis días después que lo hiciera Ximo, exactamente el 30 de enero de 1950. Lo hizo en el popular y entonces periférico barrio de Corea, con lo que se iniciaba la rama coreana de Pluja-Teatre, ya que la hermana Gongui, y Joan también
nacieron allí. No es ninguna broma, esto.
Porqué en Corea los niños estaban en la calle
las veinticuatro horas del día, calle o calles
que estaban situadas, además, a la misma
orilla del campo. El espectáculo impagable
de aquel barrio eran los almacenes de naranjas,
los trenes de la estación próxima, el trasiego
de las vaquerías y el río Serpis al lado
de casa, dónde las criaturas nadaban, cogían
ranas, se perdían en los laberintos de los
cañaverales y furtivamente cogían toda clase
de fruta. Por tanto, Corea significaba una
visión de la vida muy particular y determinante.
De todas formas, Gonga tenia el espectáculo
en su misma casa.
Su padre, barbero de profesión era un actor
aficionado que hacia teatro sin parar. No
solo en su casa o en la de los vecinos, sino
también en la Acción Católica, Gonga se pasó
media infancia viendo las actuaciones de
su padre. Aquel era un teatro popular y de
un repertorio extensísimo. Y fue el alimento
formativo principal de aquella criatura.
O sea que, aún siendo un niño, ya inventaba
sus propias obras y animaba a los amigos
a que las montasen durante las fiestas de
la calle o, más tarde, en el casal de la
falla del barrio.
Otra cosa era la vida de cada día, que, sin
mucho esfuerzo,
Gonga iba arrastrando como un carro moderadamente
relentizado. Después de pasar por diversos
centros docentes de Gandia, aterrizó en el
mundo laboral muy temprano, si bien solo
trabajó picando tarjetas informáticas y de
oficinista en un almacén de zapatos antes
de inasegurarse el sueldo para toda la vida
cuando entra en Pluja-Teatre. A los otros
miembros del grupo, los conoció de manera
bien diferente. Si con Gongui no tuvo que
hacer ningún esfuerzo por tenerla cada día
dentro de casa – al fin y al cabo se trataba
de su hermana – y Miquel era un conocido
de discoteca, supo de la existencia de Ximo
a través del cine-club de l’Ateneu de Gandia
y la primera vez que vio a Joan fue cuando
este actuaba en las parroquias gandienses
del Raval o de Crist Rei.
En boca de Joan, ”el misterio de Gonga era que no tropezara con las farolas”. Y
es que Gonga aprovechaba la calle – y cualquier rincón
o tiempo que le dejaran – para leer. Su formación
autodidacta se nutrió de una lectura permanente.
De esta pasión surgió el Gonga escritor de relatos, novelas y un sinfín
de artículos.
    
* TOT EL TEMPS DEL MÓN. Ignasi Mora. Edit.CEIC Alfons el Vell,
1998
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