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La primera degustación
del final de la vida de Miquel Ribes tuvo lugar en un accidente de tráfico
durante la madrugada del 24 de abril de 1997,
del que fue recuperándose a lo largo
de un proceso lento y costoso.
La primera degustación del principio, sin
embargo, fue el 19 de junio de 1955 en la
casa donde nació y que ya de adulto
volvió a habitar en la calle Menéndez y Pelayo
de Gandia. Una casa también situada muy
cerca del río Serpis, que para él se
convirtió en el insuperable campo de batalla
y de descubrimientos infantiles. En el patio
de aquella casa había un ciruelo -con ciruelas
como el puño-, donde Miquel se subía cuando la atmósfera familiar
ardía y querían explicarle que dos y
dos son cuatro, ciruelo que no se le oculta
nunca en las sombras de la memoria.
Sus padres emigraron a Francia cuando él
sólo tenia seis años. Y poco después
Miquel siguió los pasos de sus padres,
aunque los veranos los pasaba a la orilla
del río Serpis. Al principio, quedó deslumbrado
por las magnitudes de Paris pero pronto se
habituó y cursó estudios primarios
en francés, como si fuera exactamente un
francés . Por eso mas tarde de vuelta de
Francia, habiendo estudiado en diversos centros
de enseñanza y trabajado en diversos oficios,
cuando le pidieron una improvisación para
entrar en Pluja Teatre la hizo en el francés
de Paris. Entonces tenia diecinueve
años y pocas relaciones con el teatro, pero
lo que si sentía era una cierta
curiosidad.
Antes del accidente, el otro episodio del
que se libró por los pelos fue el de la deserción
de la mili. Le tocaba hacerla en Álava. Allí, los paracas lo acogieron. Pero
la vida entre los paracas era muy dura. En
uno de los permisos a casa, cogió una buena
moña y se dijo así mismo: ”¿Sabes que he
pensado?. Que se vayan a mamar”. Se deshizo
del saco de soldado y se escondió en casa de Ximo
y Gongui. A la mañana siguiente con ropa
de Ximo, huyó hacia Francia, donde lo acogieron unos familiares
que tenían un restaurante cerca de Avignon.
Durante un par de años hizo de ayudante de
cocina, y adquirió un gusto especial por
comer como Dios manda. Después por razones
nada claras hasta el momento, se presentó
a los militares españoles. Gracias a los
venturosos azares de la historia política,
a pesar de que lo juzgaran con la severidad
propia del sector castrense, sólo le toco
repetir la mili y punto.
Al final de todas aquellas peripecias volvió
a casa, es decir, a Pluja Teatre, porqué él consideraba que Pluja es como la familia, una parte esencial de
mi persona. A pesar de haber sido el último
en entrar en este grupo teatral, quedó perfectamente
instalado y fue uno de los que pudo celebrar
los 25 años de la formación.
    
* TOT EL TEMPS DEL MÓN. Ignasi Mora. Edit.CEIC Alfons el Vell,
1998
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