
las
hadas les apasiona la música, el canto y también la
danza. Es frecuente que en primavera, hacia la media noche, bailen
sobre la hierba junto con otros elfos, formando un corro. Dan saltos
y volteretas que se van volviendo cada vez más frenéticos
y embriagadores. Quizás parezca que la danza dura sólo
unos minutos, unas horas o toda la noche, pero la duración
es de siete años según nuestro calendario.
Los corros de las hadas son un peligro para quien pase por allí,
ya que el hechizo de la música mágica atrae a la persona
inexorablemente hacia el corro y la obliga a unirse a las hadas en
sus desenfrenadas cabriolas.
Cuando se entra en este círculo mágico, es imposible
salir de él o detenerse a descansar, y el frenesí de
la danza terminará consumiendo al incauto. La única
forma de sacar a la persona cautiva del círculo es que sus
amigos hagan una cadena humana desde el exterior y uno de ellos, sujetado
de la ropa por los demás, se introduzca en el corro, dejando
un pie apoyado fuera firmemente, y, de un tirón, saque al bailarín
y lo libere del hechizo.
Existe una leyenda de un pastor, Tudur de Llangollen, que se tropezó
con un tropel de hadas que bailaban al son de un diminuto violinista.
Tudur intentó resistirse a los fascinadores acordes, pero acabó
arrojando al aire su gorro y gritando:”Vamos a ello, pues; sigue
tocando, diablillo”, y entró en el corro.
Inmediatamente le brotaron al violinista dos cuernos en la cabeza
y por debajo de su casaca le asomó un rabo. Las hadas danzarinas
se convirtieron en cabras, perros, gatos y zorras, y comenzaron a
dar vueltas en un vertiginoso frenesí. Esto duró hasta
el día siguiente, que es cuando su amo le rescató tras
haberle hallado, solo al parecer, danzando como un loco. Unas palabras
piadosas rompieron el hechizo y Tudur volvió a su hogar.