Los mapuche que bregan por sus derechos
y por su reconocimiento como nación están viviendo uno de los momentos más
difíciles de su historia reciente. Primero, fueron tratados como delincuentes
por la policía y la justicia. Luego, al aplicarles las leyes de Seguridad
Interior del Estado y Antiterrorista, el gobierno intenta convertirlos en un
símil local de lo que para Washington son Osama Bin Laden y Sadam Hussein.
Lo paradojal es que el Estado, preocupado por conservar una buena
relación con los empresarios forestales, está recurriendo a los mismos
instrumentos represivos creados o perfeccionados por la dictadura para aplastar
la disidencia. Hay 118 hombres y mujeres mapuche imputados por conflictos
territoriales, de los cuales 31 están en prisión preventiva -que tiende a
eternizarse- y 25 fueron acusados de “asociación ilícita terrorista”. Son los
presos políticos mapuche de la democracia. A muchos se les atribuyen diversos
delitos a partir de un mismo hecho, lo cual los somete a varios procesos
paralelos.
La cifra de detenidos aumentó abruptamente
el 4 de noviembre pasado con una razzia dirigida contra miembros de la
Coordinadora Arauco Malleco (CAM), que terminó con 16 detenidos. Entre ellos,
los voceros José Huenchunao, de la VIII Región, y José Llanquileo y Angélica
Ñancupil, de la IX Región. Por ahora, la CAM optó por no reemplazar a sus
voceros públicos, no quiere seguir poblando los penales con su gente. También
fue detenido Víctor Ancalaf, dirigente de las comunidades en conflicto de
Collipulli, quien luego de dejar las filas de la Coordinadora -hace dos años- se
dedicó a apoyar a los últimos pehuenches que aún resisten en Ralco.
La fiscal de la Región de la Araucanía,
Esmirna Vidal, acogió la solicitud del Ministerio Público para procesar a los 16
detenidos por asociación ilícita terrorista, incluyendo a otros nueve mapuche
con causas pendientes. Entre ellos, los dirigentes de la Comisión de Derechos
Humanos Mapuche y otras personas que no pertenecen a la CAM, como el mismo
Ancalaf, los lonkos Aniceto Norin y Pascual Pichún, y los hijos de este último.
Sin embargo, las diferentes organizaciones e identidades mapuche tienen claro
que uno de los objetivos de este creciente proceso de criminalización es aislar
a la Coordinadora Arauco Malleco. Una vez más, la consigna es dividir para
reinar. A diferencia de otras organizaciones del movimiento autónomo mapuche, la
CAM ha mantenido una postura de inflexible distanciamiento del gobierno y no ha
entrado en negociaciones parciales a cambio de tierras porque no quiere perder
de vista sus objetivos de más largo plazo, como es la lucha contra el modelo de
explotación capitalista y por la plena soberanía del pueblo mapuche.
En esta última arremetida represiva, un
buen festín para los medios de comunicación controlados por los grandes grupos
económicos fue la detención del empresario molinero Guillermo Hornung y la
versión de su supuesta infiltración en la CAM. Según diversas fuentes, Hornung
nunca tuvo relación con la Coordinadora, pero sí es un antiguo vecino de
Collipulli sensibilizado con la causa mapuche y un buen amigo al que muchos
recurrían en momentos de necesidad. A contrapelo de lo informado a través de los
medios, se afirma que las únicas armas encontradas por la policía estaban en su
casa. Eran cuatro y el empresario las tenía debidamente registradas.
ALEX LEMUN: ¿ASESINATO
ACCIDENTAL?
Otra señal del endurecimiento represivo
fue el asesinato de Alex Lemun, joven de 17 años perteneciente a la comunidad
Montutui Mapu, de Ercilla, ocurrido el 12 de noviembre cuando participaba en una
manifestación en Angol, la que fue reprimida por la policía. Sólo se ha
constatado que la bala que le quitó la vida provino de un arma de Carabineros.
Pero han surgido serias dudas sobre las circunstancias de su muerte, en medio de
esta arremetida contra dirigentes mapuche. Pese a su edad, Alex Lemun se
proyectaba con cualidades de líder. Y sólo después del homicidio se supo que
antes de su muerte había sido detenido y golpeado por Carabineros. Sus
familiares revelaron que presentó una denuncia “contra quienes resulten
responsables” por tortura.
Se comprobó que el joven inició una
causa en la fiscalía militar por violencia innecesaria con resultado de
lesiones, que está siendo estudiada por el abogado Pablo Ortega en
representación de la familia Lemun. La investigación del asesinato fue
traspasada a la justicia militar, cuestión que Ortega valora en forma positiva.
“A pesar de lo que pudo significar antiguamente la fiscalía militar, hoy nos da
más garantías que la fiscalía civil. Lamentamos decir que cuando se cambió el
fiscal que tomó inicialmente el caso -Oscar Soto, quien nos dio plenas garantías
y posteriormente fue obligado a renunciar- para ser reemplazado por Luis
Chamorro, la tendencia ha sido evitar una investigación a fondo y tratar de
desvirtuar que presumiblemente Carabineros participó en la muerte del peñi
Lemun, introduciendo otras teorías sin sustento. Estamos investigando quiénes
ordenaron su detención aproximadamente dos semanas antes de su muerte y quiénes
participaron en su arresto”, señala Pablo Ortega.
Este abogado mantiene una querella por la
intervención de su teléfono celular, medida ordenada por el Ministerio Público y
autorizada por el tribunal de garantía. La intervención, revocada luego del
reclamo unánime de los nueve abogados que defienden a los presos políticos
mapuche, se produjo después del asesinato de Alex Lemún. “Esto es muy grave, no
sólo porque la ley prohíbe la intervención telefónica de un abogado defensor,
sino porque por esa vía monitoreaban las estrategias de defensa que teníamos los
profesionales que representamos a comuneros mapuche. Además, se enteraban de los
antecedentes que íbamos recabando respecto de la muerte de Alex Lemun y tememos
que los hayan utilizado para entorpecer la investigación”. Varios abogados de la
defensa han detectado seguimientos y dan por sentado que sus teléfonos están
intervenidos, al margen de cualquier orden judicial.
HIJOS DE LONKO
Al
traspasar las rejas de la cárcel de Traiguén, impresiona encontrarse con los
rostros de niño de Rafael y Pascual Pichún Collonao. Tienen 22 y 20 años, pero
parecen dos muchachitos entrando recién en la adolescencia. Son menudos, de
estatura media, cabellos y ojos relucientes. Como ellos, hay muchos otros
jóvenes mapuches en los presidios de la VIII y IX Región. A fines de 2001 habían
terminado la enseñanza media y se preparaban para obtener una beca que les
permitiera entrar a la universidad, lo que era posible debido a su excelente
rendimiento escolar. Pero cayó preso su padre, el lonko Pascual Pichún
Paillanao, de la comunidad Antonio Ñiripil, de Temulemu, en Traiguén, y todo
cambió. En abril del año pasado también ellos fueron detenidos.
Sus proyectos de estudios superiores
quedaron postergados, y ellos piensan que tal vez no tengan otra oportunidad.
Además de estar en prisión preventiva con el doble cargo de incendio de un
camión maderero del fundo Nancahue y de intento frustrado de incendiar dicho
camión mientras el chofer estaba en su interior -dos delitos en uno-, también se
les endilgó el delito de asociación ilícita terrorista. Más aún, intentaron
acusarlos de participar en la ocupación de la Iglesia de San Francisco de
Temuco, hecho ocurrido cuando ya estaban detenidos. Arbitrariedades como ésas se
encuentran a cada paso en estos procesos judiciales marcados por la
discriminación, el ensañamiento de los fiscales que representan los intereses
del gobierno y de las empresas forestales, y por la parcialidad de la mayoría de
los jueces. En la IX Región se está aplicando la reforma judicial penal, como
plan piloto. Pero el sistema nuevo parece peor que el anterior.
Como el resto de los presos políticos
mapuche, los detenidos en Traiguén lograron impedir la separación en distintos
penales, fueron aislados de los presos comunes y han mejorado el régimen de
visitas a costa de huelgas de hambre. Recientemente, una coordinación de
alrededor de veinte organizaciones e identidades mapuche comenzó a formar un
comité de solidaridad para canalizar ayuda nacional e internacional a las
familias Pichún, Norín y Ancalaf.
La comunidad de Temulemu reclama 2.400
hectáreas del fundo Santa Rosa, en manos de Forestal Mininco, y otras 600
hectáreas del predio Nancahue, de Juan Agustín Figueroa Yávar, el cual es
administrado por su hijo Juan Agustín Figueroa Elgueta, ex ministro de
Agricultura. Son 81 familias que iniciaron la demanda, pero hoy queda poco más
que la mitad. El resto se ha ido a terrenos comprados a través de la Conadi.
“Estábamos reivindicando en conjunto nuestro derecho, pero el traslado hacia
otros lugares va desarmando a la comunidad. Por nuestra parte, no vamos a
conversar con la Conadi ni con el gobierno mientras estén presos nuestros
dirigentes. Lo primero es la libertad de nuestros lonkos”, señala Juan Pichún.
Como hijo mayor del lonko de Temulemu, Juan debió hacerse cargo del trabajo de
la tierra, lo que le exigió dejar de lado sus estudios universitarios de
pedagogía con mención intercultural. La vida ha sido profundamente alterada en
las comunidades mapuche.
MAL USO DE LA
JUSTICIA
El juicio de los hermanos Pichún por el incendio del camión
se iniciaría el jueves 23 de enero, con un resultado incierto. Días antes el
lonko Pascual Pichún tuvo un sueño: “Las forestales nos han acorralado en la
oscuridad del agua; el winka nos ha acorralado en la oscuridad del agua; el
pewma me ha dicho que hagamos nguillatun para que vuelva la luz del agua y el
newen mapuche”. Siguiendo ese mandato se hizo un gran nguillatún el 17 y 18
recién pasados convocado por diversas organizaciones e identidades territoriales
mapuche “para fortalecernos espiritualmente y defender mejor a nuestra gente, a
nuestra tierra, a nuestro territorio”. Y aunque no lo dijeron abiertamente,
también lo hicieron para ahuyentar a los malos espíritus que están entregando
falsos testimonios en los procesos judiciales procurando incriminar a los presos
políticos mapuche... a cambio de un plato de lentejas.
El nguillatún comenzó en la comuna de
Temulemu y terminó al día siguiente en el frontis de la cárcel de Traiguén,
donde además de los Pichún está prisionero Aniceto Norin Catrimán, lonko de la
comunidad Lorenzo Lorin, de Didaico. El y Pascual Pichún padre están presos hace
cerca de un año. Son los que han estado por más tiempo privados de su libertad.
Se les atribuye el incendio que afectó la casa del administrador del fundo
Nancahue, de material ligero, a fines del 2001. Al día siguiente se pidió la
orden de detención de ambos. Pascual fue detenido y dejado en libertad porque no
existían antecedentes suficientes para determinar su participación ni que se
tratara de un acto terrorista. Diez días después, el lonko Aniceto Norín se
presentó voluntariamente al tribunal, pero a pesar de contar con los mismos
antecedentes éste dictaminó prisión preventiva en su contra. En marzo del 2002
Pascual Pichún era nuevamente detenido. Por su carácter secreto, la defensa no
pudo conocer las declaraciones de los testigos. “Cuando finalmente conseguimos
acceder a esas declaraciones nos dimos cuenta que no había ningún antecedente
concreto ni prueba en su contra”, dice la abogada de la Defensoría Mapuche,
Sandra Jelves.
¿Cómo se explica que ellos sigan con
detención preventiva?.
“Creo que hay un problema con los
operadores del sistema, pero considero que lo que está escrito en la ley que
reforma el sistema procesal penal es más transparente y democrático, y tiene
muchos beneficios para el pueblo mapuche. Lamentablemente, en algunos casos los
fiscales y jueces han sido arbitrarios, tal vez por desconocimiento de la
cultura mapuche y la forma en que se relacionan entre ellos. Además, la prensa
ha jugado un rol fundamental al inflar el conflicto favoreciendo el uso del
calificativo de terrorista. Siento que la legislación existente se está
aplicando de manera más dura cuando se trata de los mapuche. Un ejemplo: en el
resto del país desórdenes públicos, como manifestaciones y protestas, son
derivados a los juzgados de policía local porque se trata de una falta que se
castiga con multa de una a cuatro unidades tributarias y este hecho ni siquiera
es consignado en los antecedentes del afectado.
Sin embargo, en Temuco se está aplicando un artículo que
creo nunca había sido usado (N° 269 del Código Penal), que castiga como delito
los desórdenes públicos. Si un joven universitario participa en una protesta por
el crédito fiscal se considera una falta, pero si se trata de una manifestación
de apoyo a los presos mapuche se aplica esa disposición y el ‘delito’ quedará
para siempre en sus antecedentes. Es sumamente grave, porque están convirtiendo
a jóvenes mapuche en delincuentes por medio de un uso abusivo del derecho. Este
artículo se le está aplicando también a Pascual Pichún por un hecho ocurrido en
octubre de 2001”.
Para Pablo Ortega, lo evidente es que
con la reforma judicial los encarcelamientos de los comuneros mapuche se
prolongan y la obtención de su libertad es más difícil. “Al menos en la IX
Región ha significado un retroceso democrático en los procesos que se siguen
contra los comuneros. Con todos los defectos que tiene el sistema antiguo,
creemos que los jueces cautelaban los derechos de los imputados. Las fiscalías,
tal vez fruto de inexperiencia y por el afán de responder a diversas presiones,
han extremado medidas jurídicas en contra de los mapuches y creo que está en
tela de juicio el principio de objetividad con que deben actuar. Son cosas que
se deberían superar en el mediano plazo. Un aspecto fundamental es que las
formalizaciones -equivalente jurídico al procesamiento en el sistema antiguo-
son facultad privativa del Ministerio Público, y si éste, consciente o
inconscientemente, pierde objetividad puede disponer formalizaciones por
cualquier motivo, y los tribunales no tienen manera de
fiscalizarlas”.
Para la abogada Jelves, no hay
fundamentos para que se acuse de asociación ilícita terrorista a ninguno de los
mapuche que están presos, aun cuando se siga ocultando antecedentes a la defensa
por la vía del secreto. “Para que una asociación sea calificada de ilícita tiene
que haber cometido hechos ilícitos o haber sido creada con ese objetivo. En este
caso, los ilícitos tendrían que ser de carácter terrorista. Y en la región no
hay ninguna condena por delito terrorista. Los hechos que se atribuyen a los
presos mapuche en la zona urbana son desórdenes públicos, ocupación de una
iglesia de la cual ni siquiera fueron desalojados y la toma de la Conadi en
Traiguén, un acto más bien simbólico. Además, muchos de los detenidos en
noviembre ni siquiera estaban requeridos por algún delito. Casos como éstos no
justifican la aplicación de la Ley Antiterrorista, distinto sería si se hubiera
atentado contra el presidente de la República o se hubiera hecho explotar una
bomba en un edificio lleno de gente. En este caso, a la asociación ilícita se le
atribuyen usurpaciones, que tienen pena de multa en el Código Penal; daños, el
delito contra la propiedad que tiene la menor penalidad; hurto, etc. Y hay que
recordar que el único muerto ha sido un mapuche”.
Con el juicio de los hermanos Pichún se
inicia una nueva etapa, nada de alentadora. Por primera vez los imputados han
tenido que soportar la prisión preventiva como regla general. A eso se agrega el
secreto de los testimonios y supuestos medios de prueba, el no respeto del
principio de inocencia, acusaciones de dos o más delitos a partir de un hecho
-lo que viola un principio básico en deerecho penal- y otras faltas a las
garantías procesales.
Cuestión de política
Su
tarea es compleja. La abogada Myriam Reyes, de la Defensoría Penal Pública de
Angol, tiene a cargo la defensa de Juan Ciriaco Millacheo Marín, lonko de la
comunidad José Millacheo de Ercilla; su hijo Luis Hernán Millacheo Ñanco, y Juan
Andrés Necul Marín, de la misma comunidad, quienes están en la cárcel de Angol
acusados de asociación ilícita terrorista y otros delitos como hurto, robo con
fuerza y secuestro. También defiende a José Huenchunao, uno de los voceros de la
Coordinadora Arauco Malleco, quien se encuentra en prisión preventiva desde
noviembre en la cárcel de Concepción. A él se le sigue una causa por asociación
ilícita terrorista en Temuco, y otra por desórdenes públicos e incendio en la
Octava Región.
“Como abogada, sostengo que es un
despropósito calificar de terrorista a una organización como la Coordinadora
Arauco Malleco, un grupo intermedio de la sociedad, una organización cuyos fines
se relacionan con reivindicaciones y derechos que ellos estiman han sido
permanentemente vulnerados. El concepto de terrorismo concebido por el
legislador está definido para situaciones muy especiales, en las cuales las
personas se organizan para cometer actos cuya finalidad es aterrorizar a la
población. Eso es absolutamente inaplicable a una organización diseñada para
efectos de reivindicar derechos y que no ha cometido actos de carácter
terrorista”, afirma la profesional.
Imposible no hacer un símil con
fórmulas utilizadas durante la dictadura militar en contra de sus opositores.
“La diferencia es que no se utiliza la tortura en forma sistemática y tampoco ha
habido presos políticos desaparecidos -destaca la abogada. Lamentablemente, esa
es la única diferencia, pero es muy pobre para un sistema democrático. Hay
persecución penal y, en alguna medida, desarrollo de actividades ilegales, como
la intercepción telefónica de abogados de la defensa a solicitud del Ministerio
Público. Y no me cabe ninguna duda que todos los abogados de la defensa estamos
intervenidos”.
Ha habido diversas ilegalidades en los
procesos. Una fue el traslado de detenidos a la audiencia de formalización, el 6
de diciembre pasado, sin ninguna formalidad. “La defensa alegó y tuvieron que
devolver nueve personas que habían sido llevadas al tribunal”, explica. También
lograron revertir la decisión unilateral del Ministerio Público, adoptada en una
audiencia secreta y acogida por la jueza Esmirna Vidal, de separar los presos y
distribuirlos en distintas unidades carcelarias como una forma de presionarlos
para forzar una “confesión”. “Posteriormente el Ministerio Público entregó otra
versión, diciendo que la Coordinadora se estaba rearticulando desde la cárcel,
pero fue otro el cuento que le llevaron a la jueza”, señala Myriam
Reyes.
Además, el Ministerio Público se ampara
en la facultad que otorga la Ley Antiterrorista para mantener en secreto algunas
actuaciones. “El problema es que ellos aplican el secreto a todo y extendieron
el plazo inicial de 40 días de investigación del delito de asociación ilícita a
6 meses, en función de una ley dictada después de haber comenzado la
investigación. Es decir, esa ley no debería aplicarse a este caso. La defensa
está pidiendo una audiencia para que levanten el secreto y podamos conocer los
antecedentes con que cuentan las fiscalías. Hasta ahora no ha habido ningún
acceso a las evidencias del proceso. La parte acusadora dice que tiene
intercepciones telefónicas y seguimientos de personas, pero no precisa a quién
interceptaron, qué escucharon, ni a quién siguieron. Así, la defensa ha estado
trabajando a ciegas”, acusa Myriam Reyes.
¿En qué consisten los delitos comunes
que se imputan a sus defendidos, como hurto y secuestro?.
“En la región hay muchas
formalizaciones por delitos comunes en contra de personas mapuche, y todas se
relacionan con acciones de reivindicación de derechos que las comunidades
estiman tener sobre determinados predios o producciones. Por ejemplo, a los
cortes de árboles los denominan hurto. La ocupación de terreno es usurpación.
Todo se encuadra en tipos penales. Los secuestros... no son secuestros. En el
caso de mis defendidos, un grupo de trabajadores mapuche que se sentía
discriminado porque no le querían pagar un adelanto de sueldo -algo
esencialmente laboral- retuvo la micro en que se trasladaban. Se bajaron todos y
dijeron ‘no nos movemos de aquí hasta que llamen al dueño de esta faena y nos
paguen’. Estuvieron cinco horas. Ese es el ‘secuestro’. Lo mismo ocurrió con la
ocupación de una faena de copa de agua”.
¿Cómo se ve el proceso a
futuro?.
“La gente sigue presa, porque las
alegaciones de fondo de la defensa todavía no han sido oídas. Tampoco hemos
podido hacer entender que no estamos frente a una hipótesis de terrorismo. Pero
aunque se ve difícil, es impensable que esto termine en un juicio con sentencia
condenatoria. Nunca se podrá establecer -porque no es así- que la motivación de
la Coordinadora Arauco Malleco sea aterrorizar a la población. Esta es una pelea
jurídica, pero sabemos que está cruzada por factores políticos y sociales. Si
bien realizamos un trabajo técnico, los abogados defensores sabemos que es un
conflicto político y que cada cosa que hagamos tiene relevancia para la libertad
de los presos, pero también para la legitimidad o no de la causa de los mapuche.
Sostener que este es un tema netamente jurídico es ceguera”.
La otra cara del “conflicto
mapuche”
El abogado José Aylwin Oyarzún, hijo
del ex presidente de la República, insiste en que en vez de calificar de
“delincuentes” o “terroristas” a los mapuche que luchan por sus reivindicaciones
históricas, se impone una mirada más a fondo. Como coordinador del Programa de
Derechos Indígenas del Instituto de Estudios Indígenas de la Universidad de la
Frontera (Temuco), expresa su preocupación por la forma en que el Estado
enfrenta lo que a su juicio se ha rotulado equivocadamente como “conflicto
mapuche”. “Es más bien el conflicto de los empresarios, del Estado y de quienes
nos relacionamos con los mapuche desde la sociedad chilena, negando su carácter
de pueblo, sus derechos ancestrales al territorio, y sus derechos políticos”,
afirma.
Explica que esta contradicción se ha
acentuado en los últimos años debido al empecinamiento del Estado por “expandir
la economía global hacia el territorio indígena, lo que se manifiesta de manera
muy brutal en el caso del territorio mapuche donde las empresas forestales
ocupan 1,5 millones de hectáreas del territorio ancestral mapuche al sur del Bío
Bío, en su mayoría con plantaciones de bosque exótico, sin consultar a las
comunidades o en contra de su voluntad, como es el caso de la Central
Hidroeléctrica Ralco, que tuvo la oposición unánime de las dos comunidades
residentes en el área de inundación”. Destaca que los procesos de movilización
desarrollados por los mapuche sólo buscan el respeto de derechos indígenas que
hoy son ampliamente reconocidos a nivel internacional, como el derecho a decidir
sus prioridades en materia de desarrollo, a ser consultados antes de iniciar
proyectos de inversión, a participar de los beneficios de esas actividades, a
ser compensados por los daños, a no ser trasladados de sus tierras, etc. Estos
derechos son reconocidos en 17 estados de América Latina, con sólo dos
excepciones: Uruguay y Chile.
“En nuestro país tenemos un Estado
centralista que ha negado históricamente su diversidad y ha construido el mito
de los ‘ingleses de América Latina’. Por otro lado, el sistema binominal impide
contar en el Congreso Nacional con representación indígena que abogue por
reformas políticas y sociales relevantes”. Así, la desobediencia civil y el
desconocimiento de la institucionalidad “es la respuesta a un proceso de
exclusión de un sistema económico y político que no toma en consideración a los
mapuche”. Está convencido de que es un error intentar contener estos conflictos
por la vía policial y judicial.
“El Estado ha desarrollado una política
de criminalización de toda la acción mapuche, de procesamiento indiscriminado de
sus dirigentes, valiéndose de instrumentos de otros tiempos, como la Ley
Antiterrorista. Pero carece de pruebas contundentes en contra de las personas.
Las imputaciones se basan en filmaciones de video, conversaciones telefónicas o
posesión de literatura tan diversa como el libro ‘El viejo que leía novelas de
amor’, de Luis Sepúlveda. Por parte del ejecutivo hay una voluntad clara de
detener este proceso por la vía del enjuiciamiento del liderazgo. Lo que
nosotros hemos sostenido, como Programa de Derechos Indígenas es que, sin
perjuicio de la importancia de mantener una situación de paz y de convivencia
armónica en el sur, hay que juzgar las causas más profundas y buscar caminos
institucionales de solución a través del diálogo, de la reforma jurídica, de una
reforma política”.
Y agrega: “Yo emplazaría a los
parlamentarios y sectores políticos que insisten en buscar responsabilidades en
el mundo indígena y en mirar la violencia que en ocasiones se genera desde allí
-fundamentalmente contra la propiedad nno indígena que ocupa sus territorios- a
que busquen su propia responsabilidad por la violencia que ellos han ejercido al
negarse a evolucionar y a entender que los pueblos indígenas no son poblaciones
destinadas a integrarse y desaparecer al interior de la sociedad chilena. La
tendencia contemporánea es reconocer que los estados están compuestos por una
pluralidad de pueblos, y que éstos tienen derecho a controlar su desarrollo
económico, político y jurídico”.