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LITERATURA

Para entender a los progres
de hoy, lea a Orwell
Por negarse a seguir
la línea del progresismo de su tiempo, George Orwell exploró en varios
ensayos y dos novelas fundamentales cuáles elementos buscan el
totalitarismo arropados en una idílica igualdad. Sus conclusiones
describen, asombrosamente, lo que persigue el progresismo actual
FEBRERO, 2015. Aunque nos parezca una modalidad de nuestros tiempos, la etiqueta políticamente correcta ya había sido denunciada por George Orwell en uno de sus escritos: "se reprime, censura y castiga a todo aquel que utilice términos ofensivos, pero
se ordena callar únicamente aplica a quienes se les considera enemigos del proceso revolucionario, no a quienes puedan colaborar en la causa (...) esto denota, al final, el inicio del control mental por parte de una ideología muy específica". El ya fallecido ensayista Christopher Hitchens refirió que esos renglones pertenecen a un texto que Orwell publicó en 1940, cuando su desencanto con el sistema soviético era total.
Dice Carlos Alberto Montaner, él mismo un furibundo castrista durante su juventud, que los críticos más precisos de la izquierda son aquellos
desencantados de sus virtudes, y ello fue precisamente lo que permitió a George Orwell exponer y denunciar lo que él había presenciado directamente. Y para darnos cuenta lo poco que la izquierda ha cambiado su modo de pensar en casi setenta años, Orwell señala en su famoso ensayo
La Política y el Idioma inglés lo siguiente: "Las palabras ya no son lo que eran, hoy son
tergiversadas y manipuladas; ya no se dice que algo es blanco o negro y se rechazan los absolutos; términos abstractos como 'insurgencia', 'referentes', 'ensimismamiento' y 'aislacionismo' así como otros provenientes del marxismo como 'praxis' y 'subjetivismo' sirven para evadir la verdad, maquillarla, evitar
describir el entorno como realmente es. Un gobierno represivo que se apoya es 'progresista' y el que es enemigo es 'dictadura', sin importar que en uno y otro no se tenga respeto alguno por la libertad de ideas".
Cuando se relee a George Orwell, sorprende la manera en que se asomó al
futuro, no tanto porque se tratara de otro Nostradamus; más bien, su éxito se debe a que supo encontrar y explicar los
cinco puntos en los cuales el progresismo establece sus principales flancos, a saber: las universidades,
los intelectuales, la prensa, la burocracia y su estructura piramidal en la cual se asienta y el Estado como un ente autocrático. Los únicos que ganan ahí son quienes están adentro, y reflejan, como lo escribió el historiador inglés Paul Johnson en su obra
Intelectuales: "en nombre de servir y abogar por los demás, los
socialistas abogan y se sirven únicamente a sí mismos y a sus intereses".
Ya hemos dicho otras veces, y lo recalcamos ahora: Orwell nunca renunció al socialismo y lo defendió hasta donde sus fuerzas se lo permitieron. Como refirió
Hitchens, "George Orwell estaba consciente que un esquema económico promotor de la igualdad no tardaría en querer ser copado por las burocracias, los líderes sindicales corrompidos y, en fin, de todos aquellos que buscan vivir de esfuerzo ajeno, algo que, visto desde su particular trinchera, eran aspectos intrínsecos del sistema
capitalista. Hasta antes de alistarse como voluntario en la Guerra Civil española, Orwell era un convencido de que el socialismo podría depurarse a sí mismo de esos elementos nocivos".
Por supuesto, al atorarse la "depuración" y ver, por el contrario, que ésta hacía metástasis en el experimento socialista en
Rusia, Orwell tocó la alarma y optó por denunciar y exhibir públicamente a
sus responsables. Jamás imaginó toparse con críticas inclementes a su persona; él, qué había sido gravemente lesionado durante su estancia en España, fue ridiculizado por periodistas de escritorio que jamás habían pisado un frente de guerra y por columnistas que, como lo apuntan Stéphane Courtois, Andrzej
Paczkowski y Karel Bartosek en El Libro Negro del Comunismo, estaban a sueldo de las embajadas soviéticas en Londres, París y aun Washington.
Fue ese desencanto el que llevó a Orwell a exponer a quienes consideraba "enemigos" del proceso socialista. Es dudoso, por otra parte, que considerara
seriamente a los colegas que lo criticaban como parte del problema y no de la solución. Es menester recordar que, en los años treinta, el socialismo era visto como la panacea a todos los problemas en forma mucho más exagerada que como lo vemos hoy. Y en ese
certero ensayo que son dos de sus libros más conocidos, Animal Farm
y 1984, Orwell proyectó prístinamente sus inquietudes 70 años en el futuro. Dicho de otro modo, el socialismo en el que él tenía tantas esperanzas, aún no se "depura" pese a todas estas décadas.
Animal Farm denuncia la colusión entre los intelectuales, líderes, empresarios mercantilistas y académicos por imponer la "igualdad" así sea por la fuerza. No es casual que Snowball fuera un retrato del Trostky de las ideas al que se desterró cuando esos postulados chocaron con los dogmas impuestos por el Cerdo Napoleón. Con todo, al final de la novela se percibe cierto optimismo por parte de Orwell.
Al escribir 1984, Orwell ya había dejado ir toda esperanza como se entrevé cuando su protagonista, Winston Smith, "también ya amaba al Hermano Mayor" en la última línea. El Estado policiaco coludido con el Estado y los intelectuales han impuesto el control mental, mandar callar y encerrar a los que sospechan que algo anda mal, someter a la verdad a un relativismo atroz al punto que el Ministerio de la Verdad produce sin parar mentiras infamantes y el Engsoc es la lengua utilizada y en la cual no existen términos absolutos y se reprende a quien siga empleando "vocabulario inaplicable", al que hoy bien podríamos llamar "políticamente incorrecto". La traición de la que Smith es objeto por parte de Julia, quien se
hace pasar por disidente, pareciera ser la del mismo Orwell.
En suma, George Orwell aún nos sigue sorprendiendo. Mientras el mundo creía --y siguen haciéndonos creer la comunidad
progre-- que el Hermano Mayor estaba escondido detrás del monstruo corporativo-capitalista, este autor inglés señalaba que el peligro estaba el un socialismo indepurado, el que conduce inevitablemente al totalitarismo del Estado.
Desafortunadamente, a 67 años de su muerte, para allá vamos.
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