Un
fabuloso Juego
¿Te gustaría dar tus
opiniones sobre un libro leído o una película vista y tener la oportunidad de
conocer las opiniones de otras mujeres?
Todas tenemos
algo que contar, tus historias favoritas, un acontecimiento poco usual, una
experiencia increíble que te emocionó; que has vivido o que te han contado, que
has leído o que has visto en alguna obra de teatro o en una película. Seremos
buscadoras de historias; para esto pide a cualquiera que conozcas su historia favorita, ¿Qué
es lo más excitante que les ha pasado?, lo más divertido, lo más tonto, lo más
peligroso, o cuales fueron sus batallas y sus guerras personales. Escucharemos
aquí nuestras
propias historias y las de todas las demás.
Este es un
foro de historias compartidas y comentadas; es parte de los servicios exclusivos
para las asociadas de nuestra comunidad, junto con otros muchas herramientas
que deseamos que puedas utilizar en tu propio provecho y según tus
circunstancias. Las vamos incluyendo y
sobre todo usándolas como recomendaciones inspiradoras según sean necesarias
aplicárlas, poniéndolas en las manos de quien como tú,
puedan ser inspiradas e iluminadas en la búsqueda de su propio camino, y son una de las herramientas y técnicas
participativas y lúdicas de nuestra comunidad.
Parece
que una buena forma de comprender algunos hechos, incluso o mejor, sobre todo cuando lo
vivimos en primera persona,
es distanciarse, tomar perspectiva, y verlo como en una película que le sucede a
otro personaje. Es más fácil dar un consejo a una amiga que aplicárselo una
misma. Por eso estas narraciones pretender ayudarnos a ver con una claridad interior el significado del suceso. Una fábula,
un cuento, o una anécdota puede ser mucho más comprensible y asimilarse
mejor que muchas explicaciones teóricas, interpretaciones psicológicas o
fisiológicas, por mucha base científica y experimental que se aporte.
LA VIDA DESDE UNA BUTACA
¡Motor!, ¡Cámara¡ y !Acción¡
Te propongo la película sobre
Alejandro Magno, basada en hechos reales; como se trata de una peli reciente y
que todas podemos ver en el cine, no relatamos la historia, pero si empezaré por
esta síntesis que encontré en un reciente libro de una autoridad en el estudio y
el desarrollo de las capacidades del cerebro:
Los líderes militares más
importantes son, a menudo, recordados por sus cualidades interpersonales.
Alejando Magno, por ejemplo, aunaba voluntades y era capaz de establecer una
fuerte camaradería con sus soldados, compartiendo penurias con ellos,
combatiendo a su lado, exponiéndose a sufrir heridas en las primeras líneas y
comparando las cicatrices con ellos. Después de la batalla, por muy cansado que
estuviera, siempre se reunía con ellos para escuchar sus vivencias, repletas de
acciones intrépidas, peligros y heroísmo. Dado que lo consideraban uno de ellos,
sus soldados lo seguían hasta el fin del mundo.
Referido por Tony Buzán en Usted es más inteligente de lo que cree,
página 67
Una amiga que ya sigue su
propio camino, salió recordando cosas de la película, y la que más le llamó la
atención fue esta idea, que Alejandro no mandaba a hacer a sus hombres, nada
que el no hubiera hecho primero o también antes. También me confesaba que a
su parejo lo que más le molestaba eran las inclinaciones bisexuales de tal
Alejandro, por lo visto salió con la idea principal de que fue un viciosillo.
Más tarde me dijo que utilizó
como ejemplo otra idea captada en la película, cuado Alejando y sus hombres
decidieron retirase a tiempo, en los momentos en que era evidente de que no
podrían vencer a sus enemigos; entonces utilizaron la táctica de retirada a
tiempo para no perderlo todo, sus vidas con seguridad.
En este contexto siento que
muchas veces no debemos creer que actuáramos mal al dejar de insistir o desistir
en algún empeño, muchas veces para terminar relaciones personales que resultan
insanas para ambos. Así ambos se dan la oportunidad de encontrar a otras
personas que les complementen mejor y con las que puedan llegar a estar más
felices.
Demasiadas veces la necesidad y
la mera reacción bioquímica nos une a personas, que más tarde, cuando la venda
se nos cae de los ojos del entendimiento, cuando el enamoramiento da paso a la
claridad, comprobamos que no son lo que nosotros necesitamos y viceversa.
Esta misma enseñanza la podemos
aplicar a la hora de decir NO a una petición, por ejemplo de alguien cercano que
nos solicita y necesita que le acompañemos algún día, y resulta que eso puede
causarte inconvenientes; si percibes que la energía vital te dice que no es
bueno que lo aceptes, que es mejor que te afirmes en tu postura original e
intuitiva y le permitas así que encuentre a otra persona ese día, que acompañe a
esa persona pues seguramente será mucho mejor para ambas, que si eres tu la que
cedes y terminas por acompañarla.
Por eso no debemos sentirnos
mal por decir que No a veces, debemos dejar que nuestros instintos y emociones
iniciales nos dicten los consejos y decisiones en muchas más ocasiones y dejemos
fluir esa voz interna, así la estaremos animando a que establezca una mayor
frecuencia de inspiración. Porque que no comprendamos como actúa, o por qué, no
implica que no exista y que no nos inspire y nos alerte o nos anticipe peligros
y oportunidades.
Bueno recordemos que este es un
juego, un entretenimiento lúdico e inspirador. Volviendo al personaje, tengo que
confesar que de Alejando Magno hablo de oídas, que no he visto la peli y que
tampoco le he conocido a el personalmente, y que no estoy muy enterado de los
acontecimientos bélicos que se narran, pues para entonces yo no veía la CNN,
pero por lo que he oído parece que el y sus hombre se metieron en tremendos
fregaos.
¿Que te parece
que puede significar?, ¿para qué puede servirte de ejemplo? Yo siento que me
sirve como ejemplo de liderazgo influyente, de
acompasamiento, y la
escucha activa,
etc.
Esta amiga
asociada nos
contaba otra idea que le ha venido a la mente, después de ver la película de
Alejandro Magno, y nos la ha contado: Alejando inspiró a sus soldados en el
cambio de actitud sobre los territorios y las personas vencidas. La práctica de
botín y saqueo, de tierra quemada.
Era la causa
por la que muchos soldados se enrolaban en el ejército, esa su medio de pago, y
por tanto le costaba trabajo cambiar este hábito o ley de la guerra. El entendió
que era más útil el dar un trato diferente, hoy diríamos que más humano, y quizá
se dio cuenta antes que otros que el nuevo trato, tenía sus ventajas a medio y
largo plazo. Primero lograba que nuevos soldados se le sumaran, también entre
los vencidos, la resistencia que provocaban era cada vez menor, según se
divulgaba su nueva forma de actuar. El sistema normal, impulsaba a las defensas
hasta la muerte, ya que preferían morir en pié que ser esclavizados o muertos a
manos de los invasores.
Por otra parte
esta nueva forma de actuar les permitió avanzar a una enorme velocidad y llegar
a extender sus conquistas donde nadie ha llegado nunca, ni antes ni después,
pues detrás no dejaban enemigos en potencia, sino aliados con intereses
compartidos.
Quizá la
educación recibida a la sombra de su padre, le inspiró y la puesta en práctica
le confirmó lo adecuado del nuevo trato.
EL ELEFANTE ENCADENADO
— No
puedo –le dije— ¡NO PUEDO!
—
¿Seguro? –me preguntó mi OM.
— Sí,
nada me gustaría más que poder sentarme frente a el y decirle lo que siento...
pero sé que no puedo.
El
OM
se sentó a lo Buda en esos horribles sillones azules de consultorio, se sonrió,
miró a los ojos a su interlocutora y bajando la voz (cosa que hacía cada vez que quería ser
escuchado atentamente), dijo:
— ¿Me
permites que te cuente algo?
Y mi
silencio fue suficiente respuesta.
Entonces
empezó a contar:
Cuando yo
era niño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran
los animales. De entre todos me fascinaba el elefante.
Durante
la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza
descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al
escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba
una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin
embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos
centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía
obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza,
podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El
misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?
Cuando
tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes.
Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a alguna tía por el misterio
del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque
estaba amaestrado. — Hice entonces la pregunta obvia:
— Si está
amaestrado ¿por qué lo encadenan?
No
recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvidé del
misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba
con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace
algunos años descubrí que por
suerte para mí alguien había sido lo bastante
sabio como para encontrar la respuesta:
El
elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde
que era muy, muy pequeño.
Cerré los
ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de
que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a
pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también
al otro y al que le seguía...
Hasta que
un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se
resignó a su destino.
Este
elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre—
que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella
impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto
a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás...
jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...
—Y así
es, querida. Todos somos un poco como ese elefante del circo: vamos por el mundo
atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un
montón de cosas “no podemos” simplemente porque alguna vez, antes, cuando éramos
pequeños, alguna vez, probamos y no pudimos. Hicimos, entonces, lo del
elefante: grabamos en nuestro recuerdo:
NO
PUEDO... NO PUEDO Y NUNCA PODRÉ
Hemos
crecido portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo
volvimos a intentar. Cuando mucho, de vez en cuando sentimos los grilletes,
hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo la estaca y confirmamos el estigma:
¡NO PUEDO
Y NUNCA PODRÉ!
El
OM
hizo una larga pausa; luego se acercó, se sentó en el suelo frente a mí y
siguió:
Esto es
lo que te pasa, vives condicionada por el recuerdo de que otra que fuiste antes,
con
limitaciones, alguien
que ya no eres tu ahora y que lo intentó en el pasado y que entonces nunca pudo.
La única manera de saber si ya puedes , es intentarlo
de nuevo
poniendo
en el intento toda tu fe en ti misma....TODO
TU CORAZÓN
¿Y TU QUE DEBES DE SUSPENDER?
Mi abuelo
era bastante borrachín.
Lo que
más le gustaba tomar era anís turco.
Él tomaba
anís y le agregaba agua
(para
rebajarlo),
pero
igual se emborrachaba.
Entonces
tomaba whisky con agua y se emborrachaba.
Y tomaba
vino con agua y se emborrachaba.
Hasta que
un día decidió curarse...
¡Y
suspendió... el agua!
EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO
Habíamos
estado hablando sobre la necesidad de reconocimiento y valoración. Mi OM me
había explicado la teoría de Maslow sobre las necesidades crecientes. Todos
necesitamos el respeto y la estima del afuera para poder construir nuestra
autoestima.
Yo me
quejaba por entonces de no recibir la aceptación sincera de mis padres, de no ser
la compañera elegida por mis amistades, de no poder lograr el reconocimiento en mi
trabajo.
—Hay una
vieja historia— dijo mi OM, mientras su mirada se perdía para rememorarla— de
un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda. Su problema me hace acordar
al tuyo.
—Vengo,
maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me
dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo
puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El
maestro, sin mirarlo, le dijo:
—Cuánto
lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema.
Quizás después... –y haciendo una pausa agregó— Si quisieras ayudarme tú a mí,
yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
—E...
encantado, maestro –titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado
y sus necesidades postergadas.
—Bien
–asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la
mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó –toma el caballo que está allí
afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que
pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no
aceptes menos de una moneda de oro. Vete antes y regresa con esa moneda lo más
rápido que puedas.
El joven
tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer al anillo a los
mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que
pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos
reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para
tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para
entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una
moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no
aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta. Después de ofrecer su
joya a toda persona que se cruzaba en el mercado –más de cien personas— y
abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el
joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al
maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
—Maestro
–dijo— lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera
conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie
respecto del verdadero valor del anillo.
—Qué
importante lo que dijiste, joven amigo –contestó sonriente el maestro—. Debemos
saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero.
¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y
pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas.
Vuelve aquí con mi anillo.
El joven
volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con
su lupa, lo pesó y luego le dijo:
—Dile al
maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas
de oro por su anillo.
¡¿58
monedas?! –exclamó el joven.
—Sí
–replicó el joyero— Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70
monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...
El joven
corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
—Siéntate
–dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: una joya,
valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.
¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y
diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano
izquierda.
EL PORTERO DEL PROSTÍBULO
Estaba en
la mitad de la carrera y, como a les sucede a muchas mujeres, de repente empecé a replantearme mi
decisión de estudiar. Llevé el tema a mi OM. Yo me daba cuenta de que me
presionaba me forzaba para seguir estudiando.
—Ése es
el problema –me dijo—. Mientras sigas creyendo que “tienes que” estudiar y
licenciarte, no hay posibilidades de que lo hagas con placer y mientras no haya
por lo menos un poco de placer, algunas partes de tu personalidad te van a jugar
malas pasadas.
Mi OM
repetía hasta aburrir que no creía en el esfuerzo. Decía que nada útil se puede
conseguir esforzándose. Sin embargo... en este caso yo creo que se equivocaba.
Por lo menos sería la excepción que confirma la regla, dado que nunca parecía,
que al final, podía dejar de darle la razón.
—Pero, yo no puedo dejar de estudiar –dije— yo no creo que en el mundo en que me
va a tocar vivir, yo pueda ser alguien si no tengo un título. Una carrera de
alguna manera es una garantía.
—Puede
ser –dijo el— ¿Sabes lo que es el Talmud?
—Sí.
—Hay un
cuento en el Talmud, trata sobre un hombre común. Ese hombre era el portero de
un prostíbulo. No había en aquel pueblo un oficio peor conceptuado y peor pagado
que el de portero del prostíbulo... Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel
hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna
otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido
el portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.
Durante
décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de
padres a hijos. Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del
prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió
modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para
darle nuevas instrucciones. Al portero, le dijo:
—A partir
de hoy, usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla
semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una
de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar.
Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted
crea convenientes. El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al
trabajo pero...
—Me
encantaría satisfacerlo, señor –balbuceó— pero yo... yo no sé leer ni escribir.
— ¡Ah!
¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para
que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo
tanto...
—Pero
señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi
padre y mi abuelo...
No lo
dejó terminar. —Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted.
Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero
para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, los siento. Que tenga
suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue.
El hombre
sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a
encontrarse en esa situación. Llegó a su casa, por primera vez, desocupado. ¿Qué
hacer? Recordó que a veces en el prostíbulo cuando se rompía una cama o se
arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba
para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una
ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo. Buscó por toda
la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una
tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso
usaría una parte del dinero que había recibido.
En la
esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que
debería viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la
compra.
¿Qué más
da?
Pensó, y
emprendió la marcha. A su regreso, traía una hermosa y completa caja de
herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la
puerta de su casa. Era su vecino.
—Vengo a
preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
—Mire,
sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin
empleo...
—Bueno,
pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
—Está
bien.
A la
mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
—Mire, yo
todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
—No, yo
lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.
—Hagamos
un trato –dijo el vecino— Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos
días de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué
le parece?
Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su
mula. Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
—Hola,
vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
—Sí...
—Yo
necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje y
una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer
de cuatro días para nuestras compras. El ex –portero abrió su caja de
herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un
cincel. Le pagó y se fue.
“...No
todos disponemos de cuatro días para hacer compras”,
recordaba.
Si esto
era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas. En
el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la
indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso,
podría ahorrar algún tiempo en viajes. La voz empezó a correrse por el barrio y
muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de
herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.
Pronto
entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas,
podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón. Luego le hizo
una entrada más cómodo y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se
transformó en la primera ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y
compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le
enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.
Con el
tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar
en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se
le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los
martillos. Y luego, ¿por qué no? las tenazas... y las pinzas... y los cinceles.
Y luego fueron los clavos y los tornillos...
Para no
hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó
con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El
empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era, que un año para la fecha
de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se
enseñarían además de a leer y escribir, las artes y los oficios más prácticos de la
época. El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de
la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el
alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
—Es con
gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en
la primera hoja del libro de actas de la nueva escuela.
—El honor
sería para mí –dijo el hombre—. Creo que nada me gustaría más que firmar allí,
pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.
— ¿Usted?
–dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo — ¿Usted no sabe leer ni
escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir?
Estoy asombrado. Me pregunto ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y
escribir?
—Yo se lo
puedo contestar –respondió el hombre con calma—. ¡Si yo hubiera sabido leer y
escribir... sería portero del prostíbulo!.
DEPENDER DE TU MAESTRO
Tú tienes
hambre de saber
hambre de
crecer
hambre de
conocer
hambre de
volar...
Puede ser
que hoy yo sea la teta
que da la
leche
que
aplaca tu hambre...
Me parece
bárbaro que hoy quieras esta teta.
Pero no
te olvides:
No es la
teta lo que te sirve...
¡Es la
leche!
CONCURSO DE CANTO
Me quedé
pegada a algunas de las palabras de la sesión anterior. Salí del consultorio y
me resonaban: mezquino, ruin, egoísta, rumbo equivocado... tenía un lío en mi
cabeza, indescifrable. Llegué a sesión con la “clara intención”, como decía
Luis, de seguir sobre el tema.
—Luis
–dije— tú siempre defiendes el amor propio como la clara expresión de la autoestima,
del
bien entendido... pero la vez pasada hablaste de mezquino, y yo
que me contagié de ti esa estúpida costumbre de buscar en el diccionario las
palabras que me resuenan, busqué por supuesto, mezquino.
— ¿Y?
— Decía:
“Avaro, miserable, desgraciado, pobre”. Y ¿qué quieres que te diga? A mí, de
repente, me suena todo igual.
— Veamos
–dijo Luis armado con el Diccionario de la Real Academia—. Aquí
agrega: “Necesitado, escaso, diminuto” y dice que la palabra es de origen árabe
(de miskin = pobre).
— Quizás
ahora lo podamos definir mejor –siguió— “Mezquino” debe ser el que carece, o
cree que carece, de lo más necesario. Es el que necesita lo que no tiene para
dejar de ser diminuto, es el que se niega a dar porque todo lo quiere para él,
es el pobre desgraciado infeliz que no puede ver otros deseos que los suyos.
Luis
hizo un largo silencio buscando en su memoria... y yo me acomodé para escuchar
lo que seguía. Una vez llegó a la selva un búho que había estado en cautiverio,
le contaba a todos acerca de las costumbres de los humanos. Contaba, por
ejemplo, que en las ciudades los hombres calificaban a los artistas en
competencia, a fin de decidir quiénes eran los mejores en cada disciplina,
pintura, dibujo, escultura, canto...
La idea
de transplantar costumbres humanas prendió con fuerza entre los animales y
quizás por ello se organizó de inmediato un concurso de canto, en el cual se
anotaron rápidamente casi todos los presentes, desde el jilguero al rinoceronte.
Guiados por el búho, que había aprendido en la ciudad, se decretó que el
concurso se definiría por el voto secreto y universal de todos los concursantes,
que serían de esta manera su propio “jurado”.
Así fue.
Todos los animales incluido el hombre pasaron al estrado y cantaron recibiendo
el más o menos intenso aplauso de la audiencia. Luego anotaron su voto en un
papelito y lo colocaron doblado en una gran urna que sostenía el búho. Cuando
llegó el momento del recuento, el búho se subió al improvisado escenario y
flanqueado por dos ancianos monos, abrió la urna para leer y comenzar el
recuento de los votos del “transparente acto eleccionario”, “gala del voto
universal y secreto” y “ejemplo de vocación democrática” (como había escuchado
decir a los políticos en las ciudades).Uno de los ancianos sacó el primer voto y
el búho, ante la emoción general, gritó:
— ¡El
primer voto, hermanos, es para nuestro amigo el burro!
Se
produjo un silencio, seguido de algunos tímidos aplausos.
—
¡Segundo voto: burro!
...¿?...
—
¡Tercero... burro!
Los
concurrentes comenzaron a mirarse, sorprendidos al principio, acusadoramente
después y por último, cuando proseguían apareciendo votos para el burro, cada
vez más culpables y avergonzados de sus propios votos. Todos sabían que no había
peor canto que el desastroso rebuzno del equino. Sin embargo, uno tras otro, los
votos lo elegían como el mejor de los cantantes. Y así sucedió que, terminado el
escrutinio, quedó decidido por “libre elección” del “imparcial” jurado, que el
desigual y estridente grito del burro era el ganador:
LA MEJOR
VOZ DE LA SELVA Y ALREDEDORES.
El búho
explicó después lo sucedido: cada concursante considerándose a sí mismo el
indudable vencedor, había dado su voto al menos calificado de los concursantes.
Aquel que no podía representar amenaza alguna a su propia proclamación. La
votación fue casi unánime. Sólo dos votos no fueron para el burro: el del propio
burro que nada tenía para perder y votó sinceramente por la calandria y el del
hombre que (cuándo no), votó por sí mismo.
—Y bien,
estas son las cosas que hace la mezquindad en nuestra sociedad. Cuando
nos sentimos tan necesitados que no hay espacio para otros, cuando nos creemos
tan merecedores que no podemos ver más lejos de nuestro ombligo, cuando nos
imaginamos tan maravillosos que no concebimos otra posibilidad que no sea poseer
lo deseado, entonces muchas veces la vanidad, la miseria, la estrechez de miras, la
estupidez, nos vuelve mezquinos. No egoístas, mezquinos... MEZ—QUI— NOS.
EL
LADRILLO BOOMERANG
Aquel día yo llegaba muy cabreada. Me sentía irritada y todo me molestaba. Mi
actitud en la sesión era de una continua queja y poco productiva. Detestaba todo
lo que hacía y tenía. Pero sobre todo, estaba enojada conmigo misma. Aquel día
sentía que no podía soportar “ser yo misma”.
—Soy una tonta— dije (o me dije) — Una soberana imbécil... Creo que me odio.
—Te odia la mitad de la población de este despacho. La otra mitad te va a contar
un cuento.
La protagonista es una chica que andaba por el mundo con un ladrillo en la mano.
Había decidido que a cada persona que la molestara hasta hacerla rabiar, le
tiraría un ladrillazo. Método un poco troglodita pero que parecía efectivo, ¿no?
Sucedió que se cruzó con un prepotente amigo que le contestó mal. Fiel a su
designio, la nuestra protagonista agarró el ladrillo y se lo tiró.
No recuerdo si le pegó o no. Pero el caso es que después, al ir a buscar el
ladrillo, esto le pareció incómodo. Decidió mejorar el “sistema de
autopreservación a ladrillo”, como ella lo había bautizado: Le ató al ladrillo
una cuerda de un metro y así salió a la calle.
Esto permitiría que el ladrillo no se alejara demasiado. Pronto comprobó que el
nuevo método también tenía sus problemas. Por un lado, la persona destinataria
de su hostilidad debía estar a menos de un metro. Y por otro, que después de
arrojarlo, de todas maneras tenía que tomarse el trabajo de recoger la cuerda
que además, casi siempre se enredaba.
Discurrió y su inventó evolucionó hasta llegar al modelo “Ladrillo III”: El
protagonista era siempre el mismo ladrillo, pero ahora en lugar de un cordel, lo
ató a una goma elástica. Ahora sí, pensó, el ladrillo podría ser lanzado una y
otra vez pero solo, solito regresaría.
Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erró su
tiro... pero le erró a la hora de atizarle a la otra persona; porque o que
funcionó perfectamente fue el sistema de retroceso, el ladrillo regresó y fue a
dar justo en su propia cabeza. El segundo ladrillazo se lo pegó al medir mal la
distancia. El tercero, por arrojar el ladrillo a destiempo. El cuarto fue muy
particular. En realidad, fue ella misma la que había decidido pegarle un
ladrillazo a su víctima y a la vez también había decidido protegerla de su
agresión. Ese chichón fue enorme... Nunca se supo si a raíz de los golpes o por
alguna deformación de su ánimo, nunca llegó a pegarle un ladrillazo a nadie.
Todos sus golpes acabaron siendo siempre para si misma. —Este mecanismo se llama
retroflexión y consiste básicamente en proteger a las otras personas de tu
agresividad. Cada vez que lo haces, tu energía agresiva y hostil es detenida
antes de que le llegue a la otra persona, por medio de una barrera que tu mismo
dispones. Esta barrera no absorbe el impacto, simplemente lo refleja; y todo ese
cabreo, ese fastidio, esa agresión te vuelve a tí misma, a veces
multiplicándose. En ocasiones mediante conductas reales de autoagresión (daños
físicos, comida en exceso, drogas, riesgos inútiles) otras veces con emociones o
manifestaciones disimuladas (depresión, reacciones alérgicas, culpa,
somatización).
Es muy probable que un ser humano idílico “iluminado”, lúcido y sólido como el
Santo Job jamás se enfade por nada. Sería deseable que no llegaras a enfadarte.
Sin embargo una vez que sientas la rabia, la ira o el cabreo, el mejor camino
por ahora para disociarte de ellos es sacarlos hacia fuera transformados en
acción. De lo contrario lo único que conseguirás, antes o después, es
envenenarte la vida al cabrearte contigo misma. Claro que también hay otras
formas de conducirte que pueden desarrollarse con tu empeño y tomando
conciencia, además de aprendiendo las destrezas necesarias hasta convertirlas en
maestría habitual.

BAMBÚ JAPONÉS
No hay que
ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen
abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se
queda impaciente frente a la semilla sembrada, estirándola con el riesgo de
echarla a perder, gritándole con todas sus fuerzas:
¡Crece, por
favor!
Hay algo muy
curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para
impacientes: Siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla
constantemente.
Durante los
primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la
semilla durante los primeros siete años, hasta tal punto que, un cultivador
inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.
Sin embargo,
durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú
crece ¡mas de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que
se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete
años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de
raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de
siete años.
Sin embargo,
en la vida cotidiana, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas y
triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del
crecimiento interno y que éste requiere tiempo.
De igual
manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a
situaciones en las que creemos que nada está sucediendo.
Y esto puede
ser extremadamente frustrante.
En esos
momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés
y aceptar que -en tanto no bajemos los brazos - ni abandonemos por no "ver" el
resultado que esperamos, sí está sucediendo algo..., dentro de nosotros mismos:
estamos creciendo, madurando.
Quienes no se
dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el
temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice.
Si no
consigues lo que anhelas, no desesperes... quizá sólo estés echando raíces....
SIRENITA
Durante siglos, inmóvil y
silenciosa, ha habitado en las aguas enlodadas y calmas del lago. Le acompaña
una fama inquietante, de culebra movediza y traidora que una vez devoró a un
caballero que trató de darle muerte.
Ella misma no recuerda el suceso
con claridad: el caballero, un señor lejano, se había acercado hasta la orilla
del lago, y allí se había dirigido a ella. Intercambiaron palabras de amor,
miradas tiernas, y un par de anillos de cobre que les dejaron los dedos
verdosos. Entonces, resuelta, decidió renunciar a todo por el hombre suave y
cortés que acudía a visitarla.
A cambio de su voz perdió la
cola irisada y se convirtió en humana. Esa noche el caballero no la halló. En su
lugar, encontró junto a los juncos, una enorme cola de pez ensangrentada. Cuando
se abrió la garganta con su espada, ella se encontraba muy cerca de su castillo.
Se ocultó entre unos matojos ante el paso de la guardia, que se llevaba el
cadáver del príncipe envuelto en una capa, un bulto anónimo.
Ella esperó a la puerta del
castillo muchas horas, en vano, convencida de haber sido traicionada. Regresó al
lago, abatida y llorosa, y desde entonces aguarda, cubierta de barro y liquen,
la llegada de otro caballero en quien vengar su abandono. Espido Freire
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