CIENCIAS Y LETRAS

Cr�tica Dramática

Die Hamletmaschine Long Day's Journey into Night

Die Hamletmaschine, Heiner Müller.

Director:  Vicente León, dramaturgia colectiva

Intérpretes:  Camino Capellín, Eduardo Cárcamo, Paco Gallego, Rebeca Martínez, y Carlos Martínez-Merón.

Duración:  60 min.

Fecha:  Febrero, 2006.


"Yo fui Hamlet", nos dice un rostro iluminado en la oscuridad mientras observamos c�mo el ata�d de su padre va acerc�ndose a �l al comp�s de una marcha f�nebre marcada por el ritmo de los pasos y la expresi�n corporal de dos hombres y dos mujeres que se intercambian para soportar el peso del difunto Rey de Dinamarca.

Las escenas mudas y los mon�logos se intercalan mostr�ndonos un teatro decadente, una tragedia contempor�nea en la que todos los personajes ser�n denigrados por sus propios compa�eros, quienes llegar�n al abuso f�sico y la burla m�s cruel.

Hamlet fue el hombre de estudios, de teor�as e hip�tesis, el fil�sofo obligado a convertirse en aquello que no le es natural: un hombre de acci�n. Pero bien sabemos que cada vez que Hamlet act�a, el manto de la tragedia envuelve el escenario irremediablemente.

Ahora, quien ten�a miedo de actuar, act�a, muestra su furia contenida, la culpa que le atormenta sale de su garganta como si sus v�sceras quisieran escapar del cuerpo que las encierra, como si quisieran herir a sus amados culpables, esos a quienes no puede evitar querer y odiar al mismo tiempo. Sus gritos de angustia taladran nuestros t�mpanos y, mientras maldice a quien le dio la vida - cruel regalo que le obliga a sufrir -, destruye su obra, su historia, la acci�n que le es propia y pertenece, la que le explica como personaje; y lo hace matando, finalmente, al detonante de su desgracia, al causante de su conflicto. Pero no ser� esto suficiente, disparar a los fantasmas no apaciguar� sus turbulentas aguas; deber� seguir destruyendo la obra hasta que no quede nada; ni siquiera él mismo.

Somos testigos de c�mo un hombre an�micamente hundido y desesperado que siente que le falta el aire como si, desnudo y despojado de toda dignidad, hubiera sido arrojado a un min�sculo caj�n con peque�os orificios que alguien va tapando desde el exterior, haciendo que la angustia de estar encerrado sea cada vez mayor, mientras nos sentimos morir con �l, ahog�ndonos en nuestras culpas sociales y pol�ticas, incapaces de encontrar un momento de paz.

Pero nuestro actor ya nos da paz. Ya no es Hamlet, se ha cansado de serlo, �de qu� sirve representar a los cl�sicos si nuestro mundo ya no se identifica con ellos? Ya no lucha, ya no revuelve nuestro inconsciente; ha decidido ser uno de nosotros; ha muerto para descansar en nuestra vida sin angustia, como si la agon�a del caj�n despareciera al elegir so�ar que nos gusta estar encerrados y es as� como somos felices, enajenados en un caj�n.

Pero no creamos que su rendici�n es total. Nos ha dejado una secuela. Alguien olvid� tapar uno de los orificios. Ofelia, la mujer, la que tiene el poder de dar vida, tiene ahora el deber de continuar la lucha que �l no ha sido capaz de zanjar. Es ahora cuando la mujer, que hasta este momento ha tenido un papel secundario, ha de convertirse en protagonista de la acci�n, ella habr� de ser motor de destrucci�n porque en sus entra�as se engendr� el mundo que atormenta la mente de nuestro vencido luchador. De ella naci� el mal, la enfermedad, la vida en un sinvivir; en ella habr�n de morir todos.

Nuestra primera visi�n de lo que ocurre en el escenario es un cuadro en vivo. Siluetas sin rostro con r�gida y est�tica postura en un claroscuro muy marcado. Este comienzo - unido a la previa lectura de la traducci�n de Antonio Fern�ndez Lera, Max Egolf, y Sefa Bernet, del texto original - hace que nuestra perspectiva de la obra pueda enfocarse desde la pintura. Las ideas sueltas, aparentemente inconexas, trazan pinceladas r�pidas y cortas en el lienzo del escenario. Largas pinceladas marcan los rasgos expresivos de un rostro como si, agonizantes, nos hubi�ramos arrastrado por la tela, enfermos, desesperados, en busca de una paz que no llega. La mezcla heterog�nea de colores permite distinguir claramente las oscuras pinturas utilizadas creando, de este modo, colores poco naturales que deforman la realidad de la figura oculta tras una vac�a mirada.

El expresionismo alem�n nos muestra su deforme y viciada sociedad berlinesa mientras el surrealismo nos proporciona la simbolog�a y el delirio que har�n de nuestro cuadro un perfecto reflejo de las entra�as del inconsciente, de las profundidades del lago en cuya superficie vemos calma mientras miles de corrientes recorren las grutas subacu�ticas chocando con las rocas y entre ellas mismas, provocando casi imperceptibles cambios en el espejo de la superficie; un reflejo del ese inconsciente enmarcado en un amenazante contexto social y pol�tico.


Por EGM


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