CONTENIDO
Presentaci�n
Prefacio
La quinta operaci�n
El idioma del �lgebra
En ayuda de la aritm�tica
Las ecuaciones de Diofanto
La sexta operaci�n
Ecuaciones de segundo grado
La magnitud mayor y la menor
Progresiones
La s�ptima operaci�n
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|
Capítulo
Noveno
LA SÉPTIMA OPERACION MATEMATICA
Contenido:
1.
La s�ptima operaci�n
2.
Los rivales de los logaritmos
3.
Evoluci�n de las tablas de logaritmos
4.
Curiosidades logar�tmicas
5.
Los logaritmos en escena
6.
Los logaritmos en el corral
7.
Los logaritmos en la m�sica
8.
Las estrellas, el ruido y los logaritmos
9.
Los logaritmos y el alumbrado el�ctrico
10.
Legados a largo plazo
11.
Inter�s continuo
12.
El n�mero "e"
13.
Comedia logar�tmica
14.
Expresar cualquier n�mero tan s�lo con tres doses
1. La s�ptima operaci�n
Hemos recordado que la quinta operaci�n - elevaci�n a potencias - tiene
dos operaciones inversas. Si
a
b
=
c,
la b�squeda de
a
ser� una de las operaciones inversas: la extracci�n
de ra�z. Para hallar la
b
se recurre a la otra: la logaritmaci�n.
Supongo que el lector conoce las nociones de logaritmos correspondientes
a un curso escolar. Para �l no representar� ninguna dificultad encontrar,
por ejemplo, a qu� es igual
a
log
a
b
.
Es f�cil comprender que si la base del logaritmo a se eleva a la potencia
del logaritmo del n�mero
b
se obtendr� el n�mero
b
.
Los logaritmos fueron descubiertos para acelerar y simplificar el c�lculo.
Neper, inventor de las primeras tablas de logaritmos, refiere as� el prop�sito
que le animaba:
"En la medida de mis capacidades, me propon�a evitar las dif�ciles y
aburridas operaciones de c�lculo, cuyo fastidio constituye una pesadilla
para muchos que se dedican al estudio de las matem�ticas".
En efecto, los logaritmos facilitan y aceleran en grado sumo los c�lculos,
sin hablar ya de que permiten realizar operaciones que ser�an en extremo
complejas si no los aplic�ramos (extracci�n de ra�ces de cualquier �ndice).
Laplace escribi� con todo fundamento
que "con la reducci�n del trabajo
de varios meses de c�lculo a unos pocos d�as, el invento de los logaritmos
parece haber duplicado la vida de los astr�nomos"
.
El famoso matem�tico se refer�a a los astr�nomos por cuanto se ven obligados
a hacer c�lculos agotadores y de singular complejidad. Mas sus palabras
pueden ser aplicadas con pleno derecho a todos aquellos que operan con n�meros.
A nosotros, acostumbrados al empleo de logaritmos y al alivio que proporcionan,
nos es dif�cil comprender el asombro y la admiraci�n que ocasion� su aparici�n.
Briggs, contempor�neo de Neper, c�lebre m�s tarde por su invenci�n de los
logaritmos decimales, escribi� al recibir la obra de aqu�l:
"Con sus
nuevos y asombrosos logaritmos, Neper, me ha obligado a trabajar intensamente
con la cabeza y las manos. Conf�o verle este verano, pues jam�s he le�do
un libro que tanto me agradara y asombrara como �ste"
. Briggs realiz�
su deseo, dirigi�ndose a Escocia para visitar al inventor de los logaritmos.
Cuando se encontraron, Briggs le dijo:
"He emprendido este prolongado viaje con el fin exclusivo de verle a
usted y conocer con ayuda de qu� ingenioso procedimiento y de qu� arte se
ha valido para concebir ese admirable recurso para los astr�nomos: los
logaritmos.
Y, por cierto, que lo que ahora m�s me asombra es que nadie los hallara
antes; hasta tal punto parecen sencillos despu�s de conocerlos".
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2. Los rivales de los logaritmos
Antes de haberse inventado los logaritmos, la necesidad de acelerar las
operaciones determin� la aparici�n de unas tablas de otro g�nero, mediante
las cuales la multiplicaci�n se supl�a por la resta y no por la suma. Dichas
tablas se basaban en la identidad:
cuya veracidad es f�cil de comprobar abriendo los par�ntesis.
Disponiendo de cuartos del cuadrado, puede hallarse el producto de dos sin
multiplicarlos. Basta restar de un cuarto del cuadrado de la suma de estos
n�meros el cuarto del cuadrado de su diferencia. Esas mismas tablas alivian
la elevaci�n al cuadrado y la extracci�n de la ra�z cuadrada. La tabla de
cifras inversas simplifica tambi�n la divisi�n.
La superioridad de estas tablas sobre las de logaritmos estriba en que gracias
a ellas se obtienen resultados exactos y no aproximados. Sin embargo ceden
ante ellas en lo referente a muchas propiedades, que pr�cticamente son de
mayor trascendencia. Si las tablas de las cuartas partes de los cuadrados
permiten la multiplicaci�n de dos cifras, los logaritmos, en cambio, hacen
posible encontrar al mismo tiempo el producto de cuantos factores se quieran
y, por a�adidura, la potenciaci�n de cualquier grado y puede extraer las
ra�ces de cualquier �ndice (entero o quebrado). Los problemas de inter�s
compuesto no pueden resolverse con las tablas de cuartos del cuadrado.
A pesar de eso siguieron public�ndose las tablas de cuartos del cuadrado
a�n despu�s de aparecer las de logaritmos de todas clases. En 1856 se editaron
en Francia unas tablas tituladas:
Tabla de los cuadrados de n�meros
del 1 al 1 000 millones, con ayuda de la cual
se halla el producto
exacto de n�meros mediante un sistema sencillo en extremo
y m�s
c�modo que el de logaritmos. Compuestas por Alejandro Cossar.
Esta idea se les ocurre a muchos que ni sospechan que est� ya superada.
Se me han dirigido dos veces inventores de semejantes tablas creyendo se
trataba de una novedad, enter�ndose con asombro que su invenci�n data de
hace tres siglos.
Otro de los rivales de los logaritmos, aunque m�s joven, son las tablas
de c�lculo que figuran en muchos manuales de consulta t�cnicos. Se trata
de tablas generales que contienen las siguientes columnas: cuadrados y cubos,
ra�ces cuadradas y c�bicas, n�meros inversos, la longitud de la circunferencia
y la superficie de c�rculos para n�meros del 2 al 1 000. Estas tablas, a
menudo muy c�modas para una serie de c�lculos t�cnicos, son insuficientes;
las de logaritmos tienen una esfera de aplicaci�n considerablemente m�s
extensa.
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3. Evoluci�n de las tablas de logaritmos
Hasta hace poco tiempo, en nuestras escuelas se empleaban tablas de logaritmos
de cinco cifras. Actualmente se ha pasado a las de cuatro, por cuanto cubren
las necesidades de los c�lculos t�cnicos. Mas para la mayor�a de las necesidades
pr�cticas son m�s que suficientes las mantisas de 3 cifras, ya que las
mediciones
comunes raramente se realizan con m�s de tres cifras.
El empleo de mantisas con pocas cifras es bastante reciente. Recuerdo los
tiempos en los que en nuestras escuelas se empleaban voluminosas tablas
de logaritmos de 7 cifras, que fueron sustituidos por los de 5 s�lo despu�s
de duro forcejeo. Al aparecer en 1794 las tablas de logaritmos de 7 cifras
fueron tachadas de novedad inadmisible. Las primeras tablas de logaritmos
decimales, confeccionadas por el matem�tico ingl�s Henri Briggs, en 1624,
ten�an 14 cifras. Unos a�os despu�s Andrian Vlacq, matem�tico holand�s,
redujo sus tablas a 10 cifras.
Como vemos, la evoluci�n de las tablas corrientes de logaritmos ha sido
en sentido restrictivo, pasando de las mantisas de cifras numerosas a otras
m�s cortas, proceso que no ha terminado a�n en nuestros d�as, porque todav�a
hay quien no comprende que la precisi�n en los c�lculos no puede superar
la exactitud de las mediciones.
La reducci�n de las mantisas acarrea dos importantes consecuencias pr�cticas:
- la sensible disminuci�n del volumen de las tablas y
- la correspondiente simplificaci�n de su empleo, y, por lo tanto,
la aceleraci�n de los c�lculos que se efect�an con ellas.
Las tablas de siete cifras ocupan cerca de 200 p�ginas de gran formato;
las de 5, 30 p�ginas, la mitad de formato que las anteriores; las de 4 decimales
ocupan un espacio diez veces menor, reduci�ndose a dos p�ginas cuando se
imprimen en formato grande, y, las de 3 pueden limitarse a una sola p�gina.
En cuanto a rapidez en las operaciones, los c�lculos con las tablas de 5
cifras requieren la tercera parte de tiempo que al operar con las de 7.
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4. Curiosidades logar�tmicas
Si las tablas de 3 � 4 cifras satisfacen completamente las necesidades
logar�tmicas de la vida pr�ctica y los c�lculos t�cnicos, en cambio los
investigadores te�ricos se ven obligados a manejar tablas mayores incluso
que las de 14 cifras de Briggs. En realidad, los logaritmos son, en la mayor�a
de los casos, un n�mero irracional que no puede ser expresado exactamente
por muchos guarismos que lo formen: los logaritmos de la mayor�a de los
n�meros, por muchas cifras que tengan se expresan s�lo aproximadamente,
aumentando su exactitud a medida que se toman m�s cifras para la mantisa.
En los c�lculos cient�ficos, hay ocasiones en que resultan insuficientes
las tablas de 14 cifras, pero entre los 500 tipos de tablas logar�tmicas,
publicadas desde que �stas fueron inventadas, el investigador puede encontrar
siempre aquellas que le satisfacen. Recordemos, por ejemplo, las tablas
de 20 cifras para n�meros del 2 al 1 200, publicadas en Francia por Callet
(1795). Para un grupo de n�meros todav�a m�s limitado hay tablas con enorme
cantidad de cifras, es un verdadero milagro logar�tmico cuya existencia,
como he podido comprobar, era desconocida por muchos matem�ticos.
He aqu� estas tablas gigantes, todas ellas de logaritmos neperianos.
- Las tablas de 48 cifras de Wolfram, para n�meros inferiores a 10
000;
- las tablas de 61 cifras, de Sharp;
- las tablas de 102 cifras, de Parkhurst, y por �ltimo, la ultracuriosidad
logar�tmica:
- las tablas de 260 cifras, de Adams.
Por cierto que en �stas, tenemos, no unas tablas, sino los logaritmos naturales
de cinco n�meros: 2, 3, 5, 7 y 10, y la rec�proca (260 cifras) para
transformarlos
a decimales. Mas no es dif�cil comprender que disponiendo ya de los logaritmos
de estos cinco n�meros, con una simple adici�n o multiplicaci�n, se puede
obtener el logaritmo de multitud de n�meros compuestos: por ejemplo, el
logaritmo de 12 es igual a la suma de los logaritmos de 2, 2 y 3, etc. Como
curiosidad logar�tmica podr�a hacerse referencia a la regla de c�lculo,
�logaritmos de madera�, si no se hubiera transformado, por su comodidad,
en un instrumento de c�lculo habitual entre los t�cnicos, como los �bacos
decimales para los contables. Debido a la costumbre ya no asombre ese
instrumento,
basado en el principio de los logaritmos, aunque lo que lo manejan pueden
desconocerlos.
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5. Los logaritmos en escena
El truco m�s sorprendente de cuantos han sido presentados ante el p�blico
por calculadores profesionales es, sin duda, el siguiente:
Enterado por las carteleras de que un notable calculador se dispon�a a extraer
de memoria las ra�ces de elevados �ndices de n�meros muy grandes, prepara
usted en casa, pacientemente, la 3l
a
potencia de un n�mero
cualquiera y se dispone a hacer fracasar al calculista con su gran n�mero
de 35 cifras. En el momento oportuno se dirige al calculador con las siguientes
palabras:
- Eso est� bien, �pero pruebe a extraerr la ra�z, cuyo �ndice es 31, del
siguiente n�mero de 35 cifras! Tome nota, se las voy a dictar.
El calculador toma la tiza, pero ya antes de que pronuncie usted la primera
cifra, �l ya ha encontrado el resultado: 13.
El calculador sin saber el n�mero, ha extra�do su ra�z, siendo, adem�s,
de grado 31; lo ha hecho de memoria y, por a�adidura, �con rapidez de rel�mpago!
...
Usted se maravilla y descorazona, aunque no ha sucedido nada extraordinario.
El secreto reside en que no existe m�s que un n�mero, precisamente el 13,
que elevado a una potencia cuyo exponente sea 31, d� un resultado de 35
cifras. Los n�meros menores a 13 dan menos de 35 cifras, y los mayores,
m�s. �De d�nde sab�a eso el calculador? �C�mo hall� la cifra 13? Se sirvi�
de los logaritmos, de logaritmos con dos cifras de mantisa, que recuerda
de memoria, para los primeros 15 � 20 n�meros. Aprend�rselos no es tan dif�cil
como parece, sobre todo si se tiene en cuenta que el logaritmo de un n�mero
compuesto es igual a la suma de los logaritmos de sus factores primos.
Recordando
bien los logaritmos de 2, 3 y 7 se conocen ya los logaritmos correspondientes
a los 10 primeros n�meros; para saber los de la 2
a
decena
(del 10 al 20) hay que acordarse de los logaritmos de otros cuatro n�meros.
A cualquier calculador profesional le es f�cil conservar en la memoria la
siguiente tabla de logaritmos de dos cifras:
|
Cifras
|
Log.
|
Cifras
|
Log.
|
|
2
|
0,30
|
11
|
1,04
|
|
3
|
0,48
|
12
|
1,08
|
|
4
|
0,60
|
13
|
1,11
|
|
5
|
0,70
|
14
|
1,15
|
|
6
|
0,78
|
15
|
1,18
|
|
7
|
0,85
|
16
|
1,20
|
|
8
|
0,90
|
17
|
1,23
|
|
9
|
0,95
|
18
|
1,26
|
|
|
|
19
|
1,28
|
El truco matem�tico que los ha llenado de asombro consiste en lo siguiente:
El logaritmo buscado puede encontrarse entre
34/31 y 34,99/31 o entre 1,09 y 1,13.
En este intervalo s�lo se encuentra el logaritmo de un n�mero entero 1,11,
que es el logaritmo de 13. De esa manera es como se halla el resultado que
los ha dejado perplejos. Claro que para hacer todo esto mental y r�pidamente
hay que disponer del ingenio y la destreza de un profesional, pero en esencia,
la cuesti�n es bastante sencilla. Cualquiera puede realizar trucos an�logos,
si no de memoria, al menos, por escrito.
Supongamos que le proponen resolver el siguiente problema: extraer la ra�z
de �ndice 64 de un n�mero de 20 cifras.
Sin indagar de qu� n�mero se trata puede usted ofrecer el resultado: la
ra�z es igual a 2.
En efecto
por lo tanto debe estar comprendido entre 19/64 y 19.99/64 , es decir, entre
0,29 y 0,32. Tal logaritmo para n�mero entero no puede ser m�s que uno:
0,30.... o sea, el logaritmo del n�mero 2.
Usted podr�a desconcertar definitivamente al que le planteara el problema,
anticip�ndole el n�mero que �l se dispon�a a dictarle: el famoso n�mero
del �ajedrez�
2
64
= 18 446 744 073 709 551 616.
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6. Los logaritmos en el corral
Problema
La llamada raci�n alimenticia de �sost�n�, (es decir, el alimento m�nimo
que cubre exclusivamente las calor�as, que consume el funcionamiento de
los �rganos internos, el restablecimiento de las c�lulas que perecen, etc.)
es proporcional a la superficie externa del cuerpo animal. Conociendo esto
hallar las calor�as necesarias para la raci�n alimenticia de sost�n de un
buey que pesa 420 kg. Se sabe que en esas condiciones, un buey que pesa
360 kg necesita 13500 calor�as.
Soluci�n
Para resolver este problema pr�ctico de la esfera de la ganader�a,
adem�s de recurrir al �lgebra debe utilizarse la geometr�a. De acuerdo con
las condiciones del problema, las calor�as buscadas (
x
) son proporcionales
a la superficie externa (
s
) del cuerpo del animal, es decir,
donde s, es la superficie externa del buey, que pesa 630 kg. La geometr�a
ense�a que las superficies
(s)
de cuerpos semejantes son proporcionales
al cuadrado de sus medidas lineales (
l
), y los vol�menes (y,
por consiguiente, el peso) son proporcionales al cubo de las medidas lineales.
Por eso
de donde
Empleando las tablas de logaritmos se encuentra que:
x
=
10.300.
El buey necesita 10 300 calor�as.
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7. Los logaritmos en la m�sica
A los m�sicos raramente les atraen las matem�ticas. Aunque en su mayor�a,
sienten respeto por esa ciencia, prefieren mantenerse alejados de ella.
Sin embargo, los m�sicos, incluso los que como el Salleri de Pushkin
menosprecian
el �lgebra en la armon�a, se las tienen que ver con las matem�ticas m�s
a menudo de lo que ellos mismos suponen y, por a�adidura, con cosas tan
terribles como los logaritmos.
A este prop�sito me permito transcribir el fragmento de un art�culo de nuestro
difunto profesor de f�sica, A. Eihenvald.
�A mi compa�ero de gimnasio le gustaba tocar el piano, pero no le agradaban
las matem�ticas; incluso manifestaba en tono despectivo que la m�sica y
las matem�ticas no tienen nada de com�n: �Es cierto que Pit�goras hall�
ciertas correlaciones entre las vibraciones del sonido; pero precisamente
la gama de Pit�goras result� inaplicable para nuestra m�sica�.
Imag�nense lo desagradable de la sorpresa de mi compa�ero al demostrarle
que al tocar sobre las teclas del piano moderno, se toca, hablando con rigor,
sobre logaritmos... Efectivamente: los llamados �grados� de tonalidad de
la escala crom�tica no son equidistantes ni por el n�mero de vibraciones
ni por la longitud de las ondas de los sonidos respectivos, sino que representan
los logaritmos de estas magnitudes. La base de estos logaritmos es 2, y
no 10, como se admite en otros casos.
Supongamos que la nota
do
de la octava m�s baja - la representamos
con el cero - est� determinada por
n
vibraciones por segundo. En
este caso, el
do
de la primera octava producir� al segundo 2
n
vibraciones; el
do
de la
m
octava producir�
n
*2
m
vibraciones, etc. Expresemos todas las notas de
la escala crom�tico del piano con los n�meros
p
, tomando el
do
de cada octava como nota cero; entonces, la nota
sol
ser�
la nota 7
a
, el
la,
la 9
a
, etc.; la
12
a
ser� de nuevo el
do
, aunque de una octava m�s
alta. Y como en la escala crom�tica, cada nota siguiente tiene
m�s vibraciones que la anterior, entonces el n�mero de �stas de cualquier
tono puede ser expresado con la f�rmula
Aplicando los logaritmos a esta f�rmula, obtendremos:
�
al tomar el n�mero de vibraciones del
do
m�s bajo como unidad (n=
1) y pasando los logaritmos al sistema de base 2 (o simplemente tomando
log 2 = l), tenemos:
De aqu� vemos que los n�meros de teclas del plano constituyen logaritmos
de la cantidad de vibraciones de cada uno de los sonidos correspondientes.
Podemos incluso decir que el n�mero de la octava forma la caracter�stica,
y el n�mero del sonido en la octava dada es la mantisa de este logaritmo�.
Por ejemplo, en el tono
sol
de la tercera octava, es decir, en
el n�mero 3+ 7/12 (≈3,583), el n�mero 3 es la caracter�stica del logaritmo
del n�mero de vibraciones de este tono y 7/12 (≈0,583), la mantisa
del mismo logaritmo de base 2; por consiguiente el n�mero de vibraciones
es 2
3,583
o sea, es 11,98 veces mayor que el n�mero de vibraciones
del tono
do
de la primera octava.
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8. Las estrellas, el ruido y los logaritmos
Este t�tulo, que trata de cosas a primera vista tan heterog�neas, no
parece ser el m�s indicado para una parodia de las obras de Kuzm� Prutkov,
mas, en realidad, se ocupa de las estrellas y del ruido en estrecha conexi�n
con los logaritmos.
El ruido y las estrellas aparecen aqu� juntos porque tanto la intensidad
del sonido como la luminosidad de las estrellas se calculan de la misma
manera: mediante la escala logar�tmica.
Los astr�nomos dividen las estrellas, seg�n el grado de luminosidad visible,
en astros de primera magnitud, de segunda, tercera, etc. Las magnitudes
consecutivas de las estrellas son representadas como miembros de una progresi�n
aritm�tica. Mas la luminosidad f�sica de las estrellas var�a de acuerdo
con otra ley, la luminosidad objetiva constituye una progresi�n geom�trico,
con una raz�n igual a 2,5. Es f�cil comprender que la "magnitud" de una
estrella no es otra cosa que el logaritmo de su luminosidad f�sica.
Por ejemplo, una estrella de tercera es 2,5
(3-1)
(es decir,
6,25) veces m�s luminosa que una estrella de primera magnitud. En pocas
palabras: al establecer la luminosidad visible de una estrella, el astr�nomo
opera con las tablas de logaritmos de base 2,5. No me detengo con m�s detalle
en estas interesantes correlaciones por cuanto en otro de mis libros,
Astronom�a Recreativa,
se dedican a ello suficientes p�ginas.
De la misma forma se calcula intensidad del sonido. La influencia nociva
de los ruidos industriales en la salud del obrero y en su productividad
incit� a elaborar un m�todo para precisar exactamente la intensidad num�rica
del ruido. La unidad de esa intensidad es el bel (pr�cticamente se emplea
el
decibel,
d�cima parte del bel). Los siguientes escalones de
sonoridad: 1 bel, 2 beles, etc., (en la pr�ctica, 10 decibeles, 20 decibeles,
etc.), constituyen para nuestro o�do una progresi�n aritm�tica. La "fuerza"
f�sica de estos sonidos (energ�a, m�s exactamente) constituye una progresi�n
geom�trica cuya raz�n es 10. A la diferencia de intensidad de un bel corresponde
la relaci�n de fuerza de sonido 10. Por lo tanto, la intensidad del sonido
expresada en beles ser� igual al logaritmo decimal de su intensidad f�sica.
Esto aparecer� m�s claro si examinamos algunos ejemplos.
El tenue rumor de las hojas se considera como de 1 bel; la conversaci�n
en voz alta, 6,5 beles; el rugido del le�n, 8,7 beles. De aqu� se deduce
que, por la fuerza del sonido, la conversaci�n supera al susurro de las
hojas en
10
6,5-1
= 10
5,5
= 316.000 veces.
El rugido del le�n es superior a la conversaci�n en voz alta en
10
8,7 - 6,5
= 10
2,2
= 158 veces.
El ruido cuya intensidad es superior a 8 beles se considera perjudicial
para el organismo humano. Este margen es rebasado en muchas f�bricas, donde
se producen ruidos de 10 beles y m�s; el golpe de martillo sobre l�minas
de acero ocasiona un ruido de 11 beles. Estos ruidos son 100 y 1.000 veces
m�s fuertes que la norma permitida y de 10 a 100 veces m�s intensos que
los m�s estrepitosos de las cataratas del Ni�gara (9 beles). �Es fortuito
que al calcular la luminosidad visible de las estrellas y al medir la intensidad
del sonido nos refiramos a la dependencia logar�tmica existente entre la
magnitud de las sensaciones y la irritaci�n que �stas ocasionan?
No. Tanto lo uno como lo otro son efectos de una misma ley (llamada "ley
psicof�sica de Fechner") que dice as�: la magnitud de la sensaci�n es
proporcional
al logaritmo de la intensidad de irritaci�n.
Vemos, pues, c�mo los logaritmos van invadiendo el campo de la psicolog�a.
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9. Los logaritmos y el alumbrado el�ctrico
Problema
La causa de que las l�mparas de gas (con frecuencia se les llama err�neamente
"de medio vatio") alumbren m�s que las de vac�o, aun teniendo filamento
met�lico del mismo material, consiste en la diferente temperatura del filamento.
Seg�n una regla de f�sica, la cantidad general de luz proyectada con la
incandescencia blanca aumenta en proporci�n a la potencia de exponente 12
de la temperatura absoluta. En consecuencia hagamos el siguiente c�lculo:
determinar cu�ntas veces una l�mpara, "de medio vatio", cuya temperatura
de filamento es de 2.500� por la escala absoluta (a partir de �273�) despide
m�s luz que otra de vac�o, cuyo filamento llega hasta 2.200� de temperatura.
Soluci�n
Representando con la
x
la relaci�n buscada, tenemos la siguiente
ecuaci�n:
de donde:
log
x
=12*(log 25 � log 22);
x
= 4,6
La l�mpara de gas despide 4,6 veces m�s luz que la de vac�o. De ah� que
si esta �ltima equivale a 50 buj�as, la primera, en las mismas condiciones,
produce 230 buj�as.
Problema
Hagamos otro c�lculo: �Cu�l ser� la elevaci�n de temperatura absoluta (en
tanto por ciento) necesaria para duplicar la luminosidad de la l�mpara?
Soluci�n
Planteemos la ecuaci�n:
de donde
Problema
Veamos ahora en qu� proporci�n (en tanto por ciento) aumentar� la
luminosidad de una l�mpara si la temperatura absoluta de su filamento se
eleva en el i%.
Soluci�n
Si resolvemos la ecuaci�n por medio de logaritmos, tendremos:
x =
1,01
12
,
de donde
x =
1, 13.
La luminosidad crece en el 13%.
Al calcular la elevaci�n de la temperatura en el 2% veremos que el aumento
de la luminosidad es del 27%, y con una elevaci�n de temperatura en un 3%,
aumentar� la luminosidad en el 43%.
Esto explica por qu� la industria de l�mparas el�ctricas se preocupa tanto
de la elevaci�n de la temperatura del filamento, si�ndole de gran valor
cada grado que logra superar.
Volver
10. Legados a largo plazo
�Qui�n no ha o�do hablar del consabido n�mero de granos de trigo que,
seg�n las leyendas, pidi� como recompensa el inventor del ajedrez? Esta
cantidad se forma duplicando sucesivamente cada uno de los n�meros obtenidos;
primer escaque del tablero, el inventor pidi� un grano; para el segundo,
dos; etc. A cada uno de los escaques le corresponde el doble que al anterior,
hasta llegar al 64 escaque.
Mas crecimiento tan vertiginoso se da, no s�lo duplicando sin cesar la cifra
anterior, sino con una norma de crecimiento notablemente m�s moderada. Un
capital que produce el 5% anual a inter�s compuesto, aumenta cada a�o 1,05
veces. Parece �ste un crecimiento de poca consideraci�n, mas al cabo de
cierto tiempo el capital llega a alcanzar grandes proporciones. Esto explica
que despu�s de transcurridos muchos a�os de ser legada una herencia crezca
de forma ins�lita. Parece extra�o que dejando el finado una suma harto modesta
se convierta �sta en un enorme capital. Es bien conocido el testamento de
Franklin, famoso estadista norteamericano. Fue publicado en
Recopilaci�n
de diversas obras de Benjam�n Franklin.
He aqu� un fragmento de �l:
"Dono mil libras esterlinas a los habitantes de Boston. Si las aceptan,
estas mil libras, deben ser administradas por los vecinos m�s distinguidos
de la ciudad, que las conceder�n en pr�stamo al 5%, a los artesanos j�venes.
Al cabo de cien a�os esta suma se elevar� a 131.000 libras esterlinas. Deseo
que entonces sean empleadas, 100.000 libras en la construcci�n de edificios
p�blicos, y las 31.000 restantes concedidas en cr�dito por un plazo de 100
a�os. Al cabo de este tiempo la suma habr� llegado a 4.061.000 libras
esterlinas,
de las cuales 1.060.000 dejo a disposici�n de los vecinos de Boston y 3.000.000,
al municipio de Massachusetts. En lo sucesivo no me atrevo a seguir
extendi�ndome
con m�s disposiciones".
Franklin, que dej� una herencia de 1.000 libras, distribuy� millones de
ellas. Y no se trata de ning�n malentendido. El c�lculo matem�tico confirma
que las disposiciones del testador son ciertas. Las 1.000 libras aumentaron
cada a�o en 1,05 veces y, al cabo de 100 a�os se convirtieron en
x =
1.000 * 1,05
100
libras.
Esta expresi�n puede calcularse mediante los logaritmos:
log
x
= log 1.000 + 100 log 1,05 = 5,11893,
de donde
x=
131.000
de acuerdo con el testamento. En el segundo siglo las 31.000 llegar�n a
y
=
31 000*1,05
100
,
de donde, al aplicar los logaritmos resultar�:
y
= 4.076.500
suma que se diferencia muy poco de la se�alada en el testamento.
Dejemos a juicio del lector fa soluci�n del siguiente problema, que aparece
en la obra
Los se�ores Golovliov,
de Saltikov-Schedr�n:
"Porfiri Vladimirovich est� en su despacho escribiendo cantidades en
hojas de papel. Trata de saber cu�nto dinero tendr�a si los cien rublos
que le regal� su abuelo al nacer, en lugar de ser gastados por su madre,
hubieran sido depositados en la caja de Ahorros. Sin embargo, el resultado
no es muy elevado: ochocientos rublos".
Si suponemos que Porfiri tiene a la saz�n 50 a�os y, admitiendo que
hubiera hecho bien el c�lculo (poco probable, pues sin duda alguna desconoc�a
los logaritmos, por lo que no podr�a resolver problemas de inter�s compuesto)
hay que establecer qu� tanto por ciento conced�a en aquellos tiempos la
Caja de Ahorros.
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11. Inter�s continuo
En las Cajas de Ahorro, el inter�s del capital se suma al dep�sito.
Si la adici�n se hace con m�s frecuencia, el capital crece m�s de prisa
por cuanto forma el r�dito una suma mayor. Tomemos un sencillo ejemplo puramente
te�rico. Admitamos que se depositan 100 rublos en la Caja de Ahorros al
100% anual. Si se acumula el inter�s al dep�sito, al cabo del a�o sumar�n
200 rublos. Veamos ahora qu� ocurre si el porcentaje se va sumando al capital
inicial cada medio a�o. Al finalizar el primer semestre llegar� a
100 rublos * 1,5 = 150 rublos.
Al segundo semestre:
150 rublos * 1,5 = 225 rublos.
Si la adici�n se realiza cada 1/3 de a�o, ser�n:
100 rublos * (1 1/3)
3
»
237 rublos 3 kopeks.
Hagamos m�s frecuentes los plazos de acumulaci�n del 'r�dito al capital
depositado: a 0,1 de a�o; 0,01 de a�o; 0,001 de a�o, etc., y veremos que
los 100 rublos, al cabo del a�o se transforman en
|
100 rublos *
|
1,1
10
|
» 259 rublos y 37 kopeks
|
|
100 rublos *
|
1.01
100
|
» 270 rublos y 48 kopeks
|
|
100 rublos *
|
1.001
1000
|
» 271 rublos y 69 kopeks
|
Las matem�ticas superiores demuestran que reduciendo indefinidamente los
plazos de acumulaci�n del r�dito devengado al dep�sito, �ste no crece
infinitamente,
sino que se aproxima a un cierto l�mite, que equivale m�s o menos a 271
rublos 83 kopeks.
Un capital depositado al 100% no puede crecer en un a�o m�s all� de 2,7183
veces, aunque fuera acumul�ndose el inter�s al capital cada segundo.
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12. El n�mero "
e
"
El 2,718... obtenido, n�mero que desempe�a en las matem�ticas superiores
un papel trascendental (quiz�s tan importante como el famoso
p
) tiene un signo especial de expresi�n: la
e.
Es
un n�mero irracional que no puede ser expresado con ninguna cifra exacta,
pero se calcula con la aproximaci�n deseada, mediante la siguiente serie:
Por el ejemplo de capitalizaci�n expuesto puede verse que el n�mero
e
es el l�mite de la expresi�n
para un incremento ilimitado de n.
Por numerosas razones, que no procede explicar aqu�, es de suma conveniencia
tomar el n�mero
e
como base del sistema de logaritmos. Tales tablas
(de "logaritmos naturales") existen y se aplican en gran escala en, la ciencia
y la t�cnica. Aquellas grandes tablas de 48, 61, 102 y 260 cifras, a las
que nos hemos referido m�s arriba, tienen precisamente como base el n�mero
e
. Con frecuencia el n�mero
e
aparece all� donde menos
se sospecha. Supongamos, por ejemplo, el siguiente problema:
�En qu� partes debe dividirse el n�mero
a
para que el producto
de todas ellas sea el mayor?
Ya sabemos que cuando la suma de factores es invariable, su producto ser�
el mayor cuando los factores sean iguales entre s�. Pero, �en cu�ntas partes
hay que dividir
a
? �En dos, en tres, en diez? Las matem�ticas
superiores ense�an que se obtiene el producto mayor cuando los factores
adquieren valores lo m�s cercanos posibles al del n�mero
e
. Por
ejemplo: 10 debe dividirse en tal cantidad de partes iguales que cada una
de ellas se aproxime cuanto pueda a 2,718... Para ello hay que encontrar
el cociente
10 / 2.718... = 3.678...
Mas, como no es posible dividir en 3,678... partes iguales hay que hacerlo
por la cifra entera m�s pr�xima, por 4, y obtendremos el producto mayor
los sumandos de 10, si �stos son iguales a 10/4 es decir, 2,5.
Quiere decirse que:
(2,5)
4
= 39,0625
es el producto mayor que puede obtenerse multiplicando los sumandos iguales
del n�mero 10. En efecto, dividiendo 10 en 3 � en 5 partes iguales, los
productos de �stas son menores:
(10 / 3)
3
= 37
(10 / 5)
5
= 32
Para conseguir el producto mayor de las partes iguales del n�mero 20, �ste
debe dividirse en 7 partes, puesto que
20 / 2,718... = 7,36
»
7.
Para obtener el producto mayor de las partes iguales del n�mero 50, �ste
debe dividirse en 18 partes, y 100 en 37, puesto que
50 / 2,718... = 18,4,
100 / 2,718... = 36, 8.
El n�mero
e
desempe�a un enorme papel en las matem�ticas, la f�sica,
la astronom�a y en otras ciencias. Veamos algunas de las cuestiones para
cuyo an�lisis matem�tico hay que valerse de este n�mero (la cantidad de
tales cuestiones podr�a ampliarse indefinidamente):
- la f�rmula barom�trica (la disminuci�n de la presi�n con la altura);
- la f�rmula de Euler;
- la ley del enfriamiento de los cuerpos;
- la desintegraci�n radiactiva y la edad de la Tierra;
- las oscilaciones libres del p�ndulo;
- la f�rmula de Tsiolkovski para la velocidad del cohete;
- los fen�menos oscilatorios en un circuito radiof�nico;
- el crecimiento de las c�lulas.
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13. Comedia logar�tmica
Problema
Como complemento a las comedias matem�ticas, que el lector tuvo ocasi�n
de conocer en el cap�tulo V, presentamos un caso m�s del mismo g�nero: la
"demostraci�n" de la desigualdad 2 > 3. Esta vez interviene la logaritmaci�n.
La "comedia" empieza con la desigualdad
1 / 4 > 1 / 8
que es completamente cierta. Despu�s siguen las transformaciones
(1 / 2)
2
> (1 / 2)
3
que tampoco inspira desconfianza. A un n�mero mayor le corresponde un logaritmo
tambi�n mayor; por lo tanto
2 log
10
(1/2) > 3 log
10
(1/2)
Despu�s de dividir ambos miembros de la desigualdad por log
10
(1/2), tenemos 2>3. �D�nde est� el error de esta demostraci�n?
Soluci�n
El error reside que al simplificar por log
10
(1/2), el
signo > no fue sustituido por <; entre tanto, era necesario hacerlo,
por cuanto log
10
es un n�mero negativo. [Si no se hubieran
aplicado los logaritmos vulgares, sino otros menores que � el log
10
(1/2
),
hubiera sido positivo, aunque entonces no habr�amos
podido afirmar que a un n�mero mayor corresponde un logaritmo tambi�n mayor.]
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14. Expresar cualquier n�mero tan s�lo con tres
doses
Terminemos el libro con un ingenioso rompecabezas algebraico que distrajo
a los delegados de un congreso f�sico celebrado en Odesa.
Problema
Proponemos el siguiente problema: expresar cualquier n�mero, entero
y positivo, mediante tres doses y signos matem�ticos.
Soluci�n
Mostremos en un ejemplo la soluci�n de este problema. Supongamos que
el n�mero dado es el 3. En este caso el problema se resuelve as�:
Es f�cil convencerse de la veracidad de tal igualdad.
En efecto:
Si el n�mero dado fuera 5, resolver�amos el problema por los mismos
procedimientos:
Se tiene presente que siendo la ra�z cuadrada, se omite el �ndice de la
misma.
La soluci�n general del problema es como sigue: si el n�mero dado es
N,
entonces
Adem�s, el n�mero de radicales es igual al n�mero de unidades del n�mero
dado.
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