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Hay un mudo boceto de sombra que ciñe una luz. Se arrastra en la cama, dibujando los tiempos del sol que se eleva como otro reloj para fingir una mano de amarillos dedos, de mansa tibieza, de caricia y de peso intangibles que llega hasta mí. Entra un ángel caído por el ventanal.
Hay un mundo de objetos e instantes prestos a ensamblarse que tienden al encuentro de la perfección, su natural inclinación al compás. Como acelerar con los ojos cerrados en el segundo en que todos los semáforos se entregan al verde igual que un oleaje. Como un pezón rebosante de leche que acaricia el precioso hueco de la boca del hijo justo antes del llanto. Como perderme al mismo tiempo que alguien se encuentra dentro de mí. Así el delirio, conjunción de humores y ritmos, vaivenes y, en tu nombre, ausencias.
Hay un sueño que empieza en abril y acaba en agosto, y aunque yo todo ignoro de órbitas celestes, pretendo que este rayo traza una carta astral sobre el cobertor y que, al inclinarse levemente en su perihelio, el astro derrama sus rayos solo para mí, mi séptima planta, mi cuarto interior.
En la línea recta, me tiendo y espero, en la recta línea y en pleno camino del haz misericordioso. Recuerdo tus manos y aquello que saben y retengo el vívido instante del encaje en ti, de tu eclipse dentro de todas mis sombras. Separo las piernas, reconozco el tiempo que viene a buscarme, tiendo sobre mí la memoria y saladas lágrimas, las que tú conoces, y sé que me corro cuando llega al centro el rayo de luz, la mano de dios.