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CAPÍTULO X
La Conquista del Reino de Quito
01.-
Benalcázar parte con
rumbo a Quito.
02.-
Aporte tallán a la conquista de Quito.
03.-
La expedición de Pedro de Alvarado.
04.-
Almagro llega a
San Miguel.
05.-
El acuerdo de Riobamba.
06.-
Fundación de Jauja y Lima.
05.-
EL ACUERDO
DE RIOBAMBA
Almagro envió una patrulla exploradora al mando de Cristóbal de
Ayala. Este piquete de caballería tropezó con otro mucho mayor del
bando contrario que mandaba Diego de Alvarado, hermano de don Pedro
el jefe del ejército. La patrulla almagrista fue tomada prisionera
y con muchas cortesías conducida al campamento del Mariscal.
Antes de este encuentro que podía presagiar el inicio de una
sangrienta lucha entre españoles, Almagro había fundado en el valle
de Riobamba, el 15 de
agosto de 1534 la ciudad de Santiago de Quito,
con lo cual confirmaba la posesión del territorio.
Pedro de Alvarado, envió con el
capitán
Cristóbal de Ayala y su tropa a los que dejó en libertad, un mensaje
haciendo conocer a Almagro que con autorización del
rey
de España, había iniciado la conquista de esos nuevos territorios,
que consideraba no sujetos a la jurisdicción de Pizarro y que no era
su intención enojarlo, y que se dirigía a Riobamba para tratar lo
que conviniese.
Almagro envió entonces una embajada de saludo, que la integraban el
clérigo Bartolomé Segovia, el
capitán Diego de Agüero y Rui
Díaz
Rojas. El
Adelantado
le expresaba su pesar por todas las penalidades que había pasado en
su larga travesía y reiteraba el convencimiento de que era un buen
caballero y un fiel vasallo del
rey de España, lo que le haría
entender que estaba en la gobernación
de Pizarro y que al término de ésta se encontraba la suya (la de
Almagro), destinada por el mismo
rey.
Pero no fue sólo esa, la misión de los tres mensajeros, sino para
que se pusieron a contar entre los soldados de Alvarado, todas las
inmensas riquezas que habían logrado los soldados que habían seguido
a Pizarro, con lo cual despertó la codicia de los llegados de
Guatemala.
El
intercambio epistolar entre Alvarado y Almagro continuó y en
determinado momento las cosas se pusieron críticas, en tal forma
que estuvieron a punto de entablar combate.
Alvarado envió a Martín de Estete solicitando intérpretes a Almagro
a fin de poder avanzar por territorio que no fuese de Pizarro, a lo
cual contestó don Diego que los territorios del Oriente eran más
difíciles que los que acababan de dejar.
Sucedió en ese momento un caso curioso. Felipillo que había oído
que Alvarado necesitaba un intérprete, huyó del campo de Almagro y
dio a Pedro un informe pormenorizado de las pocas fuerzas que tenía
don Diego, ofreciéndose de guía para llevarlo por caminos, que le
permitirían caer por sorpresa sobre las tropas de su antiguo jefe.
Al mismo tiempo que Felipillo huía del campo de Almagro, otro
personaje que con los años iba a tener un papel muy importante se
escapaba del campamento de Alvarado y se refugiaba donde Almagro.
Era nada menos que Antonio Picado.
Alvarado montó en cólera al saber la huida de Picado y exigió a
Almagro la devolución del fugitivo para hacer en él un tremendo
escarmiento; pero don Diego se negó a ello diciendo que Picado era
hombre libre de ir donde quisiese. Ante la negativa de Almagro
amenazó Alvarado con iniciar hostilidades, pero el
adelantado
se mantuvo sereno y no cedió, enviando al
mariscal
una enérgica carta. Era sin duda Almagro un hombre que no se dejaba
amedrentar fácilmente.
Almagro notificaba a don Pedro invocando a Dios y al
rey,
que no causara escándalos y que no pretendiese entrar en la ciudad
fundada y poblada por él. Le recomendaba que regresase a su
gobernación
de Guatemala y dejara tranquila la de Pizarro, responsabilizándolo
de los males que pudiera causar.
Ante la actitud enérgica de Almagro, cedió don Pedro de Alvarado y
comunicó que no deseaba entrar en Riobamba en son de guerra sino en
son de paz y dispuesto a pagar todo lo que consumiese.
Entre los capitanes de Alvarado había diversos pareceres. Unos
opinaban por atacar a Almagro, otros deseaban seguir adelante para
conquistar países nuevos, pero la mayoría quería un arreglo
amistoso. Ya había hecho efecto entre la gente del
Mariscal
ese don que tenía Almagro para conquistar voluntades, en base a su
gran generosidad. Los soldados recién llegados pudieron observar
como la tropa de Almagro apreciaba a su jefe.
Los dos grandes capitanes concertaron una entrevista y ésta de
inmediato se realizó, saludándose con un estrecho abrazo. Era sin
duda un buen comienzo. Lo demás fue fácil para Almagro y se llegó a
un acuerdo, según el cual por 100,000 castellanos de oro, Alvarado
entregaba a Almagro, los barcos (no podía negociar a los soldados).
Luego el Mariscal habló a sus soldados y les hizo ver la
conveniencia de seguir con Pizarro. Los dos jefes firmaron un
convenio en Santiago de Quito, es decir en Riobamba el 26 de
agosto
de 1534 actuando como testigos Sebastián de Benalcázar, Rui Díaz,
Juan Espinoza y el Licenciado Caldera. Como escribano se tomó a
Domingo de la Presa. El dinero le debía ser entregado a Alvarado,
en San Miguel o en Jauja hacia donde iban a dirigirse.
Unos historiadores dicen que la venta de la escuadra fue en cien mil
ducados, y otros aseguran que se trató de 100,000 pesos de oro.
De
las diversas monedas que se mencionan, el ducado era el de más
valor. Su equivalencia era de 1,458 maravedíes. El Castellano de
Oro, equivalía a 490 maravedíes y el peso de oro a 15 reales o sea
510 maravedíes. El monto del reparto del rescate, fue de 971,125
pesos de oro. Si convertimos los 100,000 ducados a pesos tendremos
que la “venta” fue por 285,882 pesos es decir casi el 30 % del monto
del rescate, lo que era una suma enorme.
Pero aparte, Almagro logró de Alvarado la promesa de ayudarlo en la
conquista de las tierras del sur del Perú, llegando a ofrecerle
1,500 soldados, promesa ésta que el Mariscal don Pedro jamás tuvo
intención de cumplir.
Hay
que meditar sobre la actitud de Almagro en torno a todos estos
hechos, que constituyeron una prueba de fuego de la lealtad del
viejo soldado de la
conquista para con su socio Francisco Pizarro y
que historiadores de gran mérito pero mucha pasión como don Raúl
Porras Barrenechea han tratado de poner en tela de juicio.
Muy fácil le fue a Almagro llegar a un acuerdo entre Benalcázar, y
Pedro de Alvarado apoderarse del
reino de Quito, de Colombia y del
Cuzco, si hubieran unido sus fuerzas. Ante ese ejército de
infantería, de caballería y escuadra tan formidables nada hubiera
podido hacer Francisco Pizarro; pero el antiguo socio en los
momentos de prueba prefirió el camino de la lealtad; y antes bien,
lo que pudo incluso ser una derrota -porque las fuerzas de Almagro
eran muy débiles frente a las de Alvarado- más bien ganó todo el
poderío recién llegado para la causa de Pizarro, asegurándola. Mal
iba a pagar en breve el Conquistador del Perú a las lealtades de su
socio.
Llegado al feliz acuerdo entre Alvarado y Almagro, resolvió éste
cambiar la fundación de Quito y el 28 de Agosto de 1534 sobre el
asiento de la antigua localidad, se fundó la ciudad de San Francisco
de Quito.
Una parte de las fuerzas unidas españolas que ahora sumaban 800
hombres quedaron en Quito con Benalcázar como Gobernador, siendo sus
dos primeros Alcaldes, los vecinos de San Miguel, el Capitán Gonzalo
Farfán de los Godos y Cristóbal de Ayala.
Luego Almagro y Alvarado corno si fueran antiguos amigos, marcharon
a San Miguel con el resto de las fuerzas. Almagro tenía mucha
facilidad de hacer amigos. Entre los puntos del acuerdo a que
habían llegado, había uno que se relacionaba al perdón de las
deslealtades de Felipillo y de Picado.
La
entrega de la flota surta en Puerto Viejo fue un capítulo difícil de
cumplir por la oposición de los marinos. El piloto Juan Fernández
tuvo tiempo suficiente de ponerse a buen recaudo, y buscar
personalmente el perdón de Pizarro. |