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Carátula
Contenido
Prólogo
Capítulo
I
Capítulo
II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo
VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Galería de fotos
Bibliografía
Biografía de R. Moya E.
Página web
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CAPÍTULO VI
El Proceso de Transculturación
01.-
Se inicia en Piura la transculturación.
02.-
La extirpación del idioma.
03.-
La llegada de religiosos y la fundación de conventos y templos
04.-
Transculturación y medicina.
05.-
Iniciación de la evangelización
05.- Iniciación de la evangelización
Fue en San Miguel, la recién fundada ciudad en tierra tallán, en donde se inicia el proceso de evangelización en el Perú.
También es aquí en donde se construyen los primeros
templos y conventos. Humildes sin duda al principio, pero que
permitían venerar al Dios verdadero. También en esta región es donde
se designan las primeras autoridades eclesiásticas.
Los tallanes antes de integrar el reino Mochica o el
reino Chimú, tenían sus dioses locales y regionales como la luna a
la que llamaban shi y al mar. Pero también había dioses familiares y
muchas fuerzas de la naturaleza fueron divinizadas. A los muertos se
les hizo objeto de una especial veneración en sus huacas, que
algunas veces se convertían en verdaderos adoratorios. Este culto a
los muertos que es general en el mundo antiguo y moderno, se veía
fortalecido en los tallanes por la creencia en un alma inmortal y en
la existencia de otra vida en el más allá, la que suponían debía ser
de felicidad, en la forma que ellos concebían la felicidad, es decir
en muchas fiestas, comida abundante y bebida.
En sus domicilios los tallanes también tuvieron
idolillos a los que consideraban sus protectores familiares, o
especie de amuletos, a los que daban una veneración especial. Eran
como los antiguos lares o dioses domésticos de los romanos.
Los mochicas que llegaron a imponer su dios Alec a
muchos de sus pueblos conquistados y que también fue una deidad
Chimú, no lograron sin embargo imponerlo entre los tallanes. En
efecto, son muy pocos los ceramios tallanes encontrados en donde se
representa a este dios vengativo y feroz, al que se le muestra con
grandes colmillos, semejantes a los de un tigre.
Cuando los Incas conquistaron a los tallanes,
introdujeron su culto religioso al sol, sin eliminar a los dioses
regionales y locales.
El culto al inti, fue entonces uno más y por tal
motivo no constituyó mayor problema. Por eso, si bien es cierto no
hubo mayor oposición a su culto entre los tallanes, en cambio no
caló hondo en su espíritu. Los sacerdotes ocupaban una escala
privilegiada y eran enemigos de los hechiceros que usaban artes
mágicas para curar.
La religión imperial se hizo presente en la tierra
tallán, con templos y acllahuasis para las vírgenes, así como
también por la existencia de una casta sacerdotal llena de
privilegios y que disponía de gran autoridad; pero todo eso era como
un gigante con pies de barro, que como castillo de naipe s, fue
barrido por la conquista.
Lo que no toleraban los Incas era la hechicería, pero
no lograron erradicarla de sus dominios, no obstante los duros
castigos que se imponían no sólo al hechicero o mago, sino también a
su familia.
Al llegar los españoles, había por lo tanto dioses
imperiales, regionales, locales y familiares.
Al menos en la intención, una de las principales
causas que convirtió a los reyes de España en campeones del
cristianismo, fue impulsar la evangelización de los naturales de las
tierras que conquistaban. Así lo estableció con una Bula el papa
Alejandro VI Borgia, y también así quedó precisado en las
Capitulaciones de Toledo de los reyes con Pizarro, por lo cual, se
asignaron al conquistador, varios frailes dominicanos a los que se
unieron luego, mercedarios y franciscanos; que fueron los primeros
en llegar al territorio tallán.
Otra importante misión que se confió a las ordenes
religiosas que vinieron, fue la de proteger a los indios, y hay que
reconocer que muchos religiosos españoles cumplieron a cabalidad su
papel, a pesar de lo cual no se pudo evitar en la mayoría, el abuso
y la arbitrariedad, la que indudablemente hubiera sido mayor, de no
haber existido la acción moderadora de tantos frailes llenos de
auténtica inquietud cristiana.
Los tallanes acostumbrados a una especie de
democracia religiosa, que les permitía aceptar o tolerar los dioses
de los pueblos conquistadores o vecinos con los cuales tenían
relaciones comerciales, e incorporarlos a su Olimpo; pensaron que lo
mismo podían hacer con el nuevo dios que traían los viracochas. Es
decir que iba ser uno más.
Todo lo que podía ser culto externo, como el
tributado al símbolo redentor de la cruz o a la imagen de la Virgen,
cuyo culto fue motivo de tanto empeño en los mercedarios, fue
prontamente aceptado por los indios. La imagen de María con su bello
rostro y casi siempre con un niño en sus brazos, les resultaba muy
accesible a su mentalidad tan simple en materia religiosa, y-hasta
en muchos casos pudieron pensar que era una mejor presentación que
el de la diosa luna, o mujer-pájaro.
Nada hicieron los tallanes por defender a los dioses
imperiales. Al paso de los conquistadores, los acllahuasis fueron
abiertos, y las vírgenes que allí se alojaban, volvieron a sus
padres cuando estos se encontraban en la misma localidad, pero no
pocos fueron los casos, en que los españoles se apoderaron de ellas
y las hicieron sus queridas.
A los tallanes no preocupó mayormente la parte
dogmática de la nueva religión, es decir, aquellas verdades que la
iglesia dice que se deben creer por razones de fe antes de tratar de
comprender. La religión la entendieron más de forma que de fondo.
No obstante que la predica se hizo precisando que la
religión de Cristo, era la que correspondía al Dios único y
verdadero, los naturales de estas tierras y del Perú entero, no se
dieron mayormente por enterados.
El culto a los dioses regionales, locales y
familiares a los que estaban tan aferrados, continuó. De igual modo,
aunque en forma muy disimulada siguieron actuando los hechiceros, y
esa sub-casta sacerdotal, que los incas no habían logrado eliminar.
Las huacas continuaron siendo motivo de culto, y como
los españoles también veneraban a los muertos, no se podía
establecer en todos los casos una línea de separación entre lo
permisible y lo idolátrico.
No pocas veces los incas utilizaron la religión con
fines políticos, y es así como se rindió culto a la persona del inca
y también a su panaca o momia después de muerto. Además, y de
acuerdo a los intereses geopolíticos, en unos casos se trataba de
eliminar a los dioses regionales para matar todo sentimiento de
nacionalismo y en otras ocasiones se engrandecía su culto, para
ganar la adhesión de sus feligreses.
Pero en forma general, siempre fueron respetados y
tolerados los dioses locales.
El culto regional que con mayor fuerza y tiempo se
mantuvo entre los pueblos de la costa y consecuentemente en los
tallanes, era el referente al mar. Ese gran señor que daba a manos
llenas el alimento, pero que muchas veces se enfurecía era el
Mamacocha, al cual se rindió un culto idolátrico hasta bien entrada
la colonia y que más tarde los mismos españoles viendo que no podían
desarraigarlo, decidieron considerar a tal culto como solamente una
superstición. Aún ahora, en la festividad de San Pedro, patrono de
los pescadores se mezclan cultos cristianos con otros netamente
paganos reservados al mar.
Entre los tallanes existía también el culto regional
a la Luna o Shi, que se confundió con el culto imperial dado a la
Luna Quilla. No sería de extrañar que la expresión de la “Luna de
Paita” y el “Sol de Colán”, pudieran provenir de adoratorios
existentes por entonces en esos lugares.
Al igual que los incas, también España utilizó a la
religión para sus políticas de hegemonía mundial. Los reyes de
España se convirtieron bien pronto en los campeones de la iglesia
cristiana, que ya comenzaba a fraccionarse con Lutero y luego con
Enrique VIII de Inglaterra. La suerte de haber llegado al papado un
español, más preocupado por la política que por la religión como lo
era Alejandro VI Borgia, y la influencia de sus hijos César y
Lucrecia Borgia, favoreció mucho para que España llegara al máximo
de su poder.
La guerra político religiosa contra los moros, se
trasladó en cierta forma a las tierras de América. Mientras los
españoles avanzaban a punta de sus espadas avasallándolo todo a
sangre y fuego, seguía tras de ellos un tropel de religiosos que
junto con la prédica del Dios único y verdadero, también hablaban
del poder divino de las monarquías absolutas; y que la resignación,
la obediencia y la humildad, eran virtudes, que servían para ganar
el cielo. El rey español resultaba para los tallanes y para todos
los indios del Perú, un ser tan misterioso, lejano e inaccesible
como los mismos incas, y su figura e imagen era tan engrandecida y
ponderada por los conquistadores y por la obsecuencia de los
funcionarios, que en las mentes sencillas de los naturales, sólo
cabía pensar en los reyes, como auténticos dioses y eso se hubiera
afianzado, si es que los mismos frailes no se hubieran encargado de
poner las cosas en su lugar.
En tierra tallán, y tras la fundación de San Miguel
se hizo la primera gran fundición del oro tomado a los naturales, se
separó el quinto para el rey y se lo envió a Panamá junto con la
noticia de la fundación de la nueva ciudad. Aún cuando los cronistas
no lo mencionan, cabe suponer que la mayor parte de ese oro provenía
del saqueo de los templos del Sol, sobre todo de los existentes en
Tumbes y Poechos, así como también de los adoratorios, sobre todo el
de La Huaca. Fue sin duda alguna la profanación de esta última, la
que motivó la rebelión de los caciques, los cuales se negarían a
recibir el bautizo que los hubiera convertido formalmente en
cristianos, por cuyo motivo se les dio una muerte reservada sólo a
los herejes, calificación que sin duda era un tremendo abuso contra
lo indios, puesto que de acuerdo a las bulas papales, las idolatrías
de los indios americanos no eran pasibles de sanción, sino objeto de
una labor misionera y de conversión.
Cieza de León, en “La Crónica del Perú”, refiriéndose
a los pueblos de la sierra de Piura, dice: “ .. en los mas de estos
aposentos y provincias hay clérigos y frailes, los cuales, si
quisieran vivir bien y abstenerse como requiere su religión, harán
gran fruto, como ya por la voluntad de Dios en las mas partes de
este gran reino se hace, porque muchos indios y muchachos, se
vuelven cristianos y con su gracia, cada día irá en crecimiento. Los
templos antiguos que generalmente llamaban guacas, todos están
derribados y profanados, y los ídolos quebrados, y el demonio como
malo, lanzado de aquellos lugares, a donde por los pecados de los
hombres era tan estimado y reverenciado, y está puesta la cruz”.
Como se puede apreciar, tras de algunas pocas décadas
después de la llegada de Pizarro, ya se estaba produciendo un
relajamiento en el vivir de los frailes clérigos, causando con ello
gran escándalo entre los indios, con lo que se hizo daño a su
conversión y a la causa evangelizadora.
Sin embargo, muchos fueron los religiosos que se hicieron notar por
su celo y su espíritu de justicia, para hacer realidad el propósito
cristiano y evangelizador de la conquista.
Es así como destacaron en la evangelización en la
tierra tallán y en la protección a los indios, los padres
mercedarios fray Miguel de Orenes, y Martín de Victoria, lo mismo
que el dominico fray Reginaldo de Lizárraga, nombrado por los reyes,
Protector de los indios, papel que cumplió a cabalidad, lo mismo que
Domingo de Santo Tomás, Tomás de San Martín y Fray Marcos de Niza,
que con gran entereza denunció ante el monarca, los abusos de los
Conquistadores y el crimen contra Atahualpa.
Cuando los indios tallanes se dieron cuenta que el
credo cristiano era excluyente de la práctica de otros cultos,
decidieron mantener sus antiguas creencias en forma disimulada y
oculta, surgiendo de esa forma una Iglesia idolátrica subterránea.
Pocos años después de la fundación de San Miguel, la
tierra tallán se llenó de ramaditas destinadas a capillas, ermitas,
puestos misionales y no pocos templos. Clérigos y doctrineros
recorrían la región, y ya la mayoría de los antiguos templos
indígenas habían sido destruidos y los ídolos materia del culto,
eliminados, al menos en forma aparente.
La masa indígena había aceptado todo el ceremonial y
el aspecto formal y externo del nuevo culto, lo mismo que el sistema
de reducciones, pero en realidad la idolatría seguía latente.
Tuvo que pasar mucho tiempo, para que en 1609 el jesuita Francisco
de Ávila en cumplimiento de las funciones de su cargo de visitador
de idolatrías, hiciera un recorrido por la costa norte y se diera
con la gran sorpresa que el culto idolátrico no se había extirpado
en su totalidad. El jesuita que era un criollo cuzqueño, presentó al
virrey y al arzobispo de Lima, al predicador idolátrico Hernando
Paucar, así como gran cantidad de ídolos y momias. Con todos ellos
se hizo un público auto de fe en la plaza de Lima, quemándose los
ídolos y dándose de azotes a Paucar, al cual luego se le desterró a
Chile.
A partir de entonces se desató en el Perú entero una
violenta campaña de extirpación de la idolatría. La labor
evangelizadora había sido por lo tanto de éxito superficial, y por
eso el arzobispo de Lima, Bartolomé Lobo Guerrero, escribía al rey
Felipe III, que todos los indios del Perú, seguían idólatras, como
al principio cuando se conquistó la tierra. Daba cuenta de la
existencia de un culto dual, en que junto al verdadero Dios, se
adoraban a las momias de los antepasados, y que éstas y los ídolos
habían sido quemados y en las huacas se habían colocado muchas
cruces.
Hasta 1670 duró la fanática labor de los
extirpadores, porque una nueva evaluación permitió comprobar que la
idolatría no se iba a erradicar sacando a los ídolos de los altares,
sino del corazón de los indios. En adelante se prefirió denominar
superstición a esas creencias antiguas no desterradas, las que en
mayor o menor grado, persisten hasta nuestros días.
Uno de los medios que utilizaron los españoles para
hacer atractiva la religión de Cristo a los indígenas, fue el de las
fiestas religiosas, lo que en cierto modo también contribuyó a
paganizar el culto.
Había un calendario muy nutrido de festividades, que
se iniciaba con la fiesta de los Reyes en Enero, seguía la fiesta de
la Candelaria completamente pagana en febrero, luego la Semana
Santa, la de San Pedro en junio, la Virgen del Carmen en julio, la
Asunción de la Virgen en agosto, la fiesta de la Virgen de la Merced
en setiembre lo mismo que la del santo patrono San Miguel, el
cordonazo de San Francisco en octubre. Todos los Santos y los Santos
Difuntos en noviembre y la Navidad en diciembre.
Los doctrineros fundaron cofradías para celebrar a
los santos patronos de los pueblos y crearon el sistema de cargos
como el de mayordomo, o de procurador que eran indios principales, a
quienes se les conferían el gran honor de correr con los gastos de
la fiesta del próximo año, las que presidía. Las fiestas eran un
derroche de boato, y espectacularidad, durante las cuales se comía y
bebía en abundancia y por varios días.
Para enfrentar el gasto, el procurador ahorraba todo
el año y luego quedaba empobrecido, pero satisfecho.
Los sacerdotes se hacían pagar muy bien por oficiar
las ceremonias religiosas, y por tal motivo se mostraban tolerantes
con los excesos de borrachera, con lo cual se perdía el sentido
religioso de las festividades. |