![]() |
| La posada del Almirante Benbow contiene seis cuentos e inicia con el que le da t�tulo al libro, una recreaci�n de las intimidades de los personajes y de la atm�sfera que rodea la bella historia de Robert. L. Stevenson, La isla del tesoro. A trav�s de tres cartas, la madre de Jim le cuenta a Elinor los miedos y fantas�as que sufre en la posada, en medio de Long John Silver, el hombre de una sola pierna, Bill Jones el del mapa del tesoro de Flint y el doctor Livesey, de quien se enamora. El tratamiento del estilo epistolar es adecuado al reto que representa una minirefundici�n de la novela de Stevenson. El vaso tiene la virtud de sostener la ansiedad de una pareja que se encuentra en un congreso m�dico. Ni la escena er�tica que recupera el vaso puesto sobre la pared de al lado es capaz de hacer que uno de los dos tome la iniciativa. El discurso es una parodia cuya naturaleza intertextual es sobresaliente... Despu�s de El �ltimo diario de Tony Flowers este es el libro de Octavio Escobar Giraldo que desde el punto de vista narrativo tiene m�s logros y madurez creativa. |
| Roberto V�lez Correa. Revista Hipsipila, volumen 5, n�mero 1. Manizales, junio de 1998. |
![]() |
| Este libro de cuentos, basado en el cotidiano vivir del escritor, confunde las palabras con la realidad. Es, sin duda, una muestra del narrador contempor�neo que hace de su historia un juego y cuyos relatos exploran la vida de todos los d�as y la recrean a trav�s del sentido l�dico de la creaci�n. Escobar Giraldo se encuentra m�s interesado en la forma de contar que es el elemento con el cual capta o asimila la vivencia. As�, el texto es la manera de capturar a los personajes y sus medios. |
| Alonso Aristiz�bal. Revista de Avianca, n�mero 188. Bogot�, septiembre de 1994. |
| Tras devolverme el pasaje, la encargada del mostrador acept�, muy a su pesar, que soportar�amos al menos dos horas de espera porque el aeropuerto de Bogot� estaba cerrado. Le di las gracias -acostumbro agradecer hasta las malas noticias-, y me dirig� a a cafeter�a. Buscaba lugar cerca de los ventanales del fondo cuando mis ojos tropezaron con unas piernas femeninas verdaderamente imprescindibles. Mir� al sue�o completo y a su acompa�ante, un hombre de rostro redondo y cabello gris que hac�a un gesto de invitaci�n hacia su mesa. Despu�s de un momento de vacilaci�n, entend� que el movimiento de la mano me estaba dirigido: -Disculpe, caballero -me dijo-, no puede evitar ver el libro. Se refer�a a mi �ltimo trofeo: El ex�tico mundo del ajedrez, un libro de gran formato, en exceso lujoso para un deporte o un arte que muchos consideran del pasado. -Es un prodigio -sigui�-; en ingl�s sali� hace casi tres a�os pero su gran virtud no es la actualidad, es la complacencia, �no le parece? Segu� callado y levant� sus kilos de m�s, enfundados en un traje de corte perfecto: -Perdone mi atrevimiento y mi descortes�a, los viejos somos muy impertinentes. Mi nombre es Juan Alfonso Arango... Tatiana es mi prometida. -Mucho gusto- dije. Contest�, pero no recuerdo las palabras. Su delicado tono de voz puede abrir las b�vedas del Banco de la Rep�blica. -Si�ntese, por favor, y tome un coctel con nosotros. Supongo que va para Bogot�- inquiri� mientras hacia una se�a al mesero. -S�. -Y ya sabe que el aeropuerto est� cerrado por razones metereol�gicas. Asent� bajando la cabeza hacia el paisaje que se extend�a por debajo de la mesa. -Qu� tal si pasamos el rato juntos. Lo invito a que juguemos una partida; me imagino que es usted un buen aficionado. Lo soy. Un t�o me ense�� algunos trucos y me previno de otros; tambi�n me eeplic� las aperturas. Aplicaba a la vida la frase de un gran maestro que debi� ser campe�n mundial pero nunca lo fue, la repet�a a menudo: "El exagerado subjetivismo perjudica el desarrollo l�gico de una partida de ajedrez". No soy muy bueno- respond�. -La verdad, yo tampoco. Soy m�s entusiasmo que cualquier otra cosa- dijo mientras se agachaba para levantar del piso un malet�n de cuero negro. -Con la jubilaci�n no me qued� mucho qu� hacer y alguien me insinu� el ajedrez; comenc� a practicarlo, le� sobre Philidor, Capablanca, Fisher, ya sabe usted, me apasion�. Ahora capturo a toda persona que m�s menos sepa mover las fichas pero soy apenas un diletante. El malet�n conten�a un tablero de poco m�s de veinte cent�metros de lado, fabricado con piedras comunes y silvestres, tal vez provenientes del lecho de un r�o, pero de un blanco y un negro casi pefectos. Quien hab�a realizado el trabajo super� la artesan�a para acercarse a lo sublime. -Bonito, �no? Me lo regal� de una pretendiente, no de Tatiana, por supuesto- aclar� rozando los muslos enfundados en una medias veladas muy oscuras. Ella ni sonri�. -Lo que me encanta es que las piezas son las cl�sicas Staunton, no me gustan los aspavientos. Hasta la forma en que levanto el pe�n para enfatizar su afirmaci�n, lo desment�a; tambi�n su acompa�ante, el ajedrez -una verdadera obra de arte-, y la peque�a computadora, poco mayor que una agenda electr�nica, que puso sobre la mesa. -Acostumbro grabar las partidas, quiero mejorar. Las estudio en casa, las comparo con los libros -anot� como si se excusara-. -�Le importa? Me permiti� iniciar y tras uno o dos minutos de silencio explico su teor�a: la forma en que una persona juega al ajedrez dice mucho de su personalidad. -Usted es un hombre cauto, que no da ninguna ventaja, p�rfido. Ese �ltimo movimiento suyo, por ejemplo, nos sit�a en terrenos bastantes procelosos. Su absurda interpretaci�n de mis movimientos se convirti� en el fondo sonoro de la partida. Pese a que al principio lo �nico que me interesaba era disfrutar de la compa��a de aquella mujer, el ajedrez produce un efecto extra�o: se empieza a jugar por deporte y el orgullo termina involucrado entre las sesenta y cuatro casillas. Tatiana registraba nuestros movimientos en el peque�o aparato. Arango sudaba, sub�a y bajaba uno de sus talones con nerviosismo. Cuando intent� abrir una diagonal para mi �nico alfil -una buena posibilidad, peligrosa para su rey-, se levant� mencionando su vejiga de una manera muy complicada. Casi arrebat� el computador a Tatiana. -Es un buen jugador- intent� una conversaci�n. -Se est� enloqueciendo con este juego- respondi� con una mueca. -No parece muy a gusto con �l. Sus labios temblaron. No s� si era natural el tono rojizo de sus cabellos pero estoy convencido de que son grises sus ojos. Un vestido rojo ce��a sus curvas, m�s peligrosas que el m�s agudo giro en una carretera monta�osa. S�lo pod�a existir un motivo para que estuviera con Arango: dinero. -Usted no es jubilada, �o s�?- pregunt� acariciando una pieza que sali� del juego: la talla era exquisita. Antes de que pudiera contestar, volvi� Arango. Casi sin acabar de sentarse hizo un movimiento de caballo que result� definitivo. Cuando las u�as de Tatiana rozaron el teclado, entend� que fue al ba�o a pedirle consejo al engendro electr�nico. Los cielos se abrieron y ante la puerta de embarque el gordo Arango -hab�a resuelto llamarlo as�-, se despidi� de Tatiana con un beso. Otra vez retuve su mano: nunca contempl� tal enfebrecida gelidez en una mirada. De seguro corri� en su BMW -no pod�a tener un auto distinto- en busca de su amante. La ch�chara del gordo Arango y su presuntuoso vocabulario casi arruinaron el vuelo. Me psicoanalizaba: yo era prudente, anal�tico, pero despu�s que conoc�a a mi contrincante pod�a arriesgarlo todo si exist�a la posibilidad de un buen ataque. Sonre� y le dije que s�, que tal vez ten�a raz�n. Mientras devor�bamos el refrigerio -queso, jam�n, ochuvas y croissant-, le ped� la revancha. Acept�. Escogimos un bar en el mismo Puente A�reo, pedimos cerveza y extendimos el tablero. Esta vez compromet� toda mi atenci�n. En la jugada quince percibi� que las cosas no iban bien y mientras yo meditaba mi pr�ximo movimiento tecle� con rapidez hasta que actualiz� la partida. Entonces se excus� se�alando el ba�o. Carg� con la computadora y de seguro la consult�. No importa. Su malet�n es fino y muy amplio; qued� espacio hasta para el libro que rob� en la Nacional de Cali. Calculo venderlo en m�s de cincuenta mil pesos. El ajedrez es otra cosa: m�s de un mill�n si tengo paciencia. Tal vez lo conserve. El gordo Arango tiene raz�n: soy prudente pero cuando conozco a mi contrincante lo arriesgo todo si existe la posibilidad de un buen ataque. |
![]() |
| JEDRECISTAS |
| A |
| Para Alonso Aristiz�bal |
| POST SCRIPTUM Santa Fe de Bogot� (Redacci�n) Despu�s de semanas de vigilancia, un ladr�n especializado en el robo de maletas y objetos de valor en las aeropuertos del pa�s. fue detenido cuando abandonaba el Puente A�reo. Educado y bien vestido, de unos 45 a�os de edad, el hombre conocido "El pasajero" por las autoridades aeroportuarias, cay� gracias a una maniobra de inteligencia tan compleja como una partida de ajedrez, seg�n coment� el responsable de su captura. |
![]() |
| OCTAVIO ESCOBAR GIRALDO |