Hace
un mes que dije adiós a casi 15 años de nicotinas, alquitranes
y demas leches del tabaco, con gran dolor y más sufrimiento.
Me he intentado mentalizar leyendo las centenares de webs que
he encontrado sobre dejar de fumar, y esperando notar los beneficios
de este sacrificio, porque eso y no otra cosa ha sido estarse
cinco días con un "mono" espantoso, al borde de la histeria
y de la agresión a mi buena media naranja, cuya paciencia nunca
ponderaré lo suficiente, y unas cuantas semanas algo mejor,
pero tampoco para tirar cohetes.
Pero
lo único que he conseguido es hacerme adicta a todo tipo de
caramelos y chicles, haber engordado unos kilos (porque eso
de que no todo el mundo engorda al dejar de fumar se lo pueden
contar a Rita la bailaora, que las opciones son atiborrarse
de chupa-chups o la onicofagia, y a mis años no es plan) y estar
de uñas todo el rato. Vamos, para que se me cuele ahora una
vieja en la carnicería...
Respirarás
mejor, decían. Ya, pero es que yo no respiraba mal, el tabaco,
al menos de momento, no había afectado a mi salud. Dejarás de
toser por las mañanas, decían. Ya, pero es que yo no tosía por
las mañanas. Ahorrarás, decían, pero se me va todo en los dichosos
caramelitos. La comida te sabrá mejor, decían, y lo único que
ocurre es que ahora no soporto algunos de mis sabores favoritos,
especialmente lo ácido -esto incluye la tónica, refrescos de
limón, las fresas) y lo amargo (ni probar el café sagrado, con
los buenos momentos que me ha dado y... ¡qué asco!). Mis gustos
alimenticios han dado un vuelco, y no para satisfacción de mis
papilas gustativas, precisamente.
En cambio,
nada me dijeron de la bajada y descompensación de tensión que
me iba a dar. Al tercer mareo comprendí que no todo podía ser
del síndrome de abstinencia.
Y dirá
el lector ¿Y esta mujer porqué no vuelve a fumar? Pues muy sencillo,
porque se han cumplido la mayoría de los objetivos propuestos
al dejar el vicio: Yo puedo envenenarme como me de la gana,
y si el día de mañana pasa algo, pues vale, lo acepto, pero
no puedo envenenar a los que me rodean, que no lo han pedido,
y no es plan de estar siempre en la ventana para echarse el
cigarrito. Eso en primer lugar, pero además seguiré esperando
el prometido ahorro económico.
Y, eso
sí, creo que me empieza a gustar mucho la sensación de libertad
que tengo, el no estar esperando a que termine un acto o la
consulta del médico para salir corriendo a encender el pitillo.
Quizás uno de estos meses o años, cuando consiga acabar con
la ansiedad que me devora y me impide respirar profundamente
me sienta muy feliz de haber adoptado esta decisión -imposible
de llevar a cabo, por otra parte, sin la ayuda de mi chico-
porque, eso sí, no vuelvo a fumar ni aunque pongan el paquete
de bisonte a 30 pesetas y me juren por los budas gigantes de
Afganistán que los cigarros ya no contienen amoniaco.