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El Arpa
que sonaba sin tocarla   
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Lejos
del mar y de los bosques, en una gran llanura, se levantaba
una hermosa ciudad gobernada por el Zar y la Zarina. Habían
tenido una hija, Nestsyenaya, que les llenó de
alegría. Unos años después les nació
otra, tan bella y encantadora como la mayor, a la que
llamaron Betsyenaya.
Grandes fiestas
se celebraron con motivo de sus nacimientos. Cerveza,
hidromiel y vino corrieron por las fuentes tres días.
Todo el pueblo amaba a los Zares y a las pequeñas
princesas.
El Zar rodeó
a sus hijas de los más exquisitos cuidados. Servíanse
con cucharas de oro, dormían sobre colchones de
plumas y se vestían con costosísimas pieles.
Tres ayas las vigilaban continuamente y setente y siete
criadas y otros tantos guerreros estaban también
a su servicio.
En medio de
estos cuidados, las niñas fueron creciendo, hasta
convertirse en dos bellísimas doncellas.
Un día
que el Zar paseaba por el jardín de Palacio oyó
grandes voces y lamentos. Al intentar saber la causa de
aquel alboroto, vio que se dirigían hacia él
las ayas y servidores de sus hijas. Lloraban desconsolados,
porque un remolino de viento se había llevado a
las dos princesitas cuando se hallaban cogiendo flores
en el jardín. No podían explicar bien cómo
había ocurrido. Un fuerte viento les llenó
los ojos de polvo, y cuando quisieron recordar, las princesas
habían desaparecido.
El Zar, furioso,
quiso castigarlos severamente, pero, tranquilizándose,
comprendió que eran inocentes y ninguna culpa tenían
de la pérdida de sus hijas.
Desde el momento
en que faltaron las princesas todo era dolor y pesadumbre
en Palacio.
El Zar no comía
ni dormía; la Zarina, desconsolada también,
trataba de animar a su esposo. Aquel bullicio palaciego
desapareció. Así pasaron dos años.
Un hijo les
nació a los Zares, que les devolvió la alegría.
Se llamó Iván y se le rodeó de más
cuidados aún que a sus hermanas. Iván creció
y creció, y llegó a ser un joven hermoso
y romántico, aficionado a la música y con
muy poca vocación por la guerra. Jamás consintió
que se cortaran las cabezas a los vencidos ni se torturase
a los prisioneros. No le gustaba el manejo de las armas
y pasaba el tiempo cantando al son de su arpa, que tocaba
sin que nadie la pulsara.
Un día
su padre le dijo que le inquietaba mucho su falta de ardor
guerrero; los enemigos del Imperio, cuando vieran que
el joven Zar no se ocupaba de la defensa de su reino,
le atacarían y le vencerían, haciéndole
su esclavo.
Iván
contestó:
- Querido padre:
las ciudades y los imperios no se toman por la fuerza
sino por la astucia y el ingenio. Así pienso yo
triunfar sobre mis enemigos. Sé que mis dos hermanas
desaparecieron misteriosamente de Palacio. Ninguno de
vuestros valientes guerreros se ha atrevido a buscarlas,
yo, sin embargo, lo voy a intentar. Si a los tres años
no vuelvo, escoged un sucesor.
El Zar, emocionado,
le bendijo y le dio los más ricos tesoros para
facilitarle su empresa. Iván no los aceptó
y aseguró que le bastaría con su ingenio
y la ayuda de Dios para lograr su propósito.
Con el arpa
bajo el brazo, se puso en camino. Entonando bellas canciones,
caminaba por el bosque, cuando oyó un forcejeo
como de dos personas que disputaban. Se detuvo, y vio
a dos geniecillos del bosque que luchaban furiosamente.
Al oír la música de Iván dejaron
de pelearse y se pusieron a bailar. Preguntándoles
éste la causa de su disputa, le contestaron:
- Veníamos
los dos paseando, cuando encontramos entre unas matas
un mantel maravilloso, que basta extenderlo para que aparezca
sobre él exquisitos manjares, unas botas de siete
leguas con las que se puede dar la vuelta al mundo en
pocos minutos y una gorra encantada que hace invisible
al que se la pone. Como los dos deseábamos estas
tres cosas tan maravillosas, hemos empezado a discutir
y terminamos pegándonos.
Iván
les propuso arreglar el pleito: el primero que llegara
al final del camino, ése se las llevaría.
Los geniecillos salieron corriendo, y, mientras tanto,
Iván, calzándose las botas de siete leguas,
huyó llevándose el mantel y la gorra. Cuando
llegó a una encrucijada de tres caminos, y sin
saber por cuál dirigirse, Iván llamó
a una choza, que resultó ser de la bruja Baba-Yaga.
- Voy en busca
de mis hermanas -le dijo-. ¿Sabéis vos,
por ventura, dónde las podría encontrar?
- Sé
dónde vive Nestsyenaya, la casada con el Ogro del
bosque. De los tres caminos que de aquí parte el
del centro es el que conduce a su magnífico palacio;
pero ten cuidado, porque es muy peligroso y el palacio
está muy bien guardado.
Iván,
animoso, le dio las gracias y echó a andar por
el camino que le había indicado la bruja.
Pronto divisó
el palacio. La puerta de la verja estaba guardada por
un demonio. Iván trató de escalar la tapia
y lo consiguió; pero una vez arriba rozó
con sus pies unos hilos y un millar de campanillas empezaron
a sonar. Sin vacilar, se echó a tierra, al ver
en un balcón del palacio a su hermana Nestsyenaya.
Los dos hermanos
se reconocieron, y se encontraban muy felices, cuando
un gran trueno anunció la llegada del Ogro a palacio.
Iván, poniendose su boina encantada, se hizo invisible.
El Ogro venía de mal humor, había oído
sonar las campanillas y estaba seguro de que algún
intruso se había internado en su palacio. Probablemente
habrían sido los gorriones, que con sus alas habrían
rozado los hilos de la tapia. No, de ninguna manera; él
estaba seguro de que algún hombre ruso había
entrado y deseaba devorarlo.
Iván,
quitándose la gorra, apareció ante el ogro
y, haciendo una profunda reverencia, dijo:
- Señor,
no me comáis; soy muy huesudo. Voy a extender este
mantel, y de seguro que os agradarán más
estos manjares.
Y haciéndolo
como decía, deslumbró al ogro con los exquisitos
platos que sobre él aparecieron.
Comieron y
bebieron hasta hartarse, y al fin el Ogro se quedó
profundamente dormido.
- Me despido
de tí, querida hermana -dijo Iván-; quisiera
encontrar a nuestra hermana Beztsyenaya. ¿Sabes
tú dónde vive?
- Tendrás
que buscarla en el fondo del océano, pues está
casada con el Ogro de los mares -dijo Nestsyenaya-. El
camino es difícil y probablemente el Ogro te devorará.
Iván
se despidió de ella y marchó resuelto en
busca de su segunda hermana.
Al llegar a
la orilla del mar, vio una lancha de pescadores que salía
hacia las islas de Rock-Salt. Les pidió un sitio
en la barquichuela y se internaron mar adentro. De pronto
se desató una gran tempestad. Los pescadores pensaron
que el Ogro de los mares deseaba una presa; echaron a
suertes entre todos los que iban en la barca, y le tocó
a Iván, que sería arrojado al agua. En seguida
se tranquilizó el mar, y el pobre Iván,
con su arpa, sus botas, su mantel y su gorra, se precipitó
al fondo del mar, yendo a caer junto al palacio del Ogro
de los mares. Allí lo vio sentado en su trono,
con Beztsyenaya a su lado.
- ¡Querido
hermano! -dijo alegremente Beztsyenaya-. ¡Bien venido!
- Sí,
bien venido -dijo también el Ogro-. Tengo mucha
hambre, y me vas a saber muy bueno.
- Señor
-contestó Iván-, soy todo hueso, y además
en nuestra familia se considera una grave falta de educación
el devorarse unos a otros.
Pero el Ogro
se disponía a hacerlo, cuando Iván empezó
a cantar al son de su arpa, que tocaba sin que nadie la
pulsara. Tan bonita era su canción, que el Ogro,
emocionado, olvidó su gran apetito y le pidió
más canciones. Después Iván extendió
su mantel sobre la mesa y comieron y bebieron hasta hartarse.
Al poco tiempo, el Ogro roncaba profundamente. Iván
preguntó a su hermana cuál sería
la forma de libertarla de tan terrible ogro.
- Es muy difícil
- contestó ella-. Al otro lado del océano
existe un gran imperio gobernado por una Zarina. Si pudieras
penetrar en su jardín, te haría su esposo
y ella es únicamente la que podría libertarnos.
Pero es muy difícil llegar hasta allí y
nadie ha logrado burlar la guardia que rodea su palacio.
Iván
respondió, animoso, que no tenía miedo,
y, despidiéndose de su hermana, montó sobre
un caballito de mar, que le había de conducir a
las costas del imperio de la Zarina. Cuando hubieron llegado
a la playa, Iván se puso su gorra, despidiendo
al caballito de mar, que pronto desapareció bajo
el agua. Los guardias que vigilaban la costa y las murallas
del jardín de la Zarina no vieron a Iván,
ya que su gorra le hacía invisible, y éste
pudo llegar hasta el estanque del jardín. Allí
se bañaban veinte jóvenes y la Zarina, la
más bella de todas. Iván se quitó
la gorra, haciéndose así visible.
La Zarina,
comprendiendo que merecía ser su esposo, por haber
logrado burlar la guardia, le introdujo en su palacio
de cristal.
Al día
siguiente se celebraron las bodas, en medio del mayor
regocijo, Iván pidió a su esposa que libertara
a sus hermanas. Ella lo hizo inmediatamente y pronto las
princesas pudieron reunirse con sus padres.
Iván
vivió muy feliz con su encantadora esposa y escribió
a su padre diciéndole: "Habréis visto,
querido padre, que más vale el ingenio que la fuerza.
He conseguido con mi arpa, que suena sin pulsarla, resultados
más asombrosos que los que hubiera conseguido con
la mejor espada del mundo".
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