ELLA
En la puerta se quedó.
Incapaz de dar un paso más. Veía los escalones, no muchos, y se veía abajo. Era
caerse o no llegar. Pero esa vez logró hacerlo bien, sin acordarse del abajo.
Estaba en el teatro, vestida de plumas blancas, lentejuelas y un enorme camafeo
con el retrato de su madre profundamente metido en el escote que a su vez era
de una profundidad imposible. Fue inmediatamente después de la función, cuando
vio en el bar a EH vestido de punta en blanco y desde el piso de arriba
divisó la llave de la caja colgada al cuello, bajo la barba que tapaba la
bufanda de seda que estaba allí para esconder la llave. Flotó escaleras abajo
pero de nada le sirvió porque llamó tanto la atención entre las plumas los
tules las lentejuelas y más que nada el flotar que cuando ella sobrevolaba el
remanso tercero él ya andaba por la puerta de salida y después nada. Saludó y
corrió en la calle inundada, gritó ¡TAXI!, pero no pasó nada así que volvió y
se subió a la bicicleta que tuvo que rescatar de manos de un grupo de chicos
que estaban trabajando duro sobre el candado. Los amenazó con el hacha que
solía llevar en el bolso y salió a toda velocidad, sin tomar en cuenta las
cosas que flotaban a los costados de la calle. Dudó entre seguir al EH y
sacarle por fin la llave o volverse a casa y pegarse una ducha antes de ponerse
la más astrosa de las batas y terminarse frente a la pared. Como siempre y
desde luego eligió la posibilidad que no eligió y se fue para su casa. En
realidad no era su casa sino la casa de una familia ampliada (¿o era una fiesta
de amigos?) que le permitían vivir en una de sus habitaciones cuando no la
necesitaban. Tenían todos veinte años más o menos y eran buena gente. Ella
generalmente les sonreía al comprobar con alivio recurrente que no eran
aquellos de antes y que aunque también eran muchos eran de todas formas menos y
no dolían tanto. Eso también. Después de una ducha,
cambiada de ropa, untada y pesada, todo se ve igual. Ahora que la caja ella
tampoco sabe bien donde la tiene pero ya años se hace a la idea que en cuanto
tenga la llave encontrar la caja es lo de menos. De todas formas hoy ya no
vuelve al teatro. Es tarde y ya no tiene ganas aunque siempre hay peligro de
que se termine la plata y la familia ampliada (o la fiesta de amigos) la eche a
la calle. Lo que por otra parte no sería mala idea, se puede vivir nada mal en
la calle. Cuando era chica una vez vivió en un baldío con una vieja muy
macanuda. En realidad vivió debajo del baldío y todas las tardes salían a
juntar trapos y cosas y tenían un fogoncito en la cueva donde cocinaban y la
vieja le enseñó a cocinar tan maravillosamente que hasta el día de hoy sólo
puede cocinar realmente bien bajo tierra. Claro que eso era allí en la vieja ciudad. Ahora aquí no dejan estar tranquilo en la calle o
debajo de la calle y aunque se pasen todo el tiempo haciendo pozos los cuidan y
los revisan y se pelean tanto por cada miserable agujero que probablemente no
sea posible habitarlos así
como así. Esto es lo malo de esta ciudad,
que todo está como
muy usado y archivado con algún nombre y las cosas que tienen nombre siempre
son de alguien, hasta que viene otro y les da otro nombre. Y por supuesto ahí
empiezan a matarse. Pero eso a ella no le importa la mayor parte del tiempo. Se
metió en la cama para pensar en el futuro. Es el único lugar donde puede pensar sobre cosas
que no pasaron, las cosas que pasaron están por todas partes, si no se cuida se
amotinan y atacan a traición. Pero en la cama tiene la espalda protegida y una
caverna a su medida y tamaño. El problema es que muy a menudo se acuesta para
pensar en el futuro y se queda dormida, pero con una sensación de no haber
cumplido con su deber. Como que se mete a ver un sueño sin pagar entrada. Y en
el sueño que le toca esa noche generalmente la castigan por haber hecho trampa.
A las tres de la
mañana escuchó una voz que la llamaba y le decía que saliera. Se tiró algo
encima y salió a la calle, que a esa hora estaba completamente vacía salvo un
coche plateado y enorme. Miró adentro y estaba vacío así que aprovechó para dibujar con el anillo
de diamante (que según su madre provenía de un oficial del ejército de Napoleón que
probablemente fuera algún tipo de antepasado, con la puta y el santo, por
supuesto) sobre la puerta
izquierda un detallado retrato de EH y escribir abajo SE BUSCA. Después le
rompió los espejos y se fue a la esquina a comerse una pita con falafel. En la
única mesa del infame tugurio estaban sentados cuatro hombres de aspecto
seductoramente facineroso. Hola le dijo uno y ella no le contestó con miedo y
deseo porque después de tantos años ya sabía que era transparente y en realidad
podría hacer lo que se le viniese en gana y en realidad lo hacía salvo la caja.
El que dijo hola está sentado
en una moto roja y tiene enormes barbas blancas, debajo de la campera de cuero
se ve el tatuaje conocido, como el tipo que está sentado a su lado, bajo su sombra de
muchacho en flor y sobre la mesa dos tipos más están sentados entre los vidrios
rotos de infinidad de botellas de vino uno llora y otro ríe y el tatuado, el
inscrito, los mira con tanto amor que ella se tiene que ir. Pero no se puede
volver a la casa y vuelve al teatro donde bajo una luz azul hay un grupo de
trabajo examinando el cuerpo de una mujer. Ella está sentada sobre un pedestal de vidrio
iluminado desde adentro y la luz y el reflejo fragmentan su cuerpo blanco y
azul. Unos celos rojísimos le queman el esófago. No tiene ojos más que para esa
mujer pero ella también sabe hacer algunas cositas: repta entre piernas flojas
y deja que sus manos y sus lenguas salgan de paseo entre entrepiernas flojas
aflojándolas totalmente. Desde muy abajo extiende otra mano larga muy larga que
ciega va recogiendo calor y terciopelo hasta inventar un puente jadeante entre
la mujer y ella por el que pasan y vuelven a pasar los miembros oscuros desconectados
de los hombres silenciosos sus suaves torneadas vergas y lenguas todo es
silencio húmedo respiración caliente
¿dónde habrá dejado la caja? Si, decidió que se va a
mudar a una habitación en alguna otra ciudad que no sea donde empezó ni donde
llegó. Otra. Otra vez otra. Junta en las siete bolsas marineras las cosas:
cortinas, piedras, condimentos exóticos, el teléfono y el reloj de cucú y las dispone en fila
india en la entrada a la casa. Los muchachos cargan las cosas en una carreta
roja e instalan el sillón encima de todo y ella se trepa mostrando todo el culo
que puede, agradecida. Mira a los muchachos desde arriba y les pregunta si
están contentos, realmente aliviados. Ellos la tocan un poco y todos se
tranquilizan. Beben juntos un trago de brandy numerado, pasándose la botella y
pasándose un porro y allí, ella siempre desde arriba, ellos siempre de
veinte años, aceptan las cosas como son. La carreta parte con destino
desconocido, futuro imprevisible, que será. Sumamente agradecida.
Atraviesa la ciudad baja, de casas cuadradas y gente conocida hablando idiomas
desconocidos o habituales tal vez pero siempre cubiertos con una película a
veces fina y veces gruesa de impenetrabilidad, los idiomas. Alguien grita su
nombre y cuando mira ve a sus amigas de los jueves sentadas en la mesa del café de costumbre. Se baja
del sillón y corre a su encuentro sobre los tacones de aguja, la cabeza tirada
hacia atrás, un gran dolor en la base del cuello y los labios pintados
sonrientes. Todas se besan y se compadecen. Hablan y se ríen tomando café o té. Sabe
que está deteniendo
el tráfico con la carreta estacionada en la mitad de la calle. Los caballos,
pensativos miran con ojos marrones y muy agradecidos a través de las
ventanillas de los coches peceras. En realidad no es que quiera hablar con sus
amigas de café o
té, lo que realmente quiere es detener el tráfico. Mientras la situación va
tomando colores altamente satisfactorios decide que cuando siga viaje va a ser
en dirección a Ramat Aviv o el Parque del Oeste, lugares vacíos de ideas
propias, de los que es posible apropiarse con relativa facilidad y usarlos de
papel en blanco.
La nueva habitación es
blanca y vacía y por ahora no hay nadie. Abre la bolsa correspondiente (después
de tantas veces el orden es conocido) y encuentra la caja de marcadores.
Comienza a domar la pared con infinita paciencia. Sin apuro, sin que las cosas
crezcan sólo para ocupar más espacio, tiene tiempo, tiene lugar. Un monstruo de
ojos verdes y espalda oscura la mira fijamente mientras va surgiendo de la
pared, (¿de dónde lo conozco?) y se va abriendo en dos en forma muy femenina,
casi recatada pero ella no lo rescata y termina de partirlo en dos. Ahora ya es
más claro, dice a la pared en voz alta y se asoma a la ventana, abierta y enrejada,
pensando en los malvones que ahora se llaman geranios y que va a intentar
nuevamente cultivar en la ventana enrejada. Su historia con los malvones es
como todas las otras así
que no vale la pena de contar. El final es que no hay, y eso es todo lo
que importa. Sale al salón común y en una esquina ve a uno de los chicos tocando el saxo y se da cuenta que
otra vez, que ahora es tarde para irse y cierra la puerta en un arrebato
incontrolable de furia. Y se queda afuera. Pelirrojo, este. Levanta los ojos y
dice quiero un porro. Después del almuerzo, querido. Sonríen. De todas formas
no son tantos y no son aquellos. Y si encuentra a EH y le quita la llave capaz
que en esta casa está la
caja.
Cuando empiezan a picarle
los pies y no encuentra dónde sentarse es mala señal. Sin pensarlo demasiado se
monta a lo que sea y se va a otra parte. Pero
hace media hora que te mudaste! No, no es posible, la vez pasada te quedaste
dos días y ahora a la media hora. ¿Para qué
mandaste de vuelta la carreta y los muchachos? Pero qué vergüenza. Ni lo puede decir. Y todo se
puso rojo de vergüenza: el piso de terracota y la pared bañada en sangre y una
luz que no deja pasar a nadie: rojo, rojo, rojo, el hombre rojo inmóvil, no
entra ni aire.
Dos cebollas es suficiente,
de espaldas se escucha sin ser vista es casi como ser invisible, y unos siete
dientes de ajo medianos, picarlo todo no muy fino, pero tampoco escuchar
quiere, así que
se repite en voz alta: un chorrito de aceite de oliva, agregarle los tomates
pelados y por qué dicen
siempre que hay que sacarles las semillas, pavadas, eso dicen, decían hasta que
dejó de escuchar, pavadas, sal, pimienta, orégano, y después se trepa por un
tallo de perejil que crece y crece, ni siquiera tiene que treparse, lo agarra
bien fuerte y ya el
perejil la lleva a alturas o profundidades insospechadas. Agregar la crema de
leche y revolver, revolver, revolver. (No me gusta el parque de diversiones,
todo da vueltas, todo me da miedo, la rueda gigante y los coches chocadores y
los monstruos que dan vueltas y más vueltas en la calesita. Sólo la mujer
araña). La salsa está a
punto. Ella cocina, ella habla cinco idiomas, ella baila, ella canta, ella
bebe, ella está más
sorda que una tapia.
no sólo sorda, también
ciega, tendida en algo aterciopelado sintiendo la seda fresca y escurridiza
rozando la piel y otro algo cálido de una suavidad diferente haciendo un
lentísimo recorrido por lugares no inscritos en ningún mapa y algo blando y
dulcemente elástico y cierta aspereza tan agradable que marca los bordes de
otra cosa y también los olores de afuera y los más cerrados íntimos que no se huelen con la nariz sino
con la piel y las manos
Aplausos, estruendosos
aplausos. Saluda al nutrido público y sigue viaje.
Aquella vez se subió a un
barco con las siete bolsas marineras nunca tan adecuadas y partió desde
dirección desconocida hacia otra ciudad. Para huir de tanta gente tendría que
haberse ido mucho más lejos. Pero básicamente la idea era estar en algún lugar
y no conocer a nadie. Aunque se pasaba todo el día hablando con aquellos que se
habían quedado a
miles de kilómetros en alianza secreta con los perseguidores. Huyó para
salvarse la vida. En realidad no huyó para nada ni de nada. Se escapó del
ruido. Ella tocó las costas del nuevo país dejando atrás la amenaza decibélica.
O así lo creía.
Podía soportarlo todo menos que le hablaran. Y algo que caracteriza a ese
racimo de personas que cobran vividez al perderse en la distancia es esa
especie de cacofonía que producen, porque aunque saben y piensan son muy poco musicales. No se
puede ser musical allí. Es muy parecido al paraíso
original o jardín del edén: todo el tiempo dándoles nombres a las cosas para
que existan. Un temor constante de ser expulsados del paraíso, intentando
mantener las formas de la significación, aún sabiendo que nada de nada. El
discurso de esto y el discurso de esto y la palabra aquella y la palabra otra.
Un ruido tremendo. Claro que dejar a las cosas sin nombre. El rock ayuda. Y las
otitis.
las casas comunicantes:
salía de una puerta con la carretilla sobre la que se apilaban sus bolsas
marineras y atravesando un estrecho corredor pero ninguna escalera llegaba a la
puerta de la otra casa, con otras paredes y otras ventanas, aunque siempre la
misma gente. Si eso era el gran viaje. En una de sus mudanzas encontró una
grieta en la pared del corredor. Se asomó y logró divisar en la
oscuridad un animal, no, no era un animal sino una niña acurrucada en un
rincón. Buscó una entrada y no la encontró, así que empezó a escarbar en la pared con el
hacha hasta hacer un orificio suficiente, a todo esto la niña parecía querer
incrustarse en la pared, hacerse parte de ella, ella se acercó despacito e
intentó tocarla y la niña la mordió con todas las fuerzas. Ahí hubiera tenido que entender, y sin embargo
en ese instante ella tomó la decisión de llevársela consigo. Aunque ambas
murieran en la empresa. Y casi mueren. Llegaron a la casa nueva arañadas,
chorreando sangre. Ya no era claro quien se aferraba a quien, si la niña le clavaba
las uñas a ella o era ella quien le asía las manos con toda la fuerza de la que
era capaz. Cerró la puerta con llave y dejó a la niña sobre la alfombra verde.
Mientras preparaba comida y bebida la observaba desde una distancia prudencial.
La niña, sin emitir un solo sonido, desgarraba minuciosamente todo lo que la
rodeaba. Parecía elegir, sabía qué cosas romper y cómo hacerlo. En silencio absoluto. Ella
puso sobre la mesa un plato de frutas y pan con manteca y queso. La niña se
abalanzó sobre la comida tiró el plato contra la pared y saltó sobre las
frutas, escupió sobre el pan y se fue al rincón, desde donde la miró con odio.
Y desde ese momento estarían juntas. Compartiendo el mismo aire. La niña miraba
las cosas y las cosas se cubrían de una fina y untuosa capa de hiel
amarillenta. Miraba sus piedras y plumas y brazos, miraba los animales de la
pared que perdían el brillo y las cacerolas que se agrietaban. Las hojas se
marchitaron como si las hubiera agostado un jamsín helado. La cabeza rapada,
los ojos descoloridos. Ella quería dormir, quería comer, pasear y no podía. La
niña la miraba y toda actividad perdía la imagen primera que la puso en
movimiento. La niña la miraba y ella se dejaba caer. Hasta que no se levantó. Una
noche sintió las manos rodeándole el cuello y asiendo los brazos descarnados
con todas sus fuerzas la arrastró hacia la grieta donde alguien que sabía la
había encerrado y trajo el más pesado de los muebles de la habitación y la
obstruyó. Volvió a su cuarto juntó sus cosas y temblando aún salió a la calle.
Va al teatro donde trabaja
de acomodadora, guia a la gente perdida en la oscuridad y la instala en un confortable sillón
para que desde allí puedan
absorber eso que vinieron a buscar.
El teatro la fascina. Es
decir el edificio y todo lo que contiene. Durante horas camina en el sótano,
entre pedazos de escenografías viejas. Cuando está vacío está aún más habitado. Ella pasa días y noches
entre trajes y pelucas, entre casas, fuentes y muebles de otra época. No vio ninguna obra ni le interesa
ver, más bien se siente profundamente avergonzada cuando inadvertidamente mira
el escenario y ve a esa gente allí arriba hablando cosas, disfrazados. Prefiere dedicarse
al público. Le parecen tan inermes, tan concentrados en lo que sucede en la
escena, inconscientes de su mirada. Los estudia en la penumbra, como niños
inocentes de caras lisas y ojos muy abiertos. Entregados. Junto con los abrigos
que dejan en la entrada se quitan la desconfianza. Todo les puede suceder si
ella no los cuida.
Una noche se despertó
sobresaltada sintiendo en el cuello las garras de un animal, pero ella sabía
que era la niña. Encendió la luz y vio una sombra escurriéndose detrás del
televisor. Se levantó aterrada, sintiendo que no podría dormir más allí y decidió dejarle la
habitación. Se fue al teatro. Entró por la puerta de atrás y bajó al sótano de
las escenografías. Eligió una de las camas que era muy ancha y bastante
destartalada - era gigantesca y le faltaba una pata. Destornilló las otras
cuatro y la arrastró a uno de los rincones más remotos, y la instaló entre
escenografías viejas. Se acostó encontrando el colchón sorpresivamente cómodo y
resistente y fue paseando lentamente la mirada por puertas y ventanas de cartón
y madera pintados, grandes macetones con flores de papel, el farol de alumbrado
de extrañas proporciones alumbrado por la luz tenue de las lámparas de
emergencia que nunca se apagaban por si el fuego que era el principal enemigo
como solía decir el encargado del almacén de tramoya. Desde donde estaba acostada
no se veía más que tres paredes de lugares diferentes apoyadas en ángulos peculiares cerrando un espacio
vivible en torno a la cama y a un trozo de piso cubierto de diferentes objetos
que prometían un placentero juego de análisis y organización de espacios dados.
Hacía tiempo que no se sentía tan bien. De ahí probablemente no tendría que moverse.
Podía simplemente cambiar de escenografía. Y esa soledad habitada. Ideal. Reorganizó
su posición sobre la cama de modo que podía ver la puerta sin volverse. Siempre
durmió así, desde su más temprana infancia, vigilando la puerta a través de los
ojos fuertemente cerrados. Antes de dormirse alcanzó a convocar una breve
narración acerca de sus diecisiete años, es decir un mes dentro de ese año.
Algo acerca de un viaje a la provincia de Córdoba y unos encuentros con jóvenes
israelíes y viejos nazis. Le gustó en particular una noche cuando perdida con
un compañero de movimiento revolucionario, un chico tímido y golpeado por la
vida, lo sedujo y después tuvo que pedir refugio en la colonia nazi ya que los
israelíes no quisieron saber nada pero los nazis tampoco porque como no sabía
alemán les hablaba en idish. No es que no tuviera conciencia política pero había corrido mucha agua
bajo el puente desde entonces y se estaba filtrando por debajo de la puerta de
cartón que había desempeñado un papel fundamental en una versión post-moderna
de Edipo Rey entre las piernas de la actriz que hacía de Yocasta, es decir su
figura proyectada en gran tamaño en la pared. Le pareció que había un
simbolismo un tanto obvio en el agua fluyendo justamente bajo esa puerta pero
si no se levantaba y hacía algo probablemente se le iba a mojar la cama que
tantas satisfacciones le había dado hasta el momento, y aunque en camas mojadas
había dormido gran parte de sus infancias y adolescencias, salió (por la puerta
en cuestión, sin poder evitar la sensación de ridículo que le producía ser
parte del juego imaginario de alguien con tan poca imaginación), y vio que dos
de los grandes grifos (¿no son pájaros monstruosos?) habían sido
abiertos al máximo. El sótano era enorme pero cerrado y el agua no había aún
llegado a acumularse. Cerró cuidadosamente los grifos y pensó que alguien no
quería que estuviese allí, o en ningún otro lado. Eso significaba que
tenía que cuidarse y cuidar el sótano. Antes de irse a dormir revisar puertas y
entradas, no las simbólicas sino las de verdad. No sintió miedo sino una furia
roja que usó para limpiar todo el desastre a nivel de piso. En cuatro patas
arrastró un telón púrpura viejo con el que fue enjugando el agua hasta que el
peluche se volvió negro y tan pesado que fue imposible moverlo y ella lo dejó
junto a una pared y contempló su sótano con satisfacción, constatando que nada
quedaba de la ira. No, no era cosa de ponerse a pensar quién la esperaba en una
esquina oscura, en un rincón maloliente, quién quería obligarla a odiar en
concreto, que es diferente al odio difuso que se permitía sentir por cosas
grandes, demasiado grandes y poderosas. Salió a la calle bañada en un brillo
plomizo de fin de invierno. Compró un croissant que como siempre era un poco
diferente a como debía ser y fue caminando en dirección al mar. A
medio camino vio una de esas placitas para niños, perros y jubilados y se sentó
en un banco pintado de verde, bajo la sombra de un árbol cuyo nombre desconocía pero no era
el árbol de las
pelotitas con pinchos que sombreó su infancia. Era un árbol demasiado decorativo para la función
que cumplía, seguramente traído de algún país tropical y obligado a desplegar
su lujuria sangrienta de flores carnosas que parecían extrañamente desnudas y
pornográficas en ese contexto de llantos de niños que otros niños obligan a tragar arena o
ladridos de perros atacados por otros perros, o conversaciones siempre en más
de un idioma entre ancianos sordos. A aquellos, allá, los llamaban paraísos. Se
encontró mirando fijamente un teléfono público que al parecer estaba sonando
desde hacía un buen rato. Una de las mujeres que cuidaban a los niños o a los
perros levantó finalmente el tubo y mirándola con una sonrisa untuosa y casi
con deferencia le dijo: es para tí. Claro que si lo hubiera
dicho en castellano hubiera dicho para usted, pero en hebreo nadie es usted.
Todos son familia y no se soportan con esa resignación tan familiar que
proviene de lo inevitable. En el teléfono escuchó una voz que no reconoció y
que le dio indicaciones claras explicándole con lujo de detalles cómo llegar al
lugar de la cita. Ella intentó preguntarle quién era y qué cita era esa y con quién pero el
desconocido no respondió. Llegó a unos metros del lugar designado y
se escondió en un zaguán oscuro al acecho. A la hora señalada llegó un hombre
de apariencia seria y pulcra, un señor sin duda. Ella se asomó un poquito para
verlo mejor y de inmediato
él la vio. Salí de
ahí atrás, le
dijo el hombre con severidad. De inmediato ella se sintió de seis años y
obedeció, no sin placer. Mirá que sos boba vos, eh, le dijo el hombre
con el mismo grado de severidad. Muy argentino, eso sí. Si te querés esconder, cantó
con tonada rabínica, escondéte, pero no te quedes colgada entre venir y no
venir; entre ocultarte y aparecerte. Ella miraba la corbata intentando decidir
qué es lo que
eran esas curvas entrelazadas como signos azules y verdes sobre otras curvas
que también eran el fondo de un color borra de vino. Vamos, entramos en ese bar
y tomamos un clarete frío. Ella lo siguió. El bar estaba en penumbras y
desde los ventanales se divisaba un mar plomizo sin horizonte. De pronto él
sonrió y ella lo
reconoció. Jacobol,
otra vez Jacobo.
El psicoanalista de siempre. Ella se levantó, decepcionada, ofendida,
estúpida. Jacobo, riendo, le propuso lo de siempre: una copia de la llave. Le
dijo también que a su edad y en su situación y que se mirara en el espejo y que
la realidad. Ella rompió la botella de clarete y le acercó al cuello el cuello
erizado y le dijo hazte humo y nunca más. Un rayo de sol verde tocó el prisma
creado por uno de los dientes erizados de la botella rota y se concentró
intensamente en sí mismo
dejando caer chispas de un azul incomparable sobre la corbata por fin
decodificada: eran nidos de víboras que espantadas por el fuego comenzaron a
desparramarse despavoridas por la camisa de Jacobo. Y Jacobo se hizo humo.
La teoría de Jacobo era que
no era lógico jugarlo todo por una llave, cuando era claro que la caja ni
siquiera estaba cerrada. Después o antes de Jacobo estuvo una negra grandota
que cantaba boleros porque a Jacobo ella no le tenía confianza, decían en la
casa grande, porque era un hombre de la misma raza que EH. De todas formas de
nada sirvió Celeste, la negra grandota, porque:
de vuelta en su cama
escenográfica, mirando el techo lejano y oscuro sobre el que se proyectaban
imágenes de película en colores hollivudescos, las formas enormes de hombres y
mujeres acercándose, alejándose, en una danza muda, sin ritmo ni razón, entre
retazos de una vegetación monstruosa, prehistórica, los vio a todos, absortos
en sus movimientos mecánicos, bidimensionales, representando para ella sin
provocarle dolor ni amor, enorme caja sin sorpresas por fin totalmente abierta
para nada, para eso, para ver sin tocar, el cuerpo de piedra, intacto.