Es urgente.
Ella se abre paso con ayuda de un paraguas rojo y un carrito de bebé repleto de
sus tesoros que sólo ella sabe de donde vienen y a donde van. Las sombras
dispuestas en la acera simétricamente, jardín barroco con cabezas y piernas
grises que deberían ser verdes, se apartan sin ojos, se apartan sin dolor y
quedan charquitos en la calle. Ella corre, salta, y queda casi inmóvil, colibrí
parpadeando sus alas verdiazules velozmente detenido en el aire, invirtiendo
todo el esfuerzo en quedarse. Es urgente encontrar a alguien y decirle y
decirle que aquello que descubrieron allí en la telaraña no era como parecía:
estaba agazapado en algún rincón y ella le había puesto una tapa como a todos
los agujeros negros de la calle y que era el mismo animal sólo que rancio por
el tiempo que había pasado desde la primera vez que recordaba haberlo visto en
las noches de alguna de sus infancias. Sí, ella recordaba como las figuras del
falansterio fueron vistiéndose de fiesta y brillaban en las paredes moviéndose
sin ritmo alguno cada una encerrada en su propia tonada, pero formando un mapa
casual que mejor envuelto en nylon duro o sí, cristalizado, menos peligroso.
Ella ya no corría se deslizaba
vertiginosamente en la autopista entre cajas de metal a chorro venenoso
y se cubrió con su máscara aisladora de odio limpio gritando con voz masculina, ronca y borracha, se abría paso,
las cajas latosas se autoeliminaban a sus lados y a sus espaldas quedaban
montículos humeantes que lentamente se desintegraban y el camino quedaba
sembrado de bolitas de vidrio que reflejaban luces perdidas y rodaban
dulcemente trás ella cantando con voz vidriosa algo que parecía la versión
cansada y risueña de la Internacional. Tampoco la voz de las revolucionarias
sirenas de vidrio la detuvo, ella siguió adelante porque era urgente encontrar.