Los dos monitores que emitían un
ritmo coordinado y armónico dejaron súbitamente de hacerlo y se escuchó repentinamente un silbido continuo tan penetrante que
casi toda persona que se encontraba en ese momento en el hospital y sus
alrededores se puso respetuosamente de pie (salvo dos o tres que bajaron
inmediatamente al refugio antibombas), esperando que la sirena cesara. EH hizo
lo que la mayoría, con más razón aún, siendo que era el único en saber la causa del duelo. Pasado un tiempo suficientemente prolongado
pensó
que alguien deb a apagar los aparatos, pero no se atrevió a ser el primero en moverse. El silbido crecía y crecía y sus padres
estaban allí, definitivamente
muertos y el mundo les rendía respeto por error. Había pensado más de una vez
en ese momento, en el aislamiento tan cómodo que traería como consecuencia. En
el silencio y la ausencia de las miradas, la mirada húmeda de sueños y llantos
de su padre, la mirada burlona a través
de las gafas de su madre. Ahora el secreto le pertenecía sólo a él. Ahora podría construir su
fortaleza con el botín logrado a fuerza de paciencia y vergüenza. Se lo debían.
Eran los últimos. Era cuestión de volver a
casa, organizar con agradable parsimonia los trámites a realizar, hacer las
cuentas necesarias y ya estaba. Los otros ya habían sido borrados, cada uno a
su tiempo, dejando a su disposición lo que ahora formaba la sólida base de su
finca. Ya en su casa se cambió de ropa (camisa celeste claro, corbata bordeaux, pantalones grises, saco
azul, medias bordeaux, zapatos negros, impecable, inexistente) y dedicó diez minutos a considerar su futuro, inmediato y lejano.
Numeró
los pasos a dar y en una secuencia mental de
tai-chi estudió en cámara lenta
las figuras. Figuras borrosas que se iban alejando. Fragmentos de memoria que
tanto esfuerzo había invertido en diluir con el ácido corrosivo de la humillación. Se contempló en el espejo y vio el espejo. Ahora tenía que cuidarse, todos los muertos
rodeándolo, a distancia, pero allí. Ahora debía moverse lo menos posible. Comer
sano. Macrobiótica por ejemplo. Aún ahora el mundo estaba lleno de enemigos.
Mañana se levantaría y hombres grises lo llevarían en tren en dirección
desconocida. Podían quitarle sus cosas. Amenazarlo con una incertidumbre
planificada. Tal vez otros supieran cosas que él desconocía.
Podían incluso exigirle cosas. Cortó el hilo del pensamiento con una lista filosa de realidad: tenía que ir al
abogado, al contador, llamar a su secretaria. Una semana después se subiría a
un avión y después de varias horas en blanco total llegaría por ejemplo a Albania , donde entre
desconocidos será el Dr. EH, especialista. Sin historia, sin imágenes, sin
miedo. Nunca se le habían colado en un cuarto de hotel, en calles extrañas,
llenas de rostros vacíos, como de escenografía.