La puerta de calle está cerrada con llave, las demás todas abiertas.  Puedo dibujar a ciegas el horizonte de los acontecimientos en torno al agujero negro. Pero más lejos y más adentro nada es lo mismo y de todas  formas no puedo llegar. No es temor al peligro, es certeza. El resto está inscrito en este organismo. Ni hace falta buscar.

Porque soy Albania

y llevo a Albania conmigo de ciudad en ciudad

de Estado de sitio en estado de sitio

cerrada desde dentro

erigiendo año trás año la muralla

de soberbia humildad, de autosuficiencia infeliz

y los ojos tristes en torno a la mesa

comiendo comida albana, caliente y sosa

frente a las imágenes repetidas

de un hombre, un libro, una estatua ciega.

El grifo llora automáticamente

una gota, siempre la misma

y los ojos enormes, secos y mudos

construyen una Albania transparente.

Suena el teléfono en la casa vacía. Una y otra vez. Contestador automático. Quisiera responder sí, alguna vez sí. Pero recuerdo que me fui. Deje el recuerdo de su voz después del grito.

 

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