(Aunque tiene que ver con la caja y el resto. A veces me digo si habrá algún pedacito que no tenga que ver con todo el resto. Pero cuando lo
descubro, ese pedacito digo, lo miro un poco y le sonrío como diciendo Hello
stranger y ya enseguida resulta que me mira con cara de a mí me venís con estas y al fin y al cabo todo igual). Por
la forma de las cosas era evidente que no se trataba de sexo sino de
desesperación. Parecía imposible seguir viviendo sin intentar por lo menos
darle forma (ya que no se podía darle sentido) al deseo de borrar la imborrable
distancia entre uno y otro. No tenían más que sus cuerpos para inventar y un
cúmulo de prohibiciones marchitas, descoloridas ya. A jugar se ha dicho,
dijeron. E irrumpieron en un llanto amargo, que a su vez interrumpió la risa.
Jardines japoneses de imaginaciones compartidas. Cada uno fue tirando al medio
el contenido de su mochila, el deseo de hundirse en un enorme regazo cálido en
el que hubiese lugar para todo, para las humillaciones y las imposibilidades,
para la traición y el perdón incondicionado. Ir hilando un relato que lo
comprendiera todo y que fuera sobre todo bello, que iluminara con la luz de lo
inevitable sus vidas pasadas y presentes. Y sabían también que lo bello es
terrible.
Cuando llegó se convirtió en una
mirada. En el intento de imponer a la telaraña su propia
forma perdió el cuerpo.