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EL CICLO ARIO
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Las razas humanas y los
orígenes de la religión.
TUT
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"El cielo es mi padre, él me ha
engendrado. Tengo familia todo este acompañamiento celeste. Mi madre; es la
gran tierra. La parte más alta de la superficie es su matriz; allí el Padre
fecunda el seno de aquélla, que es su esposa y su hija".
He ahí lo que cantaba, hace cuatro o cinco
mil años, delante de un altar de tierra donde flameaba un fuego de hierbas
secas, el poeta védico. Una adivinación profunda, una conciencia grandiosa
respira en esas palabras extrañas. Ellas encierran el secreto del doble origen
de la humanidad. Anterior y superior a la tierra es el tipo divino del hombre;
celeste es el origen de su alma. Pero su cuerpo es el producto de los elementos
terrestres fecundados por una esencia cósmica. Los besos de Urano y el gran
Madre significan, en el lenguaje de los Misterios, las lluvias de almas o
monadas espirituales, que vienen a fecundar los gérmenes terrestres: los
principios organizadores, sin los que la materia sólo seria una masa inerte y
difusa. La parte más alta de la superficie de la terrestre, que el poeta védico
llama la matriz de la tierra, designa los continentes y las montañas, cuna de
las
En este capitulo sólo nos ocuparemos de los
orígenes terrestres de la humanidad según las tradiciones esotéricas,
confirmadas por la ciencia antropológica y etnológica de nuestros días.
Las cuatro razas que comparten actualmente
el Globo son las hijas de la tierra y zonas distintas. Por creaciones
sucesivas, lentas elaboraciones de la tierra en su crisol, los continentes han
emergido de los mares e intervalos de tiempo considerables, que los sacerdotes
antiguos de la india llamaban ciclos antidiluvianos. A través de millares de
años, cada continente ha engendrado su flora y fauna, coronada por una raza
humana de color diferente.
El continente austral, tragado por él
ultimo gran diluvio, fue la cuna de la raza roja primitiva, de la que los
indios de América no son mas que restos, derivados de los trogloditas que se
salvaron en los picos de los montes, cuando el continente se hundió. El África
es la madre de la raza negra llamada etiópica por los griegos. El Asia ha
elaborado la raza amarilla que se conserva en china. La ultima en nacer, la
raza blanca, salió de los bosques de Europa, entre las tempestades del
Atlántico y las brisas del Mediterráneo. Todas las variedades humanas resultan
de las mezclas, de las combinaciones, de degeneraciones o selecciones de esas
cuatro grandes razas. En los ciclos anteriores, la roja y la negra han reinado
sucesivamente por medio de potentes civilizaciones que han dejado huellas en
las construcciones ciclópeas y en la arquitectura de México. Los templos de la
India y Egipto tenían acerca de esas civilizaciones desvanecidas, cifras y
tradiciones escasas. --En nuestro ciclo la raza blanca domina, y si se mide la
antigüedad probable del Egipto y la India, se hará remontar su prepotencia a
siete u ocho mil años(1-12).
Según las tradiciones brahmánicas, la
civilización ha comenzado sobre la tierra hace cincuenta mil años, con la raza
roja, sobre el continente austral, cuando Europa entera y parte de Asia,
estaban bajo el agua. Esas mitologías hablan también de una raza de gigantes
anterior. Se han encontrado, en ciertas cavernas del Tíbet, osamentas humanas
gigantescas, cuya conformación semeja más al de un mono que al de hombre. Ellas
se relacionan con una humanidad primitiva, intermedia, aun vecina de la
animalidad, que no poseía ni lenguaje articulado, ni organización social, ni
religión. Porque estas tres cosas brotan siempre a la par; y ese es el sentido
de aquella notable tríada bárdica que dice: "tres cosas son primitivamente
contemporáneas: Dios, la luz y la libertad". Con el primer balbuceo de la
palabra nació la sociedad y la sospecha vaga de un orden divino. Es el soplo de
Dios en la boca de Adán, el verbo de Hermes, la ley del primer Manu, el fuego
de Prometeo. Un Dios palpita en la fauna humana. La raza roja, ya lo hemos
dicho, ocupaba el continente Austral, hoy sumergido, llamado Atlántida por
Platón, según las tradiciones Egipcias. Un gran cataclismo le destruyó en parte
y dispersó sus restos. Varias razas polinésicas, al igual que los indios de la
América del Norte y los Aztecas que Hernán de Cortés encontró en México, son
los supervivientes de la antigua raza roja, cuya civilización, perdida para
siempre, tuvo sus días de gloria y de esplendor material. Todos esos retrasados
llevan en sus almas la incurable melancolía de las viejas razas que mueren sin
esperanza.
Después de la raza roja , la raza negra
domino sobre el globo. Hay que buscar su tipo superior, no en el negro
degenerado, sino en el abisinio y el nubio, en quienes se conserva el molde de
esta raza llegada a su apogeo. Los negro invadieron el sur de Europa en tiempos
prehistóricos y fueron rechazados por los blancos. Sus recuerdo sé a borrado
completamente de nuestras tradiciones populares. Sin embargo, han dejado dos
huellas indelebles: horror al dragón que fue el emblema de sus Reyes y la idea
de que el Diablo es negro. Los negros devolvieron el insulto a la raza rival
haciendo blanco a su diablo. En los tiempos de su soberanía, los negros
tuvieron centros religiosos en el alto Egipto y la Judea. Sus ciudades
ciclópeas coronaban las montañas del Caucaso, de África y del Asia central. Su
organización social consistía en una teocracia absoluta. En la cima, los
sacerdotes temidos como dioses; abajo, tribus revoltosas, sin familia
reconocida, las mujeres esclavas. Esos sacerdotes tenían conocimientos
profundos, el principio de la divinidad del universo y el
Si el sol de África ha incubado la raza
negra, se diría que los hielos del polo Ártico han visto la florescencia de la
raza blanca. Son los hiperbóreos de que habla la mitología Griega. Esos hombres
de cabellos rojos, de ojos azules, vinieron del norte a través de las selvas,
iluminadas por auroras boreales, acompañados de perros y renos. Mandados por
jefes temerarios y animados, empujados por mujeres videntes. Cabellos de oro y
ojos de azul: colores predestinados. Esa raza debía inventar el culto del sol y
del fuego sagrado y traer al mundo la nostalgia del cielo. Tan pronto ella se
rebela contra éste hasta quererle
escalar, como se prosternara ante sus esplendores en una adoración absoluta.
Como las otras, la raza blanca tuvo que
liberarse del estado salvaje antes de adquirir conciencia de sí misma. Tiene
ella por signos distintivos el gusto de la libertad individual, la sensibilidad
reflexiva que crea el poder de la simpatía, y el predominio del intelecto, que
da la imaginación un sello idealista y simbólico. La sensibilidad anímica trajo
la afección, la preferencia del hombre por una sola mujer; de ahí la tendencia
de esta raza a la monogamia, al principio conyugal y a la familia. La precisión
de la libertad, unida a la sociedad, creo el gran clan con principios electivo.
La imaginación ideal creo el culto de los antepasados, que forma la raíz y el
centro de la religión de los pueblos blancos.
El principio social y político, se
manifiesta el día que un cierto número de hombres semi-salvajes, ante el ataque
de enemigos, se reúnen instintivamente y eligen al más fuerte y más inteligente
de ellos, para defenderles y mandarles: aquel día la sociedad nació. El jefe es
un rey en germen; sus compañeros, nobles frutos; los viejos deliberantes, pero
incapaces de andar, la fatiga, forman ya una especie de senado o asamblea de
ancianos. Pero ¿cómo nació la religión? Se ha dicho que era el temor del hombre
primitivo ante la naturaleza. Pero el temor nada de común tiene con el respeto
y el amor: aquel no liga él echo a la idea, lo visible a lo invisible. , El
hombre a Dios. Mientras que el hombre sólo tembló a la naturaleza. No fue el
hombre. Lo fue solo el día que asió el lazo que lo relacionaba al pasado y al
porvenir, a algo de superior y bienhechor, y donde él adoro esa misteriosa
incógnita. Pero, ¿cómo adoro él por vez primera?
FERE d`Olivet lanza una hipótesis
eminentemente genial y sugestiva sobre el modo de establecer el culto a los
antepasados en la raza blanca(1-14). En un clan
delicioso, dos guerreros rivales se querellan. Furiosos, van a matarse, ya han
llegado a las manos. En ese momento, una mujer con el cabello en desorden se
interpone entre los dos y los separa. Es la hermana de uno y la mujer del otro.
Sus ojos arrojan llamas, su voz tiene el acento del mando. Ella dice en frases
entrecortadas, incisivas, que ha visto en la selva al Antepasado de la raza, el
guerrero victorioso de tiempos remotos, el Heroll que se le ha aparecido. El no
quiere que dos guerreros hermanos luchen, sino que se unan contra el enemigo
común. “es la sombra del gran Abuelo, el Heroll me lo ha dicho, clama la mujer
exaltada; ¡Lo he visto¡” Lo que ella dice, lo cree. Convencida, convence.
Emocionados admirados y como abrumados por una fuerza invencible, los
Inspiraciones tales, seguidas de bruscas
reacciones, debieron producirse en gran número y bajo formas muy diferentes en
la vida prehistórica de la raza blanca. En los pueblos bárbaros, la mujer es
quien, por su sensibilidad nerviosa, presiente antes lo oculto, afirma lo
invisible. Que se considere ahora cuales serian las consecuencias inesperadas y
prodigiosas de un acontecimiento semejantes al que hemos relatado. En el clan,
en la tribu, todos hablan del hecho maravilloso. La encina, donde la mujer
inspirada ha visto la aparición, se convierte en árbol sagrado. Se la conduce
allá de nuevo; y bajo la influencia magnética de la luna que la coloca en un
estado visionario, continua profetizando en nombre del gran Abuelo. Pronto la
mujer y otras semejantes, de pie sobre las rocas, en medio de los claros del
bosque, al ruido del viento y del océano, evocarán a las almas diáfanas de los
antepasados ante las multitudes palpitantes, que las verán, o creerán verlas,
atraídas por mágicos encantos en las brumas flotantes de las transparencias
lunares. El último de los grandes celtas, Ossián, evocara a Fingal y sus
compañeros en las nubes compactas. Así en el origen mismo de la vida social, el
culto de los antepasados se establece en la raza blanca. El gran antepasado
llega a ser el Dios de la tribu. He ahí el comienzo de la religión.
Pero eso no es todo. Alrededor de la
profetiza se agrupan ancianos que la observan en sus sueños lúcidos, en sus
éxtasis proféticos. Ellos estudian sus estados diversos, fiscalizan sus
revelaciones, interpretan sus oráculos. Notan ellos que cuando profetiza en el
estado visionario, su cara se transfigura, su palabra se vuelve rítmica y su
voz elevada profiere sus oráculos cantando una Melopea grave y significativa(2-14).
De ahí el verso, la estrofa, la poesía y la música, cuyo origen pasa por divino
en todos los pueblos de raza aria. La idea de la revelación no podía producirse
más que a propósito de los hechos de ese orden. Al mismo tiempo vemos brotar la
religión y el culto, los sacerdotes y la poesía.
En Asia, en Irán y la India, donde los
pueblos de raza blanca fundaron las primeras civilizaciones Arias, mezclándose
a los pueblos de color diferente, los hombres adquirieron pronto supremacía
sobre las mujeres en cuestión de inspiración religiosa. Allí no oímos hablar
más de sabios, de Rishis, de profetas. La mujer rechazada, sometida, ya no es
sacerdotisa más que del hogar. Pero en Europa la huella del papel preponderante
de la mujer se encuentra en los pueblos de igual origen, que fueron bárbaros
durante millares de años. Aparece en la pitonisa escandinava, en la voluspa del
Edda, en las duidras célticas, en las mujeres adivinadoras que acompañan a los
ejércitos germanos y decidía sobre el día de la batalla(15-1). Y hasta en las bacantes tracias que sobrenadan en la leyenda
de Orfeo. La vidente prehistórica sé continua con la Pythia de Delfos.
Las profetizas primitivas de la raza blanca
se organizaron en colegios de duidesas, bajo la vigilancia de los ancianos
instruidos o druidas, los hombres de la encina, ellas fueron al principio
bienhechoras. Por su intuición, su adivinación, su entusiasmó, dieron un vuelo
inmenso a la raza que estaba solo en el comienzo de su lucha, varias veces
secular, contra los negros. Pero la corrupción rápida y los enormes abusos de
esta intuición eran inevitables. Sintiéndose dueñas de los destinos de los
pueblos, las druidesa quisieron dominarlos a toda costa. Faltándoles la
inspiración, quisieron dominar con terror. Exigieron los sacrificios humanos e
hicieron de ellos un elemento esencial de su culto. Los instintos heroicos de
su raza los favorecían. Los blancos eran valientes; sus guerreros despreciaban
la muerte; a la primera llamada venían voluntariamente y por bravata a
colocarse bajo el cuchillo de las sanguinarias sacerdotisas. Por medio de
hecatombes humanas se lanzaban los vivos hacia los muertos como mensajeros, y
se creía obtener así los favores de los antepasados. Esa amenaza perpetua,
colocada sobre la cabeza de los primeros jefes por boca de las profetizas y de
los druidas, se volvió entre sus manos un formidable instrumento de dominio.
Primer ejemplo de la perversión que sufren
fatalmente los más nobles instintos de la naturaleza humana, cuando no son
dirigidos por una savia autoridad, encaminados al bien por una conciencia
superior. Dejada al azar de la ambición y la pasión personal, la inspiración
degenerada en superstición, el valor en ferocidad, la idea sublime del
sacrificio en instrumentó de tiranía, en explotación pérfida y cruel.
Pero la raza blanca estaba aun en su
infancia violenta y loca. Apasionada en la esfera anímica, debía atravesar
otras muchas y sangrientas crisis. Acababa de ser despertada por los ataques de
la raza negra, que comenzaba a invadir el sur de Europa. Lucha desigual al
principio. Los blancos medio salvajes, salidos de sus bosques y habitaciones
lecustres, no tenían armas de hierro, armaduras de bronce, todos los recursos
de una civilización industriosa y sus ciudades ciclópeas. Aplastando en el
primer choque, los blancos llevados cautivos empezaron a ser, masa, esclavos de
los negros, que forzaron a trabajar la piedra y a llevar los minerales a sus
hornos. Pero algunos cautivos escapados llevaron a su patria los usos, las
artes y fragmentos de ciencia de sus vencedores. Aprendieron ellos de los
negros dos cosas capitales: la fundición de metales y la escritura sagrada, es
decir, el arte de fijar ciertas ideas por medio de signos misteriosos y jeroglíficos sobre pieles de animales,
sobre piedra o corteza de fresnos; de ahí las runas de los Celtas. El metal
fundido y forjado era el instrumento de la fuerza; la escritura sagrada fue el
origen de la ciencia y de la tradición religiosa. La lucha entre la raza blanca
y la negra osciló durante siglos desde
los Pirineos al Cáucaso al Himalaya. La salvación de los blancos se debió a sus
selvas, donde como fieras, podían esconderse para salir de nuevo en el momento
oportuno. Enardecido, aguerridos, mejor armados de siglo a siglo, tomaron por
fin un desquite; echaron abajo las ciudades de los negros, los arrojaron de las
costas de Europa e invadieron a su vez todo el norte de África y el centro de Asia, ocupada por tribus
diversas.
La mezcla de las dos razas se opero de dos
modos distintos, por colonización pacifica o por colonización pacifica o por
conquista pacifica o por conquista belicosa. Fabrés d´Olivet, ese maravilloso
vidente del pasado prehistórico de la humanidad, parte de esa idea para emitir
una visión luminosa sobre el origen de los pueblos llamados Semíticos y de los
pueblos Arios. Allí donde los colonos blancos se habían sometido a los pueblos negros por la guerra
aceptando su dominación y recibiendo de sus sacerdotes la iniciación religiosa,
allí se formaron los pueblos Semíticos, como los Egipcios anteriores a Menes,
los Árabes, los Fenicios, los Caldeos y los judíos. Las civilizaciones Arias,
al contrario, se formaron allí donde los blancos habían reinado sobre los
negros por la guerra o la conquista, como los iranios, los indios, los griegos,
los estruscos. Agreguemos a esto, que bajo la dominación de los pueblos arios
comprendemos también a todos los pueblos blancos que habían quedado en estado
salvaje y nómada en la antigüedad, tales como los escitas, los getas, los
sármata, los celtas y más tarde los germanos. Por este medio pudiera explicarse
la diversidad fundamental de las religiones y también de la escritura en esas
dos grandes categorías de naciones. Entre los Semitas, la intelectualidad de la
raza negra dominó al principio, se nota, sobre la idolatría popular, una
tendencia al monoteísmo, el principio de la unidad del Dios oculto, absoluto y
sin forma, que fue uno de los dogmas esenciales de los sacerdotes de la raza
negra y de su iniciación secreta. Entre los blancos vencedores, o conservados
puros, se nota, al contrario, la tendencia al politeísmo, a la mitología, a la
personificación de la divinidad, que proviene de su amor a la naturaleza y de
su culto apasionado por los antepasados.
La diferencia principal entre la manera de
escribir de los Semitas y los Arios, se explicará por la misma causa. ¿Por qué
todos los pueblos Semitas escriben de derecha a izquierda, y los Arios de
izquierda a derecha? La razón que de ello da Fabre d´Olibet es tan curiosa como
original, y evoca ante nuestros ojos una verdadera visión de ese pasado
perdido.
Todo el mundo sabe que en los tiempos
prehistóricos no había escritura vulgar. El uso de ella no se generalizó hasta
la escritura fonética o arte de representar las cosas por signo cualquiera, es
tan vieja como civilización humana. Y siempre en esos tiempos primitivos, fue
el privilegio del sacerdocio, como función religiosa y dotes de la raza negra o
meridional trazaban sobre pieles de animales o sobre tablas de piedra sus
signos misteriosos, tenían por costumbre volverse hacia el hemisferio sur; su
mano se dirigía hacia el oriente, fuente de luz. Escribían, pues, de derecha a
izquierda. Los sacerdotes de la raza blanca o septentrional aprendieron la
escritura de los negros y comenzaron por escribir como ellos. Pero cuando el
sentimiento de su origen se hubo desarrollado con la conciencia nacional y el
orgullo de la raza, inventaron signos propios y en lugar de volverse al sur,
hacia el país de los negros, dieron cara norte, al país de los antepasados,
continuando la escritura hacia el oriente, sus caracteres corren, pues, de
izquierda a derecha. De ahí la dirección de las runas célticas , del zend del
sánscrito, del griego, del latín y de todas las escrituras de las razas arias.
Ellas corren hacia el sol, fuente de la vida terrestre; pero miran al norte,
patria de los antepasados y fuentes misteriosas de las auroras celestes.
La corriente semita y la corriente aria: he
ahí los dos ríos por donde nos han llegado
todas nuestras ideas, mitologías y religiones, arte, ciencia y
filosofías. Cada una de estas corrientes lleva consigo una concepción opuesta de
la vida, cuya reconciliación y equilibrio seria la verdad misma. La corriente
semítica contiene los principios
absolutos y superiores: la idea de la unidad y de la universalidad en nombre de
un principio supremo que conduce, en su aplicación, a la unificación de la
familia humana. La corriente aria contiene la idea de la evolución ascendente
en todos los reinos terrestre y supraterestres, y conduce, en su aplicación, a
la diversidad infinita de los desarrollos, en nombre de la riqueza de la
naturaleza y de las aspiraciones múltiples del alma. El genio semita desciende
de Dios al hombre; el genio ario sube
del hombre a Dios. El uno se representa por el arcángel justiciero que
desciende sobre la tierra armado de la espada y del rayo; el otro por Prometeo,
que tiene en la mano el fuego robado del cielo y mide el Olimpo con la mirada
para transferirlo luego a ala tierra.
Nosotros llevamos esos dos genios en
nuestro interior. Pensamos y obramos por turno bajo el imperio de uno u otro.
Pero están entretejidos, no fundidos en nuestra intelectualidad. Ello se
contradicen y se combaten en nuestros íntimos sentimientos y en nuestros
pensamientos sutiles, como en nuestra vida social y en nuestras luchas.
Irreconciliables e invencibles los dos, ¿quién lo unirá? Y sin embargo, el
avance, la salvación de la humanidad, depende de su conciliación y de su
síntesis. Por tal razón, en este texto quisiéramos remontarnos hasta la fuente
de las dos corrientes, al nacimiento de los dos genios. Sobre las luchas
históricas, las guerras religiosas, las contradicciones de los textos sagrados,
pasaremos al interior de la conciencia
misma de los fundadores y de los profetas que dieron a las religiones su
movimiento inicial. ellos tuvieron la intención profunda y la inspiración de lo
alto, la luz viva que da la acción fecunda. Si, la síntesis preexistía en
ellos. El rayo divino palideció y se obscureció entre sus sucesores; pero
reaparece, brilla, cada vez que desde un punto cualquiera de la historia un
profeta, un héroe o un vidente remonta a su foco. Porque sólo desde el punto de
partida se divisa el objeto. Desde el sol radiante, el curso de los planetas.
Tal es la revelación en la historia,
continua, graduada, uniforme, multiforme como la naturaleza; pero idéntica en
su manantial, una como la verdad, inmutable como Dios.
Remontando el curso de la corriente semita,
llegamos a Moisés a Egipto, cuyos templos poseían, según Menethón, una
tradición de 30.000 años. Remontando el curso de la corriente aria, llegamos a
la India, donde se desenvolvió la primera grande civilización resultante de una
conquista de la raza blanca. La India y Egipto fueron dos madres de las
religiones. Los países tuvieron el secreto de la gran iniciación. Entraremos a
sus santuarios.
Pero sus tradiciones nos hacen remontar más
alto aún, a una época anterior, donde los dos genios opuestos de que hemos
hablado nos parecen unidos en una inocencia primera y en una armonía
maravillosa. Es la época aria
primitiva. Gracias a los admirables trabajos de la ciencia moderna, gracias a
la filología, a la mitología, a la etnología comparadas, hoy nos es permitido
entrever esa época. Ella se dibuja a través de los himnos védicos que no son,
sin embargo, mas que su reflejo con una sencillez patriarcal y una grandiosa
fuerza de líneas. Edad viril y grave que se parece a la edad de oro que soñaron los poetas. El dolor y la lucha
existen sin embargo; pero hay en los hombres una confianza, una fuerza, una
serenidad, que la humanidad no ha vuelto jamás a encontrar.
En
la India el pensamiento se hará profundo, los sentimientos se afinaran. En
Grecia las pasiones y las ideas se
cubrirán con el prestigio del arte y el vestido mágico de la belleza. Pero
ninguna poesía sobrepuja a ciertos himnos vedicos en elevación moral, en alteza
y amplitud intelectual. Hay allí el sentimiento de lo divino en la naturaleza,
de lo invisible que lo rodea y de la grande unidad que penetra todo.
¿Cómo nació civilización semejante? ¿Cómo
se desarrollo tan alta intelectualidad en medio de guerras de raza y de la
lucha contra la naturaleza? Aquí se detienen las investigaciones y las
conjeturas de la ciencia contemporánea. Pero las tradiciones religiosa de los
pueblos, interpretadas en su sentido esotérico, van más lejos y nos permiten
adivinar que la primera concentración del núcleo ario en el Irán se hizo por
una especie de selección operada en el seno mismo de la raza blanca, bajo la
égida de un conquistador y legislador,
que dio a su pueblo una religión y una ley conformes con el genio de la raza.
En
efecto, el libro sagrado de los poetas, el Zend-Avesta. Habla de ese antiguo
legislador bajo el nombre de Yima, y Zoroastro, al fundar una religión nueva,
apela a ese predecesor como al primer hombre a quien hablo Ormuzd, el Dios
vivo, como Jesucristo apelo a Moisés, el poeta persa Firdousi llama a ese mismo
legislador. Djem, el conquistador de los negros. En la epopeya INIA, en el Ramàyana,
él aparece con el nombre de Râma,
vestido de rey Indio, rodeado de los esplendores de una civilización
avanzada; pero conserva sus caracteres distintos de conquistador, renovador e
iniciado. En las tradiciones egipcias la época de Râma es designada por el
reino de Osiris, el señor de la luz, que precede al reino de Isis, la reina de
los misterios. En Grecia, en fin, el antiguo héroe semidiós era honrado bajo el
nombre de Dionisos, según se contiene en las tradiciones de Eleusis.
Como
los radios de un mismo circulo, todas esas tradiciones designan un centro
común. Siguiendo su dirección, se puede llegar a él. Entonces, por encima de la
India de los Vedas, sobre el Irán de Zoroastro, en el alba crepuscular de la
raza blanca se ve salir de los bosques de la antigua Escitia al primer creador
de la religión aria, ceñido con su doble tiara de conquistador y de iniciado,
llevando en su mano el fuego místico, el fuego sagrado que iluminara a todas
las razas.
A
Febrer d´Olivet pertenece el honor de haber encontrado ese personaje y de
trazar la vía luminosa que a él conduce: siguiendo, tratare, a mi vez, de
evocarle.
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