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La misión de Râma

 

TUT 69

 

 

 

 

 

   Cuatro o cinco mil años antes de nuestra era, espesas selvas cubrían aún la antigua Escitia, que se extendía desde el Océano Atlántico a los mares Polares. Los negros habían llamado a ese continente, que habían visto nacer isla a isla: “la tierra emergida de las olas”.¡Cuánto contrastaba con su suelo blanco, quemado por el sol, esta Europa de verdes costas, bahías húmedas y profundas, con sus ríos de ensueño, sus sombríos lagos y sus brumas adheridas a los flacos de la montañas! En las praderas y llanuras hermosas, sin cultivo, vasta como las pampas, no se oía otra cosa que el grito de las fieras, el mugido de los búfalos y el galope indómito de las grandes manadas de caballos salvajes, pasando veloces, con el crin al viento. El hombre blanco que habitaba en esas selvas, no era ya el hombre de las cavernas; podía llamarse dueño de su tierra. Había inventado los cuchillos y los hachas de silex, el arco y las flechas, la honda y el lazo. En fin, había encontrado compañeros de lucha, dos amigos excelentes, incomparables y abnegados, hasta fiel de su casa de  madera, le había dado seguridad en el hogar. Domando al caballo, había conquistado la tierra, sometiendo a los otros animales; había llegado ser el rey del espacio. Montado sobre caballos salvajes, estos hombres rojos recorrían la comarca como una tromba. Herían al oso, al lobo, al auroch, aterrorizaban a la pantera y al león, que entonces habitaban nuestros bosques.

   La civilización había comenzado; la familia rudimentaria, el clan, la tribu existían. En todas partes los escitas, hijos de los hiperbóreos, elevaban a sus antepasados menhires monstruosos.

   Cuando un jefe moría, se enterraban con el sus armas y caballo, a fin, decían, que el guerrero pudiese cabalgar sobre las nubes y expulsar al dragón de fuego en el otro mundo. De ahí la costumbre del sacrificio del caballo que juega un papel tan preponderante en los vedas y los escandinavos. La religión comenzaba así por el culto a los antepasados.

   Los semitas encontraron al Dios único  ------ “Espíritu Universal”------- , en el desierto, en la cumbre de las montañas, en la inmensidad de los espacios estelares. Los escitas y los celtas encontraron los dioses, los espíritus múltiples, en el fondo de sus bosques. Allí oyeron voces, allí tuvieron los primeros escalofríos de lo Invisible, las visiones del mas allá. Por esta razón el bosque encantado o terrible ha quedado como algo querido de la raza blanca. Atraída por la música de las hojas y la magia lunar, ella vuelve allí siempre en el curso de las edades, como a su fuente de Juvencio, al templo de la gran madre Herta. Allí duermen sus dioses, sus amores, sus misterios perdidos.

   Desde los tiempos más remotos, mujeres visionarias profetizaban bajo los árboles. Cada tribu tenia su gran profetiza, como la Voluspa de los escandinavos con su colegio de duidresas. Pero estas mujeres, al principio noblemente inspiradas, habían llegado a ser ambiciosas y crueles. Las buenas profetizas se convirtieron en malas magas. Ellas instruyeron los sacrificios humanos, y la sangre de los herolls corría sin cesar sobre los dólmenes, al son  siniestro de los cánticos de los sacerdotes, ante las aclamaciones de los esacitas feroces.

   Entre esos sacerdotes se encontraba un joven en la flor de la edad, llamado Ram, que se destinaba al sacerdocio, pero cuya alma recogida y espíritu profundo se rebelaban contra ese culto sanguinario.

El joven druida era dulce y grave. Havia mostrado desde edad temprana una aptitud singular en el conocimiento de las plantas, de sus virtudes maravillosas, de sus jugos destilado y preparados, no menos que para el estudio de los astros y de sus influencias. Parecía adivinar, ver las cosas lejanas. De ahí su autoridad precoz sobre los viejos druidas. Una grandeza benévola emanaba de sus palabras, de su ser, su sabiduría contrastaba con la locura de las druidesas, las inspiradoras de las maldiciones, que proferían sus oráculos nefastos en las convulsiones del delirio. Los druidas le habían llamado “el que sabe”; el pueblo le nombraba “el inspirado de la paz”.

   Ram, que aspiraba a la ciencia divina, había viajado por toda la Escitia y por los países del sur. Seducidos por su sabiduría personal y su modestia, los sacerdotes de los negro le habían hecho coparticipe de sus conocimientos secretos. Vuelto al país del norte, Ram se aterrorizó a ver los sacrificios humanos cada vez mas frecuentes entre los suyos. El vio en esto la perdida de su raza. Pero ¿cómo combatir esas costumbres propagada por el orgullo de las druidesas, por la ambición de los druidas y la superstición del pueblo? Entonces otra plaga cayo sobre los blancos, y Ram creyó ver en ella un castigo celeste del culto sacrilegio. De sus incursiones a los países del sur de su contacto con los negros, los blancos habían contraído una horrible enfermedad, una especie de peste, que corrompía al hombre por la sangre, por las fuentes de vida. El cuerpo entero se cubría de manchas negras, el aliento se volvía fétido, los miembros hinchados y corroídos por úlceras se deformaban, y el enfermo expiraba entre horribles sufrimientos. El aliento de los vivos y el hedor de los muertos propagaba el azote. Los blancos consternados caían y agonizaban  por millares en sus selvas, abandonados hasta por las aves de rapiña. Ram, admirado, iba a preguntar al desconocido lo que aquello quería decir. Pero éste, cogiéndole la mano, le hizo levantar y le mostró sobre el árbol mismo, al pie del que estaba acostado, una hermosa rama de muérdago. ----- “¡OH Ram!, le dijo, el remedio que tu buscas, aquí lo tienes”-----. Y  sacando de su seno un podon de oro, corto con el la rama y se la dio. Después murmuro algunas palabras acerca del modo de preparar el muérdago y desapareció.

   Entonces Ram, admirado se despertó por completo y se sintió muy confortado. Una voz interna le decía que había encontrado la salvación. No dejo de preparar el muérdago según los consejos de su divino amigo el de la hoz de oro. Hizo beber el brebaje a un enfermo en un licor fermentado y el enfermo curo. Las curas maravillosas que opero así, hicieron a Ram celebre en toda la Escitia. De todas partes se le llamaba para curar. Consultado por los druidas de su tribu, les dio cuenta de su descubrimiento, agregando que este debía ser un secreto de la casta sacerdotal para afirmar su autoridad. Los discípulos de Ram, viajando por toda la Escitia con ramas de muérdago, fueron considerados como mensajeros divinos y su maestro como semidiós.

   Ese acontecimiento fue el origen de un culto nuevo. Desde entonces el muérdago se considero como planta sagrada. Ram consagro su memoria, instituyendo la fiesta de Navidad o de la nueva salvación, que coloco al comienzo del año y que llamó Noche-Madre (del nuevo sol), o la grande renovación. En cuando al ser misterioso que Ram había visto en sueños y que había mostrado el muérdago se la llamo en la tradición esotérica de los blancos europeos, Aesc-hely-hopa, lo que significa; “la esperanza de la salvación esta en el bosque”. Los Griegos hicieron de el su Esculapio, el genio de la medicina, que tiene la varita mágica bajo la forma de cudeceo.

   Pero Râma, “el inspirado de la paz”, tenia más vastas miras. Quería curar a su pueblo de una plaga moral, mas nefasta que la peste. Elegido jefe de los sacerdotes del pueblo, dio la orden a todos los ruidras varones y hembras de dar fin a los sacrificios humanos. Esta noticia corrió hasta el Océano, saludada como fuego regocijante por unos, como un sacrilegio atentatorio por otros. Las druidesas, amenazadas en su poder, lanzaron sus ,maldiciones contra el audaz, fulminaron contra el sentencias de muerte. Muchos druidas, que veían en los sacrificios humanos el solo medio de reinar, se pusieron de su parte. Ram, exaltado por un gran partido, fue execrado por el otro. Pero lejos de retroceder ante la lucha, la acentuó enarbolando un nuevo símbolo.

   Cada pueblo blanco tenia entonces su signo de reconocimiento y unión bajo la forma de un animal que simbolizaba sus cualidades preferidas. Entre los jefes, los unos clavaban grullas, águilas o buitres, otros cabezas de jabalí o de búfalo, sobre la cima de sus palacios de madera; origen primero del blasón. Pero el estandarte preferido por las escitias era el toro, que llamaban Thor, el signo de la fuerza brutal y de la violencia. Al toro, Ram opuso al carnero, el jefe valiente y pacifico del rebaño, e hizo de el signo de unión de todos sus partidario. Este estandarte, enarbolado en el centro de la Escitia, fue como principio de un tumulto general y de una verdadera revolución en los espíritus. Los pueblos blancos se dividieron en dos campos. El alma misma de la raza blanca se separaba en dos para desagregarse de la animalidad rugiente y subir el escalón primero del santuario invisible, que conduce a la humanidad divina. “¡ muera el carnero!”, gritaban los partidarios de Thor. “¡guerra al toro!”, gritaban los amigos de Ram. Una guerra formidable era eminente.

   Ante la eventualidad, Ram vacilo. Desencadenar esta guerra, ¿no seria empeorar el mal y obligar a su raza a destruirse por si misma?. Entonces tuvo un sueño.

   El cielo tempestuoso estaba cargado de nubes sombrías que cabalgaban sobre las montañas y rebasaban en su vuelo las cimas agitadas de las selvas. En pie, sobre las roca, una mujer con pelo en desorden se preparaba a herir a un soberbio guerrero, atado ante ella. “¡en nombre de los antepasados detén tu brazo!”, grito Ram lanzándose sobre la mujer. La druidesa, amenazando al adversario, le lanzo una mirada aguda como la hoja de un puñal. Pero el trueno retumbo en los espesos nubarrones y, en un relámpago, una figura radiante apareció. La selva se ilumino, la duidresa cayo como herida por el rayo, y habiéndose roto los lazos del cautivo, este miro al gigante luminoso con un gesto de desafió Ram no temblaba, pues en los rasgos de la aparición, reconoció al ser divino, que ya le había hablado bajo la encina. Esta vez le pareció más hermoso; pues todo su cuerpo resplandecía de la luz, y Ram vio que se encontraba ante un templo abierto, de ancha columnata. En el lugar de la piedra del sacrificio se elevaba un altar. Al lado estaba el guerrero cuyos ojos continuaba desafiando a la  muerte. La mujer, echaba sobre el pavimento, parecía muerta. El genio celeste llevaba en su diestra una antorcha, en su izquierda una copa; sonrió con benevolencia y dijo : “Ram, estoy contento de ti. ¿ves esta antorcha? Es el fuego sagrado del Espíritu divino. ¿Ves esta copa? Es la copa de la vida y del amor. Da la antorcha al hombre y la copa a la mujer. “Ram hizo lo que le ordenaba el genio. Apenas la antorcha estuvo en manos del hombre y la copa en las manos de la mujer, un fuego se encendió espontáneamente sobre el altar, y ambos irradiaron transfigurados a su luz, como Esposo y Esposa divinos. Al mismo tiempo el templo se ensanchó; sus columnas subieron hasta el cielo; su bóveda se convirtió en el firmamento. Entonces Ram, llevado por su sueño, se vio transportado al vértice de una montaña bajo el cielo estrellado. En pie, cerca de él, su Genio le explicaba el sentido de3 las constelaciones y le hacia leer en el los signos llameantes del zodiaco, los destinos de la humanidad.

   “espíritu maravilloso”, ¿quién eres tú?, dijo: Ram a su genio. Y el genio respondió: “Me llaman Deva Nahousha, la inteligencia divina. Tu difundirás mi radiación sobre la tierra y yo acudiré siempre que me llames. Ahora sigue tu camino. ¡ve!”. Y, con su mano , el genio mostró el oriente.

 

 

 

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