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En ese sueño, como bajo la luz fulgurante,
Ram vio su misión y el inmenso destino de su raza. Desde entonces ya no dudó.
En lugar de encender la guerra entre las tribus de Europa, decidió llevarse la
flor de su pueblo al corazón del Asia. Anuncio a los suyos que instituiría el
culto del fuego sagrado, que haría la felicidad de los hombres; que los
sacrificios humanos serian siempre abolidos; que los antepasados serian
invocados, no ya por sacerdotisas sanguinarias sobre rocas salvajes impregnadas
de sangre humana, si no que cada hogar, por el esposo y la esposa unidos en una
misma oración, en un himno de adoración, al lado del fuego que purifica. Si, el
fuego visible del altar, símbolo y conducto del fuego celestial invisible,
unirá a la familia, al clan, a la tribu y a todos los pueblos, cual centro del
dios viviente sobre la tierra. Pero para recoger esa cosecha, era preciso
separar el grano bueno del malo; preciso que todos los audaces se preparasen a
dejar la tierra de Europa para conquistar una tierra nueva, una tierra virgen.
Allá él daría su ley; allá, fundara el culto del fuego renovador.
Esta proporción fue acogida con gran
entusiasmó por un pueblo joven y ávido de aventuras. Hogueras encendidas durante varios meses en las montañas fueron
la señal de la emigración en masa para todos aquellos que querían seguir a la
insignia adoptada; el Carnero. La formidable emigración, dirigida por ese gran
pastor de pueblos, se movió lentamente hacia el centro de Asia. A lo largo del
Cáucaso, tuvo que tomar varias fortaleza ciclópeas de los negros. En recuerdo
de esas victorias, las colonias blancas esculpieron más tarde gigantescas
cabezas de carnero en las rocas del Cáucaso. Ram se mostró digno de su alta
misión. El allanaba las dificultades, penetraba los pensamientos, preveia el
porvenir, curaba las enfermedades, apaciguaba a los rebeldes, inflamaba el
valor. Así, las potencias celestes, que llamamos la Providencia, querían la
dominación de la raza boreal sobre la tierra y lanzaban, por medio del genio de
Ram, rayos luminosos en su camino. Esa raza había ya tenido sus inspirados de
segundo orden para arrancarla del estado salvaje. Pero Ram, que , ei primero,
concibió la ley social como una expresión de la ley divina, fue un inspirado
directo y de primer orden.
Ram hizo amistad con los turanios, viejas
tribus escíticas cruzadas con sangre amarilla, que ocupaban la alta Asia. Y los
arrastro a la conquista del Irán, de donde rechazó por completo a los negros,
logrando que un pueblo de raza blanca ocupase el centro de Asia y viniese a
ser, para todos los otros, el foco luminoso. Fundó allí la ciudad de Ver,
ciudad admirable dice Zoroastro. Enseño a trabajar y sembrar la tierra, y fue
siempre el padre del cultivo del trigo y de la vid. Creó las castas, según las
ocupaciones, y dividió al pueblo en sacerdotes, guerreros, trabajadores y
artesanos. En el origen, esas castas no fueron rivales; el privilegio
hereditario, matinal de odio y de celos, se introdujo más tarde. Ram prohibió
la esclavitud, así como el homicidio, afirmado que la dominación del hombre por
el hombre era la fuente de todos los males. En cuanto al clan, esa agrupación
primitiva de la raza blanca, lo conservó tal como era y le permitió elegir sus
jefes y sus jueces.
La obra maestra de Ram, el instrumento
civilizador por excelencia, creado por él, fue el nuevo papel que dio a la
mujer. Hasta entonces, el hombre no había conocido a la mujer más que bajo una
doble forma: o esclava miserable de su choza, que la oprimía y maltrataba
brutalmente, o torturadora sacerdotisa de la encina y de la roca cuyos favores
buscaba, y que le dominaba a su pesar; maga fascinadora y terrible cuyos
oráculos temía, y ante quien temblaba su alma supersticiosa. El sacrificio
humano era un desquite de la mujer contra el hombre, cuando ella hundía su
cuchillo en el corazón de su tirano feroz. Proscribiendo ese culto horrible y
elevado a la mujer ante el hombre en sus funciones divinas de esposas y de
madre, Ram la convirtió en sacerdotisa del hogar, guardiana del fuego sagrado,
igual al esposo, invocado con él el alma de los
Como todos los legisladores grandes, Ram no hizo más que desarrollar, organizándolos, los instintos superiores de su raza. A fin de adornar y embellecer la vida, Ram ordeno cuatro grandes fiestas en el año. La primera fue la primavera o de las generaciones. Estaba consagrada al amor del esposo y la esposa. La fiesta del verano o de las cosechas pertenecía a los niños y niñas, que ofrendaban las gavillas del trabajo a los padres. La fiesta del otoño la celebran los padres y las madres; estos daban entonces frutas a los niños en signo de regocijo. La más santa y más misteriosa de las fiestas era la de la navidad o de las grandes sementeras. Ram la consagro a la vez a los niños recién nacidos, a los frutos del amor concebidos en la primavera y las almas de los muertos, a los antepasados. Punto de conjunción entre lo visible y lo invisible, esta solemnidad religiosa era a la vez, el adiós a las almas ausentes y el saludo místico a las que vuelven a encarnar a las madres y renacer en los niños. En esa noche santa, los antiguos arios se reunían en los santuarios del Airyana-Vaeia, como antes lo habían hecho en sus bosques. Con las hogueras y cánticos celebran el nuevo principio del año terrestre y solar, la germinación de la Naturaleza en el corazón del invierno, la palpitación de la vida en el fondo de la muerte. Cantaban el universal beso del cielo a la tierra y al acto de engendrarse el nuevo sol en la gran Noche-Madre.
Ram ligaba de ese modo la vida humana al
ciclo de las estaciones, a las revoluciones astronómicas. Al mismo tiempo hacia
resaltar sus sentido divino. Por haber fundado tan fecundas instituciones,
Zoroastro, le llama “el jefe de los pueblos, el muy afortunado monarca”. Por la
misma razón el poeta indio Valmiki, que transporta el antiguo héroe a una época
mucho mas reciente y como hijo de su civilización más avanzada, le conserva sin
embargo, los rasgos de ten alto ideal. “Râma, el de los ojos de loto azul
---dice Valmiki--- era el señor del mundo, el dueño de su alma y del amor de
los hombres, el padre y la madre de sus súbditos. El supo dar a todos los seres la cadena del amor”.
Establecía en el Irán, a las puertas del
Himalaya, la raza blanca no era aún dueña del mundo. Era preciso que su
vanguardia se infiltrase en la india, centro capital de los negros. Los
antiguos vencedores de la raza roja y de la raza amarilla. El Zend-Avesta habla de esta marcha de Râma
sobre la India(25-1). La epopeya india la convierte en uno de sus
temas favoritos. Râma fue el conquistador de la tierra que cierra el Himavat,
la tierra de los elefantes, los tigres y las gacelas. El ordeno el primer
choque y condujo al primer empuje de esta lucha gigantesca en que dos razas se
disputaban inconscientemente el cetro del mundo. La tradición poética de la
india, reforzada por las tradiciones ocultas de los templos, a simbolizado en
ello la lucha de la magia blanca y la magia negra. En su guerra contra los
pueblos y los reyes del país de los Djambous, como se le llamaban entonces, Ram
o Râma, como le llamaron los orientales, desplegó medios milagrosos en
apariencia, porque están por encima de las facultades ordinarias de la
humanidad, y que los grandes iniciados deben el conocimiento y manejo de las
fuerzas ocultas de la Naturaleza. Aquí, la tradición le representa como
haciendo brotar manantiales de un desierto; allá encontrado recursos
inesperados en una especie de man cuyo uso enseño; por otra parte, haciendo
cesar una epidemia con la planta llamada hom, el amonos de los griegos, la
persea de los egipcios, de la que se sacó un jugo salutífero. Esta planta llegó
a ser sagrada entre sus sectarios, y reemplazo el muérdago de la encima,
conservado por los celtas de Europa.
Râma usaba contra sus enemigos, de toda
clase de prestigios. Los sacerdotes de los negros no reinaban ya más que por
medio de un bajo culto. Tenían ellos la costumbre de alimentar en sus templos
enormes serpientes y pterodáctilos, raros supervivientes de animal
antediluviano, que hacían adorar como dioses y que aterrorizaban a la multitud.
A esas serpientes daban de comer la carne de cautivos, a veces Râma aparecía de
improviso en esos templos, con antorchas, arrojando, aterrorizando, domando y
sojuzgando a serpientes y sacerdotes, a veces se mostraba en el campo enemigo,
exponiéndose sin defensa a aquellos que buscaban su muerte, y volvía a partir
sin una persona hubiese osado tocarle. Cuando se interrogaba a los que le habían dejado huir, respondían que
habiendo encontrado su mirada, se habían sentido petrificados; o bien, mientras
que hablaban, una montaña de bronce se había interpuesto entre ellos y él, y
habían cesado de verle. En fin, como coronamiento de su obra, la tradición
épica de la india. Atribuye a Râma la conquista de Ceilán, ultimo refugio del
mago negro Râvana, sobre quien el mago blanco hace llover una lluvia de fuego,
después de haber echado un puente sobre su brazo de mar con un ejercito de
monos, el cual se puede reducir a alguna tribu primitiva de bimanos salvajes,
inducida y entusiastas por este gran encantador de naciones.
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