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El testamento del gran antepasado

TUT 69

 

 

 

   Por su fuerza, por su genio, por su bondad, dicen los libros sagrados del Oriente, Râma había llegado a ser dueño de la India y el rey espiritual de la Tierra. Los sacerdotes, los reyes y los pueblos, se inclinaban ante él como ante un bienhechor celeste. Bajo el signo del carnero, sus emisarios divulgaron a lo lejos la luz aria que proclamaba la igualdad de vencedores y vencidos, la abolición de los sacrificios humanos y de la esclavitud, el respeto de la mujer en el hogar, el culto de los antepasados y de la institución del fuego sagrado, símbolo visible del Dios innominado.

   Râma se había vuelto viejo. Su barba era ya blanca; pero el vigor no había abandonado su cuerpo, y la majestad de los pontífices de la verdad reposaba sobre su frente. Los reyes y los enviados de los pueblos le ofrecieron el poder supremo. El pidió un año para reflexionar, y de nuevo tuvo un sueño; el Genio que le inspiraba le hablo mientras dormía.

   Le vio de nuevo en las selvas de su juventud. De nuevo era joven y llevaba el vestido de lino de los druidas. Era noche de luna. Era la noche santa, la Noche-Madre en que los pueblos esperaban el renacimiento del sol y del año. Râma marchaba bajo las encinas, prestando atención como antes a las voces evocadoras del bosque. Una mujer bella se le acercó; llevaba una magnifica corona, la cabellera tenia color del oro, su piel la blancura de la nieve y sus ojos el brillo profundo del azul del cielo después de la tempestad. Ella le dijo: “Yo era la druidesa salvaje; por ti he llegado a ser la Esposa radiante. Y ahora me llamo Sita. Soy la mujer glorificada por ti, soy la raza blanca, soy tu esposa; ¡oh, mi dueño y mi rey!: ¿no es por mi quien tú has franqueado los ríos, encantado a los pueblos y dominado a los reyes? He aquí la recompensa. Toma esta corona de mi mano, colócala sobre tu cabeza y reina conmigo sobre el mundo”. Se había arrodillado en su actitud humilde y sumisa, ofreciendo la corona de la tierra. Sus piedras preciosas lanzaban mil fuegos; la embriaguez del amor sonreía en los ojos de la mujer. Y el alma del gran Râma, del pastor de pueblos, se emocionó. Pero sobre lo alto de las selvas, Deva Nahousha, su genio, se le apareció y le dijo: “si pones esa corona sobre tu cabeza, la inteligencia divina te dejará y no me verás ya. Si abrazas a esa mujer, morirá tu felicidad. Si renuncias a poseerla, ella vivirá dichosa y libre sobre la tierra y tu espíritu invisible reinara sobre ella. Elige: escúchala o sígueme”. Sita, aun de rodillas, miraba a su dueño con los ojos llenos de amor, y suplicante esperaba la respuesta. Râma guardó silencio un instante. Su mirada sumergida en los ojos de Sita media en el abismo que separaba la posesión completa del eterno adiós. Pero sintiendo que el amor supremo es una renuncia suprema, poso su mano libertadora sobre la frente de la mujer blanca, la bendijo y le dijo: “Adiós, se libre y no me olvides”. En seguida la mujer desapareció como un fantasma lunar. La joven Aurora levanto su varita mágica sobre la vieja selva. El rey de nuevo era viejo. Un roció de lágrimas bañaba su barba blanca, y desde el fondo del los bosques una voz triste llamaba:”¡Râma! ¡Râma!”.

   Pero Deva Nahousha, el Genio resplandeciente de luz, exclamo:---¡A mí!--- y el espíritu

divino llevo a Râma sobre la montaña, al norte del Himavat.

Después de ese sueño que le indicaba el cumplimiento de su misión, Râma reunió a los reyes a los enviados de los pueblos y les dijo: “No quiero el poder supremo que me ofrecéis. Guardad vuestras coronas y observad mi Ley. Mi labor ha terminado. Me retiro para siempre con mis hermanos iniciados a una montaña del Airyana-Vaeia. Desde allí velare sobre todos vosotros. Guardad el fuego divino. Si llegara a apagarse, volvería a aparecer como juez y como vengador temible”. Después se retiro con los suyos al monte Albori, entre Balk y Bamyán, a un sitio conocido solamente por los  iniciados. Allí enseñaba a sus discípulos lo que savia de los secretos de la Tierra y del gran Ser. Aquellos fueron a llevar a lo lejos, al Egipto y hasta el Occidente, el fuego sagrado, símbolo de la unidad divina de las cosas, y los cuernos de carnero, emblema de la religión aria. Esos cuernos llegaron a ser las insignias de la iniciación y por consiguiente del poder sacerdotal y real(1-27). Desde lejos, Râma continuaba velando sobre sus pueblos y sobre su querida raza blanca. Los últimos años de su vida los empleo en fijar el calendario de los arios. A él debemos los signos del zodiaco. Aquél fue el testamento del patriarca de los iniciados. ¡Extraño libro, escrito con estrellas, en jeroglíficos celestes, en el firmamento sin fondo y sin limites por el anciano de los días de nuestra raza! Al fijar los doce signos del zodiaco, Râma les atribuyó un triple sentido. El primero se relacionaba con las influencias del sol en los doce meses del año; el segundo le relataba en cierto modo su propia historia; el tercero indicaba los medios ocultos de que se había valido para alcanzar su objeto. He aquí por qué estos signos leídos en el orden inverso llegaron a ser más tarde los emblemas secretos de la iniciación graduada(2-27). Ordeno a los suyos que ocultaran su muerte y continuaran su obra perpetuando su fraternidad. Durante siglos, los pueblos creyeron que Râma, llevando la tiara de cuernos de carnero vivía siempre en la montaña santa. En los tiempos védicos,  el Gran antepasado se convirtió en Yama, el juez de los muertos, el Hermes de los indios.

 

 

 

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