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Por su Genio organizador, el gran
iniciador de los arios había creado en el centro del Asia, en el Irán, un
pueblo, una sociedad, un torbellino de vida que debida irradiar en todos sentidos.
Las colonias de los arios primitivos se repartieron por el Asia y por Europa,
llevando consigo sus costumbres, sus cultos y sus dioses. De todas esas
colonias, la rama de los arios de la India es la más se aproxima a los arios
primitivos.
Los libros sagrados de los indús, los
Vedas, tienen para nosotros un triple valor. En primer termino nos conducen al
foco de la antigua y pura religión aria, cuyo himnos védicos son sus rayos
brillantes. Ellos nos dan en seguida la clave de la india. En fin, nos muestran
una primera cristalización de las ideas madres de la doctrina esotérica y de
todas las religiones arias.
Aquí nos limitaremos a un breve resumen de
la parte externa y del núcleo de la religión védica(1-28).
Nada más sencillo y más grande que aquella
religión, en la que un profundo naturismo se mezcla con un espiritualismo
trascendente. Antes del nacimiento del día, un hombre, un jefe de familia se
halla en pie ante el altar de la tierra, donde arde el fuego encendido con dos
trozos de madera. En sus funciones, este jefe es a la vez padre, sacerdote y
rey del sacrificio. Mientras la aurora se descubre, dice un poeta védico, “como
una mujer sale del baño y ha tejido la más hermosa de las telas”, el jefe
pronuncia una oración, una invocación a Ousha (la aurora), a Savitri (el sol),
a los Asuras (a los espíritus de vida). La madre y los hijos vierten licor
fermentando de la asclepia, el soma, en Agni, el fuego. Y la llama que sube,
lleva a los dioses invisibles la oración purificada que sale de los labios del
patriarca y del corazón de la familia.
El estado de alma del poeta védico está
igualmente alejado del sensualismo helénico (hablo de los culto populares de la
Grecia, no de la doctrinas de los iniciados griegos), que representan a los
dioses cósmicos con hermosos cuerpos humanos, y del monoteísmo judaico que
adora al Eterno sin forma, como presente en todas partes. Para el poeta védico,
la naturaleza semeja un velo transparente, detrás del cual se mueven fuerzas
imponderables y divinas. A estas fuerzas es a la que invoca, a las que adora, a
las que personifica; pero sin engañarse sobre el significado de sus metáforas.
Para él, savitri significa menos el sol que Vivasvat, la potencia creadora de
vida que le anima y que pone en movimiento al sistema solar. Indra, el guerrero
divino que sobre su carro dorado recorre el cielo, lanza el rayo y disuelve las
nubes, personifica la potencia de ese mismo sol en la vida atmosférica, en “el
gran transparente de los aires”. Cuando ellos invocan a Varuna (el Urano de los
griegos), el dios del cielo inmenso, luminoso, que abarca todas las cosas, los
poetas védicos se remontan más aún. “si Indra representa la vida activa y militante del cielo. Varuna
representa su inmutable majestad. Nada iguala a la magnificencia de las
descripciones que de El hacen los himnos. El sol es sus ojos, el cielo su
vestido, el huracán su soplo. El es quien ha establecido sobre cimientos
inconmovibles el cielo la tierra y quien los mantiene separados. El ha hecho
todo y conserva todo. Nada podría alternar las obras de Veruna. Nadie lo
penetra, pero sabe todo y ve todo lo que es y lo que será, desde las cumbres
del cielo, donde reside en un palacio de mil puertas. El distingue la huella de
los pájaros en el aire y la de los navíos sobre la olas. Desde allí, desde lo
alto de su trono de oro con cimientos de bronce, contempla y juzga las obras de
los hombres. El es quien mantiene el orden en el Universo y en sociedad; El castiga al culpable; El es
misericordiosa con el hombre que se arrepiente. Por eso hacia El se eleva el
grito de angustia del remordimiento; ante su casa el pecador va a descargarse
del peso de su falta. Por otra parte, la religión védica es ritualista, a veces
altamente especulativa. Con Varuna, desciende a las profundidades de la
conciencia y realiza la noción de la santidad”(1-29). Agreguemos
que esta religión se eleva a la pura noción de un Dios único que penetra y
domina el gran todo.
Sin
embargo, las imágenes grandiosas que los himnos arrojan en anchas ondas como
ríos generosos, no nos presentan más que la envoltura externa de los vedas. Con
la noción de agni, del fuego divino, tocamos al nudo de la doctrina, a su fondo
esotérico y trascendente. En efecto: Agni es el agente cósmico, el principio
universal por excelencia. “no solamente el fuego terrestre del relámpago y del
sol. Su verdadera patria es el cielo invisible, místico, estancia de su eterna
luz y de los primeros principios de todas las cosas. Sus nacimientos son
infinitos: bien que brote del trozo de madera en el duerme como el embrión en
la matriz, bien que, “hijos de las Ondas”, se lance, con el ruido del trueno,
desde los ríos celestiales donde los Acvinos (los jinetes celestes) le han
engendrado con aranis de oro. Él es hermano mayor de los dioses, pontífice en
el cielo como la tierra, y Él oficio en la morada de Vivasvat (el cielo o el sol) mucho antes que Matharicva (el
relámpago) lo hubiese traído a los mortales y que atharván y los Angiras, los
antiguos sacrificadores, le hubiese instituido aquí como protector, huésped y
amigo de los hombres. Amo y generador del sacrificio, Agni viene a ser el
portador de todas las especulaciones místicas cuyo objeto es el sacrificio. El
engendra a los dioses, organiza al mundo, produce y conserva la vida universal;
en una palabra, en la potencia cósmica”.
“Soma es el compañero de Agni. En realidad
es el brebaje de una planta fermentada vertida en libación a los dioses en el
sacrificio. Pero, al igual que Agni, tiene una existencia mística. Su residencia
suprema está en las profundidades del tercer cielo, donde Surya, la hija del
sol, le ha infiltrado, donde le ha encontrado Pushán, el Dios alimentador. De
allí es donde el Halcón, símbolo del rayo, o Agni mismo han ido a arrebatárselo
al arquero celeste, al Gandharva su guardián, y le han traído a los hombres.
Los dioses le han bebido y han llegado a ser inmortales; los hombres lo serán a
su vez cuando lo beban en la mansión de Yama, en la estancia de los
bienaventurados. Mientras eso no llegue, el le da aquí abajo el vigor y la
plenitud de sus días; el es la ambrosía y el agua de juventud. El nutre,
penetra a las plantas, vivifica la semilla de los animales, inspira al poeta y
da su vuelo a la oración. Alma del cielo y de la tierra; de Indra
y de Vishnú, el forma con Agni un par inseparable; esa pareja ha encendido el
sol y las estrellas”.(1-30).
La noción de Agni y de Soma contiene los
dos principios esenciales del universo, según toda filosofía viva. Agni es el
eterno masculino, el intelecto creador, el espíritu puro; Soma es el eterno
femenino, el Alma del mundo o sustancia etérea, matriz de todos los mundos
visibles e invisibles a nuestros ojos, la naturaleza, en fin, o la materia
sutil en sus infinitas transformaciones(2-30). La unión perfecta
de esos dos seres constituye el Ser supremo, la esencia de Dios.
De esas dos formas capitales brota una
tercera no menos fecunda. Los vedas hacen del acto cosmogónico un sacrificio
perpetuo. Para producir todo lo que existe, el Ser supremo se inmola a si
mismo; se divide para salir de una unidad. Ese sacrificio es , pues,
considerado como el punto vital de todas las funciones de la naturaleza. Esta
idea sorprende al principio; más es muy profunda cuando se reflexiona sobre
ella y contiene en germen toda la doctrina teosófica de la evolución de Dios en
el mundo, la síntesis esotérica del politeísmo y del monoteísmo. Ella dará la
vida a la doctrina dionisiaca de la caída y la redención de las almas, que
florecerá en Hermes y Orfeo. De ahí brotara la doctrina del Verbo divino
proclamada por Krishna, predicada por Jesús Cristo.
El sacrificio del fuego con sus ceremonias
y sus plegarias, centro inmutable del culto védico, se convierte así en la
imagen del gran acto cosmogónico. Los Védas dan una importancia capital a la oración, a la fórmula de invocación
que acompaña al sacrificio. Por esta razón, consideraban a la plegaria como a
una diosa: Brahmanaspatí. La fe en el poder evocador y creador de la palabra
humana, acompañada del movimiento poderoso del alma, o de una intensa
proyección de la voluntad, es la fuente de todos los cultos y la razón de la
doctrina egipcia y caldea de la magia. Para el sacerdote védico y brahmanico,
los Asuras, los señores invisibles, y los Pitris o almas de los antepasados, se
sientan sobre el césped durante el sacrificio, atraídos por el fuego, los
cánticos y la oración. La ciencia que se relaciona con esta parte del culto es
la de jerarquía de los espíritus de todo orden.
En cuanto a la inmortalidad del alma, los vedas
la afirman tan alta y claramente como es posible hacerlo. “es una parte
inmortal del hombre; ella es, ¡oh, Agni!, la que es preciso que calientes con
tus rayos, inflames con tus fuegos. ¡OH, Jatavetdas!, transpórtala al mundo de
los piadosos, en el cuerpo glorioso formado por ti”. “los poetas védicos nos
indican solamente el destino del alma, sino que también se inquietan sobre su
origen”. ¿De dónde ha nacido el alma? “Las hay que vienen hacia nosotros y se
vuelven a ir, que se van y vuelven a venir”. He ahí, en dos palabras, la
doctrina de la reencarnación que jurara un papel capital en el brahmanismo y el
budismo, entre los egipcios y los órficos, en la filosofía de Pitágoras y de
plato, el misterio de los misterios, el arcano de los arcanos.
¿Cómo no reconocer, después de esto, en los
Vedas las grandes líneas de un sistema religioso orgánico, de concepción
filosófica del universo? No hay allí solamente la intuición profunda de las
verdades intelectuales
Más tarde, cuando los brahmanes hayan
establecido su autoridad, se vera elevarse cerca del palacio espléndido del Maharajá,
o gran rey, la pagoda de piedra de donde saldran las artes, la poesía y el
drama de los dioses, gesticulando y cantando por las bailarinas sagradas. Por
el momento las castas existen, pero sin rigor, sin barrera absoluta. El
guerrero es sacerdote y el sacerdote guerrero, más frecuentemente servidor
oficiante del jefe o del rey.
Más h aquí un personaje de aspecto pobre y
de gran porvenir. Cabellos y barba incultos, medios desnudos, cubiertos de
harapos rojos. Ese muni, ese solitario habita cerca de los lagos
sagrados, en las soledades salvajes, donde se dedica a la meditación y a la
vida ascética. De cuando en cuando viene para amonestar al jefe o al rey. Frecuentemente
le rechazan, le obedecen; pero le respetan y el temen. Ejerce ya un poder
temible.
Entre aquel rey, sobre su carro dorado,
rodeado por sus guerreros, y este muni casi desnudo, sin otras armas que
su pensamiento y su mirada, habrá una lucha, y el vencedor formidable no será
el rey; será el solitario, el mendigo descarnado, porque tendrá la ciencia y la
voluntad.
La historia de esa lucha es la del
brahmanismo, como más tarde será del budismo, y en ella se resume casi toda la
historia de la India.
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