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La religión védica

 

TUT 69

 

 

 

 

    Por su Genio organizador, el gran iniciador de los arios había creado en el centro del Asia, en el Irán, un pueblo, una sociedad, un torbellino de vida que debida irradiar en todos sentidos. Las colonias de los arios primitivos se repartieron por el Asia y por Europa, llevando consigo sus costumbres, sus cultos y sus dioses. De todas esas colonias, la rama de los arios de la India es la más se aproxima a los arios primitivos.

 

   Los libros sagrados de los indús, los Vedas, tienen para nosotros un triple valor. En primer termino nos conducen al foco de la antigua y pura religión aria, cuyo himnos védicos son sus rayos brillantes. Ellos nos dan en seguida la clave de la india. En fin, nos muestran una primera cristalización de las ideas madres de la doctrina esotérica y de todas las religiones arias.

 

   Aquí nos limitaremos a un breve resumen de la parte externa y del núcleo de la religión védica(1-28).

 

   Nada más sencillo y más grande que aquella religión, en la que un profundo naturismo se mezcla con un espiritualismo trascendente. Antes del nacimiento del día, un hombre, un jefe de familia se halla en pie ante el altar de la tierra, donde arde el fuego encendido con dos trozos de madera. En sus funciones, este jefe es a la vez padre, sacerdote y rey del sacrificio. Mientras la aurora se descubre, dice un poeta védico, “como una mujer sale del baño y ha tejido la más hermosa de las telas”, el jefe pronuncia una oración, una invocación a Ousha (la aurora), a Savitri (el sol), a los Asuras (a los espíritus de vida). La madre y los hijos vierten licor fermentando de la asclepia, el soma, en Agni, el fuego. Y la llama que sube, lleva a los dioses invisibles la oración purificada que sale de los labios del patriarca y del corazón de la familia.

 

   El estado de alma del poeta védico está igualmente alejado del sensualismo helénico (hablo de los culto populares de la Grecia, no de la doctrinas de los iniciados griegos), que representan a los dioses cósmicos con hermosos cuerpos humanos, y del monoteísmo judaico que adora al Eterno sin forma, como presente en todas partes. Para el poeta védico, la naturaleza semeja un velo transparente, detrás del cual se mueven fuerzas imponderables y divinas. A estas fuerzas es a la que invoca, a las que adora, a las que personifica; pero sin engañarse sobre el significado de sus metáforas. Para él, savitri significa menos el sol que Vivasvat, la potencia creadora de vida que le anima y que pone en movimiento al sistema solar. Indra, el guerrero divino que sobre su carro dorado recorre el cielo, lanza el rayo y disuelve las nubes, personifica la potencia de ese mismo sol en la vida atmosférica, en “el gran transparente de los aires”. Cuando ellos invocan a Varuna (el Urano de los griegos), el dios del cielo inmenso, luminoso, que abarca todas las cosas, los poetas védicos se remontan más aún. “si Indra representa  la vida activa y militante del cielo. Varuna representa su inmutable majestad. Nada iguala a la magnificencia de las descripciones que de El hacen los himnos. El sol es sus ojos, el cielo su vestido, el huracán su soplo. El es quien ha establecido sobre cimientos inconmovibles el cielo la tierra y quien los mantiene separados. El ha hecho todo y conserva todo. Nada podría alternar las obras de Veruna. Nadie lo penetra, pero sabe todo y ve todo lo que es y lo que será, desde las cumbres del cielo, donde reside en un palacio de mil puertas. El distingue la huella de los pájaros en el aire y la de los navíos sobre la olas. Desde allí, desde lo alto de su trono de oro con cimientos de bronce, contempla y juzga las obras de los hombres. El es quien mantiene el orden en el Universo  y en sociedad; El castiga al culpable; El es misericordiosa con el hombre que se arrepiente. Por eso hacia El se eleva el grito de angustia del remordimiento; ante su casa el pecador va a descargarse del peso de su falta. Por otra parte, la religión védica es ritualista, a veces altamente especulativa. Con Varuna, desciende a las profundidades de la conciencia y realiza la noción de la santidad”(1-29). Agreguemos que esta religión se eleva a la pura noción de un Dios único que penetra y domina el gran todo.

Sin embargo, las imágenes grandiosas que los himnos arrojan en anchas ondas como ríos generosos, no nos presentan más que la envoltura externa de los vedas. Con la noción de agni, del fuego divino, tocamos al nudo de la doctrina, a su fondo esotérico y trascendente. En efecto: Agni es el agente cósmico, el principio universal por excelencia. “no solamente el fuego terrestre del relámpago y del sol. Su verdadera patria es el cielo invisible, místico, estancia de su eterna luz y de los primeros principios de todas las cosas. Sus nacimientos son infinitos: bien que brote del trozo de madera en el duerme como el embrión en la matriz, bien que, “hijos de las Ondas”, se lance, con el ruido del trueno, desde los ríos celestiales donde los Acvinos (los jinetes celestes) le han engendrado con aranis de oro. Él es hermano mayor de los dioses, pontífice en el cielo como la tierra, y Él oficio en la morada  de Vivasvat (el cielo o el sol) mucho antes que Matharicva (el relámpago) lo hubiese traído a los mortales y que atharván y los Angiras, los antiguos sacrificadores, le hubiese instituido aquí como protector, huésped y amigo de los hombres. Amo y generador del sacrificio, Agni viene a ser el portador de todas las especulaciones místicas cuyo objeto es el sacrificio. El engendra a los dioses, organiza al mundo, produce y conserva la vida universal; en una palabra, en la potencia cósmica”.

 

 

 

 

 

 

   “Soma es el compañero de Agni. En realidad es el brebaje de una planta fermentada vertida en libación a los dioses en el sacrificio. Pero, al igual que Agni, tiene una existencia mística. Su residencia suprema está en las profundidades del tercer cielo, donde Surya, la hija del sol, le ha infiltrado, donde le ha encontrado Pushán, el Dios alimentador. De allí es donde el Halcón, símbolo del rayo, o Agni mismo han ido a arrebatárselo al arquero celeste, al Gandharva su guardián, y le han traído a los hombres. Los dioses le han bebido y han llegado a ser inmortales; los hombres lo serán a su vez cuando lo beban en la mansión de Yama, en la estancia de los bienaventurados. Mientras eso no llegue, el le da aquí abajo el vigor y la plenitud de sus días; el es la ambrosía y el agua de juventud. El nutre, penetra a las plantas, vivifica la semilla de los animales, inspira al poeta y da su vuelo a la oración. Alma del cielo y de la tierra; de Indra y de Vishnú, el forma con Agni un par inseparable; esa pareja ha encendido el sol y las estrellas”.(1-30).

 

   La noción de Agni y de Soma contiene los dos principios esenciales del universo, según toda filosofía viva. Agni es el eterno masculino, el intelecto creador, el espíritu puro; Soma es el eterno femenino, el Alma del mundo o sustancia etérea, matriz de todos los mundos visibles e invisibles a nuestros ojos, la naturaleza, en fin, o la materia sutil en sus infinitas transformaciones(2-30). La unión perfecta de esos dos seres constituye el Ser supremo, la esencia de Dios.

 

   De esas dos formas capitales brota una tercera no menos fecunda. Los vedas hacen del acto cosmogónico un sacrificio perpetuo. Para producir todo lo que existe, el Ser supremo se inmola a si mismo; se divide para salir de una unidad. Ese sacrificio es , pues, considerado como el punto vital de todas las funciones de la naturaleza. Esta idea sorprende al principio; más es muy profunda cuando se reflexiona sobre ella y contiene en germen toda la doctrina teosófica de la evolución de Dios en el mundo, la síntesis esotérica del politeísmo y del monoteísmo. Ella dará la vida a la doctrina dionisiaca de la caída y la redención de las almas, que florecerá en Hermes y Orfeo. De ahí brotara la doctrina del Verbo divino proclamada por Krishna, predicada por Jesús Cristo.

 

   El sacrificio del fuego con sus ceremonias y sus plegarias, centro inmutable del culto védico, se convierte así en la imagen del gran acto cosmogónico. Los Védas dan  una importancia capital a la oración, a la fórmula de invocación que acompaña al sacrificio. Por esta razón, consideraban a la plegaria como a una diosa: Brahmanaspatí. La fe en el poder evocador y creador de la palabra humana, acompañada del movimiento poderoso del alma, o de una intensa proyección de la voluntad, es la fuente de todos los cultos y la razón de la doctrina egipcia y caldea de la magia. Para el sacerdote védico y brahmanico, los Asuras, los señores invisibles, y los Pitris o almas de los antepasados, se sientan sobre el césped durante el sacrificio, atraídos por el fuego, los cánticos y la oración. La ciencia que se relaciona con esta parte del culto es la de jerarquía de los espíritus de todo orden.

 

   En cuanto a la inmortalidad del alma, los vedas la afirman tan alta y claramente como es posible hacerlo. “es una parte inmortal del hombre; ella es, ¡oh, Agni!, la que es preciso que calientes con tus rayos, inflames con tus fuegos. ¡OH, Jatavetdas!, transpórtala al mundo de los piadosos, en el cuerpo glorioso formado por ti”. “los poetas védicos nos indican solamente el destino del alma, sino que también se inquietan sobre su origen”. ¿De dónde ha nacido el alma? “Las hay que vienen hacia nosotros y se vuelven a ir, que se van y vuelven a venir”. He ahí, en dos palabras, la doctrina de la reencarnación que jurara un papel capital en el brahmanismo y el budismo, entre los egipcios y los órficos, en la filosofía de Pitágoras y de plato, el misterio de los misterios, el arcano de los arcanos.

 

   ¿Cómo no reconocer, después de esto, en los Vedas las grandes líneas de un sistema religioso orgánico, de concepción filosófica del universo? No hay allí solamente la intuición profunda de las verdades intelectuales anteriores y superiores a la observación; hay, además, unidad y amplitud de miras en la comprensión de la naturaleza , en la coordinación de sus fenómenos. Como un hermoso cristal de roca, la conciencia del poeta védico refleja el sol de la eterna verdad, y en ese prisma brillante se juntan ya todos sus rayos de la teosofía universal. Los principios de la doctrina permanente son todavía más viables aquí que en los otros libros sagrados de la india, y en las otras religiones semíticas o arias, a causa de la singular franqueza de los poetas védicos y de la transparencia de esa religión primitiva, tan alta y tan pura. En aquella época, la distinción entre los misterios y el culto popular no existía. Pero leyendo atentamente los Vedas, detrás del padre de familia o el poeta oficiante de los himnos, se ve ya otro personaje más importante: el Rishi, el sabio, el iniciado, de quien ha recibido la verdad. Se ve también que esa verdad se ha transmitido por una tradición interrumpida que se remonta a los orígenes de la raza Aria. He ahí, pues, al pueblo ario lanzado en la carrera de conquista y civilización, a lo largo del Indus y del Ganges. El genio invisible de Râma, la inteligencia de las cosas divinas, Devas Nahousha reina sobre él. Agni, el fuego sagrado, circula por sus venas. Una aurora rosada envuelve a esta edad de juventud, de fuerza, de virilidad. La familia esta constituida, la mujer respetada. Sacerdotisa en el hogar, a veces compone y canta ella misma los himnos. “Que el marido de esta esposa viva cien otoños”, dice un poeta. Se ama la vida; pero se cree también en su más  allá. El rey habita en su castillo sobre la colina que domina al pueblo. En la guerra va montado en un carro brillante, vestido con armas relucientes, coronado con tiara, y resplandece como dios Indra.

 

   Más tarde, cuando los brahmanes hayan establecido su autoridad, se vera elevarse cerca del palacio espléndido del Maharajá, o gran rey, la pagoda de piedra de donde saldran las artes, la poesía y el drama de los dioses, gesticulando y cantando por las bailarinas sagradas. Por el momento las castas existen, pero sin rigor, sin barrera absoluta. El guerrero es sacerdote y el sacerdote guerrero, más frecuentemente servidor oficiante del jefe o del rey.

 

  Más h aquí un personaje de aspecto pobre y de gran porvenir. Cabellos y barba incultos, medios desnudos, cubiertos de harapos rojos. Ese muni, ese solitario habita cerca de los lagos sagrados, en las soledades salvajes, donde se dedica a la meditación y a la vida ascética. De cuando en cuando viene para amonestar al jefe o al rey. Frecuentemente le rechazan, le obedecen; pero le respetan y el temen. Ejerce ya un poder temible.

 

   Entre aquel rey, sobre su carro dorado, rodeado por sus guerreros, y este muni casi desnudo, sin otras armas que su pensamiento y su mirada, habrá una lucha, y el vencedor formidable no será el rey; será el solitario, el mendigo descarnado, porque tendrá la ciencia y la voluntad.

 

 La historia de esa lucha es la del brahmanismo, como más tarde será del budismo, y en ella se resume casi toda la historia de la India.

 

 

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