


Domingo 29 de enero del 2006
Cartas del norte
Para mi familia, emigrante del campo a la ciudad, las cartas siempre tuvieron un valor extraordinario. Separados de nuestro medio, at�nitos ante la metr�polis, confundidos entre las decenas de habitantes de la vecindad adonde llegamos a vivir, la correspondencia de mi abuela era nuestro �nico soporte, la tabla de salvaci�n, la constancia de que exist�amos.
A media ma�ana el cartero se anunciaba con su silbato. Entre el alboroto de los perros, sal�amos al zagu�n ansiosos de recibir uno de aquellos sobrecitos con el nombre de mi padre, acompa�ado de una l�nea que hoy resulta sexista: "y se�ora".
Aunque dese�bamos conocer el mensaje de mi abuela, ten�amos que esperar a que mi padre regresara a la casa porque a �l, como destinatario principal, le correspond�a la primera lectura. El papel rayado en que estaba escrita la carta era como un bastidor por donde iban entreteji�ndose los hilos de la vida que hab�amos dejado atr�s.
Mientras desdoblaba la carta observ�bamos a mi padre con la avidez del espectador que espera el momento en que se descorra el tel�n y aparezcan los actores que van a transportarlo a otro mundo, otra vida, otro tiempo. En silencio escuch�bamos la lectura de las cartas, que ten�an un principio invariable: "Espero que al recibir la presente se encuentren bien de salud, como nosotros por ac�, a D.g. De novedades les cuento que..."
All� comenzaba el inventario de hechos min�sculos que para nosotros eran de la mayor importancia: la compra de un animal, los preparativos para una fiesta, un viaje a San Luis Potos� para consultar al m�dico, una lluvia inesperada, la visita de un forastero, un rumor.
Las referencias eran tan breves como las vistas que tiene el viajero cuando mira el paisaje por la ventanilla del tren; sin embargo, sumadas a los recuerdos, nos permit�an reconstruir nuestro mundo, incorporarnos a su ritmo, dialogar a distancia con nuestros conocidos, sentirnos todav�a en nuestra tierra: su olor impregnaba el papel y all� volv�amos a encontrar nuestras ra�ces.
II
Ignoro el motivo, pero las cartas s�lo abarcaban el anverso de una hoja -excepto cuando alud�an a fallecimiento, raptos o aclaraciones de malentendidos- y terminaban siempre con la misma f�rmula: "Sin m�s por el momento y en espera de sus prontas noticias, se despide quien implora para ustedes todas las bendiciones de Dios". Esa frase nos devolv�a a nuestra realidad.
Durante un buen rato, igual que los espectadores de una obra teatral o una pel�cula, coment�bamos las noticias enviadas por la abuela: sabia en todo lo relacionado con la tierra y la crianza de animales, nunca aprendi� a escribir. Dictaba la correspondencia a alguna de sus cuatro hijas. Por eso los mensajes ten�an el ritmo de una conversaci�n.
Obedientes a la s�plica de pronta respuesta, mi madre era la encargada de referirle a la abuela nuestras novedades: un paseo hasta la Villa, una ida al cine, un esc�ndalo en la vecindad, nuestros progresos en la escuela, las dificultades econ�micas, la visita al Monte de Piedad, las amenazas de desalojo, la desesperaci�n de mi padre ante el hecho de no encontrar empleo.
Sin estudios, campesino de toda la vida, habituado a sus jornadas al aire libre y a no tener patrones, sus esfuerzos resultaban siempre in�tiles. La frustraci�n lo conduc�a a la ebriedad. En sus delirios alcoh�licos hablaba de su eterno sue�o: volver al pueblo, al campo, a trabajar la tierra; en sus conversaciones se refer�a al ansia por vencer las asperezas y la cerraz�n de la ciudad.
Un vecino, carnicero de oficio, le coment� que estaban dando permisos temporales para trabajar en Estados Unidos y le sugiri� que se fueran juntos. Acorralado por la miseria y por las deudas, mi padre acept� la invitaci�n. Sin conocer el idioma, sin dinero, sin ropa adecuada, emprendi� el viaje hacia Chicago, donde hab�a probabilidades de trabajar en una armadora de autom�viles. Fuimos a despedirlo a Buenavista, la estaci�n por donde hab�amos llegado del pueblo, y all� mi madre hizo un �ltimo intento para convencerlo de renunciar a sus planes. El s�lo prometi� que le escribir�a.
El tren a Laredo se deten�a unos minutos en la estaci�n de mi pueblo. Mi padre le entreg� una carta al administrador, antiguo conocido, y le pidi� que nos la enviara a la ciudad de M�xico. Hasta la fecha ignoro el contenido de aquel primer mensaje, porque mi madre nunca nos lo ley�. Imagino que alud�a a su vida en com�n, su intimidad, sus temores ante lo desconocido, la ilusi�n del reencuentro: todo eso pudo caber en una sencilla hoja de papel metida en un sobre.
III
La estancia de mi padre en Chicago fue breve. Cada semana recib�amos una carta suya. Empezaba con la f�rmula usada por mi abuela y tambi�n alud�a a insignificancias. Para nosotros eran valios�simas, porque nos permit�an imaginarlo en un ambiente desconocido y acompa�arlo en sus dif�ciles aventuras, compartir su asombro ante el "confort" simbolizado por la calefacci�n y los elevadores, adue�arnos de su felicidad casi infantil cuando descubri� que en las cafeter�as se obsequiaban donas a los parroquianos.
Esa generosidad no fue obst�culo para que mi padre se quejara de la comida. "Me sabe a trapo", escrib�a, y enseguida manifestaba su ilusi�n de probar alg�n platillo hecho por mi madre, donde se mezclaran los sabores del chile y del ma�z. A trav�s de la referencia �l volv�a a sentirse en casa y nosotros, al leerla, experiment�bamos la sensaci�n de que segu�amos compartiendo su mesa.
Entre una carta y otra nos mandaba postales. Impresas en una cartulina entramada como una tela de cuadrill�, muy coloridas, mostraban jardines, edificios importantes, calles invariablemente arboladas y h�medas. Nos gustaba imaginar que mi padre hab�a pasado por all� rumbo a la oficina de correos para enviarnos la postal.
Mi abuela tambi�n recib�a noticias de mi padre. Nos las comentaba en sus cartas y a su vez mi madre le resum�a los mensajes llegados desde Chicago. Los contenidos eran los mismos, las versiones diferentes: el trasfondo de unas cartas era la vida en el pueblo; de las otras, el estruendo de la gran ciudad.
Aquel intenso ir y venir de cartas extendi� los alcances de la conversaci�n dom�stica y teji� una red de comunicaciones por donde pod�amos viajar y mantenernos unidos a miles de kil�metros de distancia: todo por el m�dico precio de una estampilla.
IV
La estancia de mi padre en Chicago fue un fracaso. Regres� con algunos d�lares y escasos regalos: unas medias de raya para mi madre, fotos de beisbolistas para mis hermanos y mo�os de falla para mi hermana y para m�. En su equipaje estaban las cartas que mi madre y mi abuela le hab�an escrito.
Durante mucho tiempo mi padre s�lo habl� de su experiencia en Chicago: desde el desconcierto y las humillaciones en la armadora de autom�viles hasta sus desventuras en la calle. Una lo afect� en particular: el hecho de que algunos paisanos negaran su origen mexicano y fingieran no hablar espa�ol.
Cuando se le olvidaba alg�n detalle de sus vivencias en el extranjero le ped�a a mi madre las cartas enviadas por �l. La lectura en voz alta de algunas l�neas era suficiente para que �l pudiera completar su narraci�n y llevarnos, en un viaje imaginario, de vuelta a Illinois.
A fuerza de repetirla, la cr�nica se desgast�. Tambi�n desaparecieron las cartas en las que mi padre nos describ�a los rigores del invierno, la silenciosa belleza de la nieve, su nostalgia por la familia y por la tierra. Todo eso pudo caber en una sencilla hoja de papel enviada en un sobre.



Casa de nuestra memoria
En el Archivo Hist�rico del Distrito Federal, todo lo concerniente a la ciudad de M�xico est� archivado
Iba al encuentro de Carlos Ruiz Abreu, director del Archivo Hist�rico del Distrito Federal, que ocupa una de las casas m�s hermosas en la calle Chile. Seg�n dice la placa junto al port�n, "fue fundada por el platero don Andr�s Xim�nez de Almendral y habitada por el �ltimo conde de Heras y Soto en el siglo XIX".
Es un palacio barroco que exhibe en su portada los mejores relieves de canter�a tallados en esta ciudad. En el proceso incesante de creaci�n y destrucci�n, antes estuvo aqu� la residencia de Juan Su�rez, cu�ado de Hern�n Cort�s. Durante el sitio de Tenochtitl�n los conquistadores sufrieron una derrota a manos de los aztecas en lo que es hoy la esquina de Chile y Donceles.
Desde que empec� el viaje fui planeando estrategias para remontar los obst�culos que atrofian el Centro Hist�rico y poco a poco nos van arrebatando el placer de visitarlo. Conforme avanzaba me sorprendi� ver una fluidez y una amplitud que me recordaron la ciudad de otro tiempo; �sa que a�oramos y, seg�n Carlos Fuentes, ya s�lo podr� existir en nuestra memoria y en los registros de literatura, cine y fotograf�a.
Recuper� tambi�n la grata sensaci�n de caminar por calles relativamente despejadas y silenciosas. Me detuve a contemplar una fachada y una mujer se par� junto a m�: "El centro se ve precioso sin tantos puestos y sin basura. Siempre deber�a estar as�, no nada m�s en esta semana de descanso que les marc� a los informales el actual jefe de Gobierno. �Cree que llegar� el momento en que los saquen definitivamente de aqu�?"
Le contest� lo que pienso: "Mientras haya desempleo, tengan necesidad de trabajar y existan intereses pol�ticos, los ambulantes seguir�n invadiendo las calles. Por lo pronto bastar�a con que les prohibieran el cierre de vialidades, la invasi�n del arroyo y dejar basura donde levantan sus puestos".
La se�ora insisti� en que las autoridades deber�an retirar el comercio en v�a p�blica, al menos en el Centro Hist�rico. Luego mir� la fachada que ten�amos enfrente y con profunda emoci�n declar�: "Vivo en la calle Nicaragua. Esta semana ha sido muy agradable para m�, porque otra vez pude mirar la hermosa herencia que nos dejaron nuestros antepasados. Y en este sentido, �como M�xico no hay dos!"
Mill�n y medio de ayeres
Embellece la entrada al Archivo Hist�rico una impresionante cabeza recubierta con placas doradas. "Pertenece al Angel de la Independencia. Se le desprendi� al caer en el terremoto de 1957. Muchas personas que pasan por aqu� entran a preguntar d�nde quedaron las alas", me dijo Carlos Ruiz Abreu cuando al fin pudimos reunirnos en su oficina.
Mi intenci�n era preguntarle acerca del archivo integrado por mill�n y medio de fotograf�as y descubierto en 2002, por casualidad, en un tapanco del antiguo palacio municipal: "Hace un a�o lo trasladamos aqu�, porque los tr�mites burocr�ticos fueron complicados y result� laborioso empacar los materiales, de modo que no corrieran riesgo de maltratarse o da�arse. Son de un valor extraordinario porque nos relatan con im�genes un siglo de vida mexicana: de 1900 a 2000".
Las circunstancias en que el archivo fue descubierto son tambi�n excepcionales. "Un compa�ero fot�grafo que trabaja para el Gobierno del Distrito Federal las descubri� por accidente. Como yo entonces era encargado del Departamento de Comunicaci�n Social, me inform� del hallazgo.
"Nadie sabe c�mo fue integr�ndose el archivo ni se explica c�mo pudo pasar inadvertido durante tantos a�os. Ser�a l�gico que esto hubiera ocurrido con unas cuantas piezas; pero en este caso estamos hablando de mill�n y medio de fotograf�as. Muchas a�n no han sido reveladas, pero lo haremos en cuanto sea posible."
Carlos Ruiz Abreu, con un grupo de colaboradores, realiz� un primer inventario de los materiales:
"Hay infinidad de rollos, positivos, negativos de 16 y 35 mil�metros y algo realmente extraordinario: 200 placas en cristal. Se puede apreciar su belleza porque est�n, lo mismo que las fotograf�as, en muy buenas condiciones. Todo permanecer� aqu� como parte fundamental de nuestro acervo. Estamos entrando en una segunda etapa de trabajo: la valoraci�n hist�rica del material."
Todo un siglo de M�xico
Captadas por fot�grafos de lo que fue el Departamento del Distrito Federal, las im�genes dan constancia, sobre todo, de actos oficiales: "Inauguraciones, obras p�blicas, relevo de cargos, tomas de posesi�n, recepciones, ceremonias y donativos. Giran en torno a pol�ticos importantes, funcionarios, autoridades, visitantes distinguidos; pero lo que realmente vale la pena de ver y de estudiar son los escenarios que rodean a esas figuras. All� podemos enterarnos de c�mo se organizaban las ceremonias oficiales, qu� tipo de alumbrado hab�a en las calles, c�mo iba vestida la gente, qu� clase de transporte circulaba, qu� tan intensa era la actividad comercial y c�mo se anunciaban los establecimientos, c�mo era el di�logo entre los distintos grupos sociales.
"Algo que puede verse en las fotograf�as y me parece muy valioso es la manera en que fue modific�ndose y creciendo la ciudad, y adem�s qu� dimensiones ten�an las figuras del poder frente a los ciudadanos comunes. Recuerdo una foto donde aparece un secretario de Estado en una inauguraci�n y a unos pasos de �l un mecapalero, de huaraches y calz�n de manta, quien lo mira con absoluta naturalidad."
Para Ruiz Abreu el archivo recuperado es como un �lbum de familia de la sociedad capitalina: "O quiz� una inmensa galer�a con mill�n y medio de ventanas que nos permitir�n asomarnos a todo el siglo XX de la ciudad y leer nuestra propia historia. Esto le da continuidad a un acervo en el que es posible encontrar los documentos m�s antiguos relacionados con la historia de esta metr�poli. Me refiero a las primeras actas de cabildo, fechadas el 5 de febrero de 1524. Desde aquel a�o hasta 1928 lo ten�amos todo documentado. Faltaba un eslab�n y lo encontramos".
Calles, plazas, edificios
En la casa que hoy ocupa el Archivo Hist�rico del Distrito Federal estuvo el Consejo del Centro Hist�rico y antes, por incre�ble que parezca, las oficinas del servicio expr�s de los extintos Ferrocarriles Nacionales: "A partir de 1980, cuando el archivo llega a este edificio, al fondo original se le agregan los de las municipalidades, la documentaci�n de las c�rceles (Bel�n, El Carmen, Lecumberri), las fincas urbanas y los panteones. Tenemos 80 mil planos donde puede verse c�mo fue creciendo el Distrito Federal. Aqu� todo est� archivado de la a a la z: calles, plazas, monumentos, edificios, iglesias".
En el Archivo Hist�rico del Distrito Federal los lugares p�blicos son escenarios de la vida colectiva: todo es nuestro. Entre los innumerables registros s�lo hay uno personal: "El de do�a Esperanza Iris. Aqu� guardamos desde los documentos relacionados con la administraci�n de su teatro -que, por cierto, tambi�n era su casa- hasta su correspondencia con sus cuatro maridos y un diario �ntimo. Cada una de las p�ginas escritas por ella nos descubre una mujer inteligente, emprendedora, fascinante, �nica".
Al volver a la calle encontr� la quietud y la luz que iluminaron las fotograf�as que acababa de ver en el archivo. La magia captada por los c�maras se revelaba otra vez en el centro de una ciudad que no cesa de buscarse y perderse.



8
de enero del 2006
Al
otro lado del puente
Pas�
la fiesta. Al otro lado del puente Lupe-Reyes no hay m�s que realidad. Con la
implacable memoria de los r�os, se adue�a de los espacios que cedi� a las
celebraciones, por ejemplo la Plaza de la Rep�blica. Convertida de nuevo en
inmenso y ca�tico estacionamiento, no cede un mil�metro a los sue�os ni a la
fantas�a: los objetos concentrados en derredor del Monumento a la Revoluci�n
recobran su verdadera naturaleza.
Los
escenarios invernales vuelven a ser s�lo telones trabajados a punta de r�sticos
brochazos; los renos, con las patas delanteras levantadas, ya s�lo arrastran su
torpe rigidez; los juegos mec�nicos, sin el reflejo de las luces multicolores
ni el eco de los gritos provocados por la velocidad y la altura, resultan
estorbosas construcciones met�licas; los brillos que el sol invernal arranca a
las baldosas ya no son destellos en un sendero m�gico, sino chispas de
diamantina comprada en la tlapaler�a.
Sin
manto ni corona los Reyes Magos recuperan su condici�n de ciudadanos comunes
que se desplazan en Metro o microb�s, afrontan la cuesta de enero y se
preguntan si podr�n cubrir las alzas con las ganancias que obtienen como
trabajadores. Tal es el caso de don Daniel Rodr�guez. Desde 1973 pertenece a la
Uni�n de Fot�grafos de Cinco Minutos e Instant�neas del DF y de la Rep�blica
Mexicana.
Don
Daniel es originario de Tenango del Valle. Est�
orgulloso de que Ignacio L�pez Ray�n haya luchado por la independencia en el
cerro donde se encuentran las pir�mides, que le parecen muy semejantes a la
Muralla China: "Cada 17 de septiembre toda la comunidad sube al cerro para
rendir homenaje a los h�roes".
A
los siete a�os comenz� a aprender de su padre el oficio de panadero. Faltaba
mucho tiempo para que apareciera en su vida Santacl�s,
ahora aliado muy importante en su trabajo, y s�lo cre�a en los Reyes Magos. En
nombre de ellos su padre le obsequiaba ropa o monedas de uno y dos centavos y
en ocasiones hasta de veinte. "Con ese dinerito iba a comprarme juguetes
de los que ya no se ven: camiones o trenecitos de
madera. Entonces no exist�an los pl�sticos. No imaginaba que con el tiempo iban
a fabricarse juguetes electr�nicos y mucho menos que llegar�a a ser fot�grafo
profesional".
Piratas
y reinas
Ahora
recuerda con entusiasmo los meses de diciembre en que �l y sus compa�eros
trabajaban en La Alameda:
-All�,
tal vez por los �rboles y las fuentes, era m�s f�cil producir la magia que debe
envolver a los ni�os en estas temporadas. Adem�s el Departamento Central permit�a
que junto a Santacl�s pusi�ramos figuras de la Bella
Durmiente, Blanca Nieves y los Siete Enanos, Gulliver,
Cenicienta. Esos personajes les resultaban atractivos a los ni�os, que
enseguida ped�an retratarse con ellos.
"Estos
a�os las celebraciones se han comercializado mucho y hemos tenido que aguantar
varios cambios. Desde que nos movieron aqu� en 2004 ya no es f�cil crear la
ilusi�n, la magia. Quiz� se deba tambi�n a que los ni�os, con tanta cosa que
ven en la tele y en las maquinitas, han perdido cierta inocencia. Pocos creen
que Santacl�s o los Reyes sean personajes
extraordinarios; sin embargo, conservan su alegr�a y nos la contagian.
"Pero
volviendo al tema del cambio de lugar, tiene una ventaja: aqu� nos permiten
dejar nuestras instalaciones durante toda la temporada navide�a. Cuando
est�bamos en la Alameda ten�amos que desmontarlas por la noche, guardarlas en
los estacionamientos de Jos� Mar�a Marroqu� y sacarlas otra vez por la ma�ana.
Con todo no me parece que esta ubicaci�n sea la m�s adecuada para nosotros. La
plaza es muy �rida, en las noches se cruzan las corrientes de aire y hace mucho
fr�o. De ma�ana nos cala el sol de invierno y no tenemos forma de protegernos.
Por si fuera poco, el espacio es muy reducido para tantos que somos. Si a eso
se agregan los metros de terreno que ocupan los juegos mec�nicos, los puestos
de comida y los piratas, se comprender� que no hay terreno suficiente para que
luzcan nuestros escenarios."
-�Piratas
en los dominios de Santacl�s y los Reyes Magos?
-Si
hay circos, taxistas y m�sica piratas, �por qu� no va a haber Santacl�s, Reyes Magos y fot�grafos piratas? Son personas
que no pertenecen a nuestra organizaci�n y no pagan derechos. Los protegen sus
l�deres; a nosotros nos abriga nuestro representante. La diferencia es b�sica:
el l�der s�lo pretende ganar dinero, el representante atiende y vigila que los
miembros de la uni�n trabajen como debe ser y no cometan indisciplinas. No nos
exige cuotas. Lo �nico que le pagamos son sus gastos de representaci�n.
-Cuando
usted empez� a trabajar en este ramo, �cu�nto cobraba por foto?
-Diez
pesitos. Ahora cincuenta.
-M�s
de un salario m�nimo.
-Tal
vez sea un sacrificio para los padres gastar esa cantidad, pero lo hacen con
gusto, a fin de mantener la tradici�n y sacar a sus hijos una foto que con el
tiempo ser� un recuerdo valioso.
-�Cu�l
fue el cambio m�s importante que usted not� en esta temporada?
-Varias
mujeres hicieron el papel de Santos Reyes. Lo considero otra conquista femenina
y la prueba de que una dama, si se le da la oportunidad, puede desempe�arse muy
bien en todos los trabajos. El de Rey Mago es pesado: uno tiene que levantar a
los ni�os para subirlos al elefante, al camello o al caballo. Por ese motivo,
cuando empec� en esto, se consideraba que nada m�s los hombres pod�an
disfrazarse. Esta idea, como muchas otras, ha pasado a la historia. Es posible
que el diciembre que viene encuentre m�s mujeres haci�ndola de Reyes.
El
mundo en blanco y negro
-�Alguna
vez se ha disfrazado de Santacl�s o de Rey Mago?
-Nunca.
En mi vida s�lo he hecho dos trabajos: panadero y fot�grafo. Mi padre, Luz
Rodr�guez, horneaba en su panader�a unos panes llamados pechugas. Le iba muy
bien. porque mucha gente las compraba. Pero luego
surgieron las envidias y llegaron panes de otras partes. El negocio fracas� y
nos vinimos a la capital.
"Gracias
a lo que aprend� al lado de mi padre pude trabajar, ya adolescente, en La
Covadonga. Esa panader�a estaba en Tacuba, frente a
la f�brica US Royal. All� empec� como muchacho -as� se le
dice a los ayudantes-, luego ascend� a medio oficial y al fin llegu� a oficial.
Despu�s trabaj� en un laboratorio fotogr�fico. All� me ense�� yo solito a
imprimir y a tomar fotos. Eran los tiempos del auge de la fotograf�a en blanco
y negro."
-�A
qu� �poca se refiere?
-Digamos
que del a�o 60 al 75. Todo el mundo deseaba tener una foto de recuerdo. Me iba
a las plazas, a los mercados, a Xochimilco, a las
puertas de los cines y les tomaba fotos a los ni�os. Uno mismo las revelaba y
las vend�a a cinco pesos. Despu�s los equipos fueron evolucionando. Sali� el
color. La pel�cula ten�a que enviarse a los laboratorios. All� nos cobraban
1.50 por foto y la ganancia era menor para nosotros.
"En
nuestro gremio nos hemos modernizado. Ahora utilizamos el sistema digital y las
fotos son muy buenas. Sin embargo, tenemos que enfrentar una competencia
dur�sima: ya todo el mundo hace videos y toma fotos hasta con el celular. Son
buenas, pero no se comparan a las im�genes que se trabajan en el laboratorio. Con
el tiempo pueden mancharse, pero dura toda la vida: es un aut�ntico
recuerdo."
-Don
Daniel, �cu�nto tiempo dedica a prepararse para diciembre y enero?
-Todo
el a�o: hago los adornos, los venados, los mu�equitos para los escenarios. Les
fascinan a los ni�os. Cuando empec� no se usaban. Santacl�s
sal�a a la Alameda con un banquito nada m�s. Luego le agreg� un fondo como de
metro y medio -era la pintura de un paisaje invernal-, y por �ltimo aparecieron
los trineos. En medio de los cambios se ha mantenido la tradici�n y, gracias a
Dios, aqu� siempre tenemos trabajo.
-�Ejerce
su profesi�n de fot�grafo mientras elabora figuras y escenarios?
-S�.
A diario, de las ocho de la ma�ana a las dos de la tarde, me estoy en la
glorieta de Peralvillo, por donde pasan las
peregrinaciones. No llegan tantas como antes y vienen menos concurridas. Lo
atribuyo a que la religi�n ha tomado otros cauces y, adem�s, a que han surgido
muchas iglesias: la gente ya no tiene un solo pensamiento.
"Los
d�as en que no llegan peregrinaciones me voy a los pueblitos, asisto a las
graduaciones o cubro los eventos y ceremonias en el Polit�cnico. Es un buen
apoyo y le doy gracias a Dios por tenerlo. Para la mayor�a de los mexicanos las
cosas andan mal. Hay mucho desempleo y los que tienen trabajo ganan muy
poquito. Por eso la gente prefiere ir a la calle a vender. Sabe que en tres o
cuatro horas puede sacar m�s que un trabajador sujeto a salario m�nimo.
"A
pesar de todo, siento que el pa�s podr�a salir adelante si los gobernantes no
fueran como son. Cuando andan en campa�a hacen muchas promesas; pero cuando
llegan al poder se olvidan del ciudadano y sus necesidades. Ahorita
lo que necesitamos mucho es el empleo, porque trabajando para todos saldr� el
sol."


