|
Sin pretender aseverar que Rafael López es un poeta
decadentista,
porque no lo es en sentido estricto, este
sitio pretende mostrar
una vena poco conocida de su obra poética: aquella que se dejó seducir por
temáticas decadentistas. La mayor parte de obra que conocemos de López es la
inspirada en temas patrióticos: “El idilio de los volcanes”, “La bestia de oro”,
“Canto a la bandera”, “La vendedora de flores”, temas que gozaron de una buena
recepción en su época; en tanto que otro tipo de poesía ha sido ignorado,
vencido tal vez por el peso de la fama de poeta nacionalista; excepción hecha
acaso por la inclusión de “Ruelas” en la fundamental Antología del
modernismo de José Emilio Pacheco.
No
obstante,
esta página tiene la intención de mostrar una breve selección de
poemas que, ajenos por completo al tema patriótico, merecen ocupar un espacio
importante en el estudio de la obra del poeta guanajuatense, e incluso –por
asimilación– tienen las virtudes de la propia literatura decadentista que López
evoca, repasa, observa y, principalmente, sintetiza.
Esa virtud,
la de ofrecer una síntesis de los temas y las pulsiones que el decadentismo
proyectó durante la última década del siglo
xix,
y que posteriormente quedó asimilada dentro de lo que sería llamado modernismo,
es el principal acierto estético de López. Acostumbrado a ser cronista lírico de
sus contemporáneos y a hacer de la crónica de la Ciudad de México un oficio,
López supo integrar en sus poemas los rasgos fundamentales de aquello que, bien
que mal, se llamó decadentismo.
El conocer
desde dentro al grupo de los que, menos de una década atrás, se habían hecho
llamar decadentes aunque luego renegaran del apelativo por buscar uno más
incluyente –modernista–, Rafael López es el “informante” ideal de ese ambiente
estético que encontró desde su llegada a la Capital.
La obra poética de López pertenece a
la última etapa modernista que, tanto para José Emilio Pacheco como para Max
Henríquez
Ureña, se caracteriza por el acercamiento a la cuestión americana;
sin embargo, los poemas que aquí se estudian, temáticamente pertenecen a la
considerada por Pacheco como primera etapa: “exótica, diabolista”.
Acerca de estas etapas, debe
comentarse que José Emilio Pacheco señala tres fases del modernismo:
en la primera, el poeta se siente “desterrado” en tierras americanas, sus temas
son exóticos y “diabolistas”; en la segunda adquiere perspectiva continental,
siente que pertenece a una nacionalidad única formada por todos nuestros países
donde el enemigo americano ya no es la tradición española sino el imperialismo
norteamericano, sus temas son de una reflexión metafísica y continentalista; en
la última fase, el proyecto continental debe proceder de un estado previo de
individualidad cultural en cada país, sus temas son criollistas o de
coloquialismo vernicular. Acerca de ello, me parece que la etapa “diabolista” no
es estrictamente la primera –menos aún ahora, que en recientes estudios del
modernismo se asocia la etapa “diabolista” con el decadentismo mexicano, que
vendría a ser un segundo ciclo– sino aquella de Gutiérrez Nájera, Díaz Mirón y
Othón, que si bien son un tanto exóticos, son auténticos iniciadores del
modernismo poético en una fase que bien pudiera llamarse erótica, con toda la
importancia que esa característica tiene frente al panorama más bien asustadizo,
mojigato y santurrón de la sociedad decimonónica.
La obra de López pertenece también al
ateneísmo, pues el inicio de su buena producción poética,
en opinión de Max Henríquez Ureña,
se da a la par de la publicación de Savia Moderna. Está cerca el tiempo
en que se pondrá de moda el nacionalismo en música, pintura y literatura con
Diego Rivera, Manuel M. Ponce y Ramón López Velarde; Samuel Ramos hablará de lo
mexicano desde la Filosofía y Rafael López escribirá sus poemas de “Vitrales
Patrios”. Sin embargo, regresará una y otra vez a temas del decadentismo que,
con la llegada del cine, estarán más vigentes que nunca: películas de divas,
bailarinas y prostitutas proyectan esa inquietud hacia la femme fatal que
los escritores finiseculares habían expresado, y que continuaría hasta 1919
cuando Efrén Rebolledo publica Salamandra.
Aunque
Rafael López es un poeta que se presta para diversos acercamientos, por lo
abundante de su buena producción poética y por la consistencia en su técnica y
en sus temáticas, por ejemplo, en su serie de semblanzas líricas en que
pareciera investirse del aliento poético de autores tan bien parafraseados
–poéticamente– como Manuel José Othón, Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón,
y muchos otros; o por sus temas paisajistas o históricos que también son los más
conocidos, no son esos los aspectos que habrán de analizarse a continuación.
Los poemas
estudiados
en estas páginas, “Salomé”, “La danza”, “La manzana amarga”,
“Ruelas” y “La muerte de Pierrot”, comparten dos características fundamentales:
en primer lugar que aluden explícitamente a temas considerados “decadentistas”,
como la femme fatal, los paraísos artificiales –drogas–, el mal du
siècle, el spleen, la dualidad ángel–demonio, la religiosidad
profanada, etcétera; en segundo lugar, su intertextualidad, considerada tanto
por su relación con otros discursos literarios, como con discursos visuales: el
decadentismo ha sido considerado una estética “museística” y esa característica
intertextual está presente de manera muy interesante en los poemas
seleccionados.
Resulta
sorprendente que poemas que son la excepción a la regla –en cuanto a temática y
referentes– sean de una brillantez semejante a sus mejores poemas de temáticas
más exploradas; y a pesar de que tienen una gran calidad, han sido
sistemáticamente olvidados por quienes realizan antologías de poetas de la
época. Esta actitud proviene del sambenito patriótico que se le ha colgado a
López, pero refleja una lectura prejuiciada y acrítica. Es ese también nuestro
interés: presentar una faceta poco conocida del escritor guanajuatense.
Pero
queremos dejar clara la advertencia de que no consideramos a Rafael López como
escritor decadentista, su sensibilidad es otra; López es ya plenamente un
modernista que ensaya temas decadentistas, habla de las preocupaciones de aquel
grupo que lo invitó a venir a la Ciudad de México, asimila y vierte la
personalidad y el halo decadente de Ruelas y de las creaciones de Couto. A
Rafael López le agradecemos su valiosa capacidad observadora, su maravillosa
síntesis lírica; aún lo encontramos con los ojos abiertos, fascinado y con la
emoción de un admirador de aquellos, los decadentes. |
La última actualización de este sitio fue el 28 de julio de 2003.