La manzana amarga

II

 

Salamandra en cuyo juego

el misterio de la carne solloza su viejo drama.

Honda criatura hecha de sombra y de fuego,

fulminada en las cenizas que lloró la propia llama.

 

Sobre un prado de violetas,

episcopal y tranquilo,

traza aviesos monogramas

una serpiente del Nilo.

 

En la liturgia maléfica se gasta el perfume denso

de su carne, como el humo de la resina oriental.

Por la niebla sacrosanta del incienso

cruza su efluvio maligno de la llaga original.

 

Cual menguante en el desierto

tu perfil de camafeo

ambula desenterrado

tras un remoto hipogeo.

 

Hécate va por el bosque victoriosa. En su carrera,

chafa lirios taciturnos bajo la planta crüel.

Tiembla la luna en el salto de una elástica pantera

que luce ruedas de sangre sobre el oro de la piel.

 

Del árbol del paraíso,

con serpentino ademán,

la amarga manzana ofreces

al labio seco de Adán.

 

El suspiro que se heló en su boca inerte

junta en el tedeum del beso el réquiem del estertor.

Asoma los ojos turbios a la noche de la muerte,

mientras las manos se crispan en las rosas del amor.

 

Y del amor y la muerte

los duros pinceles toma

sin miedo, para teñirse

los rojos pies de paloma.

 

Loca sangre de suicidas fecundó por los caminos

las mandrágoras que bordan el tapiz de la inquietud,

por donde van resbalándose sus talones purpurinos

hasta que se pongan pálidos en la cal del ataúd.

 

Y se va por sus senderos,

peregrina y tornasol,

envuelta como las nubes

entre retazos de sol.

 

Rafael López.

Obra poética

 

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