La danza

I

 

En un chorro de fuente, el agua sacra

de la danza respira. Surto en la luz de oro,

el tallo de cristal lento se quiebra.

Y Salomé claudica y se demarca

en su piel de culebra.

 

Heleniza el ritmo de sus huesos

musicales. Disuelven sus rodillas

las plásticas de los besos

y las curvas de las arcillas.

La figura exquisita y magra,

un hidromiel de dioses en una copa fina

hace beber. Y el gesto es de Tanagra

y la copa, murrina.

 

Las alas que desdoblan vuelos flojos,

para la emoción de aires tranquilos

son motivos melódicos y puros

bajo el sortilegio de los ojos

que columpian cocuyos en berilios

trémulos e inseguros.

 

El ojo y la sonrisa, maestros de elocuencia,

relatan con rítmica ciencia

el episodio de la melodía.

Como en estío, los rosales

de la sonrisa están en flor,

frescos de aromas perentorios.

 

Diseña la mirada en su inquieto verdor,

Venecias ilusorias

praderas irreales

y esmeraldas que la luz irisa.

Unánimes, el ojo y la sonrisa

llevan el compás en sol mayor.

 

El pie, cordero, apenas trisca

la mandrágora verde que vierte,

desde la sensual cadera morisca,

el olor del amor y de la muerte.

Contrito el rey lúbrico, serena

la zarpa de sus tigres carniceros

y se esfuma la cabeza ensangrentada

de Juan, en el humo de los pebeteros.

La diosa de la danza amena

exige el sacrificio de una rosa cortada

por la mano de Atena.

 

Y la noche locamente rueda

por la cortina escarlata,

una luna derrumbada y oficiosa

que remolca un relámpago de plata,

e improvisa un tapiz de seda

para el deshojamiento de la rosa.

 

Las viejas melancolías

se van tras las alegres geometrías

a que ajusta las leyes de su danza.

Y como golondrinas tornan las ilusiones

a los polvosos rincones

donde encarnece la esperanza.

Rafael López.

Obra poética

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