La muerte de Pierrot

 

Ya los celos enfriados en tu pecho

se despintan en tu mirada bruna.

Ya se hundió el fantasma de tu despecho

bajo los jazmineros de la luna.

 

Ya te purificaste de tu sonso

aspecto. Se cuajó en rictus la risa;

tu sonaja del beso en un responso

y en un sudario tu alegre camisa.

 

La borla galante del plenilunio

se cayó en la polvera de la muerte.

Déjala allí. Tu supremo infortunio

enseña que ser trágico es ser fuerte.

 

Pues morir por amar tras de la injuria

de amor –qué pródigo y puntual morir–

es dormirse con la reina lujuria

en ataúd de escarlata y zafir.

 

Por eso la mujer vibra perfecta

con luz y hiel en la sonrisa vaga.

Falárica relampagueante y recta

que entró en tu corazón como una daga.

 

Y sensual, vertical, los pies de punta,

impura desde la sonrisa al pie,

alza al azul tu máscara difunta

con el gesto eterno de Salomé.

 

Rafael López.

Obra poética.

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