No estoy seguro del significado exacto de la palabra 'afectividad' en espa�ol. En ingl�s 'affectivity' implica no s�lo la capacidad de amar, sino tambi�n nuestra forma de amar como seres sexuales, dotados de emociones, cuerpo y pasiones. En el cristianismo hablamos mucho sobre el amor, pero tenemos que amar como las personas que somos, sexuales, llenos de deseos, de fuertes emociones y de la necesidad de tocar y estar cerca del otro.
Es extra�o que no se nos d� bien hablar de esto, porque el cristianismo es la m�s corporal de las religiones. Creemos que Dios cre� estos cuerpos y dijo que eran muy buenos. Dios se hizo corporal en medio de nosotros, un ser humano como nosotros. Jes�s nos dio el sacramento de su cuerpo y prometi� la resurrecci�n de nuestros cuerpos. As� pues deber�amos sentirnos en casa en nuestra naturaleza corporal, apasionada� �y c�modos al hablar de afectividad! Pero a menudo cuando la Iglesia habla de esto, la gente no queda convencida. �No tenemos demasiada autoridad cuando hablamos de sexo! Quiz�s Dios se encarn� en Jesucristo pero nosotros todav�a estamos aprendiendo a encarnarnos en nuestros propios cuerpos. �Tenemos que bajar de las nubes!
En una ocasi�n en que San Juan Cris�stomo estaba predicando sobre sexo not� que algunos se estaban ruborizando y se indign�: "�Por qu� os avergonz�is? �Es que esto no es puro? Os est�is comportando como herejes." [1] Pensar que el sexo es repulsivo es un fracaso de la aut�ntica castidad y, seg�n nada menos que Santo Tom�s de Aquino, �un defecto moral! (II,II,142.1) Tenemos que aprender a amar como los seres sexuales y apasionados -a veces un poco desordenados- que somos, o no tendremos nada que decir sobre Dios, que es amor.
Quiero hablar de la �ltima Cena y la sexualidad. Puede que suene un poco extra�o, pero pensad en ello un momento. Las palabras centrales de la �ltima Cena fueron "Este es mi cuerpo y os lo doy". La eucarist�a, como el sexo, se centra en el don del cuerpo. �Os hab�is dado cuenta de que la primera carta de San Pablo a los corintios se mueve entre dos temas: la sexualidad y la eucarist�a? Y es as� porque Pablo sabe que necesitamos entender la una a la luz de la otra. Comprendemos la eucarist�a a la luz de la sexualidad, y la sexualidad a la luz de la eucarist�a.
Para nuestra sociedad es muy dif�cil entender esto porque tendemos a ver nuestros cuerpos simplemente como objetos que nos pertenecen. El otro d�a vi un libro sobre el cuerpo humano que se titulaba: "Hombre: todos los modelos, formas, tama�os y colores. Manual de usuario Haynes para propietarios. (Haynes es la imprenta de una serie de manuales de todas las marcas de coches)" Era el tipo de manual del propietario que te dan con un coche o una lavadora. Si piensas en tu cuerpo de esa manera, como algo m�s bien importante que posees junto con otras cosas, entonces los actos sexuales no son especialmente significativos. Puedo hacer lo que me parezca con mis cosas en tanto en cuanto no haga da�o a nadie. Puedo usar mi lavadora para mezclar pintura o hacer pasteles. Es m�a. Y seg�n esto �por qu� no puedo hacer lo que yo quiera con mi cuerpo? Esta es nuestra forma natural de pensar porque a partir del siglo XVII hemos absolutizado bastante los derechos de los propietarios. Ser humano es poseer.
Pero la �ltima cena apunta hacia una tradici�n m�s antigua y m�s sabia. El cuerpo no es simplemente una cosa que poseo, soy yo, es mi ser como don recibido de mis padres, y de sus padres antes de ellos, y en �ltima instancia de Dios. Por eso cuando Jes�s dice 'Este es mi cuerpo y yo os lo entrego', no est� disponiendo de algo que le pertenece, est� pasando a los dem�s el don que El es. Su ser es un don del Padre que El est� transmitiendo.
La relaci�n sexual est� llamada a ser una forma de vivir esa entrega de s� mismo. Aqu� estoy, y me entrego a ti, con todo lo que soy, ahora y por siempre. Entonces la eucarist�a nos ayuda a entender lo que significa para nosotros ser seres sexuales y nuestra sexualidad nos ayuda a comprender la eucarist�a. Generalmente se ve la �tica sexual cristiana como restrictiva comparada con las costumbres contempor�neas. �La Iglesia te dice exactamente lo que no te est� permitido hacer! En realidad la base de la �tica sexual cristiana es el aprendizaje de c�mo vivir relaciones de entrega mutua.
La �ltima cena fue un momento de crisis inevitable en el amor de Jes�s por sus disc�pulos. Este fue el momento por el que tuvo que pasar en su camino del nacimiento a la resurrecci�n, el momento en el que todo explot�. Fue vendido por uno de sus amigos; la roca, Pedro, estaba a punto de negarle, y la mayor�a de sus disc�pulos saldr�an corriendo. �Como de costumbre fueron las mujeres las que se mantuvieron tranquilas y permanecieron con �l hasta el final! Jes�s en la �ltima Cena no sali� huyendo de la crisis sino que cogi� el toro por los cuernos. Tom� la traici�n, el fracaso del amor y lo transform� en un momento de donaci�n: 'Me entrego a vosotros. Vosotros me entregar�is a los romanos para que me maten. Me entregar�is a la muerte, pero yo hago de este momento un momento de don, ahora y por siempre.'
Llegar a ser gente madura que ama significa que nos encontraremos con estas crisis inevitables, en las que parece que el mundo se hace a�icos. Esto ocurre con mucho dramatismo cuando somos adolescentes, y puede ocurrir toda nuestra vida, tanto si nos casamos como si nos hacemos religiosos o sacerdotes. Con frecuencia la gente tiene este tipo de crisis cinco o seis a�os despu�s de hacer su compromiso, en el matrimonio o la ordenaci�n sacerdotal. Tenemos que afrontarlas.
Jes�s podr�a haberse escapado saliendo por la puerta de atr�s y haber huido. Podr�a haber rechazado a los disc�pulos y no haber tenido nada m�s que ver con ellos. Pero no, El afront� el momento en fe. Y solamente seremos capaces de ayudar a la gente joven a hacer esto si nosotros mismos hemos pasado por momentos as� y los hemos afrontado. �Yo ciertamente lo he hecho! Recuerdo que unos a�os despu�s de la ordenaci�n me enamor� fuertemente de alguien. Por primera vez aqu� estaba alguien con quien me casar�a encantado y que estar�a encantada de casarse conmigo. Aqu� estaba el momento de la elecci�n. Yo hab�a hecho profesi�n solemne con alegr�a, amaba a mis hermanos y hermanas dominicos, amaba la misi�n de la Orden. Pero cuando hice la profesi�n ten�a una peque�a burbuja de fantas�a en la cabeza: 'Me pregunto c�mo ser�a estar casado'.
En ese momento tuve que aceptar la elecci�n que hab�a hecho en mi profesi�n solemne, o mejor, ten�a que aceptar la elecci�n que Dios hab�a hecho por m�, que �sta era la vida a la que Dios me llamaba. Fue un momento doloroso, pero tambi�n un tiempo de felicidad. Era muy feliz porque amaba a esta persona, y todav�a somos muy buenos amigos. Era un momento de felicidad porque estaba siendo liberado de la fantas�a que yo hab�a mantenido viva en la profesi�n solemne. Poco a poco estaba bajando de las nubes. Mi coraz�n y mi mente estaban teniendo que encarnarse en la persona que soy, con la vida que Dios ha elegido para m�, en carne y hueso. La crisis me hizo poner los pies en la tierra.
Para la mayor�a de nosotros esto no ocurre solamente una vez. Podemos atravesar varias crisis de afectividad a lo largo de nuestra vida. Yo ciertamente las he pasado y qui�n sabe lo que puede haber a la vuelta de la esquina. Pero tenemos que afrontarlas, como hizo Jes�s en la �ltima Cena, con coraje y confianza. Entonces, si lo hacemos, poco a poco entraremos en nuestro mundo real de carne y hueso.
Un benedictino irland�s llamado Mark Patrick Hederman escribi�, 'El amor es el �nico �mpetu que es suficientemente desbordante como para forzarnos a abandonar el confortable refugio de nuestra bien armada individualidad, despojarnos de la impenetrable concha de autosuficiencia, y salir gateando desnudos a la zona de peligro que est� m�s all�, el crisol donde la individualidad es purificada para hacerse persona.'[2] Y si no cre�is a un benedictino irland�s, seguro que creer�is a santo Tom�s de Aquino: 'La persona que ama debe por tanto aflojar ese cerco que le manten�a dentro de sus propios l�mites. Por esa raz�n se dice del amor que derrite el coraz�n: el que est� derretido ya no est� contenido dentro de sus propios l�mites, muy al contrario de lo que ocurre en ese estado que corresponde a la 'dureza de coraz�n'.[3] Solamente el amor rompe nuestra dureza de coraz�n y nos da corazones de carne.
Abrirse al amor es muy peligroso. Uno probablemente se haga da�o. La �ltima Cena es la historia del riesgo del amor. Es por esto por lo que Jes�s muri�, porque am�. Uno despertar� deseos y pasiones profundos y desconcertantes, puede correr peligro de arruinar la propia vocaci�n o de vivir una doble vida. Necesitar� de la gracia si quiere sortear los peligros, pero no abrirse al amor es a�n m�s peligroso, es mortal. Escuchad a C.S. Lewis: 'Amar en cualquier caso es ser vulnerable. Ama algo y tu coraz�n ciertamente estar� partido y posiblemente roto. Si quieres asegurarte de mantenerlo intacto, no debes entregarle tu coraz�n a nadie, ni siquiera a un animal. Envu�lvelo cuidadosamente en hobbies y peque�os lujos; evita todo enredo amoroso; enci�rralo seguro en la urna o el ata�d de tu ego�smo. Pero en la urna -segura, oscura, inm�vil, sin aire- cambiar�. No se romper�; se volver� irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa a la tragedia, o al menos al riesgo de tragedia, es la condenaci�n. El �nico sitio aparte del cielo donde puedes estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del amor es el infierno'[4].
Cuando celebramos la eucarist�a recordamos que la sangre de Cristo es derramada 'por ti y por todos'. El misterio del amor en lo m�s profundo es a la vez particular y universal. Si nuestro amor es s�lo particular, entonces corre el riesgo de volverse introvertido y sofocante. Si es solamente un vago amor universal por toda la humanidad, entonces corre el riego de volverse vac�o y sin sentido. La tentaci�n para una pareja debe de ser tenerse un amor que es intenso pero encerrado y exclusivo. A menudo se salva de ser destructivo gracias a la llegada de una tercera persona, el ni�o que expande su amor. La tentaci�n de los c�libes podr�a ser tender hacia un amor que es solamente universal, un vago y c�lido amor por toda la humanidad. Dickens nos habla en Bleak House de Mrs. Jellyby que ten�a una 'filantrop�a telesc�pica', porque no pod�a ver nada que estuviera m�s ac� de Africa. Amaba a los africanos en general, pero ni siquiera se percat� de la existencia de sus propios hijos.
No podemos refugiarnos en esa filantrop�a telesc�pica. Acercarse al misterio del amor significar� tambi�n que amaremos personas concretas, algunas con amistad, otras con profundo afecto. Tenemos que aprender a integrar esos amores en nuestra identidad como religiosos, como casados o solteros. Me dicen que en el pasado se sol�a advertir a los religiosos contra las 'amistades particulares'. Nuestro venerable Gervase Matthew siempre dec�a que �le daban m�s miedo las 'enemistades particulares'!
Bede Jarret OP fue provincial de la provincia de Inglaterra de los dominicos en los a�os 30. En una ocasi�n escribi� una carta preciosa a un joven benedictino llamado Hubert van Zeller, que lleg� a ser un famoso autor espiritual despu�s de la guerra. Este joven monje se hab�a enamorado de alguien a quien s�lo conocemos como P. Fue una experiencia espantosa. Tem�a que fuera el final de su vocaci�n religiosa. Bede vi� que era el principio. Permitidme que os lea una larga cita. Es impresionante pensar que est� escrita hace setenta a�os.
'Me alegro (de que te hayas enamorado) porque creo que tu tentaci�n ha sido siempre hacia el puritanismo, una estrechez, una cierta falta de humanidad. Tu tendencia era casi hacia la negaci�n de la santificaci�n de la materia. Estabas enamorado del Se�or pero no aut�nticamente enamorado de la encarnaci�n. Estabas realmente asustado. Pensaste (aqu� me tienes achac�ndote toda clase de maldades sin permiso) que si en alg�n momento te relajabas saltar�as por los aires. Estabas lleno de inhibiciones. Casi te mataron. Casi mataron tu humanidad. Te daba miedo la vida porque quer�as ser santo y sab�as que eras un artista. El artista que hay en ti ve�a belleza por todas partes; el hombre que quer�a ser santo en ti dec�a "Caramba, pero eso es terriblemente peligroso", el novicio dentro de ti dec�a "mant�n los ojos bien cerrados", el Claud (su nombre de pila) casi salt� por los aires. Si P no hubiera entrado en tu vida, podr�as haber explotado. Creo que P salvar� tu vida. Dir� una misa en acci�n de gracias por lo que P ha sido, y hecho, por ti. Hace mucho tiempo que necesitabas de P. Tus parientes no podr�an sustituirla. Tampoco los viejos y corpulentos provinciales'.[5]
�No estoy sugiriendo que deber�amos salir todos corriendo de aqu� a intentar buscar alguien a quien amar! Dios nos env�a los amores y las amistades que son parte de nuestro camino hacia El, que es la plenitud del amor. Esperamos a quienes Dios nos env�a y cu�ndo y c�mo El los env�a. Pero cuando llegan, entonces debemos afrontar el momento, como hizo Jes�s en la �ltima Cena.
Cuando amemos a alguien profundamente, entonces tendremos que aprender a ser castos. Cada uno, soltero, casado o religioso est� llamado a la castidad. Esta no es una palabra popular en estos d�as, suena mojigata, fr�a, distante, medio muerta, nada atractiva. Herbert McCabe OP escribi� que 'la castidad que no es una manifestaci�n de amor es meramente el cad�ver de la verdadera castidad'.[6]
La castidad no es en primer lugar la supresi�n del deseo, al menos seg�n la tradici�n de Santo Tom�s de Aquino. El deseo y las pasiones contienen verdades profundas sobre qui�nes somos y qu� necesitamos. El simplemente suprimirlas nos har� seres muertos espiritualmente o har� que alg�n d�a nos disparemos. Tenemos que educar nuestros deseos, abrir sus ojos a lo que realmente quieren, liberarlos de los peque�os placeres. Necesitamos desear m�s profundamente y con mayor claridad.
Santo Tom�s escribi� algo que es f�cilmente mal entendido. Dec�a que la castidad es vivir conforme al orden de la raz�n (II,II,151.1). Esto suena muy fr�o y cerebral, como si ser casto fuera una cuesti�n de poder mental. Pero para Tom�s 'ratio' significa vivir en el mundo real, 'de conformidad con la verdad de las cosas reales'[7]. Es decir, vivir en la realidad de qui�n soy y qui�nes son realmente las personas a las que amo. La pasi�n y el deseo pueden llevarnos a vivir en la fantas�a. La castidad nos hace bajar de las nubes, viendo las cosas como son. Para los religiosos, o a veces para los solteros, puede darse la tentaci�n de refugiarse en la fantas�a perniciosa de que somos et�reas figuras angelicales, que no tienen nada que ver con el sexo. Eso puede parecer castidad, pero es una perversi�n de la misma. Esto me recuerda a uno de mis hermanos que fue a decir Misa a un convento. La hermana que le abri� la puerta le mir� y dijo: 'Ah, es usted, Padre. Estaba esperando a un hombre".
Es dif�cil imaginar una celebraci�n del amor m�s realista que la �ltima Cena. No tiene nada de rom�ntica. Jes�s les dice a sus disc�pulos sencilla y llanamente que esto es el final, que uno de ellos le ha traicionado, que Pedro le negar�, que los dem�s huir�n. No es una escena de amorcitos a la luz de las velas en un restaurante, esto es realismo llevado al extremo. Un amor eucar�stico nos enfrenta de lleno con la complejidad del amor, con sus fracasos y su victoria final.
�Cu�les son las fantas�as en las que nos puede atrapar el deseo? Yo sugerir�a dos. Una es la tentaci�n de pensar que la otra persona lo es todo, todo lo que buscamos, la soluci�n a todos nuestros anhelos. Esto es un capricho pasajero. La otra es no ver como es debido la humanidad de la otra persona, para hacerla simplemente carne de consumo. Esto es la lujuria. Estas dos ilusiones no son tan diferentes como podr�an parecer a primera vista, la una es el reflejo exacto de la otra.
Supongo que todos nosotros hemos conocido momentos de total encaprichamiento, cuando alguien se convierte en el objeto de todos nuestros deseos, y en s�mbolo de todo lo que hemos anhelado, en la respuesta a todas nuestras necesidades. Si no llegamos a ser uno con esa persona, entonces nuestra vida no tiene sentido, est� vac�a. La persona amada llega a ser para nosotros la respuesta a ese pozo de necesidad grande y profundo que descubrimos dentro de nosotros. Pensamos en esa persona todo el d�a.
Como Shakespeare escribi� tan bien:
"De d�a mis miembros y de noche mi mente
no encuentran paz ni para ti ni para m�."
O, para ser un poco m�s actual, la cara del amado es como el salvapantallas del ordenador. En el momento que uno se para a pensar en alguna otra cosa, ah� lo tienes. Es como una prisi�n, una esclavitud, pero una esclavitud que no queremos dejar. Divinizamos a la persona amada, y la ponemos en el lugar de Dios. Por supuesto lo que estamos adorando es nuestra propia creaci�n, es una proyecci�n. Quiz�s casi todo amor verdadero pasa por esta fase obsesiva. La �nica cura para esto es vivir d�a a d�a con la persona amada y ver que no es Dios, sino solamente su hijo o hija. El amor empieza cuando somos curados de esta ilusi�n y estamos cara a cara con una persona real y no con una proyecci�n de nuestros deseos. Como dice Octavio Paz 'el amor descubre la realidad al deseo'[8].
�Qu� buscamos en todo esto? �Qu� nos mueve a encapricharnos? Yo s�lo puedo hablar personalmente. Yo dir�a que lo que ha habido siempre detr�s de mis turbulencias emocionales ha sido el deseo de intimidad. Es el anhelo de ser totalmente uno, de disolver los l�mites entre uno mismo y otra persona, para perderse en otra persona, para buscar la comuni�n pura y total. M�s que pasi�n sexual, creo que es la intimidad lo que buscan la mayor�a de los seres humanos. Si vamos a vivir pasando por crisis de afectividad, creo que entonces tenemos que que aceptar nuestra necesidad de intimidad.
Nuestra sociedad est� construida alrededor del mito de la uni�n sexual como culminaci�n de toda intimidad. Este momento de ternura y de la uni�n f�sica total es el que nos lleva a la intimidad total y la comuni�n absoluta. Mucha gente no tiene esta intimidad porque no est�n casados, o porque sus matrimonios no son felices, o porque son religiosos o sacerdotes. Y podemos sentirnos excluidos injustamente de aquello que es nuestra necesidad m�s profunda. �Esto no parece que sea justo! �C�mo puede excluirme Dios de este deseo profundo?
Yo creo que cada ser humano, casado o soltero, religioso o laico, tiene que aceptar las limitaciones de la intimidad que podemos conocer ahora. El sue�o de comuni�n plena es un mito, que lleva a algunos religiosos a desear estar casados, y a muchos casados a desear estarlo con otra persona diferente. La intimidad verdadera y feliz s�lo es posible si aceptamos sus limitaciones. Podemos proyectar en las parejas de casados una intimidad total y maravillosa que es imposible pero que es la proyecci�n de nuestros sue�os. El poeta Rilke entendi� que no podr�a haber verdadera intimidad entre una pareja hasta que uno no cae en la cuenta de que cada cual en cierta forma permanece solo. Cada ser humano conserva soledad, un espacio a su alrededor, que no puede ser eliminado. 'Un buen matrimonio es aquel en el que cada cual nombra al otro guardi�n de su soledad, y le muestra su confianza, lo m�s grande que puede entregarle� Una vez que se acepta que incluso entre los seres humanos m�s cercanos sigue existiendo una distancia infinita, puede crecer una forma maravillosa de vivir uno al lado del otro, si logran amar la distancia que existe entre ellos que le permite a cada cual ver en su totalidad el perfil del otro recortado contra un amplio cielo[9].'
Ciertamente ninguna persona puede ofrecernos esa plenitud de realizaci�n que deseamos. Eso solamente se encuentra en Dios. Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury y hombre casado, escribi�, 'El yo se vuelve adulto y veraz al enfrentarse con el car�cter incurable de su deseo: el mundo es tal que ninguna cosa otorgar� al yo una identidad colmada y completa'[10]. O, para citar a Jean Vainier, 'La soledad es parte del ser humano, porque no existe nada que pueda llenar completamente las necesidades del coraz�n humano'.[11]'
Para los que est�n casados es posible una maravillosa intimidad una vez que, como dice Rilke, se acepta que somos guardianes de la soledad de la otra persona. Y los que somos solteros o c�libes, podemos descubrir tambi�n una intimidad con los otros profundamente hermosa. Intimidad viene del lat�n intimare, que significa estar en contacto con lo que est� m�s al interior de otra persona. Como religioso, mi voto de castidad me posibilita el ser incre�blemente �ntimo con otras personas. Porque no tengo intenciones ocultas, y mi amor no deber�a ser devorador o posesivo, es por lo que puedo acercarme much�simo al fondo de la vida de la gente.
La trampa opuesta al encaprichamiento no es hacer de la otra persona Dios, sino hacerles un simple objeto, algo con lo que satisfacer mis necesidades sexuales. La lujuria nos cierra los ojos a la persona del otro, a su fragilidad y su bondad. Santo Tom�s dice, escribiendo sobre la castidad, que el le�n ve al venado como comida, y la lujuria nos hace cazadores, depredadores que ven algo que devorar. Queremos simplemente un poco de carne, algo que poder devorar. Una vez m�s la castidad es vivir en el mundo real. La castidad nos abre los ojos para ver que lo que tenemos delante es efectivamente un cuerpo hermoso, pero ese cuerpo es alguien. Ese cuerpo no es un objeto sino un sujeto. Nuevamente cito a Hederman, 'El voto de castidad evita que el instinto natural del cazador ponga trampas y salte sobre otros como un depredador'[12]. Lo que ha sido tan estremecedor en estas historias de abusos sexuales frecuentemente es el hecho de que a menudo haya sido cuidadosamente planeado.
Puede dar la impresi�n de que la lujuria es pasi�n sexual fuera de control, deseo sexual salvaje. Pero San Agust�n, que entendi� el sexo muy bien, cre�a que la lujur�a ten�a que ver con el deseo de dominar a otras personas m�s que con el placer sexual. La lujuria es parte de la libido dominandi, el impulso de hacernos con el control y convertirnos en Dios. La lujuria tiene m�s que ver con el poder que con el sexo. Como escribi� Sebastian Moore, 'La lujuria, pues, no es pasi�n sexual fuera del control de la voluntad, sino pasi�n sexual como tapadera de la voluntad de ser Dios� La tarea que tenemos delante no es someter la pasi�n sexual a la voluntad, sino devolverla al deseo, cuyo origen y fin es Dios, cuya liberaci�n es la gracia de Dios manifestada en la vida, las ense�anzas, la crucifixi�n y resurrecci�n de Jesucristo.'[13]
El primer paso para superar la lujuria no es suprimir el deseo, sino restaurarlo, liberarlo, descubrir que el deseo es por una persona y no por un objeto. Muchos de los tristes esc�ndalos de abuso sexual de menores han venido de sacerdotes o religiosos que eran incapaces de enfrentarse a relaciones adultas con iguales. Solamente pod�an buscar relaciones en las que ellos ten�an el poder y el control. Ellos ten�an que permanecer invulnerables. En la �ltima Cena Jes�s toma el pan y lo da a los disc�pulos diciendo 'Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros'. El se entrega a s� mismo. En lugar de tomar el control sobre ellos, se entrega a los disc�pulos para que hagan con �l lo que quieran. Y nosotros sabemos lo que har�n. Es la inmensa vulnerabilidad del amor verdadero.
La lujuria y el capricho pasajero puede parecer dos cosas muy diferentes y sin embargo son reflejo la una de la otra. En el encaprichamiento uno convierte a la otra persona en Dios, y en la lujuria uno mismo se hace Dios. En el primer caso uno se hace a s� mismo totalmente falto de poder, y en el segundo uno se arroga poder absoluto. Rowan William escribi� que el amor 'se mueve entre el ego�smo y la abnegaci�n'.[14] Te da un intenso sentido de ti mismo, y al mismo tiempo te hace desaparecer del mapa. Quiz�s la lujuria se da si prevalece el ego�smo, y el capricho pasajero si la abnegaci�n es tan total que uno pierde toda identidad.
As� pues castidad es vivir en el mundo real, viendo al otro como �l o ella es y a m� mismo como soy. No somos ni divinos ni simplemente un trozo de carne. Los dos somos hijos de Dios. Tenemos nuestra historia. Hemos hecho votos y promesas. El otro tiene compromisos, quiz�s con una pareja o esposo. Nosotros como sacerdotes o religiosos nos hemos entregado a nuestras Ordenes o di�cesis. Es tal como estamos, comprometidos y ligados a otros compromisos, como podemos aprender a amar con corazones y ojos abiertos.
Esto es duro porque vivimos en el mundo de internet y la World Wide Web. Es el mundo de la realidad virtual, donde podemos vivir en mundos de fantas�a como si fueran reales. Vivimos en una cultura a la que le resulta dif�cil distinguir entre fantas�a y realidad. Todo es posible en el mundo cibern�tico. Por eso la castidad es dif�cil. Es el dolor de descubrir la realidad. �C�mo podemos bajar a tierra?
Yo sugerir�a tres pasos. Tenemos que aprender a abrir los ojos y ver los rostros de quienes est�n delante de nosotros. �Con qu� frecuencia abrimos realmente los ojos para mirar a la cara de la gente y verles como son? Brian Pierce OP, un dominico de Estados Unidos, va a publicar pronto un libro que compara el pensamiento de Meister Eckhart, el m�stico dominico del siglo XIV, y Thich Nhat Hanh, un budista del siglo XX. Para ambos el comienzo de la vida contemplativa es estar en el momento presente, lo que el budista llama 'consciencia'. S�lo es real el momento presente. Estoy vivo en este momento, y por tanto es en este momento en el que puedo encontrarme con Dios. Tengo que aprender la serenidad de dejar de inquietarme por el pasado y por el futuro. Ahora, el momento presente, es cuando comienza la eternidad. Eckhart pregunta, '�Qu� es hoy?'. Y �l contesta, 'Eternidad"
En la �ltima Cena Jes�s agarr� ese momento presente. En lugar de inquietarse por lo que Judas hab�a hecho, o porque los soldados se estaban acercando, el vivi� el ahora, y tom� el pan y lo parti� y lo entreg� a los disc�pulos diciendo, 'Este es mi cuerpo, entregado por vosotros'. Cada eucarist�a nos sumerge en ese ahora eterno. Es en este momento cuando podemos hacernos presentes a la otra persona, callados y quietos en su presencia. Ahora es el momento en el que puedo abrir los ojos y mirarla. Porque estoy tan ocupado, corriendo por todas partes, pensando en lo que pasar� despu�s, que puede ocurrir que no vea la cara que tengo frente a m�, su belleza y sus heridas, sus alegr�as y sus penas. �En fin, la castidad implica abrir los ojos!
En segundo lugar, puedo aprender el arte de estar solo. No puedo estar a gusto con la gente a menos que sea capaz de sentirme a gusto solo algunas veces. Si me da miedo la soledad, entonces coger� a otra gente no porque me deleite en ellos, sino como soluci�n a mi problema. Ver� a la gente simplemente como una forma de llenar mi vac�o, mi espantosa soledad. Por tanto no ser� capaz de alegrarme en ellos por su propio bien. As� que cuando uno est� presente con otra persona, que est� verdaderamente presente, y cuando est� solo que aprenda a amar la soledad. De no ser as� cuando uno est� con otra persona, �se pegar� a ella y la sofocar�!
Finalmente, cada sociedad vive de sus historias. Nuestra sociedad tiene sus historias t�picas. A menudo son historias rom�nticas. El chico conoce a la chica (o a veces el chico conoce al chico), se enamoran y viven felices para siempre. Es una buena historia que se da con frecuencia. Pero si pensamos que es la �nica historia posible viviremos con posibilidades demasiado reducidas. Nuestra imaginaci�n necesita ser alimentada con otras historias que nos hablen de formas de vivir y amar. Necesitamos abrir a los j�venes la enorme diversidad de formas en las que podemos encontrar sentido y amor. Por eso eran tan importantes las vidas de los santos. Nos mostraban que hab�a diferentes formas de amar heroicamente, como personas casadas o solteras, como religiosos o laicos. Yo me sent� muy conmovido por la biograf�a de Nelson Mandela, The Long Road to Freedom. Es un hombre que dio toda su vida por la causa de la justicia y el derrocamiento del apartheid, y eso signific� que no tuvo la clase de vida matrimonial que anhelaba, puesto que pas� a�os en la c�rcel.
As� pues el primer paso de la castidad es bajar de las nubes. Muy r�pidamente mencionar� otros dos pasos. El segundo paso, muy brevemente, es abrirnos al amor, para que no queden peque�os mundos a los que me repliego. El amor de Jes�s se nos muestra cuando toma el pan y lo parte para que pueda ser compartido. Cuando descubrimos el amor no debemos conservarlo en un peque�o armario privado para nuestro deleite personal, como una secreta botella de whisky, guardada a escondidas para nuestro disfrute personal. Tenemos que compartir nuestros amores con nuestros amigos y con aquellos que amamos. De esta forma el amor particular se hace expansivo y sale al encuentro de la universalidad.
Sobre todo uno puede ensanchar el espacio para que Dios habite en cada amor. En cada historia concreta de amor puede vivir el misterio total del amor, que es Dios. Cuando amamos profundamente a alguien, Dios est� ya ah�. M�s que ver nuestros amores en competencia con Dios, �stos nos ofrecen lugares en los que podemos montar su tienda. Como Bede Jarret dec�a a Hubert van S�ller, 'Si pensaras que lo �nico que puedes hacer es retirarte a tu concha, nunca ver�as cu�n amoroso es Dios. Debes amar a P. y buscar a Dios en P� Disfruta su amistad, paga el precio del dolor que trae consigo, recu�rdalo en tu Misa y deja que El sea la tercera persona en ese amor.' La apertura de la Amistad Espiritual [de Aelred of Rivaulx]: "Aqu� estamos, t� y yo, y espero que entre nosotros Cristo sea un tercero". Es precioso, �verdad? Si te alejas del amor nunca conocer�s cuan amoroso es Dios. Pero a menos que dejes entrar a Dios en ese amor, y le honres ah�, nunca ver�s el misterio de ese amor. Si separamos nuestro amor a Dios y nuestro amor a las personas concretas, ambos se volver�n agrios y enfermizos. Eso es lo que significa tener una doble vida.
El tercer paso, quiz�s el m�s dif�cil, es que nuestro amor ha de liberar a las personas. Todo amor, ya sea entre personas casadas o solteras, tiene que liberar. El amor entre marido y mujer debe abrir grandes espacios de libertad. Y esto es a�n m�s cierto para los que somos sacerdotes o religiosos. Tenemos que amar para que los dem�s sean libres para amar a otros m�s que a nosotros. San Agust�n llama amigo del novio, amicus sponsi, al obispo. En ingl�s decimos 'the best man' en la boda. El 'best man' no trata de que la novia se enamore de �l, �ni siquiera las damas de honor!, �l est� se�alando hacia otro.
En una ocasi�n un dominico franc�s compar� a Dios con un caballero ingl�s, que es tan inmensamente discreto que no quiere imponerse de ninguna forma sobre aquellos a los que ama. Abrir� la puerta y se asomar� para asegurarse de que est�n a gusto con su presente inamorato y despu�s, por m�s que desear�a quedarse, desaparecer� para no molestarles. Como dijo C.S. Lewis, 'Es un privilegio divino ser siempre no tanto el amado como el amante'[15]. Dios es siempre el que ama m�s de lo que es amado. Esa puede que sea nuestra vocaci�n muy a menudo. Como dijo Auden: 'Si el amor no puede ser igual que sea yo el m�s amante[16].
Esto implica negarse a dejar que la gente se vuelva demasiado dependiente de uno y no ocupar el centro de sus vidas. Uno debe estar siempre buscando otras formas de apoyo para la gente, otros pilares, para que nosotros podamos dejar de ser tan importantes. As� la pregunta que uno debe hacerse siempre es: �Est� haciendo mi amor m�s fuerte a esta persona, m�s independiente, o la est� haciendo m�s d�bil, y dependiente de m�?
�Ya vale! Tengo que parar ahora, tras una �ltima reflexi�n. Aprender a amar es un asunto dif�cil. No sabemos a d�nde nos llevar�. Nos encontraremos nuestra vida vuelta del rev�s. Seguramente a veces nos haremos da�o. Ser�a m�s f�cil tener corazones de piedra que corazones de carne, �pero entonces estar�amos muertos! Si estamos muertos, no podr�amos hablar del Dios de la vida. �Pero cómo atrevernos a vivir pasando por esta muerte y resurrecci�n?
En cada eucarist�a recordamos que Jes�s derram� su sangre por el perd�n de los pecados. Esto no significa que ten�a que aplacar a un Dios furioso. Ni siquiera significa solamente que si nos equivocamos podemos ir a confesar nuestros pecados y ser perdonados. Significa mucho m�s. Significa que, en todas nuestras luchas por ser personas que aman y est�n vivas, Dios est� con nosotros. La gracia de Dios est� con nosotros en los momentos de fracaso y de l�o, para ponernos nuevamente en pie. De la misma forma que el domingo de pascua Dios convirti� el viernes santo en un d�a de bendici�n, podemos estar seguros de que todos nuestros intentos por amar dar�n fruto �Y por eso no tenemos que temer! Podemos adentrarnos en esta aventura, con confianza y coraje.
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