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La historia de la cerveza está íntimamente ligada a los primeros pasos dados por el hombre en la agricultura y la consiguiente necesidad de almacenamiento de los granos. Algunos sostienen que es más antigua que el vino, pero por ser las dos bebidas tan añejas no se sabe a ciencia cierta cual fue la primera. Sin embargo el vino y la cerveza comparten lo casual de su nacimiento, efectivizado por la inagotable imaginación humana en la combinación de elementos de la naturaleza. Existen indicios muy antiguos que hablan de algunos miles de años antes de Cristo. Incluso la Biblia señala que Noé consumía un líquido fermentado con cereales, que sería una cerveza rudimentaria. Durante mucho tiempo se trató de una bebida que resultaba de la fermentación de la cebada que, remojándola y agregándole levadura, lograba un brebaje alcohólico que los ingleses llaman Ale. Su nombre proviene del latín clásico cervisia o cerevisia, por referencia a Ceres, diosa de la agricultura. Observaron que estos granos, molidos, puestos en un recipiente y expuestos al medio ambiente normal fermentaban bajo la acción de microorganismos existentes en el ambiente. El resultado de lo obtenido les agradó y probaron agregando agua a la pasta anteriormente lograda. Se han encontrado restos de cervecerías y relíquias que describen en detalle la fabricación y degustación de esta bebida, en los valles convergentes entre los ríos Tigris y Eufrates, donde se ubicaba la antigua Mesopotamia, la región de Sumer y las ciudades-estado de Ur y Babilonia, así como en las zonas de Egipto, Irán e Irak. Ya en ese entonces la popularidad del brebaje era considerable: llegaba a usarse como moneda de cambio y muchos faraones egipcios dejaban estipulado en su última voluntad que se incluyeran varias vasijas de cerveza entre los bienes que les acompañarían en la tumba. Gran parte de la evidencia arqueológica implica que la cerveza era una bebida para dioses y sacerdotes. Un sello de unos cuatro mil años de antigüedad constituía el himno a la diosa de la cerveza, denominada Ninkasi, que se exhibe en la Universidad de Pensilvania.
Es en el siglo XV cuando llega a popularizarse esta antiquísima poción.
Algunos escritos hablan de su difusión a escala monárquica nada menos
que de la mano de Carlos I (1500-1558) que, educado en Alemania, regresa
a España acompañado de una corte de nobles, soldados de Flandes, varios
barriles de excelente cerveza alemana y de su maestro cervecero Enrique
Vandertrehen. Cuando en 1557 el emperador se retiró al monasterio
de Yuste, en Cáceres, ordenó construir allí una fábrica
de cerveza que fue la primera de la España moderna. A su muerte,
su hijo Felipe II se trajo de Flandes a sus maestros cerveceros, continuando
la tradición y manteniendo vivo en la corte el gusto por la bebida
que su padre tanto había apreciado. La afición en el mundo por el dorado líquido ha ido sufriendo altibajos. En la mayor parte de los países con una tradición cervecera se la considera como parte integrante de la identidad nacional. Las cortes reales y medievales asumieron los derechos de fabricación de la cerveza como medio para aumentar las ganancias económicas, y algunas familias nobles todavía están en el negocio. En Alemania, por ejemplo, existe una Ley de Pureza sobre la fabricación de la bebida que no ha sufrido modificaciones desde que fue promulgada en el año 1516. Cada pueblo o cultura fue desarrollando la bebida con un carácter y personalidad singular. A partir de allí, fueron surgiendo las diferentes cervezas: dulces, claras, oscuras, pesadas, secas, dando lugar a un sinfín de variedades. En los albores del siglo XX, en el mundo se populariza el tipo de cerveza europea, conocida como Lagers (de Bohemia) o Pilsen (de Viena), que son suaves, claras, secas y que dieron origen a casi todas las marcas comerciales que se conocen en la actualidad. |