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Cuadro de texto: Donde la vida gira en torno a un rezo
La Virgen de Guadalupe es motivo de culto nacional y por ello, cada año, miles de feligreses acuden a su templo sagrado en busca de paz, consuelo, y por qué no, de un milagro que cambie sus vidas.

Cuadro de texto:  

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Cerebro

Reportaje

Lágrimas de maguey

La sombra del auge pulquero

por Conny Aguirre Zaragoza y Hugo Salvatierra Arreguín

CeReBrO rEpOrTaJe CeReBrO rEpOrTaJe cReBrO rEpOrTaJe CeReBrO rEpOrTaJe

 

En tiempos ancestrales fue el alimento de los dioses, luego el néctar que el pueblo consumía en las fiesta, y durante su época de oro, uno de los bastiones de la economía mexicana; pero hoy, ante el desprecio de los consumidores de bebidas alcohólicas, la venta del pulque está a punto de desaparecer.

Pese al desolador panorama hay quienes hoy en día, con la ayuda de la tecnología, intentan resucitarlo; y prueba de ello es que se ha dado un giro total a su industrialización, como sucede en la Hacienda de San Bartolomé del Monte, Apan, en el Estado de Hidalgo, donde el también llamado Tlapehue se envasa en vistosos y llamativos six packs de aluminio.

Estas modernas latas plateadas, parecidas a las que contienen cerveza, vodka con naranja y tequila con refresco de toronja, permiten que el pulque se conserve en buen estado durante muchos años, sin que sufra los estragos de la descomposición, con lo que su manejo y venta se vuelven más seguros y eficaces.

En contraste, la modernidad no ha llegado a todos lados, como ocurre a los pies del Iztlazíhuatl, en donde sacan el aguamiel —líquido que brota de los magueyes—, como si este privilegio fuera una ofrenda que "La Mujer Dormida" —el volcán— hubiera querido dar a los antiguos dioses prehispánicos.

Cuando la noche aún no se despide, José Cristóbal Aguilar camina entre la obscuridad, sin miedo a que los magueyes, que conoce desde niño, lo arañen. A cuestas lleva todos sus instrumentos de trabajo: un acocote, hecho de cuerno de buey terminado en fibra de vidrio, y una cuchara para raspar los adentros de la planta, para así extraer la materia prima del pulque.

Narra que la tarea es dura, ya que es necesario madrugar: "Yo de aquí me levanto a las cuatro de la mañana, para estar ahí a las cinco, y regresar a casa a las siete de la mañana. En la tarde también otra vuelta lo mismo".

Esta es la rutina diaria, ya que de lo contrario "si los dejamos de raspar un día, dejan de dar, y para que vuelvan a dar como antes, pasan unos 15 días".

El aguamiel se extrae mediante un acocote de plástico —que hace las funciones de un popote—, pero antes, los viejos utilizaban un instrumento compuesto por una calabaza seca, hueca, grande y alargada, que tenía un orificio en ambos extremos.

En el pueblo de Tlalpizahua, Estado de México, este oficio se transmite a través de las generaciones, por lo que es aprendido poco a poco conforme los niños crecen, narra la señora Guadalupe López, mujer que en su piel partida lleva las huellas que sólo el trabajo del campo puede dejar.

Néctar de dioses

La historia de este líquido viscoso se remonta a la época prehispánica, ya que uno de tantos relatos cuenta que el descubridor de la embriaguez producida por la fermentación del aguamiel fue el tlacuache, animal considerado como el primer borracho.

En este tiempo, únicamente los nobles podían ingerir la bebida, debido a que era algo sagrado, razón por la que quienes osaban tomarla sin permiso, en ocasiones pagaban hasta con sus vidas.

El pulque se saboreaba en fiestas, y quienes lo servían y fabricaban, tenían que abstenerse de las mujeres, ya que la presencia de una de ellas, según las creencias, podía hacer que se agriara o se amasara el líquido.

Los mitos aztecas narran que en una ocasión, el nigromántico Titlacuán llevó a Quetzalcóatl una medicina. El sabor le gustó tanto al dios, que bebió hasta emborracharse. Bajo los efectos del líquido, conocido como teómetl, comenzó a llorar con tristeza, por lo que decidió partir al oriente.

Era tal la importancia del tlapehue, que uno de los dioses del pulque, Tezcatzoncatl, tenía un templo en Tenochtitlán. Ésta deidad era adorada por los Tlahuicas del Estado de Morelos.

El mito de la muñeca

Con el paso de los años se han desarrollado diversos métodos para fermentar el aguamiel y así dar vida al pulque. Algunos pueden ser artificiales, mediante el uso de sacarina, mientras que otros tienen un origen natural, con el empleo de hojas de elote.

Marcelino Aguilar, productor de magueyes de Ixtapaluca explica a grandes rasgos el proceso:

"Se hace con la semilla, que es la misma aguamiel, nada más que se tiene en un lugar más limpio que  no tenga grasa. También se le echan magueyes especiales, o sea magueyes más viejos, para que salga mejor la semilla, para que fermente y salga mejor el pulque."

Alrededor de esto existen varios mitos, uno de ellos es el de la "muñeca", que consiste en agregar, durante el proceso de fermentación, un trozo de excremento envuelto en un trapo. Pero los vendedores del Distrito Federal, como el joven Bernardo Segura, encargado de "El Recreo de las Mañosas" desmienten la versión:

"Antes había una leyenda que decía que se le echaba algo al pulque, pero es mentira, porque siempre ha existido Salubridad. Lo que se le echa es una cáscara de piña o de plátano para que fermente, pero es mentira eso de la 'muñeca'".

Con una borrachera similar a la que hizo llorar al mismo Quetzalcóatl, Renato Luna, uno de los tlachiqueros del municipio de Tlalpizahua, con palabras entrecortadas y un evidente olor a alcohol que brota de su aliento, confiesa otro de los mitos que rodean al tlapehue. Según él, su oficio es comparado con el de los sacerdotes, porque ambos bautizan: "Es como todo, usted agarra y lo va bautizando —agregar agua— nomás poco a poco, pa' tener más ganancia".

La aristocracia pulquera

En la época de la Colonial, a la llegada de los españoles, la prohibición del consumo de esta bebida desapareció, por lo que los indígenas comenzaron a ingerirla en mayores cantidades. Fue tanto su auge, que los impuestos por vender y producir pulque se convirtieron en parte fundamental de la economía del país.

Todavía en el siglo diecinueve era consumido sólo por la gente del Altiplano, ya que su transportación era costosa, pero con la entrada del ferrocarril, los productores de este líquido blanco, pudieron llevarlo a regiones lejanas como la Ciudad de México, Puebla, Pachuca y Tlaxcala.

La señora Sara Padilla Ortiz describe la manera en que traían el tlapehue a su familia, dueña de la "Turqita", establecimiento que se encontraba en la colonia Aragón-la Villa, del Distrito Federal: "Del tren que venía de Veracruz, a mi papá le bajaban cueros de pulque. Como iba despacito se bajaban y le traían de los ranchos el pulque, aunque él vendía con barrilaje".

En los inicios del siglo XX creció tanto su demanda, que los productores exigieron a las compañías ferroviarias que disminuyeran las cuotas, y que les enviaran por lo menos tres trenes diarios, para así poder transportar su producto a la capital.

Era tal su importancia que la vida en comunidad también se transformó gracias a la bonanza, ya que surgió una nueva clase social a la que el pensador José Vasconcelos llamó "aristocracia pulquera". Incluso, algunas familias acaudaladas formaron la Compañía Expendedora de Pulque, con la que lograron controlar alrededor del 90 por ciento de los establecimientos del Distrito Federal.

Con poco más de 20 años de edad, detrás de la barra de "El Recreo de las mañosas", Bernardo Segura cuenta que su abuelo, Bernardo Hernández, perteneció a este estrato hoy extinto, por lo que tuvo el honor de convivir con grandes personalidades.

Entusiasmado, señala una serie de fotografías —color sepia— enmarcadas en los que su antecesor posa junto a gente como "Armillita" y "Cantinflas": "Mira, era tanto lo que vendía mi abuelo que él vivía en las Lomas, tenía casas en la del Valle. Mira ahí está con el presidente Adolfo López Mateos, allá está entrando a Palacio Nacional".

Don Bernardo Hernández poseía alrededor de 100 pulquerías en sitios como La Merced, Tepito y la colonia Panamericana. Por cierto, para abastecerlas traía el líquido desde sus 15 ranchos ubicados en el Estado de México, Tlaxcala e Hidalgo.

La señora Sara Padilla Ortiz recuerda esos años de bonanza, en el establecimiento de su abuelo, "La Turquita", sitio donde "daban unas tarjetas para checar, y por cada litro era una perforación, entonces cuando tú llenabas la tarjeta te regalaban cosas".

Platica que "el 24 de Diciembre, daban por cada tarjeta platos y vasos", mientras que "el Sábado de Gloria, mi abuelo mandaba a hacer un torito y un judas, y les colgaba premios, dinero y vales por litros de pulque. Entonces en el transcurso del día tronaban uno o dos".

El recreo de las mañosas

Hasta hace dos décadas, la colonia Panamericana, ubicada al norte de la Ciudad de México, contaba con poco más de 20 pulquerías, pero hoy, la única que sobrevive está en la esquina de las calles poniente 118 y norte 9: "El Recreo de las mañosas".

Pese al paso del tiempo y sus más de 50 años de existencia todavía reconstruye el ambiente de antaño, claro está, con la ayuda de una rocola, de la que se desprenden vetustas canciones de José Alfredo Jiménez, Pedro Infante, Javier Solís y Cuco Sánchez.

A la una de la tarde es la hora de la botana: hombres a pie o en bicicleta entran a este lugar para dejar atrás el par de puertecillas que se abanican cada que alguien ingresa al local.
En una pequeña mesa, el negro molcajete y su verde salsa martajada esperan a que el primer parroquiano extienda su tortilla y la unte para hacerse un picoso taco.

Como en todas las pulquerías no puede faltar la patrona, la Virgen de Guadalupe —quien es testiga de la plática que hacen los ahí presenten—, ni mucho menos un escupidero, que consiste en un canal que corre a los pies de la barra, en donde los parroquianos arrojan su saliva. Detrás está los barriles de madera, y dentro de ellos el pulque blanco que se vende a seis pesos el litro.

Entre los juegos que se practican en las también nombradas "pulcatas", están la brisca, el dominó, el conquián, la rayuela y la masita, la cual consiste en arrojar una bola de masa de maíz —lo más cerca posible— al centro de un círculo que se dibuja sobre la pared. Una de las tradiciones consiste en que quien pierde, paga la ronda.

Joaquín Alcaraz —mientras muestra las características del líquido contenido en su vaso— reconoce que el mejor tlapehue es el que está espeso, deja espuma en el recipiente y no tiene grandes cantidades de agua, "como éste que no tiene mucho 'pus' está bueno", sostiene, como si fuera todo un especialista.

Para gustos más delicados se encuentran los curados de jitomate o frutas —fresa, mamey, melón, piña y guanábana—,que son de a 13 pesos el litro o el especial de avena, espolvoreado con canela, de a 15.

En gustos se rompen géneros, asegura el señor Pedro Sánchez, obrero de profesión, quien opina que "el de jitomate 'pus' sabe riquísimo, o sea, el curado más que nada, yo casi nunca tomo del blanco".

A causa de las crisis económicas que han aquejado al país, al igual que el resto de los negocios de México, el comercio del pulque se vino abajo, y el establecimiento de Bernardo Segura no fue la excepción, sobre todo a partir del sexenio de Carlos Salinas de Gortari. El joven comenta que "antes hacíamos 10 ollas, ahora nada más hacemos cuatro, o sea que ha ido bajando, bajando".

Las luchas feministas han ganado batallas en todo terreno, incluso en este, pues antaño, una mujer que entraba a una pulquería no era muy bien vista, situación que ha cambiado, como narra Claudia González, estudiante del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Vallejo: "La primera vez que vine pensé que no me iban a dejar pasar, y dije ¡ay! puros hombres. Y no, es muy normal, ni te faltan al respeto ni nada".

Pero antes las cosas eran muy distintas, ya que una dama no podía beber junto con los varones, por lo que existía un lugar especial, con su propia entrada y una ventan hacia la barra: la "caseta de mujeres". Sin embargo, hoy en día las pocas que asisten a estos sitios pueden beber en el antes llamado "departamento de hombres".

La picardía

Alrededor del tlapehue existe toda una cultura en la que el pueblo y la barriada han creado su propio ambiente social:

"Por ti moderado soy", "Contigo hasta la muerte" y "El recreo de mis placeres" no son frases extraídas de algún libro de poesía, sólo constituyen palabras que responden a los nombres de algunas pulquerías. Otras fueron bautizadas como "Las precursoras de Dionisos", "El Triunfo del Me Estoy Riendo", "El Néctar Nacional", o "Aquí Es Donde le Sacaron la Muela al Gallo".

Estos motes pueden escucharse graciosos e inofensivos, pero en una ocasión, un establecimiento fue registrado como "Los caballeros de Colón", por lo que una organización religiosa que se llamaba de la misma manera protestó. Ante este hecho, los dueños del local tuvieron que cambiarle el nombre, y como muestra de indignación y enojo le pusieron el de "Las mulas de Don Cristóbal".

Las coplas también son parte de las palabras que salen de los labios de los parroquianos, como aquella que dice: "Licor de las verdes matas / Tú me tumbas tú me matas / Tú me haces andar a gatas".

Otra pregona: "Hoy es la canción del pulque / Hoy se las voy a cantar / Anoche yo la compuse / al salir del tinacal / Un tlachiquero me dijo / Aprende nuestras leyes / El pulque para los hombres / El agua para los bueyes".

Es preciso mencionar que algunas pulquerías tienen las paredes rayadas de versos anónimos que hablan de amor, decepción o situaciones chuscas. Pero no sólo la gente del pueblo ha creado la cultura del pulque; ejemplo de ello son algunas obras de la literatura mexicana, en las que autores de la talla de Manuel Payno, Calderón de la Barca y Guillermo Prieto han hecho alusión a esta bebida.

Elíxir y desgracia

Se dice que el aguamiel y el pulque tienen dones curativos, por lo que hay quienes lo toman como diurético, remedio contra diarreas, dolores de pecho, estómago y espalda.

Algunos diabéticos beben tlapehue para controlar sus niveles de azúcar, mientras que otros le han encontrado atributos milagrosos, como Felipe López, quien por cierto apenas y podía hablar debido a la borrachera: "Yo venía con una sed, y como estoy malo de una pierna, pues creo que hasta sentí que se me aflojó mejor la pierna".

Muchos consumidores de pulque comenzaron a beberlo gracias a sus padres, ya que en muchos pueblos se les daba en vez de leche. En otros sitios los niños lo probaron por vez primera, pues los mayores los mandaban a comprarlo y en el camino se les antojaba.

Pero como toda bebida etílica causa estragos y adicciones que pueden terminar con la vida de sus consumidores.

Bernardo Segura cuenta que en "El Recreo de las Mañosas" había una mujer "que le decíamos 'La Pelona'. Desde que abríamos llegaba y se iba hasta que cerrábamos. Todo el día, más aparte en la noche se llevaba tres o cuatro litros y 'duro y duro'. El último día de su vida, porque vino aquí, tomó su pulque, y ya de aquí la llevaron a un hospital y se desangró".

Historias como la de la pelona son las que se encuentran enterradas junto con las pulquerías hoy casi extintas, puesto que la cultura del pulque, que viene desde las raíces más profundas de los mexicanos, es desplazada poco a poco por la modernidad y sus nuevas bebidas industrializadas.

Pero aún le queda la esperanza de que la misma tecnología, junto con sus latas plateadas lleven a este néctar de dioses, que escurre de las lágrimas del maguey, tan lejos como al internacional tequila.

Mayo 2002

 
 

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Cerebro

Reportaje

Donde la vida gira en torno a un rezo

La Villa de Guadalupe y las anécdotas de sus colonos

por Hugo Salvatierra Arreguín

CeReBrO rEpOrTaJe CeReBrO rEpOrTaJe CeReBrO rEpOrTaJe CeReBrO rEpOrTaJe

 

La Virgen de Guadalupe es motivo de culto nacional y por ello, cada año, miles de feligreses acuden a su templo sagrado en busca de paz, consuelo, y por qué no, de un milagro que cambie sus vidas.

Alrededor del templo, la vida sigue tal y como en el resto de la ciudad. Pese a que el lugar es conocido como un nicho sagrado, al terminar las rejas que lo delimitan, existe un trajín y una historia escrita por los vecinos de las colonias aledañas.

No son barrios comunes pues sus piedras, árboles y habitantes han forjado una magistral, rica y poética historia, que por estar cerca de la Guadalupana, en el mayor de los casos se olvida.

Las calles huelen a leyenda y las piedras de los viejos edificios coloniales del rumbo reflejan los cambios físicos y culturales, que con el paso del tiempo ha sufrido la sociedad mexicana.

En un mismo mágico y mítico sitio conviven las épocas de La Colonia, La Independencia, El Porfiriato, y por qué no, el México contemporáneo, que poco a poco devora los recuerdos de aquel pasado que estoicamente se niega a sucumbir.

Alrededor del Cerro del Tepeyac fue escrito un recuerdo que no ha muerto, gracias a las exquisitas narraciones de sus habitantes, quienes a través de la voz nos reconstruyen el móvil de vida de antaño e incluso nos transportan a él.

El arte hecho piedra


La zona de la Basílica cuenta con edificios antiguos de corte colonial, que a juicio de Fernando Peláez —un apasionado de la historia de su barrio— constituyeron uno de los sitios más clásicos de la Ciudad de México arquitectónicamente hablando:

"De lo más extraordinario que ha habido, estas dos calles o tres, eran idénticas a Coyoacán, con eso le digo todo, las calles empedradas, unas construcciones eran de dos pisos, con sus balaustradas de plomo antiguo."

Las vecindades, desde la apreciación de este amante de la arquitectura, "eran una verdadera maravilla, debido a que tenían puentes coloniales y sus arcadas, bueno, era algo extraordinario".

Su descripción nos hace retroceder en el tiempo y así situarnos en el México que a don Fernando le tocó vivir:

"En la vecindad, la entrada primero era de un pórtico, de esos antiguos, de madera, muy gruesa, trabajada. El grueso creo que normalmente era como de cuarenta, cincuenta centímetros en los portones. Se abría la mitad y la otra mitad nos recibía."

Tras pasar el umbral se podía ingresaba a una pequeña explanada como de cinco por ocho metros y cubierta con losas de piedra, ahí mismo existían unas arcadas.

Les seguía un patio de 30 o 40 metros cuadrados, también cubierto de piedra, "imagínese, una fuente colonial de piedra. Ésa sí no tenía la escalera en medio, sino a un lado. Subíamos la escalera al segundo piso y todo lleno de arcadas y tallada de piedra, los pisos de madera y sus barandales de hierro forjado daban hacia el patio".

Las cocinas de las casas adineradas poseían fregaderos y bateas de maderas. Las estufas eran de tabique, y en vez de hornillas tenían parrillas, debajo de las que los habitantes quemaban el carbón que algunos comerciantes venían a vender, ayudados de burros de carga.

Sobre las paredes se colgaban las cazuelas de cobre, y ahí mismo habían unas alacenas incrustadas en la pared, que tenían repisas de madera y puertas de tela, así como tinajeros, que eran unos compartimentos en donde la gente guardaba los cubiertos, vasos y demás utensilios.

Como en esos tiempos no había luz eléctrica, cuando la oscuridad caía, las casas eran alumbradas con velas y candiles que utilizaban petróleo.

Refugio de hombres ilustres

Dentro de las anécdotas históricas que corren a través de las bocas de los pobladores del lugar, existe una que particularmente llama la atención: Cuentan que en una de las casas de adobe, situadas en la calle de Allende durmieron dos miembros de la realeza. Según don Enrique Arias "se rumora que este señor Maximiliano y Carlota llegaron aquí a esta casa de al lado y descansaron un rato. Les dieron agua y todo eso, porque venían muy cansados".

La Villa y sus alrededores también han sido refugio de personalidades del mundo intelectual. Uno de ellos fue Ángel María Garibay, quien es recordado por el señor Fernando Peláez como un sacerdote que solía caminar por las calles, mientras saludaba a las personas.

"No sabíamos que era una de las personas más eruditas, de joven, de quince, dieciséis años, no sabía uno que era quien había traducido el helenismo y toda la historia de Grecia y todo, los clásicos... no, no, un plus ultra."

Otro personaje de la cultura que vivió en la colonia La Villa-Gustavo A. Madero fue el pintor José María de Velasco, quien según don Fernando, vivió en distintos predios de la calle de Quintana:

"Aquí enfrente, en el 27, ahorita le digo, y en la esquina de 5 de Mayo y Misterios, donde está una farmacia, en la parte de arriba, ahí, donde está una vecindad que era muy bonita, todavía conserva las escaleras y las piedras."

Los misterios del navegante

La calzada de los Misterios tiene una historia. Enrique Arias —un hombre de cabello blanco, sencillo y bonachón— nos recrea la anécdota que explica su origen:

"Decían que había un navegante que andaba en el mar y que traía una carga muy rica en oro, que se había encontrado o había localizado. Vino la tempestad muy fuerte, por lo que se estaba hundiendo su barco."

Esto motivó a que el marino prometiera a la Virgen "que si lo salvaba, iba a venir rezando un rosario desde Peralvillo hasta la Basílica, y le haría un recuerdo de cada lugar en donde se detuviera, y dichos presentes fueron los misterios".

La magia del lugar

Antes de que se construyera la nueva Basílica, en los alrededores habían construcciones antiguas que hacían funciones de casa habitacional. Tenían sus jardines y generalmente eran amplias, a la usanza de antes.

Antaño, existía una calle angosta que llegaba hasta Peralvillo, calzada de Guadalupe, en donde habían construcciones, con árboles a los lados. Precisamente ahí estaban las oficinas de recaudación, que era en donde la gente realizaba los pagos de agua y predio.

"Justo debajo de la Basílica Nueva estaba uno de los lugares más hermosos del rumbo: el Jardín Juárez, que era como una alameda pequeña, en donde las personas solían ir a pasar el tiempo. Todo era como en un pueblo", comenta Don Fernando Peláez, después de beber de su cuba:

"Se veían puestos de dulce. Voy a contar algo muy simpático. Era verdaderamente la fiesta de los domingos, había una sección de baile. Ponían una serie de entablado, y ahí, no me acuerdo si uno pagaba un peso o cincuenta centavos, y ahí iban, pues las parejitas más grandes ¿no?, de dieciocho años, diecinueve, y todos nosotros —los niños— nos íbamos a asomar por los hoyitos."

"Habían dulces y una serie de distracciones: juegos, juegos mecánicos, probablemente el volantín, algunos caballitos, y todos los puestos de buñuelos, de gorditas, de dulce", continuó en su apasionado relato, sentado en la sala de su casa.

Con el paso de los años, este barrio ha tenido distintos nombres: Tepeyac, Villa de Guadalupe, Guadalupe-Tepeyac, y por cierto hasta antes de que pavimentaran las calles tenía caminos de piedra, al igual que las banquetas, lo que embellecía todavía más el rumbo.

Los viejos habitantes de estos lugares han sido testigos de ritos y tradiciones, como la celebrada en el Cerro de las Tres Cruces, hoy conocido como el del Gachupín, en donde el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, se realizaba una fiesta organizado por los peregrinos que subían por sus faldas.

La señora Gloria Palacios, quien ha vivido en la colonia desde su nacimiento, hace 74 años, platica que estas personas venían del rumbo de Azcapotzalco para oír la misa y posteriormente partir a sus lugares de origen, no sin antes quemar "una como especie de muñeca de cartón".

Arriba habían tres cruces, y cada 3 de mayo la gente iba a vestirlas con "sábanas, y a veces celebraban misa ahí, pero para eso, la subida de Quintana era la comunicación que los llevaba hasta el cerro del Chiquihuite —continúa con su narración, dentro de su casa—, pero con el paso de los años se construyó la carretera que está a un lado de los Indios Verdes".

Quien también vivió esos tiempos fue Fernando Peláez y él nos cuenta que "entonces todos venían a hacer su fogata, todos, ya traían la idea: íbamos a las mañanitas y hacíamos nuestra fogata, entonces el cerro era una verdadera maravilla. A las dos, tres de la mañana habían, yo creo, fácilmente más de cien fogatas.

"Todos iban a echarse la copita o la cervecita y eso, porque las mañanitas eran a las cinco de la mañana, entonces a las cuatro y media apagaban las fogatas y se venía todo el mundo aquí, bajaban aquí a cantarle las mañanitas a la virgen", termina su narración, como anhelando el pasado.

En ese mismo lugar existía un sitio llamado "Los Columpios", en donde la gente, los domingos, hacía su día de campo. En el cerro habían personas que rentaban los columpios para los niños, a 10 o 20 centavos. Ahí ponían mesas y vendían chicharrón para que la gente pudiera comer un taco placero.

Cuartel de Porfirio Díaz

Por doña Gloria Palacios se sabe que en Prolongación Misterios existía un convento del que "quedó la fachada porque según dicen y yo oía de entre mis abuelitos, que esa casa fue un cuartel cuando Porfirio Díaz, entonces como tiene algo de historia han respetado parte de ese inmueble".

Anteriormente, la subida del panteón de la colonia La Villa-Gustavo A. Madero no terminaba en el cementerio, sino que seguía, era parte del Cerro de las Tres Cruces, pero con el fin de crear una vía de comunicación más, las autoridades decidieron partir el cerro para crear lo que actualmente es la avenida Cantera.

Fernando Peláez narra que previo a la construcción comenzaron a dinamitar el cerro, mientras se realizaban perforaciones con unas barretas que eran golpeadas con un marro: "A determinada profundidad ponían uno o dos cartuchos de dinamita, los echaban y le avisaban a todo el vecindario: '¡cuete, cuete, cuete!, ¡y qué cuete!... ¡pum! De los bombazos que echaban se llenaba la calle de piedritas así, todas las que volaban, y si no las que caían grandes".

En donde actualmente está la sala de conciertos, entre Prolongación Morelos y Avenida Cantera, se encontraba la cárcel, la cual colindaba con el rastro. Según Enrique Arias, este lugar de justicia permaneció en funciones "como de 1928, hasta 1950 más o menos".

Cerca del año 43, a través de los arcos corría agua potable y de acuerdo a las memorias de la señora Gloria Palacio "lo que ahorita abarca parte de la colonia Santa Isabel, y lo que es ahora el parque, era una especie de laguna, en una parte habían lavaderos de un lado y de otro, donde íbamos los que no teníamos agua en casa. Más adelante estaba un establo, que ese abarcaba digamos, a lo que es ahorita la terminación del parque."

Fernando Peláez también caminó por ese lugar, y con una sonrisa pícara dice que ahí encerraban los carros de basura, que peculiarmente eran jalados por mulas: "Pasaba el carro de la basura, entonces para variar, lleno de moscas —niños— atrás, colgadas de la carreta, pero el señor que manejaba era muy inteligente, ya conocía a todos, y de ahí lanzaba el látigo, para atrás, y también nos daba".

En la calle Prolongación Misterios había una estatua de José María Morelos y Pavón, por lo que la vía llevaba el nombre del héroe patrio. Enrique Arias platica que el monumento desapareció "se rumoró que andaba en LA casa de un político ¿verdad?, que la verdad ni me consta, yo nomás supe así, pero no sé, y ahí había una escuela, la Morelos".

Junto a donde hoy están los arcos, precisamente en el parque, existía una ex hacienda, en donde en algún tiempo hubieron vacas y otros animales. Ahí vivía gente como el señor Arias, quien habitó el sitio, al lado de los empleados de la Hacienda de Los Pirineos, hoy la colonia Lindavista.

Sobre la avenida Morelos estaba el Departamento de Salubridad, que era un edificio con arcos y una fachada de azulejos. Le seguía un convento, en donde se internaba a los ancianos. Actualmente la institución está encuentra a un lado de la calle del Calvario.

Por la calle de Albarradón bajaba el río de los Remedios, muy cerca del Callejón del Bosque. Esa etapa del rumbo la vivió la señora Gloria Palacios, quien narra que "en este sitio había un bosque grande que tenía tres fuentes".

Los andares de un vagón


Al igual que el resto de la vida, los medios de transporte han sufrido múltiples modificaciones. La Basílica de Guadalupe ha sido testigo de la fisonomía de los vehículos que a lo largo del tiempo han llevado de un lugar a otro a los habitantes de la Ciudad de México.

Existían tranvías que iban de calzada de Guadalupe al Zócalo, mientras que viajaban por La Merced, La Morelos y Peralvillo. Para Fernando Peláez eran "verdaderamente unas maravillas, creo que eran ingleses los trenes, los acabados de mimbre, de caoba en donde manejaban... No, no, verdaderamente eran una maravilla".

En una narración apasionante continúa: "Usted hacía la parada y se abrían las puertas, subía usted y estaba el maquinista o chofer, con su gorro. Pasaba usted, se sentaba en unas bancas de, fácilmente yo le diría, que de caoba, largas, hasta la mitad del tren, y luego tenía sus barandales para sujetarse".

Pero no solamente transportaba pasajeros pues en los cuarentas existían unas góndolas que traían mercancía a la zona. Fernando Peláez retrocede en el tiempo para así revivir aquellos años:

"Era un tranvía gris-negro, nomás de una plataforma larga, negra. Creo que su camino era de la Villa a la Merced, a lo mejor tenía más, y allá en la Merced subía uno los costales. Creo que el pasaje en el tranvía era de diez centavos y a lo mejor por los costales otro, entonces ya llegaba acá ¡Ahí viene la góndola, ahí viene la góndola!, gritaba la gente. Las personas esperaban a su cargador, que era un personaje típico de la época, un hombre fuerte y de origen humilde, usualmente vestido de mezclilla y huaraches".

Los viejos tiempos del ferrocarril de vapor fueron parte de la historia de la Villa, y los vecinos platican que el movimiento de la estación hacía remembrar a los pequeños pueblos del país.

El Mexicano, como lo llamaban, traía gente de Buenavista, para después partir hasta las lejanas tierras de Veracruz . Mientras la gente subía a los vagones, los vendedores ofrecían pan, pulque y tamales a la gente, quienes desayunaban a bordo.

Uno de esos vendedores era Enrique Arias, quien revive una de esas coloridas escenas: "Ahí íbamos y vendíamos periódico, dulces y tortas, en la estación. Ya hacía su parada y se iba, y ya nos regresábamos. También llegaba otro ferrocarril con el ganado, y bajaban toros y todo eso. El rastro estaba aquí, a una cuadra de aquí, entonces atravesaban todo el mercado y era muy bonito porque venían arreándolos".

Los camiones que en aquel entonces venían al rumbo eran de color amarillo, y tenía una franja café. El precio del pasaje era de siete centavos, y la terminal estaba en lo que hoy es la Plaza San Lorenzo, una calle perpendicular a Prolongación Misterios.

El transporte eléctrico también transitó por las calles de este tradicional barrio. En voz de Fernando Peláez es posible revivir una de las travesuras que los niños de antes hacían encima de una pieza que era empleada para el remolque de los trolebuses:

"Ahí se subía uno de mosca, ahí se subía uno, se ponía ahí y se agarraba del cilindro ese y ahí iba uno de mosca para darle una vuelta, ya sea hasta medio, un kilómetro, o a la siguiente parada, ahí íbamos ¡Échate una mosca!, pues ¡órale!, decían."

Los tendajónes del ayer

En un lugar como la Basílica no puede faltar un mercado, pero este centro de comercio ha sufrido múltiples cambios. En un inicio existía el llamado Mercado Viejo. Gloria Palacios lo describe como un sitio "bastante grande, muy amplio, que vendía de todo, se vendían hasta animales vivos, si usted no quería pollo muerto. Alrededor seguían las calles de Villada y 5 de Febrero, dividiendo al mercado de la Basílica, pero ya después tumbaron muchas casas y ampliaron todo lo que es el atrio".

En torno a la ubicación, Fernando Peláez cuenta que "ahí íbamos por la leche. Un mercado excelente en aquel entonces: en limpieza, de calidad y de tiendas que proporcionaban todo. Todo había".

Dentro de un lugar por donde transcurren a diario miles de personas es inevitable que el comercio florezca, y estos rumbos no son la excepción: En los portales que estaban frente a los arcos de la Basílica había una cervecería, una fábrica de hielo, unos baños públicos, y la vinatería "El Rin", que persiste hasta nuestros días.

Justo en la esquina de calzada de Guadalupe, cercana al templo estaba una famosa nevería que llevaba por nombre "Los Alpes", después se encontraba una cantina llamada Paso del Norte, y cerca de ahí los billares "Rancho Grande".

El restaurante de lujo, en aquellos tiempos era "El Paraíso", y próximo a él estaba un comercio de esquimos que a continuación describe el señor Fernando Peláez: "Tenía un tablero de lámina con unos discos que giraban, entonces uno iba a ver cómo daba vueltas, porque ese era el chiste, y le preparaban su esquimo con canelita."

Entre los establecimientos más característicos estaban "El Porvenir" y "El Renacimiento", tiendas situada en el callejón de San Lorenzo, en la última únicamente vendían velas y piloncillo, por cierto, desapareció alrededor de 1947 o 48, a la muerte del dueño.

"La Jalisciense" vendía cigarros, maíz, azúcar, leche y otros productos. Por fuera del mercado había una tienda famosa, propiedad de españoles, "La Frontera", atendida por el señor Arañes, quien era muy conocido. "La Asturiana" y "La Frontera" tenían las mismas características, al igual que "La Michoacana".

Un aspecto folclórico era el antiguo "Museo de Cera" de la calle Hidalgo, hoy 5 de Febrero. Frente a la Basílica estaban las farmacias, zapaterías y sitios en donde se realizaban escritos a máquina, además de las neverías y las mujeres que en canastos vendían ramitos de flores.

Los españoles establecieron comercios de los llamados transmarinos, en los que ofrecían latas de productos del mar, además de bacalao, aceite de oliva, y vinos finos. En las boticas el doctor atendía a sus pacientes y en lo que es el antecedente de las farmacias, se vendían medicamentos de patente, o en su defecto ahí mismo preparaban los remedios.

Dentro del mercado estaba la lechería "El Perujo", por cierto, para transportar el producto, que dejaba una gruesa nata, utilizaban unas botellas de vidrio que en un inicio tenían una tapa de cartón amarrada con un alambre.

En la actualidad ya no existen las jabonerías, pero tiempo atrás el mercado de La Villa tenía uno de estos negocios hoy extintos, "El Niño de Praga", en donde vendían lejía y jabón, mismos que estaban en una sola barra que era cortada en trozos para su venta.

Las pulquerías fueron parte de la vida cotidiana del lugar, estos sitios tenían nombres muy peculiares como "El Acapulquito", "La Reina" y "La Fortuna". También existían varios toreos, que eran negocios callejeros en los que vendía el pulque en botes.

Comercios, gente, edificios y cultura giran en torno a la Villa de Guadalupe, para así formar uno de los lugares más tradicionales de la ciudad, en donde las calles derrochan fragmentos de historia mexicana que parecen difuminarse con la muerte de sus viejos, de aquellos viejos que son historia, no de la estadística, no de la que hacen los grandes analistas, sino de la viva, de la que se sufre y ríe con las cuitas que sólo la existencia da.

Los barrios aledaños son restos antropológicos de una ciudad que aspiraba a un crecimiento distinto y totalmente ajeno al desborde del comercio ambulante, los robos, las enredaderas producidas por los paraderos de microbuses, o la prostitución.

Esos años son la memoria histórica que es preciso revisar, son el hallazgo arqueológico que permitirá detener el rumbo que la sociedad lleva, y así revisar aciertos y errores, y tras ello reestructurar el camino.
Pese al transcurso de los años y a los cambios de la época contemporánea, envueltos en el verbo de sus colonos, los recuerdos de los alrededores de la Basílica se resiste a sucumbir ante el trajín del tiempo, con un único fin: continuar como testigos del devenir histórico.

Octubre 2001

*Crónicas de la Ciudad de México, segunda época, Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, octubre-diciembre 2001, número 23, año 6.

*Adaptación del texto original

 
 

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