Cerebronline
OPINIONES LIBRES México 2006
 [email protected]

Análisis

Política

Cultura

 

EN LÍNEA

Cuadro de texto: Tercera vía mexicana
La realidad que viven los más de 97 millones de mexicanos es un hecho que transparenta la estructura de un país con un sinnúmero de anomalías sistemáticas, que van de la pobreza, el desempleo, la fragilidad de los derechos humanos, la desigualdad entre clases y la burocracia, hasta la impunidad.

Cuadro de texto:  

DIARIOS DE MÉXICO

 
El Universal
Reforma
La Jornada
Milenio
El Financiero
El Economista
 
 

DIARIOS DEL MUNDO

 
El País
El Mundo
El Clarín
Le monde
Le Figaro
Paris-Match
NY Times
W. Post
Finantial Times
The Economist
W. St. Journal
 
 
 
 
Cerebronline
Punto Centro
Opinión
Ensayos
Crónicas
Rostros
Reportajes
 
 
Revistas de México
Proceso
Milenio
Letras Libres
Metapolítica
     
 
 
 
Revistas Mundo
Time
News Week
Cambio
 
 
 
 

        Volver

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cerebro

Ensayo

¿Dónde diablos quedó el Señor Presidente?

El presidencialismo mexicano

por Hugo Salvatierra Arreguín

A fOnDo CeReBrO a FoNdO cErEbRo a FoNdO cErEbRo A fOnDo CeReBrO a FoNdO cErEbRo A fOnDo

 

Durante más de 70 años, México estuvo gobernado por un partido oficial que tenía por eje o como punta de la pirámide al Ejecutivo, alrededor de quien se movían todos los hilos de la administración en turno. Con el tiempo el régimen presidencialista hizo que esta figura tomara dimensiones extraconstitucionales, e incluso un tanto divinas, pues el pueblo veía al mandatario como un ser omnipotente capaz de resolver cualquier problema.

Ante este hecho, la política tomaba el rumbo que decidía el mandatario, quien por cierto era el máximo dirigente moral del Partido Revolucionario Institucional (PRI). A pesar de este gran poderío, los gobernantes mexicanos provenientes de este sistema respetaron la no reelección, y como un hecho insólito, jamás optaron por implantar una dictadura.

Gracias a su investidura, con el paso del tiempo, el Ejecutivo devino en un ser lejano al individuo común y corriente, además de que su persona adquirió un carácter mítico, pues gracias a su omnipotencia y a las consecuencias de sus decisiones de él dependía en gran medida lo que sucediera al país, y por lo tanto a cada habitante.

Poseía las características de un todopoderoso, un erudito y un hombre capaz de hacer favores o modificar las circunstancias que vivía la nación, por esta razón la Presidencia se afianzó en un cargo sujeto a una sacralización, al que el pueblo debía rendir pleitesía y adoración, como producto de las tantas reglas no escritas del sistema.

Un ejemplo de las adulaciones está en una crónica que Vicente Leñero escribió con motivo de un mitin de recepción organizado al Presidente Luis Echeverría:

"Se pasa de cariñoso el locutor. Está sobrado leyendo salmos que seguramente le escribieron organizadores febriles que también se fueron de más en lo que a subrayar la trascendencia del viaje presidencial se refiere. ¡Ah caray, la de cosas que está diciendo el locutor sobre el señor Presidente!"

El periodista comenta que el hombre califica al mandatario como "Auténtico líder", "Revolucionario nacionalista", "Dirigente del tercer mundo", "Trabajador de la Paz", "Abanderado de la libertad de los pueblos del mundo" y "Patriota tercermundista".

Leñero continúa: "Otra vez abanderado de la República Mexicana, y otra vez todo lo que ya dijo, y aún más, con más retórica y más ganas de meterle entusiasmo al asunto para que se sienta, pero de veras, que esto sí que es escribir historia y que nunca antes, como hoy, habíamos tenido un paladín de la libertad de esta talla, que ha permitido a México, en este viaje —eso dice Martínez Carpintero, que conste—, 'exportar al mundo libertad, exportar justicia, exportar paz'".

El mandatario no actuaba como el "Siervo de la Nación" que obedecía la voluntad del pueblo, en cambio, era quien dictaba las órdenes, mismas que los demás funcionarios obedecían sin cuestionamientos. Pero su omnipotencia no era total, ya que sus actos y decisiones dependían tanto de las tradiciones históricas del país, como del contexto histórico del momento.

Un ser institucional

Dentro de la estructura política existía una alianza institucional entre diversos grupos, por lo que el presidente contaba con facultades extraordinarias y permanentes, las cuales lo hacían fungir como un árbitro supremo, poseedor de la responsabilidad de lidiar y acordar con las distintas corrientes y fuerzas.

En cierta forma, gracias a la no reelección, la supremacía del gobernante pertenecía al cargo y no a la persona. A causa de este hecho, el culto de las masas no fue cimentado en el individuo, sino en la investidura que éste representaba. De esta manera adquirió un carácter institucional.

Existía un fenómeno, en el que de la noche a la mañana, quien había sido el hombre más poderoso del país, tras dejar su cargo pasaba a ser uno más entre los millones de habitantes, guardando las proporciones, claro. Esto, debido al apoyo inmediato que los sindicatos, agrupaciones campesinas y populares, y el Ejército brindaban a quien como parte de un nuevo ciclo ocupaba la silla presidencial.

El mito prehispánico

El pensador mexicano Octavio Paz concluye que los españoles se fascinaron con la cultura del pueblo dominante del mundo prehispánico, a tal grado, que Hernán Cortés decidió fundar su ciudad sobre los restos del México-Tenochtitlan. Ante esto, el conquistador actuó como el heredero y sucesor del imperio azteca.

Supremacías como éstas han aparecido varias veces dentro de nuestra historia: Tal es el caso del mito de Quetzalcóatl, que obedece a la legitimación del poder —la obsesión de los aztecas—; la lucha de los criollos que buscaban gobernar a la Nueva España; y el mismo PRI, partido oficial que estuvo a la cabeza de la administración mexicana durante más de siete décadas consecutivas.

El Ejecutivo, sumo sacerdote, depositario de la verdad absoluta y piedra angular de las instituciones, devino en el heredero de Huitzilopostli, y en palabras de Francisco G. Piñón, quien llevaba esta investidura cumplía un ciclo similar al del dios prehispánico: "nace (en la burocracia política, sobre todo), combate (en la sucesión y en sus tres primeros años de gobierno) y muere (ya antes de que termine su periodo, para ser enterrado al terminar".

El régimen presidencialista surgió como un antídoto contra el caudillismo posrevolucionario, creador de un sin fin de luchas alrededor de la silla presidencial. Bajo estos lineamientos fue posible que la autoridad del mandatario no correspondiera a su portador en turno, sino al cargo, en este caso el de "El Señor Presidente".

Quien portaba esta investidura debía ser tratado de una manera diferente y distintiva, respetuosa, y en muchos casos, con servilismo. Jorge Carpizo anota que tras el nombramiento, "amigos cercanos al presidente, cambian el habitual 'tú' por el 'usted', y es que todo se modifica con respecto a quien ocupa la presidencia".

Por cierto, es preciso acotar que la fortaleza de un Ejecutivo como el que por más de 70 años gobernó a México, en gran medida obedece a países que no atraviesan por una situación de estabilidad y bonanza total. A esto hay que añadirle que detrás de la devoción por el mandatario había un pueblo paternalista que buscaba el cobijo de una familia, el núcleo por excelencia de la sociedad mexicana, en donde los habitantes reciben valores, creencias culturales y religiosos, así como elementos determinantes de lo bueno y lo malo, simbolismos que fueron transferidos al "Señor Presidente".
Los días del génesis

La Carta Magna de 1824 dio origen al sistema presidencialista mexicano. Resulta necesario mencionar que este conjunto de leyes estuvo inspirado en las constituciones estadounidense de 1787 y la española de 1812.

Durante la primera mitad del siglo XIX, México adoleció de un mandatario capaz de fungir como factor de unión, para así poder combatir la ingobernabilidad. No fue sino hasta el régimen de Benito Juárez cuando el máximo gobernante contó con facultades extraordinarias para afrontar las situaciones de contingencia. Sebastián Lerdo de Tejada gozó de las mismas concesiones.

Mediante el régimen del General Porfirio Díaz, a finales del siglo XIX y principios del XX, el dictador, gracias a su liderazgo y personalidad, tuvo la fuerza necesaria para imponer el peso de su figura y convertirla en el eje del sistema político. En esta etapa predominó un Estado autoritario en donde sólo la clase dominante tenía privilegios; este estrato social estaba constituido por una oligarquía terrateniente e improductiva, que consideraba al pueblo como una masa sin capacidad de decisión propia.

De caudillo a gobernante

A raíz de la Revolución y sus efervescencias políticas y armadas, México vivió un período de inestabilidad social que surgió de manera paralela a la remoción del dictador. Con la usurpación del poder efectuada por Victoriano Huerta, y las muertes de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez se pensó que la única solución para acabar con el sistema de Díaz y las pugnas suscitadas por su caída era la alianza con los campesinos y el proletariado, sin embargo este sueño no tuvo éxito y de nueva cuenta surgieron nuevas disputas entre los caudillos.

Ante la ineficiencia para unir al país, ningún presidente pudo gobernar durante más de cuatro años consecutivos. Tras las peleas surgió la Constitución de 1917, documento que aglomeró demandas de obreros y campesinos.

El ilimitado poder del Ejecutivo provenía en gran parte de las facultades que el Congreso Constituyente de 1917 le brindó al mandatario. Gracias a esto pudo realizar funciones como el libre nombramiento de secretarios de Estado, procuradores de justicia de la República y del Distrito Federal, ministros de la Suprema Corte de Justicia, altos mandos de la Armada y jerarcas del Ejército.

Después de la muerte de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, quien gobernó de 1924 a 1928, en 1929 creó el Partido Nacional Revolucionario (PNR), antecedente del PRI, con la finalidad de agrupar a todos los caudillos y líderes, y así terminar con las luchas armadas. Con este método, las fuerzas políticas marcharon en una misma dirección, para de este modo asegurar la continuidad gubernamental; sin embargo, con estas medidas inició lo que a la postre terminaría como una dictadura institucional que duró hasta el año 2000.

Calles pudo acumular en su persona un gran poder, pues su partido le sirvió como un bastión que lo ayudó a mantener el gobierno, e incluso, establecer una influencia sobre los tres siguientes presidentes: Emilio Portes Gil —1928 a 1930—, Pascual Ortiz Rubio —1930 a 1932— y Abelardo L. Rodríguez —1932 a 1934.

El Tata, protector de masas

La primera ocasión en la que existió una ruptura entre el mandatario entrante y el de una administración pasado ocurrió en abril de 1936, cuando Lázaro Cárdenas del Río, quien gobernó de 1934 a 1940, expulsó del país a Plutarco Elías Calles. El general se dio a la tarea de limpiar el Gobierno de callistas; por este motivo, gobernadores, diputados, senadores, militares y dirigentes del PNR tuvieron que dejar sus cargos. Por cierto, esta depuración ocurrió fuera de la legalidad.

En 1938, el Ejecutivo cambió el nombre y estructura a la institución política que lo llevó al cargo. El nuevo Partido de la Revolución Mexicana (PRM) adquirió tintes más populistas, puesto que aglomeró una basta base social integrada por cuatro sectores: campesino, obrero, popular y militar, quienes fueron serviles a la política dictada por Cárdenas.

Su carácter de luchador social y crítico de las fuerzas reaccionarias, dentro y fuera del país, provocó que la gente le entregara su simpatía a la usanza de los viejos caudillos de la Revolución. Esta situación contribuyó al fortalecimiento y prestigio de la Presidencia.

Después de este momento, jamás un mandatario volvió a compartir el gobierno, como había sucedido en los tres mandatos anteriores. Así, el máximo cargo del país se afianzó como la cúspide de la pirámide política y administrativa de la Nación, sin alguien que tuviera mayor influencia. A partir de este instante el Ejecutivo, como una institución, tuvo en sus manos el poder absoluto.

Durante el período de Manuel Ávila Camacho, el PRM cambió de nombre por el de Partido Revolucionario Institucional (PRI), agrupación mediante la que el presidente podía hacer su voluntad. El partido oficial jamás fue un factor de crítica hacia las acciones de los mandatarios emanados de él, al contrario, manifestó su apoyo incondicional a las órdenes y medidas tomadas por el gobernante en turno.

El Ejecutivo proveniente del PRI tenía que ser un hombre perteneciente a la familia revolucionaria, al menos en un carácter superficial, pues en realidad las administraciones no gobernaban bajo los ideales de aquella lucha armada, por lo que esta filosofía únicamente fue empleada como un elemento del discurso.

¿Omnipotente o impotente?

A través de los más de 70 años de hegemonía priísta, la Presidencia y la investidura que la representaba sufrieron cambios sustanciales, al igual que la sociedad mexicana, que afrontó períodos autoritarios como el de Gustavo Díaz Ordaz, en el que ocurrió la Matanza de Tlatelolco aquel 2 de octubre de 1968, o la administración de Luis Echeverría Álvarez, época de guerrillas.

De igual manera, el país sobrevivió a las crisis de los ochentas bajo el mandato de Miguel de la Madrid Hurtado, al espejismo de bonanza de Carlos Salinas de Gortari y a la devaluación afrontada por Ernesto Zedillo Ponce de León.

Jesús Silva-Herzog Márquez concluye que "ese presidencialismo incontrastable se fue disolviendo por el desgaste de las tres columnas que lo levantaban. El partido del presidente dejó de seguirlo ciegamente y, sobre todo, dejó de alojar todo el país político. Las oposiciones dejaron de ser testimonios en los márgenes de la política para asumir responsabilidades de gobierno".

Durante este tiempo, el Ejecutivo y su simbolismo sufrieron los estragos del desgaste, hasta que en el último sexenio priísta, Ernesto Zedillo decidió mantenerse al margen de los procesos electorales y por ende del partido oficial, razón que lo sujetó a fuertes críticas por parte de los principales dirigentes del PRI.

Hoy, con la llegada de un gobernante proveniente de una agrupación distinta, el Partido Acción Nacional (PAN), el presidencialismo vive un proceso de reestructuración, pues ya no goza de la pleitesía del Congreso de la Unión, ni de los gobernadores, e incluso de los diputados y senadores de su propio partido.

Pese a la transición política de esta figura es innegable que las miradas de los mexicanos todavía están fijas en lo que haga o deje de hacer el presidente. Incluso, la oposición le exige que de la noche a la mañana, como por arte de magia, cambie la situación del país, tal y como había sucedido en los años mozos del priismo. Pero hay que recordar que ese mandatario todo poderoso de antaño ya no existe, como consecuencia del considerable avance que la Nación ha tenido en términos de democracia.

Dentro de este marco histórico se necesita que los diversos actores de la política asuman con responsabilidad su papel, sin exigir al Ejecutivo que como un ser omnipotente, sin ayuda alguna, transforme la situación del país, pues en los tiempos modernos y en una sociedad equilibrada, la responsabilidad es de todos: gobernadores, diputados, presidentes municipales, senadores, funcionarios menores, empresarios, jueces de la Suprema Corte de Justicia, y población en general.

Desde la perspectiva de Jesús Silva-Herzog Márquez, "del presidente omnipotente hemos pasado a un presidente, si no impotente, sin duda, endeble e ineficaz. Aclaro: no hablo del actual titular [Vicente Fox], sino de una institución que ha perdido instrumentos de decisión".

Así, hoy en día el presidencialismo hegemónico está sepultado en los recuerdos de la unilateralidad, por lo que la figura del Ejecutivo vive una etapa de transición y búsqueda que se dirige hacia un presidencialismo democrático, capaz de solucionar los problemas vía un consenso racional.

Sin embargo, para que esto ocurra requerimos de actores políticos abiertos al diálogo, pero sobre todo de un presidente que con poderes limitados pueda llevar a la Nación hacia esa bonanza económica que cada día está más lejos de la vida del mexicano.

Abril 2003

*Fragmento

 
 

Volver

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cerebro

Artículo

Tercera vía mexicana

Por otro modelo político-económico

por Hugo Salvatierra Arreguín

A fOnDo CeReBrO a FoNdO cErEbRo a FoNdO cErEbRo A fOnDo CeReBrO a FoNdO cErEbRo A fOnDo

 

La realidad que viven los más de 97 millones de mexicanos es un hecho que transparenta la estructura de un país con un sinnúmero de anomalías sistemáticas, que van de la pobreza, el desempleo, la fragilidad de los derechos humanos, la desigualdad entre clases y la burocracia, hasta la impunidad.

Más allá del cambio de gobierno llevado a cabo en diciembre de 2000 resulta evidente que pese al fin de la hegemonía priísta la transición todavía está incompleta. Ante este panorama podría decirse que el traje político-económico que viste al país únicamente cambió de dueño, pues los habitantes no han visto la diferencia, ni en la mejora de los niveles de inseguridad, ni en un incremento sustancial de su poder adquisitivo.

México ha experimentado diversos sistemas: imperios dominantes como el azteca; el de los virreyes, bajo la tutela de la Corona Española, el cual de una u otra forma era una monarquía; el intento de reinado de Agustín de Iturbide; la primera Presidencia encabezada por Guadalupe Victoria; la Reforma de Benito Juárez; y el régimen dictatorial-positivista de Porfirio Díaz.

Ya en la época contemporánea, el país se desarrolló bajo modelos representativos de polos completamente opuestos, entre los que están el intento de socialismo populista de Lázaro Cárdenas, o el liberalismo social de Carlos Salinas de Gortari, que se prolongó con Ernesto Zedillo y Vicente Fox, claro está, con sus diversos matices.

De esta última corriente, Porfirio Muñoz Ledo, en su calidad de candidato presidencial opinó que "ha sido depredador para las instituciones públicas de América Latina" y al "Estado lo hicieron muy débil frente al exterior".

A casi 200 años de la Independencia, aún no existe un modelo capaz de subsanar las dolencias de los habitantes. Las erróneas políticas de los presidentes han tratado de introducir a México, con calzador, dentro de modelos económicos ajenos a la realidad.

Ante el avance de la mundialización, los países en desarrollo no pueden quedarse al margen, pues esto significaría su quiebra. Incluso Cuba, a pesar de su corte socialista, sostiene mínimos intercambios comerciales con otras naciones, los cuales seguramente se incrementarían, a no ser por el bloqueo impuesto por los Estados Unidos de Norteamérica.

Por otro lado es evidente este sistema no sólo crea desigualdad entre los sectores, pues como opina Enrique Semo: "Las sociedades capitalistas, tanto las desarrolladas como las del tercer mundo exhibían todos los defectos tradicionales que habían motivado en su tiempo, el surgimiento del pensamiento revolucionario".

Ni tú, ni yo: la socialdemocracia

La República Mexicana no puede cerrarse al exterior, pero eso no significa que deba seguir a ciegas el rumbo de la globalización. Alterno a este dilema, existe un sistema capaz de subsanar las estructuras del país sin la necesidad de un aislamiento, y sin una política que entregue el país a los intereses extranjeros.

El paradigma de la socialdemocracia tuvo cierta homogeneidad hasta los comienzos de la posguerra, pero en los ochentas surgieron cambios sustanciales. Prueba de ello son las distintas formas en que evolucionó a lo largo del planeta:

El Reino Unido impulsó los servicios sociales, la salud y las prestaciones; en cambio, los países escandinavos dieron una mayor atención a un sistema de prestaciones basado en una alta tributación. En el centro de Europa, no se comprometieron con los servicios sociales, pero por otro lado dieron importancia prestaciones y servicios estatales como la asistencia sanitaria. Finalmente, los países meridionales trabajaron de manera similar a los centroeuropeos, pero con menores niveles de protección.

La mexicana

Mas estos ejemplos no implican que México tenga que tomar como molde la socialdemocracia clásica, tampoco la de corte inglés, ni la propuesta por el Partido Socialista Obrero Español, o cualquier otra.

Lo correcto sería tomar como base los principios mesurados y eclécticos de la socialdemocracia, no sin antes tomar en cuenta la realidad de una nación del tercer mundo, para de una manera sensata y no utópica construir una vía creada como un ente exclusivo, no como una adaptación.

Debe ser un traje a la medida, no una copia, pues esto significaría cometer los mismos errores del pasado, que ante la falta de una memoria histórica, un sin fin de gobiernos anteriores han impuesto. Prueba de ello son: el positivismo francés, el socialismo de corte marxista, y en épocas recientes, el neoliberalismo, que no es sino un capitalismo amoldado a la modernidad.

Este paradigma mexicano tendría que ser tan diplomático como el impulsado por el sociólogo Anthony Giddens, para así tener una relevancia mundial, pero de la misma manera, tan popular como el de Pierre Bordieu, quien lleva sus ideas a los congresos sindicales.

De la socialdemocracia clásica, o vieja izquierda, se deben dejar atrás aspectos como la notable intervención del Estado dentro de la vida social y económica de los habitantes, el predominio del Gobierno sobre la sociedad civil, el corporativismo y la falta de conciencia ecológica.

Es de vital importancia que romper con ciertos modelos de la nueva derecha, conocida también como Thatcherismo o neoliberalismo. Entre estos están el fundamentalismo de mercado, la desregulación del campo laboral, el exceso de acciones individuales dentro de la economía, la inescrupulosa aceptación de las desigualdades sociales, el nacionalismo excesivo y la poca importancia dada a la preservación del medio ambiente.

Esta nación requiere de una "Tercera Vía mexicana", no "a la mexicana", pues esto significaría regresar a adaptaciones bizarras, que evidenciarían la poca memoria histórica de quienes han gobernado a través de las diversas etapas del país.

Más bien necesitamos un sistema incluyente y ecléctico, en el que las tomas de decisiones se realicen mediante una conciencia previa de los resultados que cada acción puede producir a largo, mediano y corto plazo. Este hecho a priori conllevaría la capacidad de prever ante las situaciones de contingencia.

La piedra angular

Dentro de este paradigma, de inicio el Gobierno deberá atacar el rezago educativo de una manera sistemática y eficiente, en la que más allá de presumir altos índices de escolaridad, lo correcto sería mejorar la calidad. Aquí es donde se cimbraría la piedra angular de esta idea de Estado en el que en base al esfuerzo propio cada quien recibiría lo que merece.

Por ende, el conocimiento tendrá que dejar de ser exclusivo de las masas, para convertirse en algo selectivo, mas no clasista, como ocurría hasta antes de los años 70, década en la que tener un título profesional representaba una distinción, y prácticamente la seguridad de poseer un trabajo bien remunerado.

En cuanto a la relación sociedad-Gobierno, ésta debería sufrir una transformación sustancial, ya que es evidente que los paternalismos, más allá de crear un bienestar han formado una población dependiente de lo que "Papá Gobierno" haga por ellos.

El Estado tendría que fungir, como cita Anthony Giddens, a manera de un suministrador para la representación de intereses diversos, una instancia conciliadora, un foro de debates políticos, un promotor de orden que mantenga un sistema judicial eficaz y un proveedor de infraestructuras de desarrollo.

Ante esta nueva relación, la economía tendrá que ser de tipo mixta, para de esta manera no cerrarse al mundo, y por lo tanto a los beneficios que pueden traer la inversión extranjera y los productos de otras regiones.

El Gobierno fungiría como un proveedor de estabilidad, capaz de fomentar competencia entre los mercados, pero también de verificar que no existan factores de deslealtad como los monopolios y sus diversas modalidades. Claro está, no sin antes realizar un análisis de los productos y fines de quienes deseen ingresar comercialmente al país, debido a que si se busca crecimiento es preciso que no entren artículos o servicios que representen una competencia desleal o desequilibrada para los nacionales.

Sin un afán de paternalismo tendrían que ser reestructurados los servicios de bienestar social, para constituirlos en una red colectiva que funcione a manera de una empresa rentable y eficiente, y así poder proteger a los habitantes desde su nacimiento hasta su muerte.

Es preciso terminar con el gobierno asistencial, ya que como cita Federico Muggenburg esto provocaría que "al hacer sus intervenciones directas, el Estado 'asistencial' provoca la pérdida de las energías humanas y el crecimiento exagerado de la burocracia, más preocupada en sí misma, que en servir a los usuarios, lo que hace crecer enormemente los gastos del aparato gubernamental, hasta llegar a su atrofia".

En materia política es necesario atacar a profundidad todas las anomalías como la corrupción y la burocracia, para así lograr una administración transparente y con el suficiente valor civil para poder sancionar a cualquiera que viole la legalidad, por lo que las auditorías, en cualquier ámbito, tendrían que ser un ejercicio cotidiano.

Democratizar la democracia

Es preciso replantear una nueva democracia en la que los grupos intelectuales —analistas políticos, economistas, académicos, investigadores, científicos y artistas— tengan un mayor peso, pues éstos son quienes pueden fungir como ideólogos y visores del nuevo modelo.

En lo que concierne al sistema electoral, la eficiencia debe trasladarse a las entidades, pues si en 2000 México demostró al mundo su capacidad para organizar unos comicios a nivel nacional, no lo hizo en procesos de entidades como Jalisco y Tabasco, en donde existieron anomalías evidentes.

El gobierno deberá actuar como un factor regulador que oriente y modere las acciones de las instituciones de una sociedad civil autónoma y participativa. Esto debe ocurrir mediante un trabajo conjunto y colectivo con la administración en turno, en el que las ONG's tendrán un papel preponderante.

Los habitantes deben ser un factor del cambio: De inicio tendrían que retomarse las viejas estructuras de barrio, que aunadas a las instituciones educativas y a las autoridades, serían las encargadas de fomentar la prevención de los accidentes, y por encima de todo, la corrupción y el crimen. Sin embargo, previamente es preciso lograr una descentralización de la policía —en la Ciudad de México—, así como sistemas de denuncia más eficientes y seguros para la población.

No es suficiente con modificar paradigmas como las colonias y pueblos, pues esta nueva cultura democrática tiene que ingresar a las entrañas del núcleo familiar, en la que tienen que adoptarse modelos de autoridades racionales. Aquí, el consenso, la inyección de valores, el diálogo, la unidad, un modelo de derechos y obligaciones, la igualdad, una autoridad mas no una ley negociada, el buen ejemplo y la racionalidad serán vitales en las tomas de decisiones.

La inclusión y el respeto a la diversidad constituyen factores de cambio, pues dentro de una sociedad incluyente es posible lograr un mayor beneficio social, claro está, que este respeto tiene que emanar de todos los sectores sociales, desde las minorías étnicas, los sectores empresariales, los grupos deportivos, hasta los hombres y mujeres de distinta orientación sexual.

El filósofo francés Jean Jacques Rousseau dijo que al formar parte de una sociedad, cada individuo firmó un contrato social, frase que aunada a la de "Entre las naciones como entre los individuos, el respeto al derecho ajeno es la paz", del ex presidente Benito Juárez, dan una clara idea de esta vertiente.

La "vía mexicana" requiere de características incluyentes, en las que las entidades nacionales logren convivir con la ola de homogenización cultural provocada por el neoliberalismo. Otra característica fundamental es la educación, pues en un pueblo inculto y sin voz, jamás podrá funcionar un modelo económico-social, por innovador que sea.

Octubre 2001

 
 

Volver

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1