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Ensayo
Reflexiones futboleras
por Hugo Salvatierra Arreguín
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Primer tiempo: la guerra Se entraña como una batalla épica, duradera, sanguinaria y pacífica, eterna, tan infinita como la intensidad y el sinnúmero de sentimientos que desbordan las patadas y movimientos cadenciosos de sus 11 gladiadores, quienes durante 90 minutos relatan una novela empapada de tragedia y gozo. Hay quienes se atreven a llamarle juego, aunque es cierto que el futbol es más que eso, ya que ahí se va la vida misma, el orgullo, la honra y el dinero, es la guerra y la paz encajonadas en un momento instantáneo y eterno. El campo de juego representa un circo romano con las características de un casino, en donde los dados, sobre una mesa empastada, dictan la suerte de los contrincantes, quienes tienen que luchar contra los leones de sus miedos y las espadas de los oponentes, para finalmente estar a la merced de las decisiones del árbitro, hombre que a la usanza de los césares, dicta la última palabra. De la misma manera, la superficie se puede transformar en un gigantesco teatro, dentro del que ocurren las escenas más sui géneris, que van desde el llanto de la derrota o la pérdida —cuando el rival es mejor—, a la ira , la traición, el robo —del árbitro— y el engaño ocurrido cuando un delantero finge una falta. Dentro del escenario también están la violación y el ultraje del desventajoso pénalti, el gozo y el éxtasis —producto de una victoria irrepetible—, y el degenere de aficionados como los hooligans, o de los traseros desnudos de los escoceses. Pasión es la palabra clave del futbol. No resulta casual que sea el deporte más popular del planeta, y cómo no habría de serlo, si el balón significa el poder, el todo y la única posibilidad que tienen los simples mortales para jugar con el mundo que los contiene y hace de su existencia una prisión limitada por la atmósfera. El balompié, junto con las religiones, la droga y el alcohol, son algunas de las pocas maneras que tiene el ser humano para poder convertirse en un Dios y hacer cualquier cosa con el globo terráqueo, hasta patearlo con rencor, cuando las cosas no andan bien, o incluso acariciarlo y besar su superficie con vehemencia. El futbol mezcla las clases: en un estadio es posible ver a un empresario discutiendo la jugada con un carnicero; o sentados en un palco a un ex presidente, un rector de universidad, un periodista y un analista político. Nadie se resiste al futbol, ni los intelectuales, quienes han descubierto en el deporte de las patadas una mina de ingenio. Tal es el caso de los escritores futboleros Roberto Fontanarrosa, Juan Sastuain y Osvaldo, Juan Soriano, Juan Villoro, Fabio Morábito, Antonio Deltoro, Rodrigo Fresán, Juan José Reyes, Braulio Gutiérrez Medina y Pedro Ángel Palou. Incluso, hombres ilustres como Jorge Luis Borges le han dedicado parte de su ingenio, aunque en el caso del argentino, fue para criticarlo, pues dijo que "es un deporte feo estéticamente. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos… Mucho más lindas que el fútbol son las riñas de gallos. Ocurren ahí nomás, al lado de uno, son ideales para miopes". Durante el partido, el esférico rueda por el universo de la cancha, de una dimensión a otra, como si fuera una bomba o un meteorito que intenta destruir una trinchera enemiga, al igual que sucedía en el medievo con las catapultas, cuando éstas buscaban derribar feudos y castillos amurallados. El filósofo Bertrand Russel asienta esta teoría al decir, con gran lucidez, que "el que desprecia al futbol no sabe del placer de golpear la cabeza del enemigo". Esta frase desnuda el lado bélico del balompié, alrededor del que se enmarcan infinidad de guerras: internacionales, de corte regional, de estratos sociales, interraciales, entre las empresas dueñas de los equipos, o las suscitadas de jugador a jugador, cuerpo a cuerpo, cara a cara como en una lucha grecorromana. Pero no todo conlleva una batalla sangrienta, y prueba de ello es que también ha servido para unir al mundo y brindar al público un encuentro en pro de la paz, los niños pobres o en contra de los conflictos, por lo que no es casual que el primer evento deportivo celebrado, tras la caída del régimen talibán en Afganistán haya sido un encuentro futbolístico entre afganos y un combinado internacional. Al fin y al cabo, el futbol es como la vida, puesto que transcurre ente entre bemoles, momentos fugaces, días atroces, estruendo y armonía: Los ritmos están impresos en la genética de los grandes jugadores como el eficaz Pelé, o el gambetero Garrincha, hombres que hacían de su técnica explosiva una artillería letal dentro y fuera del área. Si queremos una cadencia armónica, en la que el manejo del tiempo y el espacio terminen en un poema, he ahí la magia de Diego Armando Maradona, quien en el estilo de juego transluce los momentos de su vida, gloria y sepultura de un hombre irrepetible, rico y pobre, lleno y vacío. El balompié también es soledad, como la experimentada durante las concentraciones, en la que se está fuera de casa y por ende lejos de la familia, e incluso en tierras apartadas de la patria, en donde la cultura y la gente son completamente distintas. Qué decir del aislamiento que, para Juan José Reyes, siente el portero cuando lo van a fusilar desde el punto de penal, o la de quien acaba de perder una final o un clásico. Descanso: dime cómo juegas y te diré quién eres Para Rodrigo Fresán, el futbol representa la cultura de una nación, e incluso se aventura a decir que "los países tienen los presidentes y las selecciones que se merecen. La de Argentina —país psicoanalítico hasta la exageración— tiene una selección que oscila siempre entre el estado depresivo y el ataque de nervios. Un equipo impredecible que se deprime o se alegra (sólo he visto algo más o menos parecido en el Barça) y siempre parece expuesto a la furia de los elementos y a catástrofes existencialistas". Algo similar sucede con el equipo mexicano, que pese a tener una larga historia, aún continúa buscando una identidad. Sus jugadores no salen al extranjero, al igual que el resto de la población, además, no poseen un carácter triunfalista, puesto que en los momentos decisivos caen en el pánico y prueba de ello son los penales que constantemente fallan los seleccionados. México y su equipo tricolor son comunidades estoicas que saben unir fuerzas para luchar contra la adversidad, pero ambos se quedan en el ya merito —de pasar al primer mundo—, comúnmente la afición y los críticos pregonan una conocida frase del argot futbolero: "Jugamos como nunca y perdimos como siempre". Por ser un ente de culto, dentro del deporte de las patadas no pueden dejar de existir cábalas, amuletos y misticismos que hacen de él un fetiche. Ejemplo de esto es cundo Pelé, al tirar una pena máxima siempre lo hacía "duro y al centro". También existen extremos como esos técnicos que salen con la misma camisa con la que comenzaron una racha ganadora. Hay quienes estampan sus camisetas con las imágenes de la Virgen de Guadalupe o Jesucristo, y qué decir de los que siempre entran al campo de juego con el pie derecho, de los guardametas que besan tanto el primer balón que llega a sus manos como los postes no sin antes rezarles para que desvíen los tiros, o de cuando llegan a exorcizar a un equipo que no atraviesa por un buen momento. Paralelo a esta disciplina está un ser que vive y muere durante las tragicomedias futboleras, alguien que se desgarra las ropas y se angustia más que una madre, un hombre que se convierte en técnico desde la tribuna. El aficionado, junto con el balón, son los motores del juego, y no es casualidad que este último sea llamado el jugador número 12. Cada semana, desde la grada o por televisión sufre el calvario de su escuadra, olvida al mundo por 90 minutos, vive alegrías y llora con triunfos y fracasos, además de que bebe a causa de la victoria y la derrota. El parroquiano del balompié no hace caso a su esposa ni a los niños durante el tiempo del encuentro, si el planeta desapareciera no habría problema, siempre y cuando pudiera seguir viendo el duelo. Un aficionado es quien tras la victoria alardea o se esconde los lunes, o quien cobra y paga apuestas en las que más que una cabellera y unos pesos está de por medio el orgullo. Segundo tiempo: un juego de animales Como en un flanco, el terreno está cuidado por escuadras en posiciones de combate, cada una con diferentes funciones y estilos: El portero es como un león que con serenidad se lanza por su presa de un lugar a otro; los carrileros, correcaminos que con fuego en los pies recorren la cancha; el líbero, una gacela que observa el terreno; mientras que el stopper, un tiburón depredador que combate con su presa, el delantero. La contención lucha como un búfalo, mientras que el 10 actúa como un elegante cisne, que junto con los demás medios hacen de la estrategia un ballet. El extremo es un potro salvaje que busca la libertad, mientras que el delantero centro funge como un águila que en un vuelo veloz, de manera inesperada, caza su presa. Tiempo de compensación: el rey del juego Un penalti representa la dualidad convertida en ventaja y perdición, posibilidad de victoria y obscuridad total, luz y entierro, gloria y llanto, bendición y ultraje. Para Pedro Ángel Palou es "un asalto nocturno a mansalva. Una violación, una golpiza... provocador e inalcanzable como una minifalda". Hablar de futbol y no mencionar el gol sería un sacrilegio, porque un encuentro sin marcador abierto constituye una agresión a la razón, algo tan absurdo como una misa sin bendición, un amor a distancia, un cuerpo sin sangre, o un verbo sin acción. La obra cúspide y eje por excelencia del juego es el éxtasis convertido en gol. Más allá de un balón que entra en una portería, la anotación es la llegada triunfante de un ejercito, que tras una épica batalla retorna a su nación. Anotar hace que los hombres pierdan el sentido y la razón, por lo que de inmediato surge el reflejo de correr por doquier, o de festejar de mil maneras: con una cabriola, alzando los brazos, con un beso al anillo de compromiso, mediante un salto al enrejado de la tribuna, o con la adrenalina que hace lucir al jugador con el rostro de un asesino enloquecido que acaba de matar a su peor enemigo, como Diego Armando Maradona en el mundial de 1994. Silbatazo final El futbol es la suerte y la capacidad, un juego que ejemplifica la vida, que provoca rencores entre las naciones, así como gestos de amistad. El balompié simboliza miles de sentimientos que se sudan con el pretexto de un balón, un sedante subministrado al pueblo para que no recuerde las calamidades de la semana. El futbol es guerra y convivencia en un Olimpo empastado, política, mercadotecnia, intereses comerciales, un comentarista necio e ignorante, corrupción, amiguismos y compadrazgos; pero de cualquier manera funge como una panacea que une a ricos, pobres, negros, blancos, amarillos, marcianos, princesas, guapos, catrines, feos, roqueros, gordos, nacos, narcos, machines, homosexuales, bellas, indígenas, serios y cultos entre sí. El futbol es la posibilidad de tener el control del mundo mediante un balón, que por cierto puede ser sustituido por una pequeña cajita de cartón, una pelota de tenis, un trapo hecho bolita, un bote de frutsi o cualquier cosa que se pueda patear. Pero lo importante del futbo es que al fin y al cabo... sólo es futbol, y nada más. Mayo 2002 |
Ensayo
Fox y la Finura de su Lenguaje
por Hugo Salvatierra Arreguín
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El hombre fue creado por esa causa primera de todas las cosas, alias Jehová, Dios, Alá, Huitzilopochtli, o como se le desee llamar, pero al hacerlo, el omnipotente se tomó la delicadeza de dotar a su nueva creación del regalo más preciado: la inteligencia, misma que el mortal convirtió en palabra. Pero quien quiera que nos haya armado con la razón jamás imaginó que tan preciado presente pudiera caer en sujetos deslenguados, capaces de transformar la magia del ser hecho verbo, en nada más que frasecillas sin sentido, de las que tal vez algún Maquiavelo contemporáneos diría: el fin justifica las atrocidades del lenguaje. Estos extraños, ególatras y no siempre inteligentes simples mortales llevan por nombre el de políticos, quienes antaño se caracterizaban por tener una labia extraordinaria, así como una retórica impecable en la que la cultura y el conocimiento de causa preponderaban letra tras letra. El tiempo ha transcurrida y aquellas exquisitas frases del aguerrido diputado y poeta Salvador Díaz Mirón han quedado enclaustradas en los más profundos sótanos de la epistemología de dicha disciplina, seguramente dentro de un baúl polvoriento, que tal vez jamás será reencontrado. En una ocasión, el literato escribió en un verso: "Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan... ¡Mi plumaje es de esos!" Dicha frase, si la trasladamos al mundo de la política, podría ser interpretada como un estandarte de honradez e incorruptibilidad que desnuda la ideología de un hombre culto y con convicciones totalmente definidas, o como el argot popular diría: alguien que "no se anda con medias tintas". Pero ya no vivimos en aquellos lejanos finales del siglo XIX, ni en los remotos inicios del XX que le tocaron vivir al también periodista veracruzano. Hoy, vivimos una historia totalmente distinta, en la que nos gobierna un hombre con un vocabulario peculiarmente colorido. Las metáforas poéticas han quedado atrás, para ser sustituidas por otras menos intelectuales. No más plumajes que no se manchan, ahora son "alacranes, sanguijuelas, tepocatas, alimañas y víboras prietas" que emergen como gusanos de los labios de nuestro Señor Presidente de la República, el licenciado Vicente Fox Quesada. Pero todo comenzó en los lejanos días de 1988, cuando el actual mandatario de México reclamó a Carlos Salinas de Gortari un fraude electoral que ocurrió cuando el guanajuatense pretendía el gobierno de su entidad. Fox se colocó sobre la cabeza unas boletas electorales en forma de orejas, por lo que un reportero le preguntó si ya se había puesto sus moños, a lo que con toda la finura que puede caracterizar a un hombre respondió "chingue su madre", en una frase que evidenció el elevado nivel de su léxico. Tiempo después, para ser exacto hace 10 años, cuando al pasarse por alto al Partido Acción Nacional comenzaba a hacer bulla su nombre, en una ocasión expresó que "soy un hombre honesto, trabajo un chingo y no soy tan pendejo". Con el lenguaje del pueblo conquistó a las y los mexicanos, además de que el pueblo lo ubicó como un igual de estudiantes, jornaleros, albañiles, amas de casa, oficinistas y demás integrantes de los estratos sociales, a excepción de las esferas conservadoras, incluso las de su propia agrupación política. Debajo de su peculiar bigote a la Marlboro se reprodujeron frase sui géneris, en las que el vocabulario osciló de las "Son Mamadas de ese Roque (Villanueva)", hasta palabras relacionadas con la intimidad del sexo femenino: "chichi". Por cierto, un 21 de febrero del 2000 comentó que: "Ya no voy a decir chichi sino... ubre". Al hablar ante un grupo de mujeres, en función al tema del cáncer de mama, nuevamente en tono de broma divulgó: "Si acá hablaron de mamadas... ¡Ah¡, perdón, de mamar..." Los que en la campaña de 1994 se escandalizaron del "viejerío" o de los "descalzonados" del "Jefe" Diego Fernández de Cevallos, seguramente se infartaron al escuchar los descalificativos con los que Fox Quesada habló de a su principal oponente: "Labastida es un mariqueta que se esconde en sus jilgueros y achichincles para atacar a mi familia", respondió cuando Fernando Solís Cámara inculpó a los parientes del entonces candidato de estar inmiscuidos en el Fobaproa. Cuando el cantautor Juan Gabriel hizo campaña con el priísta, el hombre de las botas les dijo mariquetas, "tal para cual". Remembrar aquellos tiempos de guerra política nos remonta a situaciones chuscas y por qué no infantiles. En una ocasión, en alusión a Cuauhtémoc Cárdenas, al muy estilo de las peleas de niños pregonó: "Mira qué coyón, así que chiste, sacón, eso es de timoratos". Únicamente le faltó el "mira manito, ese grandote fue el que me pegó", o el "soy espejo me reflejo", para después sacarle la lengua, arrojarle una piedra, escupirlo o decirle "malo y tonto, te voy a acusar con mi mamá". Al igual que todo hombre sabio y culto, nuestro actual presidente ha mostrado su amplio conocimiento del idioma inglés, y prueba de ello fue el día en que al referirse a quienes supuestamente estaban entorpeciendo su trabajo en los Estados Unidos de Norteamérica dijo: "No tienen mother". Un verdadero visionario tienen la capacidad de sintetizar sus metas y de tomar al toro por los cuernos; contrario a esto, en un arrebato de seguridad, o en una confusión del la verdadera duración del tiempo hizo saber al pueblo mexicano que "en 15 minutos acabo con el conflicto de Chiapas". "Ciertamente" el mandatario requiere de un buen reloj, o bien regresar a la primaria, a donde por muy precario que sea el nivel, a un alumno le enseñan que un cuarto de hora es menos que nueve, 10, 20 o más meses. Si aún viviera nuestro magistral ensayista y premio Novel de literatura, Octavio Paz, seguramente le estaría agradecido por difundir tantas veces la columna vertebral de uno de los capítulos de El laberinto de la soledad, el relacionado con la chingada y la madre. Lo cierto es que con el actual presidente inició una nueva época del léxico político, en la que todo es posible, e inclusive, no sería descabellado que un día cualquiera, sin más ni menos escuchábamos una fusión de "foxiargot" y la exquisitez del maestro Díaz Mirón: "Hay tepocatas y víboras prietas que cruzan las marranadas y no se manchan, mis botas... están hechas de eso". Este sui géneris lenguaje que emerge de la creatividad del hijo pródigo de San Francisco del Rincón no debe representar gran preocupación para los estudiosos del español, por lo menos no si lo comparamos con la degeneración en la que ante los modismos anglosajones ha caído. Pero no nos "apaniquemos", "¡ni máiz!", tal vez y "en 15 minutos" desaparezca esta decadencia que ha manchado al léxico del mundo de los estrados, curules y urnas. Octubre 2001 *Algunas de las frases fueron tomadas del suplemento dominical Bucareli Ocho de El Universal. |