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Cuadro de texto: Las muertes del mercado de Sonora
La estatuilla de la Santa Muerte está ahí, en la zona de hierbas, remedios y brujerías del Mercado de Sonora. Con la mirada fija, brillosa, penetrante y malévola contempla a los compradores que con curiosidad observan los productos de los puestos. 

Cuadro de texto:  

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Crónica

Las muertes del mercado de Sonora

Comercio de animales exóticos

por Hugo Salvatierra Arreguín

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La estatuilla de la Santa Muerte está ahí, en la zona de hierbas, remedios y brujerías del Mercado de Sonora. Con la mirada fija, brillosa, penetrante y malévola contempla a los compradores que con curiosidad observan los productos de los puestos. 

Ese famoso lugar parece otra dimensión, es como entrar a un mundo de ideas en el que se encuentra todo lo existente en el universo: magia, misterio, forma y especimenes raros.

Por fuera el mercado está rodeado de un sin fin de puestos ambulantes que hacen difícil el acceso a la nave comercial. Una vez dentro, comienza el desfile de colores del área de juguetes donde los marchantes pueden comprar pelotas azules, amarillas, rojas, moradas, con carita feliz, o en forma de balón de futbol.

Hay toda clase de muñequitos de plástico, reatas para saltar, carritos, canicas, juegos de té, trompos, valeros, yoyos y cháchara y media, por cierto, muy baratas debido a su precio de mayoreo. Faltaban ojos para admirar los objetos.

Ese laberinto borgiano cuenta con puestos de disfraces como el de china poblana. Por supuesto que no pueden faltar las máscaras del inolvidable Santo, Blue Demon, Rayo de Jalisco y cuanto luchador haya existido. Los compradores pueden observar el traje de Batman o el de apache, colgados de techos y paredes, al igual que los tradicionales atuendos de soldado español de la época de la conquista y los de Zapata o Pancho Villa. 

Entre tanta magia y fantasía posa la máscara del baile de los viejitos, junto con las clásicas muñequeras de huesos de fraile. Los instrumentos musicales penden de entre la variedad de objetos: ¡eh ahí el güiro¡. También cuelgan los escandalosos panderos.

Por los rincones se ven los tamborcitos, de esos que están en extinción, de los de madera, de los pintados de dorado, de los que a los lados tienen rombos verdes, blancos y rojos, iguales a los de los lunes de honores a la bandera.

Sigue el camino por el laberinto, quizás esperando encontrar algún minotauro chilango. El angosto pasillo da al área de artículos para fiestas, donde por cientos venden saleros, corazones de día de los novios, figurillas para adornar las mesas en las bodas y muchos recuerditos.

Dentro de ese pequeño mundo está la dimensión de los artículos de cocina. Ahí se aprecian jarros y comales de barro, por supuesto, decorados con gravados verdes en forma de plantas y flores. Brillan como si el sol los quemara.

"Pásele marchantita" dice por ahí un comerciante, "aquí le damos buen precio, vea que calidad, señito", continúa gritando con ese sonsonete sabor a barrio, mientras una mujer sostiene un plato con deseos de llevárselos.

Al igual que todo México, el Mercado de Sonora no escapa a la influencia norteamericana, y entre el barro y la cerámica, se distinguen un sin fin de portarretratos y tazas con imágenes de Mickey Mouse, Picachú y el resto de dibujos animados del gabacho.

Hablando de caricaturas estadounidenses, las piñatas de éste laberinto tenochtitlanesco ya no son como solían ser hace años, pues no tienen esas grandes estrellas plateadas y multicoloridas de las que cuelgan barbas de papel de china.

Sin embargo, por lo que más se conoce a este calidoscopio del comercio es por la sección de hierbas, remedios y brujerías. En esa selva de menjurjes los visitantes pueden encontrar un sin fin de plantas medicinales: que para la diabetes, los nervios, la artritis, el dolor de estómago y hasta para las olorosas flatulencias.

De entre toda la herbolaria destacan los puestos con ajos y pociones como la de Cacahuananche, para detener la caída del cabello, o en el caso de los enamorados, el Toloache —con el que cualquiera cae rendido a tus pies.

Hay puestos de esoterismo, en donde venden libros de tarot, brujería, magia negra, la estrella de David y demás temas místicos. Para las malas vibras están los cuarzos de múltiples tamaños, formas y tonos.

En esos pasillos es posible contemplar cráneos con forma humana y estatuillas de santería o esoterismo, entre ellas la de la Santa Muerte. No una, muchísimas y de bastantes colores, siempre lúgubres y tétricas. Quién sabe por qué, pero la temible figura está muy cerca del pasillo de los fetiches.

Animales y Muerte

En una de las esquinas hay un mundo colorido que bien podría competir con los jardines de Moctezuma, en donde vivían infinidad de animales, pero en contraste con la belleza de la fauna, en el Mercado de Sonora huele a todo: excremento de aves y roedores, perro mojado, y en pocas palabras... a caño.

Al seguir caminando por este lugar, uno se puede percatar de que más bien es el infierno, el reino del cautiverio, de la tortura y de la inhumanidad. El trayecto continúa y al estar entre tantos animales que se enciman unos sobre otros cualquiera siente escalofríos. 

En unas peceras hay un sin fin de roedores, todo es asqueroso y antihigiénico. Incluso, uno que otro concurrente va prevenido con un tapabocas. Los olores no cambian y al mezclarse unos con otros ya no se puede distinguir a qué huele.

Dentro de otro local es posible observar pájaros a granel: colibríes japoneses, cardenales y hasta cuervos. Afuera de las jaulas hay letreros que dicen más o menos así: "Macho cantador", "Pájaro con seis cantos", "20 sonidos diferentes".

Más allá están las gallinas, patos y guajolotes, y con ellos su olor característico, por lo que es necesario pasar rápidamente, pues en el aire vuela la borra de las aves, lo que complica la respiración. Dentro de las demás jaulas hay cotorros de Chiapas y la Huasteca Potosina, un pavo real de Hidalgo a sólo cinco mil pesos, gallinas de guinea y huevos de especies exóticos.

Un hombre, con una escoba, limpia la suciedad de las jaulas, mientras que con un recogedor tira a un guacal la mezcla de alimento y excremento, todo, todo..., sobre un perrito maltés muerto del que se ve su pequeña cabeza de la que resaltan unos brillosos ojos que miran a la nada.

La Santa Muerte sigue a unos patos recién nacidos, que asoman la cabeza por las rejas, sus picos cuelgan entre los barrotes, unos agonizan, otros ya no respiran. Más adelante yacen los cuerpos de unos zorrillos sin piel. Por ahí también brinca un par de monos enjaulados.

El color sigue, sí, el de unos pollitos pintados de amarillo, rojo, morado, rosa mexicano y verde fosforescente. Su costo es de dos pesos, con qué los pintaron, quién sabe, el vendedor no quiere hablar.

Dentro de esa sección del laberinto —la de la inquisición— también hay costales vivientes, bueno, eso es lo que parece, pero lo que en realidad se mueve son corderos y gallinas aplastadas, seguramente a punto de morir de asfixia.

Afuera, la basura y dentro de ella quién sabe cuántos animales muertos. Podría parecer un pasaje del cuento "El Pinto" de Ángel del Campo "Micros", pero no, esto es real. Dentro, en la zona de hierbas y recuerdos siguen las múltiples figurillas de esa Santa Muerte de ojos fijos. La estatuilla vigila y observa... las muertes del Mercado de Sonora.

Abril 2000

 
 

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Crónicas

Por donde no pasó Dios

Relatos de la sierra

por Hugo Salvatierra Arreguín

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Cuando no existían las modernas carreteras, los teléfonos celulares, ni ese sin fin de artefactos raros, hace ya algunas décadas, parecía que las distancias eran enormes, por lo que a menudo, si alguien vivía en un sitio alejado y de escasos servicios la gente solía decir que fulano vivía "por donde no pasó Dios".

El tiempo transcurre y los que habitan en las grandes y "cómodas" ciudades suelen creer que todo el país es bonanza y que esos sitios terrosos y abandonados por el progreso ya no existen.

Sin embargo, la sierra, que seguramente muchos conocerán por la película de "Los tres huastecos" sigue igual, tal y como hace años fue plasmada en la época de oro del cine mexicano, cuando las escenas todavía eran en blanco y negro.

El recorrido se inició en la carretera México-Querétaro; sólo que antes de llegar a la capital del estado, fue preciso tomar la desviación a Cadereita.

Como el cielo estaba claro y despejado era posible ver a la lejanía una gran roca del tamaño de un monte: la Peña de Bernal.

La carretera no estaba precisamente en las mejores condiciones; pese a ello, la majestuosidad del paisaje montañoso, semidesértico y caluroso bien valía el dolor de sentaderas.

Antes del medio día ya se sentía el calor y el estómago comenzaba a padecer los estragos del sin fin de curvas, pero tras la larga espera ahí estaba la primera escala: Bernal.

Es un pueblo pintoresco y seco, en donde la gente vende artesanías, colchas y suéteres de lana. Es curioso, también hay mezcal, pero no como bebida, aquí ofrecen la piña del maguey partida en rodajas; sabe como entre brandy y tepache, una rara combinación.

Como el camino era largo y el tiempo corto fue necesario dejar Bernal y su gran peña. Por cierto, los lugareños dicen que desde lo alto del monolito, cuando el cielo está despejado, se ven el Océano Pacífico y el Golfo de México, vaya usted a saber si es verdad...

El camino no era más que curvas, por lo que las náuseas no desaparecieron, pero por fortuna el calor sí lo hizo hasta poco antes de llegar a Pinal de Amoles, un pueblo frío y con neblina, casas de madera y lámina, muy humildes, algo así como una Suiza empobrecida.

La gente no vestía ropa fresca como en Bernal, aquí se cubrían con chalecos de lana, y aunque no había sol, llevaban sobre sus cabezas, ya sea el sombrero o la gorra.

Tierra de huapangos

La carretera no dejaba de ser incómoda, peligrosa y repleta de curvas, a lo que ahora había que agregarle una fría lluvia. Con el transcurrir del camino el clima desértico cambió por una frondosa selva húmeda. Todo era verde.

La radio de la Huasteca tocaba uno de esos huapangos: mezcla de sentimiento y alegría. La voz del intérprete sonaba aguda, seguramente era uno de esos hombres flaquísimos y morenos, vestidos de blanco, como todos los cantantes del género. Lo gracioso fue cuando la misma estación transmitió otro huapanguito, pero esta vez a ritmo de cumbia.

A más de media hora de Jalpa estaba Conká, un pueblo en el que creo que no hay pueblo, pues nada más tenía algunas casuchitas; pero eso no importó, porque a pesar de su pequeñez tenía un hermoso río verde esmeralda, en el que habían ajolotes.

Llegó la obscuridad y con ella una calurosa noche, de esas en las que es difícil dormir. Cuando amaneció ya estaba el sol, ¡cómo quemaba! Pero con calor o sin él era preciso continuar el camino, ahora rumbo a Xilitla.

Dentro de ese poblado hay un extraño lugar: Las Pozas, que es un sitio construido por un inglés de nombre Edward James, quien según las historias del pueblo, fue hermano bastardo de la reina Isabel de Inglaterra.

En medio de la vegetación existen estructuras de concreto que dan forma, o mejor dicho no forma, a un mundo surrealista sin principio ni fin; hay pozas muy parecidas a lo que fueron los baños de Moctezuma, sólo que con un toque romano, griego o no sé qué.

Vegetación de concreto

Tras entrar al castillo, después de cruzar por las albercas se ingresa a una pequeña ciudad con construcciones inconclusas, mezcla de todas las corrientes de vanguardia: cubismo, expresionismo, gótico y cuanto estilo artístico haya habido.

Tiene escaleras a la nada y puertas en donde deberían ir ventanas; es como un gran invernadero de concreto, pero en vez de plantas habían construcciones y estructuras.

A la mitad del trayecto estaba una flor, también hecha de concreto; poseía dimensiones más grandes que las de una persona, pero lo raro era que sus hojas iban hacia abajo, como si fueran raíces que quisieran caminar.

El lugar estaba teñido de colores pasteles verdes, rojos, morados y azules, aunque en muchas paredes, casi en todas, ya no estaban presentes en su totalidad debido al paso del tiempo.

Pero la Huasteca es más que este mundo surrealista. A unas horas de camino está Aquismón, un sitio pequeño y recóndito en donde se encuentra El Sótano de las Golondrinas. El lugar está ubicado lejos del pueblo y para llegar hay que cruzar por un camino angostísimo, a través del que metro a metro los visitantes pueden observar los estragos de la pobreza.

Al avanzara por el terroso camino habían personas humildes en las orillas y niñas mugrosas con calzoncitos rotos, con la cara sucia y los cabellos opacos, quienes veían pasar los carros como preguntándose ¿de dónde vendrán?

La gente iba a pie y cargaba bultos sobre las espaldas. Al observar los huaraches de las personas era posible ver los pies partidos, consecuencia de los caminos terrosos, el trabajo y las precarias condiciones de vida.

Al fin se había acabado el martirio del camino, por lo que ahí estaba El Sótano de las Golondrinas. Al bajar del auto, de inmediato, como abejas vinieron unos diez niños todos sucios.

—Yo lo guío.

—Yo le digo dónde es.

—¿Le cuido el carro?

—¿Me regala un peso?

La transformación del murciélago

El Sótano es un agujero situado en un monte, sobre el que volaban una infinidad de golondrinas y algunos cotorros verdes que iban y venían cuales jets de propulsión.

El espectáculo ocurre como a eso de las siete de la noche, hora en la que los turistas se reúnen en lo alto del lugar para ver cómo todas las golondrinas bajan al mismo tiempo a las profundidades de la tierra.

Como en todo poblado de provincia, siempre hay leyendas, y éste no fue la excepción. Los lugareños comentan que las aves eran murciélagos, pero que en una ocasión arrojaron a una doncella en sacrificio, por lo que ocurrió la transformación.

Terminó el espectáculo y comenzó a caer la noche, mientras que Paco, uno de esos niños cuida coches hacía rostro de adulto e intentaba aparentar toda la seguridad del mundo.

Los carros partían junto con la mirada de aquel niño terroso que los seguía. Seguramente deseaba ir con ellos, pero eso no era posible, pues tenía que terminar sus vacaciones y regresar a la escuela, a la misma que quedaba a una hora de camino a pie, por ahí... por donde no pasó Dios.

Abril 2000

 
 

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