5. La fábrica cusqueña El auge de la Escuela Cusqueña entre los S. XVII y XVIII permitieron el desarrollo de numerosos talleres principalmente indígena-mestizos, que como en ninguna otra capital colonial, alcanzaron cuotas de producción masiva, casi industrial. Se ha dicho que esto generó una producción de calidad dispar, desde la excelente a la basta. Los comentarios de Amadée Frezier abajo citados (que en las casas de Lima sólo habían "una cantidad de malos cuadros, hechos por los indios del Cusco"), revelaban en buena cuenta un criterio estético estrictamente europeo, de acuerdo a la mentalidad francesa de la época. Los cuadros de la escuela cusqueña conservados hasta hoy sólo concitan gran admiración (y codicia en el mercado negro del arte). Desde el Cusco se exportaban centenas de cuadros (no sólo lienzos de ángeles arcabuceros, sino todo tipo de arte religioso) a las principales ciudades del Virreinato: Trujillo, Ayacucho, Arequipa, Lima, Alto Perú (hoy Bolivia), Capitanía General de Chile, Virreinato del Río de la Plata (hoy Argentina). Llegaron también a España y otros países europeos bajo distintas circunstancias. Mauricio García (mediados del S. XVIII) es un ejemplo de productor prolífico: firma un contrato con el comerciante Gabriel Rincón para entregar ¡435! lienzos en siete meses. Firma otro contrato con el el comerciante don Miguel Blanco para entregar en el plazo de tres meses, 52 cuadros de dos varas de ancho y media de alto cada uno; y 96 más de distintos tamaños. Sobre Marcos Zapata, considerado el artista más importante del siglo XVIII se han documentado más de 200 cuadros pintados entre 1748 y 1764, cincuenta de ellos (de gran tamaño y con abundancia de flora y fauna en la decoración) cubren hoy los arcos altos de la Catedral del Cusco. La enorme producción que hubo, la tendencia a no firmar los cuadros (solían intervenir varias manos en un solo cuadro, llegando a conocerse mejor el nombre de los talleres y sus Maestros mentores) y los escasos estudios autorizados sobre el tema impiden llegar a atribuciones precisas en la mayoría de casos. Los autores de gran parte de los lienzos de la escuela cusqueña que se encuentran hoy en colecciones tanto privadas como públicas en diferentes partes del mundo permanecen en el anonimato. En "Las escuelas pictóricas virreinales"(1) Luis Eduardo Wuffarden resume: "Al entrar el siglo XVIII, la aceptación de la pintura cusqueña se extendía rápidamente y aumentaba la demanda desde todos los confines del virreinato. De hecho, el Cusco se convirtió en el centro de un floreciente mercado exportador de lienzos religiosos hacia el Alto Perú, Chile y el norte argentino, además de Lima y el resto de la región andina. Si bien el trabajo incesante de los obradores llegó a masificar su producción, al mismo tiempo hizo posible la búsqueda formal, e incluso la invención iconográfica [...] Dejando atrás el furor iconoclasta de las campañas extirpadoras de idolatrías, el siglo XVIII sería más tolerante con las manifestaciones de la religiosidad indígena. Así pudieron difundirse motivos iconográficos tan singulares como los arcángeles arcabuceros, ataviados con el mismo lujo que los custodios de las cortes contemporáneas [...] Por su parte, los miembros de la nobleza nativa —presentes ya en la serie del Corpus— propiciaron un «renacimiento inca» manifiesto en el teatro, las artes decorativas y la pintura. Se hicieron frecuentes los retratos de curacas o ñustas en atavío incaico, o las series genealógicas de incas y coyas, enfatizando las insignias del poder incaico y los escudos nobiliarios obtenidos por la casta indígena fiel a la monarquía española. Esta irrupción de lo indígena suscitó diversas respuestas entre los grupos criollos y mestizos, la Iglesia e incluso la propia administración virreinal, desatando lo que Stastny describe como una «guerra iconográfica» [...] "Si bien lo más notable de esta producción fue la obra de pintores anónimos, la existencia de talleres contemporáneos muy organizados a cargo de maestros indígenas se halla bastante documentada. Sus nombres alcanzarían fama extendida al promediar el siglo XVIII, cuando suscribían grandes contratos con arrieros y comerciantes, para entregarles decenas de lienzos en pocos días con destino a otras ciudades. Pronto, el triunfo de la pintura cusqueña se haría notar incluso en la capital del virreinato. Ya en 1713, el viajero francés Amadée Frezier comentaba asombrado que la mayor parte de las casas de Lima ofrecían, por toda decoración, «una cantidad de malos cuadros, hechos por los indios del Cusco». Entre los maestros de pintura convertidos en empresarios merece citarse aBasilio Pacheco (activo entre 1738-1752), autor de la serie de la vida de san Agustín destinada al claustro agustino de Lima, y Mauricio García, quien llegó a dirigir un gigantesco obrador (sic.) en la década de 1750, que proveía los mercados del Alto Perú y el norte de Argentina. En los años siguientes, el prestigio de Marcos Zapata (activo entre 1748-1773) dominará en el arte cusqueño, gracias a la belleza dulcificada y convencional de sus representaciones marianas..."
------------------------------- (1) Texto que forma parte del Catálogo On-line de la Exposición "Perú indígena y virreinal" orgaizado por SEACEX
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