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JELIEL Y ASALIAH
S�lo el amor goza de la verdad perenne.
Es el vestigio que de inmortal nos queda a los mortales
En el lejano pa�s de los sue�os habita un �ngel y una peque�a hada cuyos corazones cuidan del AMOR del mundo. Hace mucho, much�simos a�os sus almas vivieron un amor tan intenso que Dios les ofreci� vivir para siempre en los sue�os de los amantes.
Dice la leyenda que cada fin de a�o, al caer la tarde, si alguien se asoma al cielo y les ve danzar les traer� de vuelta bajo apariencia humana y podr�n volver a encontrarse.
-Ana, ap�rtate de ah�. Nadie les ha visto nunca. Son s�lo historias de Navidad. No hagas caso de ese viejo libro. La abuela lo usaba para entretenernos. Son s�lo cuentos...
-Nadie inventa s�lo por inventar, mam�. Yo pienso que s� existen y est�n esperando a que alguien m�s lo crea. Y si les vemos, �me creer�s entonces?
-Nadie les ha visto nunca.
-Porque nadie m�s cree en ellos.
La noche est� fr�a. Diciembre trae nieve a las monta�as y enciende las chimeneas. La le�a se amontona en la despensa y apetece m�s que nunca invernar sin salir de casa. En Navidad la cocina de Ana huele a hojaldre, a rosco de vino y turr�n. Los Christmas se amontonan bajo la puerta y el tel�fono no para de sonar. Hay velas encendidas; grandes, peque�as, azules, redondas y pascueros rojos en cada ventana.
Abuelos, t�os, primos, hermanos, vecinos, mascotas; est�n todos reunidos en torno a la mesa. Bueno, todos, excepto Ana que se empe�a en pasar la noche buscando duendes.
-Bueno, haz lo que quieras. Nadie m�s que t� podr�s convencerte de que no existen -dice su madre conociendo su empe�o-.
El tiempo pasa despacio y Ana se entretiene en dibujar sobre el vaho de los cristales figuritas de Navidad; una estrella, un reno, un pastorcillo. Borra, pasando su manopla de lana sobre los cristales y vuelve a pintarrajear.
-�C�mo ser�n los �ngeles? �Tendr�n alas de verdad? Si viene el �ngel voy a pedirle que me traiga una bici m�s grande que la de Ra�l y un... barco. Bueno... a lo mejor un barco es demasiado grande.
De fondo se escuchan villancicos y risas infantiles. El cielo raso deja ver una infinidad de puntos de luz que iluminan la noche.
-�Por qu� se pintar�n las estrellas con puntas? -se pregunta Ana- Yo las veo redondas.
Sus ojillos bailan sobre el firmamento buscando alguna se�al. Ni rastro. Tan s�lo puede ver el humo de la chimenea de la casa verde, una preciosa mansi�n abandonada cubierta de yedra.
-�Fuego en la casa verde? -se pregunta extra�ada- �Mam�, mam�! �Alguien vive en la casa verde! -grita alborotada pero nadie le responde-.
Sus primos no cesan de cantar alegres canciones al ritmo de tambores, palmas y panderetas. Con tanto jaleo no hay quien escuche. De pronto, la columna de humo densa y gris comienza a dibujar trazos de colores, un arco iris que ilumina el cielo en una explosi�n m�gica de luz. Ana se frota los ojos para comprobar que no es un sue�o y al abrirlos una preciosa hada de pelo rojo cubierto de flores comienza a bailar con un hermoso �ngel� cuyas alas se balancean suavecitas sobre el cielo oscuro.
Ana no puede creerlo. Su �ngel y su hada han venido. Con la ilusi�n pintada en el rostro les grita:
-�Eh! �Aqu�, estoy aqu�!
Al escuchar su voz, el �ngel y su hada se acercan volando hasta la ventana y al mirarla a los ojos, un destello azul les hace desaparecer del cielo.
-Ana, cari�o, despierta.� Vamos a empezar la cena.
-�Mam�, mam�, les he visto! -dice ilusionada-.
-�A qui�n has visto?
-Al �ngel y su hada. Me han mirado a los ojos y despu�s... �Qu� ha pasado despu�s? No recuerdo m�s...
-Anda vamos,� que la cena se enfr�a.
-Les he visto, de verdad, les he visto...
Jeliel es bienvenido en la aldea. Es extranjero y nadie sabe con certeza de d�nde procede. Ha constru�do una hermosa casa a orillas del r�o cuyos jardines dicen nada tienen que envidiar a los del Para�so.�
A veces, los vecinos del valle le escuchan cantar con su vieja guitarra. Otras, se le ve recorrer caminos, mochila al hombro, hasta descansar pensativo bajo la vieja higuera que se yergue solitaria en la cima de la monta�a. Tanta belleza s�lo es compartida por Lash-me, su peque�o gato de trapo blanco.
En Primavera sus �rboles desprenden un sabor dulz�n a azahar que atrae a curiosos y enamorados hasta su hogar. �l, cuentan, les atiende complaciente invit�ndoles a saborear t� caliente con galletas.
Jengibre y cebada en una peque�a cesta. Asaliah suele ocultar en su arca de madera peque�as porciones de estos exquisitos manjares que nadie en su familia aprecia. En casa, ninguno termina de acostumbrarse a sus extravagancias. Una vez, de peque�a, pas� la nochevieja pegada a la ventana del sal�n esperando que apareciesen el �ngel y el hada de un viejo libro.
Los domingos, en el campo, se pasaba las horas buscando tr�boles y flores que trenzarse en su larga melena roja, mientras su hermano se columpiaba de alg�n �rbol o espachurraba� asquerosos bichejos ante la mirada at�nita de su madre. Ahora que ha crecido todos coinciden en pensar que un halo de sensibilidad la acompa�a siempre.
Pero la joven Asaliah pese a pasar las horas imaginando poemas y relatos que contar, no es feliz. Su vida transcurre entre las fr�as paredes de un antiguo caser�n donde un avaro viejo la obliga a trabajar sin descanso organizando un desordenado almac�n lleno de extra�os artilugios. Entre cajas de m�sica, alfombras de seda, mu�ecas de porcelana y telescopios de hojalata, transcurren sus d�as.
-�Ay! -suspira exhausta- C�mo me gustar�a sentir las caricias del sol y sumergirme de un chapuz�n en el mar. Si fuera sirena no envidiar�a esta vida con piernas...
Hoy es viernes. Como cada viernes, Jeliel baja al puerto a buscar pescado fresco. Lash-me le sigue detr�s, con pasos astutos. Tan s�lo el tintineo de su cascabel hace intuir su escurridiza presencia. Desde su casa al puerto hay dos horas de camino siguiendo un sendero que muy pocos usan.
El d�a est� de un azul que alegra, nadie quiere perderse la fiesta primaveral. Ardillas, abejas y jilgueros salen a su encuentro. Desde lo m�s alto se divisa la bah�a. La ciudad crece a su alrededor esparciendo su cola de pez en forma de uve.
Es temprano, el mar reposa en calma lamiendo suavemente la orilla con su espuma blanca. Jeliel, con pies descalzos y pantal�n a media pierna camina hundiendo sus dedos sobre la arena.
-�Asaliaaaaaaah! -grita el viejo desde el fondo del corredor- �Deja de canturrear y env�a estas cartas por correo urgente!
-Pero, se�or, si a�n no he terminado con las monedas...
-�Urgente!
Casi no se le ve con el grueso de cartas entre los brazos. La oficina de correos queda en el otro extremo de la ciudad y el sol est� que derrite el asfalto.
-�Qu� calor! -murmura agotada-.
Tras una intensa caminata llega a su destino arrastrando los pies. Los brazos no responden. Cuesta desengrasar las articulaciones atrofiadas por la inc�moda postura. Un desagradable cosquilleo en la mano derecha comienza a trepar por la mu�eca, el antebrazo, el codo...
-�Vaya! -vuelve a murmurar, sacudi�ndose el hormigueo como puede. Las acrobacias con un solo brazo acaban en desastre y la monta�a de cartas se desvanece sobre sus zapatos-.
A�n no se ha dado cuenta. Del cristal de la puerta pende el cartel de "cerrado por vacaciones". Y cuando, por fin, logra encajar las fichas y se da de bruces contra el candado, vuelve el terremoto y la explosi�n de cartas� se repite.
-�Oh no! �C�mo voy a explicar que...? -las fuerzas le abandonan y se sienta en el suelo- �Qu� puedo hacer, Dios m�o? Si no env�o las cartas el viejo me...
De pronto, casi por inercia, repasa las direcciones. Todas tienen el mismo destinatario: la oficina de turismo de un pueblo costero no muy lejos de la ciudad.
-�Boquerones, jureles, calamares frescos!
Todos venden al precio m�s bajo, la mejor calidad. Sobre monta�as de hielo en granizo saltan agonizantes un sin fin de pescados de plata.
-�Los m�s frescos! �Llevo los m�s frescos!
Jeliel con Lash-me en brazos repasa la mercanc�a.
Hora y media m�s tarde el autob�s llega a su terminal. Nada importa el intenso calor ni el esfuerzo. Sobre el azul mojado, su pelo es a�n m�s rojo y su vestido m�s blanco. Asaliah corre hacia la oficina de turismo para no perder tiempo. Entrega urgente las cartas y, con el dinero ahorrado en sellos, compra un helado de chocolate para ahogar la sed.�
Como atra�da por cantos de sirena llega hasta la orilla.
Un espl�ndido besugo le observa desafiante con sus ojos saltones. El intenso olor a comida fresca empieza a atrofiar sus fosas nasales. Pese a su condici�n tranquila y obediente, no resiste tanta provocaci�n. De un brinco, se enzarza con el pescado,� y apres�ndole fuerte por la cola, escapa del griter�o que exclama al un�sono: �Al ladr�n, al ladr�n!
Jeliel abandona la compra y corre tras �l. Nada que hacer; encontrarle entre tanta gente es como hallar una aguja en un pajar.
Tras el banquete, Lash-me recupera la compostura. Todos observan el lindo gatito que se pasea de salto en salto.
-Volver al lugar del crimen ser�a un error -piensa- Seguro que Jeliel me buscar� en la playa.
Asaliah permanece con la mirada fija en el horizonte, absorta ante tanta belleza. Sentada frente al mar, el viento esparce anillos de cobre sobre la arena. Vista as�, parece un hada. Su luz alcanza a turistas y pescadores que saludan a su paso.
Lash-me se deja embrujar por el resplandor. La larga melena rizada atrae su atenci�n felina y, guiado por la curiosidad, se acerca para juguetear con sus pezu�as.
Asaliah sonr�e y lo toma en brazos.
-Hola amigo, �de donde has salido t�?
En ese instante Jeliel arriba al puerto. No consigue fijar su atenci�n sino en el resplandor rojizo que desprende la arena.
-�Qu� ser� aquello? Se pregunta intrigado.
Guiado por la misma curiosidad de su compa�ero, se acerca a Asaliah.
-�Has encontrado a Lash-me?
-�Lash-me?... �ah, s�! Se acerc� y no deja de lambiarme con su lengua rasposa. Me hace cosquillas...
En ese instante se miraron a los ojos. En su interior, ambos conoc�an la verdad. Una fuerza divina les atra�a imantando sus retinas. La brisa comenz� a agitarse y el cielo se camufl� de un camale�nico rojo.
Jeliel abraz� a su joven hada bes�ndola en los labios, mientras Lash me brincaba alrededor demostrando su entusiasmo.
Gracias al empe�o y la ilusi�n de la peque�a Ana, el �ngel y su hada volvieron a encontrarse. Desde entonces, viven en la casa del r�o, donde juntos y felices cuidan del Amor del mundo.
Color�n colorado este cuento se ha acabado
arriba
relatos
las moscas duermen
jeliel y asaliah
berlin no existe
se me acab� el t�pex
se me baj� el glamour
woman on top
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