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Si est�s leyendo estas palabras es porque algui�n olvid� cerrar la caja de Pandora
Existen secretas historias de amor que no son contadas, met�foras escondidas que nadie lee. Como tesoros ocultos bajo un oc�ano sin nombre donde no existe el tiempo, nadie las perturba.
Cuando la infelicidad se queda a vivir en casa no lo hace de forma agresiva y eso me mosquea. Llega despacio -la muy zorra- y sin hacer ruido, nos carcome lentamente durante d�as, semanas, meses... Lo peor en estos casos es dejarse hacer, amoldarse a vivir en este cotidiano estado sin esperanza. Lo mejor: �saltar!, arrancar la m�scara que quieren ver todos y empezar desde cero.
Yo la tuve en casa hasta que el psic�logo de mi mejor amiga -tras una veintena de sesiones, durante las que, recostada sobre un hermoso div�n, dejaba gotear mi tristeza- me recomend� cambiar de aire y cubrir mi carencia afectiva con un plus de trabajo para no matarme a interrogantes y valiums por m�s tiempo.
Mi marido, como siempre tan consiredado, sigui� los consejos del matasanos y me coste� el curso m�s caro y lejano que pudo encontrar,� para hac�rselo tranquilamente con su secretaria durante un par de semanas.
La primera vez que escuch� su nombre, mi vida respond�a a unos esquemas organizados; universitaria mod�lica, con pareja, trabajo y presente estable. �Cr�nica de una muerte anunciada� para alguien que siempre hab�a so�ado colgarse la mochila y recorrer mundo.
La primera vez que escuch� su nombre fue en un congreso sobre gesti�n cultural en Berl�n. Fue el primer d�a, nos hab�amos presentado por turnos y s�lo quedaba �l.
-Me llamo Claudio. Soy arque�logo subacu�tico y trabajo para el Instituto americano de estudios cl�sicos en Atenas.
Su voz son� tan rotunda que casi me cargo el cuello jirafeando entre la gente hasta encontrarle. Desde aquella perspectiva no logr� verle con claridad. Tan s�lo recuerdo el reflejo de su mirada estallando en el cristal de mis gafas.
Durante el primer descanso acab� con la manicura francesa y el rouge passion de mis labios intentando escoger la frase perfecta para romper el hielo. Al final fue �l quien se decidi�.
-Hola. Es usted espa�ola, � verdad?
-S�, y usted se llamaba... �Claudio?
-Encantado.
-Yo soy Carmen. Interesante profesi�n la suya. �A qu� se dedica exactamente?
-Buceo.
-�Bucea?
-Buceo y rescato tesoros ocultos del fondo del mar. Me reservo el placer de rastrear naufragios y campos de �nforas que nadie contempla -susurr� aplastando las palabras en tono confidente de esp�a ingl�s-...
Su actitud me hizo sonre�r y curiosear boquiabierta ante la idea de encontrarme frente a un tit�nico pirata de vida singular. La jornada termin� a las cinco. Remolone� un poco para abordarle a la salida y sugerirle agotar la tarde paseando, si no ten�a nada mejor que hacer.
Hac�a fr�o. El oto�o en Berl�n te congela las manos y el aliento en un santiam�n. Las primeras lluvias encienden las chimeneas y vac�an pronto las calles. As� que, pese a estar en un lugar frecuentado, apenas hab�a gente.
-�Qu� opina del Potsdamer Platz? -pregunt� interesado-.
-Bueno, los resultados del proyecto son muy dispares, pienso. Las calles estrechas con sus arquer�as� y sus c�lidos colores y la gran plaza central, la Marlene Dietrich Platz, son caracter�sticas de la ciudad europea, casi al uso mediterr�neo. Sin embargo, los rascacielos orientados a la Potsdamer Platz y, sobre todo, la calle comercial cubierta recuerda la t�pica ciudad norteamericana. No s�, habr� que ver c�mo compaginan ambas tendencias con el paso de los a�os... �Te aburro? -sin darme cuenta hab�a comenzado a tutearle-.
-No, no, que va... Es tan s�lo que recuerdo haber le�do algo parecido en una revista de arte el mes pasado.
-�Ah, s�?... -qu� bien, me acabas de chafar todo el discurso...- Nos miramos y volvimos a sonre�r. Qu� extra�a sensaci�n. Hac�a siglos que nadie arrancaba notas alegres de mi garganta.
Esa misma noche le invit� a cenar. Lleg� pasada las nueve.
-Hola, te traigo algo -dijo agitando desde la entrada un enorme envoltorio de color gris-. Es una piel de reno, lo �nico decente que llevo en el coche.
La extend� sobre el suelo, frente a la chimenea. Las llamas pintaban brillos salvajes de sabor ancestral que me hicieron trascender a �pocas primitivas.
-�Te gusta? -pregunt�-.
-Resulta fascinante.
Cenamos a la luz de las velas, con manjares regados de buen vino y sabrosas especias.
A medida que pasaba el tiempo, las frases iban perdiendo la intensidad que ganaban las miradas. El silencio se llen� de gestos minimalistas por efecto del alcohol. Mis pies comenzaron a trazar c�rculos en el aire siguiendo la cadencia musical de Bach. Como una culebra encantada segu�a mis movimientos por encima de la mesa hasta que, de repente, con rapidez felina, caz� uno de mis pies acerc�ndolo a su boca. Con ardiente lentitud comenz� a sorber cada uno de mis dedos sin apartar su mirada g�tica de mis ojos. Cre� enloquecer... lo �ltimo que recuerdo fue una bacanal de faunos y ninfas bailando a nuestro alrededor.
Sin duda, fue el momento m�s er�tico de mi vida.
Despu�s de aquello, me qued� un par de d�as m�s en la ciudad. Asist� al curso y camin� por el Potsdamer Platz buscando alguna pista, pero nadie sab�a nada. Aquel hombre de mirada bizantina no hab�a existido nunca "que chorrada", no pod�a creerlo.
Llam� a casa, avis� que mi estancia se postergar�a un par de semanas y cerr� la puerta de mi apartamento.
Desde entonces no he hecho otra cosa que buscarle. He rastreado cursos, seminarios, jornadas de arqueolog�a, excavaciones de barcos hundidos, publicaciones cient�ficas. He pateado cubiertas y cubiertas de barcos, kil�metros y kil�metros de litoral en los cinco continentes y el muy cabr�n no aparece. Pero yo no me canso. Dejarme arrebatar, me hizo descubrirme. Vivir mi vida al margen de prejuicios sociales y apariencias detestables.
Este largo viaje de experimentos y pasos en zig-zag ha sido c�mo vivir un sue�o. Recorrer los trazos ondulantes de la geometr�a marina ha llenado mi mochila de experiencias �nicas e inolvidables que no hubiesen tenido lugar en la oficina de aquel museo local tan aburrido.
Supongo que tanta felicidad asusta y por eso se empe�an en creer que estoy loca. Pero a mi edad, eso poco importa. Yo sigo esperando y alg�n d�a ese viejo siverg�enza me coger� de la mano y volver� a sonre�r.
Se acumulan los d�as� en los que no est�s e intento expulsar los vicios deformes que marean mi mente de extra�os augurios. Mi mirada sigue colgada frente al oc�ano que te sedujo sin encontrar respuesta. C�mo cada d�a, mi amor, resisto el temporal. Tendida sobre el mar espero tu regreso y me pregunto qu� profundas entra�as submarinas te albergar�n hoy.
Diciembre de 2000
Manuscrito hallado en manos de una anciana esquizofr�nica, a orillas del mediterr�neo malague�o.
A la ma�ana siguiente, tan s�lo una nota pend�a del pomo de la puerta. "El mar que contemplar� contigo no ser� de oto�o. Tenemos la sensibilidad y las ganas. S�lo nos falta el escenario. Esperar�."
BERL�N NO EXISTE
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