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Hermano Lobo Sermon a los Pajaros Fray Burrito El Nacimiento Las Hormigas Salvadas El Halcon El Pez Contento Leprosos San Francisco Constructor Los Bandidos La carrera del Conejito
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El Pez contento
San Francisco, a pesar de sus graves enfermedades, estaba siempre contento.
Una vez venía de Perugia con fray León, a quién San Francisco había puesto
por nombre «ovejita de Dios» por lo manso y humilde que era.
Por el camino, San Francisco dice:
-¡Oh fray León, ovejita de Dios! Mira, aunque los frailes hicieran muchos
milagros, ten en cuenta que no está en eso la perfecta alegría.
Caminan otro trecho, y san Francisco dice:
-¡Oh fray León, ovejita de Dios! Mira, aunque los frailes conocieran las
cualidades de los pájaros y de los peces y de todos los animales y de las
piedras y de las aguas, ten en cuenta que no está en eso la perfecta
alegría.
Caminan todavía otro trecho, y fray León dice:
-Padre, te ruego en nombre de Dios que me digas en qué consiste la perfecta
alegría. San Francisco responde:
-Si llegando a nuestro convento de la Porciúncula, el fraile portero no nos
conociese y, confundiéndonos con dos ladrones, sale, nos agarra por la
capucha, nos tira al suelo y nos apalea con un bastón lleno de nudos, y si
nosotros aguantamos con alegría todo eso pensando en las penas de Cristo
bendito, ten en cuenta, oh fray León, que en eso está la perfecta alegría.
Platicando así, llegan a la orilla de un pequeño lago. En una barquichuela
hay un hombre pescando a caña. Los dos frailes paran.
Poco después el pescador saca del agua un gran pez multicolor. El pescador
lo suelta del anzuelo. El pez se revuelve y sus escamas brillan al sol. El
pescador contento ya
con las piezas pescadas anteriormente, regala el gran pez, todavía coleando,
al santo. San Francisco toma el pez en sus manos, le acaricia la boca
rasgada por el anzuelo y en seguida le echa de nuevo al lago. Después dice
al pescador: -Te agradezco tu gesto generoso, pero lo mejor es devolver la
libertad al hermano pez. San Francisco dice a fray León.
-¡Ovejita de Dios!, mira: a este pez le sacaron del lago que le hace posible
la vida; le han malherido la boca, y sin embargo, como has podido ver, no se
ha quejado. Esta es, ovejita de Dios, la perfecta alegría de la que íbamos
hablando.
Entretanto, el pez multicolor, en vez de sumergirse y alejarse, nada a flor
del agua, da vueltas concéntricas, salta y caracolea feliz de sentirse
libre.
Entonces San Francisco dirigiéndose al pez, dice:
-Hermano mío pez, debes agradecer mucho, según tus posibilidades, al Creador
que te ha dado un elemento tan noble, el agua, para que vivas en él. Tú no
puedes cantar como los hermanos pájaros las alabanzas a Nuestro Señor. Pero
puedes alabarle con tus zambullidas y tus colores. Así que te ruego, hermano
mío, que seas siempre muy agradecido y alegre.
Y el pez, como si entendiese estas palabras, permanece con la punta del
morro fuera del agua y mueve la cola y las aletas aprobando.
El pescador no cree a sus propios ojos. San Francisco dice al pez:
-Ahora te permito marcharte con la bendición de Dios. Pero en adelante trata
de no dejarte atrapar, para que puedas permanecer en el agua clara y
transparente y multiplicarte y estar siempre contento.
El pez da todavía algunas vueltas y cabriolas, luego con un último
movimiento que hace ver los colores de sus relucientes escamas, se sumerge
en el agua del lago y desaparece.
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